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Fuera de control

Fandom: Marvel

Creado: 5/10/2026

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Llamas de Posesión y Cenizas de Culpa

El cristal del ventanal del Edificio Baxter vibraba con cada embestida, un eco sordo que se perdía en la inmensidad de la noche neoyorquina. Afuera, la ciudad continuaba su curso, ajena al caos sensorial que se desarrollaba en los aposentos privados de la Antorcha Humana. Dentro, el aire estaba cargado de un calor antinatural; no era el fuego destructor que fundía el acero, sino un aura dorada, una temperatura febril que envolvía los cuerpos en un abrazo sofocante y pegajoso.

Peter sentía que sus sentidos lo traicionaban. Su sentido arácnido, usualmente una alarma estridente ante el peligro, se había transformado en un ronroneo bajo y confuso que entumecía sus músculos. La cercanía de Johnny, bañado en ese fuego inofensivo al tacto pero devastador para la voluntad, lo dejaba sin fuerzas. Sus manos, que podían detener trenes, apenas lograban arañar la espalda sudorosa del rubio, dejando surcos rojos que desaparecían bajo el resplandor ígneo.

—Johnny... por favor... para... —El ruego de Peter salió como un jadeo roto, una mezcla de dolor y una estimulación que su cuerpo no podía procesar.

Johnny no escuchaba, o al menos no de la forma en que el Johnny racional lo haría. Sus ojos, nublados por el efecto del químico que había alterado su psique, brillaban con una intensidad posesiva. Su mente estaba fija en una sola idea: pertenencia. Había reclamado objetos, había asustado a su familia con su repentino instinto de anidación, y ahora había encontrado lo que más deseaba en el mundo.

—Eres mío, Petey... —susurró Johnny contra el cuello del arácnido, su aliento quemando más que sus propias llamas—. Vamos a estar juntos. Tendremos todo lo que queramos. Eres perfecto para esto.

Johnny lo giró con una fuerza bruta, obligándolo a apoyarse contra el cristal reforzado. La vista de las luces de la ciudad a cientos de metros de altura mareó a Peter, pero el impacto de Johnny volviendo a entrar en él borró cualquier otro pensamiento. Fue una embestida animal, profunda, que hizo que Peter arqueara la espalda y soltara un grito que terminó en un sollozo. Sentía que sus entrañas se revolvían, que el miembro de su mejor amigo llegaba a lugares que no deberían ser tocados, reclamando cada centímetro de su interior.

—¡Duele! ¡Johnny, detente! —gritó Peter, sus manos enguantadas resbalando por el vidrio.

El Fantástico se detuvo un segundo, su cuerpo temblando por el esfuerzo de contenerse. Sus ojos parecieron enfocarse por un instante, llenándose de una angustia desgarradora.

—Lo siento... lo siento mucho, arañita —balbuceó Johnny, su voz quebrada por el trance—. No quiero lastimarte, pero no puedo... no puedo dejarte ir. Tienes que ser mío. Perdóname, por favor, perdóname...

Pero el arrepentimiento no trajo el cese. Al contrario, como si el dolor de su propia culpa lo impulsara, Johnny volvió a moverse con una ferocidad renovada. Cada estocada era un "lo siento" y cada gemido de Peter era una puñalada en lo poco que quedaba de la conciencia de Storm, pero el instinto químico era superior. Johnny buscaba el punto exacto, ese lugar donde la resistencia de Peter se desmoronaba en espasmos involuntarios, y cuando lo encontraba, golpeaba sin piedad, buscando marcarlo, buscando sembrar en él una semilla de permanencia que su mente distorsionada exigía.

Mientras tanto, en los pasillos del Edificio Baxter, el caos reinaba.

—¡Reed, los sensores térmicos indican que está en su habitación! —gritó Susan, su voz cargada de una ansiedad que rara vez mostraba. Invisible por momentos debido a su estrés, corría junto a su esposo y Ben.

—¡El nivel de energía es estable, pero la frecuencia es errática! —respondió Reed, consultando su tableta mientras corría—. El químico ha sobrecargado su sistema límbico. Johnny no es dueño de sus actos, está actuando bajo un instinto de preservación y procreación distorsionado. ¡Si ha encontrado a alguien, no lo soltará!

—¡Como pille a ese cerilla le voy a dar tal golpe que se le va a quitar la tontería! —rugió Ben, aunque sus ojos reflejaban una preocupación genuina por su "hermanito".

Llegaron a la puerta reforzada de los aposentos de Johnny. Estaba sellada desde el interior con una combinación de códigos que Reed tuvo que hackear a toda prisa.

—¡Johnny! ¡Abre esta puerta ahora mismo! —ordenó Susan, golpeando el metal.

Dentro de la habitación, el clímax estaba alcanzando su punto de no retorno. Peter estaba en el límite de su resistencia física y mental. Sus piernas temblaban, incapaces de sostener su peso, y solo los brazos de Johnny, que lo rodeaban como cadenas de hierro caliente, lo mantenían erguido. El interior de Peter, su esfínter contraído por el agotamiento y la sobreestimulación, apretaba el miembro de Johnny en una succión involuntaria que estaba llevando al rubio al borde del abismo.

—Ya casi... ya casi, Petey... —jadeó Johnny, enterrando su rostro en el hombro del castaño—. Quédate conmigo... sé mi familia...

—No... Johnny... —Peter cerró los ojos, las lágrimas escapando por debajo de los bordes de su máscara rasgada.

