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¿Qué tanto me amas?

Fandom: Kaguya Sama: Love is War

Creado: 5/10/2026

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El eco de los latidos compartidos

La sala del consejo estudiantil, que alguna vez fue el escenario de batallas psicológicas y planes maquiavélicos entre sus antiguos ocupantes, ahora se sentía extrañamente silenciosa. El sol de la tarde se filtraba a través de los grandes ventanales, arrojando largas sombras doradas sobre las estanterías llenas de archivos y los escritorios de madera pulida.

Miyuki Shirogane estaba en Stanford, labrándose un futuro brillante. Kaguya Shinomiya y Chika Fujiwara se habían graduado, dejando tras de sí un legado de caos y elegancia. Ahora, el destino de la Academia Shuchi'in descansaba sobre los hombros de Miko Iino, la presidenta, y Yu Ishigami, su vicepresidente.

A pesar de que su relación había escalado a un noviazgo formal, el aire entre ellos seguía cargado de esa chispa eléctrica que siempre los había definido. Las discusiones por el reglamento, el largo del cabello de los estudiantes o el uso inapropiado de dispositivos electrónicos seguían siendo el pan de cada día. Sin embargo, el final de esas disputas había cambiado drásticamente: ya no terminaban en portazos y resentimientos, sino en reconciliaciones silenciosas, abrazos que duraban más de lo necesario y besos que sabían a perdón.

Esa tarde, Ishigami estaba concentrado frente a su computadora, revisando los informes de presupuesto para el próximo festival. Su flequillo negro caía sobre su ojo izquierdo, y su expresión apática habitual estaba presente, aunque suavizada por la tranquilidad del momento. Miko, por su parte, intentaba leer un libro de leyes, pero las palabras se mezclaban frente a sus ojos.

No podía dejar de pensar.

Había una espina clavada en su corazón, una duda que había crecido como la maleza en un jardín descuidado. Ella sabía cuánto había sufrido Ishigami por Tsubame Koyasu. Recordaba su esfuerzo sobrehumano para mejorar sus notas, su confesión pública accidental, el rechazo que lo dejó destrozado y cómo, durante meses, él pareció una sombra de sí mismo. Miko estuvo allí, observando desde las sombras, sufriendo con él y por él. Había luchado contra sus propios sentimientos, contra la aparición de Koromo Shiranui y contra su propia inseguridad.

¿Y si ella era solo el consuelo? ¿Y si Yu solo estaba con ella porque Tsubame no lo había querido?

Miko cerró su libro con un golpe seco y se levantó. Caminó hacia Ishigami y, sin decir una palabra, se acurrucó a su lado, apoyando la cabeza en su hombro. Él no se inmutó, acostumbrado ya a esas muestras de afecto repentinas, y simplemente movió un brazo para rodearle la cintura mientras seguía tecleando con la otra mano.

—Ishigami... —susurró ella, su voz apenas un hilo.

—¿Dime, Miko? —respondió él sin apartar la vista de la pantalla—. Si vas a decirme que no puedo usar auriculares mientras trabajo en el consejo, te recuerdo que soy el único que entiende este software.

Miko no se rió. Se tensó contra él, apretando sus pequeñas manos sobre el uniforme de Yu.

—¿Tú me amas?

Ishigami se detuvo en seco. Sus dedos quedaron suspendidos sobre el teclado. Parpadeó, desconcertado por la seriedad y la vulnerabilidad en el tono de ella. Giró la silla para quedar frente a ella, encontrándose con esos ojos marrones que parecían contener todo el peso del mundo.

—Claro que te amo, Miko. ¿Por qué preguntas eso ahora? —Su voz era suave, genuinamente confundida.

Miko sintió que el nudo en su garganta se apretaba. Sabía que la siguiente pregunta era peligrosa, que era una bomba que podría destruir la paz que tanto les había costado construir, pero necesitaba saberlo.

—¿Me amas más de lo que amaste a Tsubame-senpai?

El silencio que siguió fue ensordecedor. Ishigami se quedó petrificado. El nombre de Tsubame no solía mencionarse entre ellos; era una cicatriz cerrada que ambos preferían no tocar. Ver a Miko así, con las mejillas encendidas por un rubor doloroso y lágrimas incipientes empañando su mirada, le rompió el alma.

—Miko, eso no tiene nada que ver con nosotros... —empezó a decir él, tratando de mantener la calma.

—¡Tiene todo que ver! —exclamó ella, poniéndose de pie de un salto. Una lágrima rebelde rodó por su mejilla—. Yo estuve ahí, Ishigami. Vi cómo te desvivías por ella. Vi cómo te rompiste cuando te rechazó. Y sé que ella es perfecta... es amable, popular, hermosa...

—Miko, escucha...

