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Feo

Fandom: Marvel

Creado: 5/10/2026

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Cuestión de perspectiva bajo el cielo de Manhattan

El sol comenzaba a hundirse tras el horizonte de rascacielos de Nueva York, tiñendo el cielo con una mezcla melancólica de tonos anaranjados, violetas y dorados. En la cornisa de un edificio alto cerca de Madison Avenue, con las piernas colgando hacia el vacío vertiginoso de la ciudad, se encontraba Johnny Storm. A diferencia de su habitual actitud chispeante y altanera, el miembro más joven de los Cuatro Fantásticos permanecía extrañamente en silencio, encorvado hacia adelante, con los codos apoyados en las rodillas.

El viento de principios de otoño agitaba su cabello rubio, pero el frío no le molestaba; su cuerpo irradiaba de manera constante una temperatura cálida y reconfortante. Sin embargo, su expresión distaba mucho de ser cálida. Tenía el ceño fruncido, la mandíbula tensa y una mueca de evidente resentimiento que parecía desentonar por completo con su naturaleza jovial.

Un chasquido familiar rompió la relativa calma del tejado. Una línea de telaraña blanca se adhirió al borde del edificio y, apenas un segundo después, Spider-Man aterrizó con la gracia ligera de un felino sobre la barandilla de piedra, a escasos dos metros de él.

—¡Hey, fósforo andante! —saludó el arácnido con su tono alegre habitual, agitando una mano enguantada—. Te vi desde tres avenidas atrás. Pareces una gárgola deprimente con sobrecalentamiento. ¿Qué pasa? ¿Reed te confiscó las llaves del Fantasticar otra vez o es que Susan te obligó a comer vegetales?

Johnny no respondió de inmediato. Lentamente, giró la cabeza hacia él.

La luz del atardecer atrapó los rasgos afilados de su rostro, acentuando su complexión musculosa bajo el ceñido uniforme azul y negro. Pero lo que realmente detuvo a Peter en seco fueron sus ojos. Eran de un tono claro, translúcidos y tan jodidamente intensos que parecían quemar sin necesidad de prenderse en fuego. Tenía esa mirada desarmante, irresistible y...

Espera, ¿qué demonios? No, no, no, pensó Peter de golpe, sacudiendo la cabeza con fuerza bajo la máscara para espantar ese pensamiento absurdo. Concéntrate, Parker. Es Johnny. Tu amigo idiota. No pienses en lo ridículamente sexy que se ve con la luz dorada.

—¿Y bien? —insistió Spider-Man, sentándose a su lado con las piernas también colgando hacia el abismo, fingiendo una total indiferencia—. ¿Vas a hablar o simplemente planeas fundir el asfalto con la mirada?

Johnny suspiró. Un pequeño resoplido caliente escapó de su nariz.

—Las personas son desagradables, Spidey. Completamente ingratas y ciegas.

Peter parpadeó tras los lentes blancos de su máscara.

—Vaya, qué revelación filosófica. Bienvenido a mi martes por la tarde. ¿Quién te rompió el corazón esta vez? ¿Alguna actriz de Hollywood no quiso darte su número?

—Ojalá fuera eso —gruñó el rubio, cruzándose de brazos y ensanchando la espalda en un gesto hosco—. Esta tarde hubo un intento de asalto en un callejón del Soho. Dos tipos armados acorralaron a una chica. Llegué volando, aterricé como un héroe, derretí las armas de los ladrones y los asusté para que salieran corriendo. Todo de manual, perfecto, digno de una portada del Daily Bugle.

—Hasta ahí suena como el pan de cada día —comentó Peter, inclinándose hacia adelante—. ¿Y entonces? ¿Dónde está la tragedia nacional?

Johnny se giró hacia él, visiblemente alterado. Sus mejillas estaban ligeramente enrojecidas, y esta vez no era por la combustión espontánea, sino por la pura indignación.

—¡Entonces me acerqué a ella! —exclamó, alzando las manos con dramatismo—. Le pregunté con mi mejor sonrisa si estaba bien, ya sabes, con la voz suave y encantadora que uso para calmar a los civiles. Y la tipa, en lugar de darme las gracias o pedirme un autógrafo, me miró de arriba abajo. Puso su mano aquí...

Johnny colocó su propia palma sobre sus pectorales, presionando con firmeza sobre la tela del traje que apenas lograba disimular sus músculos perfectamente esculpidos por el entrenamiento constante.

—Me tocó el pecho con desdén —continuó el rubio con la voz cargada de un veneno cómico—, arrugó la nariz y me dijo: «Vaya, qué decepción. Eres bastante feo en persona. Para que me rescate alguien así, mejor no me hubieras salvado». ¡Y se fue! ¡Se dio la vuelta y se marchó dejándome con la palabra en la boca!