En ese preciso instante, la puerta se deslizó hacia atrás con un siseo hidráulico. Los Tres Fantásticos irrumpieron en la habitación, pero la escena que los recibió los dejó paralizados por una fracción de segundo que pareció una eternidad.

Johnny estaba de espaldas a ellos, su cuerpo encendido en ese fuego dorado, manteniendo a un Spider-Man visiblemente destrozado contra la ventana. El sonido de la carne chocando contra la carne y los sollozos de Peter llenaron el silencio sepulcral del equipo.

—¡Johnny! —el grito de Susan fue un alarido de puro horror.

Pero ya era tarde. Con un rugido que mezclaba placer, agonía y una disculpa desesperada, Johnny se tensó. Sus músculos se endurecieron como el diamante y sus llamas soltaron un destello cegador. Se corrió dentro de Peter con una fuerza violenta, llenándolo, mientras maldecía en voz alta y pedía perdón entre dientes, una contradicción viviente de deseo y culpa.

Peter soltó un último grito ahogado, su cuerpo convulsionando mientras sentía el calor del fluido de Johnny inundar su interior, una invasión final que lo dejó completamente vacío de energía. Sus dedos, que se habían aferrado a la espalda de Johnny durante horas, finalmente se soltaron, y si no fuera por el agarre del rubio, se habría desplomado en el suelo como una marioneta con los hilos cortados.

—¡Suéltalo! —Ben fue el primero en reaccionar, lanzándose hacia adelante.

Reed fue más rápido, extendiendo sus brazos para envolver a Johnny y separarlo de Peter con una maniobra calculada. Susan, con un gesto rápido, creó un campo de fuerza alrededor de Spider-Man para protegerlo mientras este caía, amortiguando su descenso hasta el suelo alfombrado.

Johnny luchó contra los brazos de Reed, rugiendo como un animal al que le quitan su presa.

—¡Es mío! ¡Es mi familia! ¡Tengo que cuidarlo! —gritaba, sus llamas parpadeando violentamente, pasando del dorado cálido a un rojo furioso.

—¡Johnny, detente! ¡Lo estás lastimando! —Susan se arrodilló al lado de Peter, quien respiraba con dificultad, con el traje destrozado y la mirada perdida en el techo.

Reed presionó un inyector en el cuello de su cuñado. Johnny se sacudió una última vez antes de que sus llamas se extinguieran de golpe, dejando solo el humo y el olor a ozono en el aire. Sus ojos se cerraron y su cuerpo se volvió pesado en los brazos de Reed.

El silencio que siguió fue opresivo. Ben se acercó a Susan y Peter, mirando al joven héroe con una mezcla de lástima y furia contenida. Peter no se movía; sus ojos avellana, visibles a través de los grandes agujeros de su máscara, estaban fijos en la nada. El fluido de Johnny manchaba sus piernas y el suelo, un recordatorio crudo de lo que acababa de ocurrir.

—Peter... —susurró Susan, extendiendo una mano temblorosa hacia su mejilla—. Peter, ¿me oyes?

El chico arácnido parpadeó lentamente. Un escalofrío recorrió su cuerpo y, de repente, la realidad de su situación lo golpeó con la fuerza de un camión. Se encogió sobre sí mismo, soltando un gemido de puro dolor físico y emocional.

—Él... él no sabía lo que hacía... —susurró Peter, su voz apenas un hilo—. El químico...

—No hables, hijo —dijo Ben con una suavidad impropia de su aspecto rocoso—. Reed, llévate a Johnny al laboratorio. Ahora.

Reed asintió, su rostro era una máscara de piedra que ocultaba una culpa inmensa. Si él hubiera sido más rápido con el antídoto, si hubiera previsto la reacción de Johnny... Cargó a su cuñado inconsciente y salió de la habitación sin decir palabra, aunque sus manos temblaban ligeramente.

Susan ayudó a Peter a incorporarse, envolviéndolo en una manta que Ben había traído de la cama desordenada. Peter se aferró a la tela como si fuera su única protección contra el mundo. Sentía su interior arder, no por el fuego de Johnny, sino por la invasión, por la pérdida de control. Y lo peor de todo era la mirada de Johnny antes de desmayarse: no había sido odio, había sido un amor retorcido y desesperado que le dolía más que cualquier golpe de los Seis Siniestros.

—Tenemos que llevarte a la enfermería, Peter —dijo Susan con dulzura, aunque sus ojos estaban húmedos—. Necesitamos asegurarnos de que estés bien.

—Estoy bien... —mintió Peter, aunque al intentar ponerse de pie, sus piernas cedieron. Ben lo atrapó antes de que tocara el suelo.

—No, no lo estás —sentenció la Mole—. Y Johnny va a tener mucho que explicar cuando despierte de esta pesadilla.

Peter cerró los ojos mientras Ben lo cargaba. En su mente, todavía sentía las manos de Johnny, el calor de su aliento y la forma en que su mejor amigo le pedía perdón mientras lo destruía. Sabía que nada volvería a ser igual entre ellos. El químico se iría del sistema de Johnny, pero las cicatrices de esa noche, las que no se veían en la piel, se quedarían grabadas en ambos para siempre.

Mientras lo sacaban de la habitación, Peter echó una última mirada al ventanal. El cristal, empañado por el calor y el sudor, todavía guardaba las marcas de sus manos desesperadas. Afuera, Nueva York seguía brillando, indiferente a la tragedia silenciosa que acababa de consumir a dos de sus más grandes héroes. En la oscuridad del pasillo, solo quedaba el eco de una disculpa que no bastaba para arreglar lo que se había roto.

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