—¡No! Déjame hablar —lo interrumpió ella, con la voz quebrada—. Cuando ella te rechazó, una parte de mí se sintió aliviada, y me odio por eso. Me sentí la persona más cruel del mundo por alegrarme de tu dolor, pero era la única forma en que sentía que tenía una oportunidad. Y luego apareció Shiranui-san, y volví a sentir que te perdía. Pasé tanto tiempo deseando que me miraras... que ahora que estás conmigo, no puedo evitar pensar que soy tu segunda opción. Que estás conmigo porque no pudiste tener lo que realmente querías.

Ishigami la miró en silencio. La vio temblar, vio a la niña pequeña y asustada que se escondía tras la fachada de la presidenta estricta del Comité de Moral Pública. Recordó todas las veces que ella lo había regañado injustamente, dándose cuenta ahora de que muchas de esas veces eran solo gritos desesperados por atención.

Él se levantó lentamente. Era mucho más alto que ella, pero en ese momento, se sentía pequeño ante la magnitud de los sentimientos de Miko. Se acercó y, con una delicadeza que rara vez mostraba al mundo, tomó el rostro de Miko entre sus manos.

—Miko, mírame —le pidió con firmeza pero con ternura.

Ella obedeció, hipnotizada por la intensidad de sus ojos negros.

—Es verdad que amé a Tsubame-senpai —dijo él con sinceridad, sin intentar ocultar el pasado—. Me esforcé por ella, sufrí por ella y, durante mucho tiempo, pensé que mi mundo se acababa si ella no me aceptaba. Pero ahora que soy mayor, entiendo lo que fue eso. Fue el primer amor de un chico que buscaba validación. Ella fue la primera persona que vio algo bueno en mí después de todo el desastre de la secundaria, y me aferré a ella como a un salvavidas.

Hizo una pausa, acariciando con el pulgar la mejilla húmeda de Miko.

—Pero lo que siento por ti... no tiene nada que ver con un salvavidas. Tú no eres mi segunda opción, Miko. Eres la persona que estuvo a mi lado incluso cuando nos odiábamos. Eres la que me obligó a ser mejor, no para impresionarte, sino porque creías genuinamente que yo podía serlo. Con Shiranui... bueno, ella es una gran amiga, y compartimos gustos, pero nunca hubo un "nosotros".

Ishigami suspiró, acercando su frente a la de ella.

—Tsubame-senpai fue un sueño hermoso que no se cumplió. Pero tú, Miko... tú eres mi realidad. Y te elijo a ti. Te elijo con tus reglas absurdas, con tu terquedad, con tu forma de comer dulces a escondidas y con tu sentido de la justicia. Te amo más de lo que alguna vez pude imaginar, porque este amor no nació de una idealización, sino de conocer cada uno de tus defectos y descubrir que no puedo vivir sin ellos.

Miko sollozó, pero esta vez fue un sollozo de alivio. Ishigami no esperó más y la besó.

Fue un beso lento, profundo, cargado de una verdad que no necesitaba más palabras. En ese beso, él le entregó todas las respuestas que ella buscaba. Le demostró que el pasado era solo eso, una lección aprendida, y que su presente y su futuro tenían nombre y apellido: Miko Iino.

Cuando se separaron, Miko tenía el rostro empapado, pero sus ojos brillaban con una claridad nueva. Se aferró a la chaqueta de Ishigami, escondiendo la cara en su pecho.

—Eres un idiota —murmuró ella, recuperando un poco de su actitud habitual—. Deberías haberme dicho todo eso antes de que me pusiera a llorar.

Ishigami soltó una pequeña risa, una de esas raras y genuinas que solo ella lograba sacarle, y la estrechó más fuerte contra sí.

—Lo siento, presidenta. Prometo que a partir de ahora, seré más eficiente comunicando mis sentimientos. ¿Eso cumple con el reglamento?

—No te burles —dijo ella, aunque no pudo evitar sonreír—. Y más te vale que sea cierto. Porque si vuelves a hacerme dudar... te pondré un reporte por conducta inapropiada.

—Entendido —respondió él, dándole un beso corto en la coronilla—. Pero, por ahora, creo que el consejo puede tomarse un descanso.

Se quedaron así, abrazados en el centro de la sala, mientras el sol terminaba de ocultarse. Las dudas se habían disipado, dejando en su lugar una certeza inamovible. Miko finalmente lo entendía: no importaba quién había estado antes, ni quién podría venir después. En el juego del amor, donde ambos habían luchado tantas batallas, finalmente habían encontrado la paz el uno en el otro.

Ishigami la miró una vez más, con una devoción que no dejaba lugar a dudas. Él siempre la elegiría a ella, por encima de todas las cosas, por encima de todos los recuerdos. Porque Miko Iino no era solo su novia; era su hogar.

—Te amo, Miko —repitió él, esta vez con una sonrisa plena.

—Y yo a ti, Yu —respondió ella, sintiendo que, por primera vez, su corazón estaba completamente a salvo.

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