Peter se quedó completamente quieto durante dos largos segundos. Debajo de la tela roja y azul, su boca se abrió en una mezcla de incredulidad y una necesidad casi física de estallar en carcajadas. Se mordió el labio inferior, pero un sonido ahogado se le escapó del pecho.

—¿Te estás riendo? —Johnny se puso de pie de un salto, furioso, con pequeñas chispas naranjas comenzando a brotar de sus hombros—. ¡No te atrevas a reírte, bicho! ¡Es una crisis existencial!

—¡No me estoy riendo! —mintió Peter, aunque su cuerpo temblaba por el esfuerzo de contener la risa—. Bueno, tal vez un poco. Johnny, por favor... ¿En serio estás así por el comentario de una persona? ¿Tú? ¿El hombre que tiene su póster pegado en la mitad de las habitaciones de adolescentes de este país?

—¡Es que nadie me había llamado feo en toda mi vida! —gritó el rubio, caminando de un lado a otro sobre la cornisa sin ningún temor a la caída—. Nadie, Spidey. Jamás. Mi ego... mi realidad entera está tambaleándose. ¿Qué tal si siempre he sido horrendo y todos fingen porque puedo prender fuego a las cosas? ¿Qué tal si la gente solo me tolera porque Reed es un genio y Sue es amable? ¿Y si realmente soy un monstruo desagradable?

Peter no pudo soportarlo más y soltó una carcajada limpia y abierta. Se llevó las manos al estómago, inclinándose hacia atrás sobre el tejado.

—¡Maldito arácnido insensible! —espetó Johnny, lanzándole una pequeña bola de calor inofensiva que Peter esquivó inclinando la cabeza con perezosa elegancia.

—Oye, cálmate, antorchita —dijo Peter, poniéndose de pie y acercándose a él con calma—. Eres un engreído, impulsivo, tienes el temperamento de un volcán a punto de estallar y a veces dan ganas de pegarte con una sartén en la cabeza... pero estás muy lejos de ser feo. Esa chica probablemente estaba en shock, o tal vez tenía un gusto pésimo, o simplemente quería herir tu descomunal orgullo porque le pareció divertido.

Johnny se detuvo. Sus ojos claros escudriñaron la máscara de Spider-Man, buscando cualquier atisbo de falsedad. Por debajo de su fachada altanera y quejica, Peter sabía que Johnny albergaba una faceta vulnerable y noble que rara vez mostraba al público; era un chico que, pese a su arrogancia infantil, deseaba genuinamente agradar y hacer el bien.

El rubio suspiró, dejando caer los hombros mientras las pequeñas llamas residuales se apagaban por completo. Volvió a sentarse en la cornisa, esta vez con un aire más calmado, y le dio una palmada al concreto a su lado para que el arácnido lo acompañara. Peter aceptó la invitación en silencio, sentándose a su lado y disfrutando del calor corporal que el chico de fuego desprendía en la fresca noche neoyorquina.

Durante un par de minutos, solo el rumor lejano del tráfico y las sirenas llenaron el espacio entre ellos.

De pronto, Johnny ladeó la cabeza y clavó su mirada fijamente en el perfil de la máscara roja. Sus ojos se entrecerraron con curiosidad, examinando las costuras del tejido, la forma en que la tela se ajustaba a los pómulos y la línea firme de la mandíbula que se adivinaba debajo.

—Oye —soltó Johnny en un tono mucho más bajo y confidencial.

—¿Qué?

—Tú sí que eres guapo, ¿no, Spidey?

El cerebro de Peter Parker experimentó un cortocircuito instantáneo. Toda la seguridad heroica que cargaba en los hombros se desmoronó, reemplazada por el torpe estudiante universitario que habitaba debajo del traje.

Peter era, en su vida cotidiana, un chico común que pasaba desapercibido en los pasillos de la universidad. De cabello castaño despeinado y unos enormes ojos avellana que su tía May solía comparar cariñosamente con los de un ciervo indefenso, solía esconder su complexión atlética y desarrollada bajo capas de ropa holgada estilo otoñal: suéteres de lana vieja, camisas de franela a cuadros y chaquetas desgastadas. Nunca se consideraba a sí mismo alguien destacable en el plano físico, y mucho menos alguien a quien un modelo de portada como Johnny Storm llamaría "guapo".

—¿Qué... qué clase de pregunta es esa? —tartamudeó Peter, sintiendo un calor abrasador subirle por el cuello que no tenía nada que ver con los poderes del rubio.

—Una pregunta normal —insistió Johnny, inclinándose un poco más hacia él con una sonrisita ladina que denotaba que se había percatado del repentino nerviosismo de su amigo—. Vamos, nunca te quitas esa tela de la cara. Llevamos meses patrullando juntos, salvando la ciudad, molestando a los Vengadores... y no sé nada de cómo te ves. Pero tienes buen porte, hombros anchos, una voz linda y esa actitud de chico bueno que vuelve locas a las personas. Apuesto a que eres guapo.

—No digas tonterías, Storm —respondió Peter a la defensiva, ajustándose la máscara por puro reflejo—. Soy... normal. Una persona ordinaria. Con dos ojos, una nariz y la cantidad reglamentaria de orejas. Nada del otro mundo.

Johnny soltó una risita suave, un sonido genuino y agradable que hizo que el estómago de Peter diera un vuelco traicionero.

—Un tipo común no se movería como tú lo haces —murmuró Johnny, reduciendo la distancia entre ambos. Estaban tan cerca que Peter podía oler el aroma característico del rubio: una mezcla de ozono, ceniza limpia y una colonia cara con toques de sándalo—. Además, tienes cuerpo de atleta. No me engañas con esa timidez.

—¡Tú eres el que estaba llorando hace cinco minutos porque una civil te hirió los sentimientos! —se defendió Peter, levantando las manos para mantener una distancia prudente—. ¡No cambies de tema para hacerme sentir incómodo!

—No estaba llorando —replicó Johnny, fingiendo indignación mientras un brillo travieso iluminaba sus ojos claros—. Estaba buscando validación externa, que es muy diferente. Y tú eres mi mejor amigo aquí arriba, así que tienes la obligación de decirme la verdad... y tal vez de dejarme ver con quién estoy compitiendo en el departamento de galanes de Nueva York.

—No estás compitiendo con nadie, idiota con complejo de fósforo —bufó Peter, aunque no pudo evitar relajarse un poco ante la dinámica familiar de sus bromas—. Si tanto te urge saberlo, en mi vida normal parezco un estudiante estresado que vive a base de café barato y no duerme más de tres horas por noche. Uso suéteres tres tallas más grandes y probablemente me caería de bruces si intentara caminar con la mitad de la arrogancia con la que tú caminas.

Johnny lo escuchó con una atención sorprendente, sin burlarse. Por el contrario, sus facciones se suavizaron, adquiriendo esa amabilidad sincera que solo mostraba cuando dejaba caer la máscara de celebridad.

—Pues ese chico de los suéteres grandes no suena nada mal —dijo el rubio en voz baja, con una sinceridad que tomó a Peter completamente desprevenido—. De hecho, suena bastante tierno.

Peter tragó saliva con dificultad. El aire fresco de la noche parecía haberse evaporado por completo en ese rincón de la azotea. Johnny no se apartaba; al contrario, sus ojos claros se clavaban en los lentes blancos de Spider-Man como si fuera capaz de atravesarlos y ver los orbes color avellana que se escondían debajo.

—No seas ridículo —susurró Peter, con la voz un poco más ronca de lo que pretendía—. No me desconcentres. Si sigues diciendo cosas así, voy a empezar a creer que de verdad te afectó el golpe en el ego.

Johnny sonrió, pero esta vez no fue una sonrisa engreída, sino una pequeña, cálida y extrañamente cómplice.

—Tal vez me afectó —admitió, encogiéndose de hombros mientras su brazo rozaba el de Peter, transmitiéndole un calor reconfortante—. Pero hablar contigo siempre ayuda a enfriar las cosas. O a calentarlas, depende de cómo lo mires.

—Eres incorregible, Storm.

—Y tú eres un misterio con telarañas, Spidey. Pero algún día voy a ver esa cara de chico universitario. Y te apuesto una pizza a que tengo razón.

—No tienes dinero para apostar, Reed te congeló las tarjetas la semana pasada.

—¡Eso fue un golpe bajo! —protestó Johnny, empujándolo ligeramente con el hombro, rompiendo la tensión pero dejando una calidez residual flotando en el aire.

Peter no pudo evitar reírse de nuevo, esta vez sintiéndose extrañamente ligero. Miró hacia la ciudad iluminada a sus pies y luego de reojo al rubio, que ahora contemplaba las luces con una expresión mucho más serena, casi pacífica. Por primera vez en mucho tiempo, Peter pensó que tal vez, solo tal vez, no le molestaría tanto que Johnny descubriera algún día al chico de ojos de ciervo y ropa de otoño que se escondía bajo la máscara.

Pero por ahora, compartir el frío de la noche junto a su calor era más que suficiente.

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