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Naruto el dueño

Fandom: Naruto

Creado: 6/10/2026

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El Precio de la Ambición y el Sello de la Posesión

La tarde en Konoha caía con un tinte dorado sobre los tejados de la aldea, pero para Mebuki Haruno, el paisaje no tenía nada de bucólico. Sentada en la mesa de su sala de estar, los libros de cuentas extendidos frente a ella parecían burlarse de su linaje. Como matriarca de los Haruno, siempre había aspirado a la elegancia y al estatus que creía merecer, pero la realidad era cruda: con el sueldo de ninja de clase media de su esposo, Kizashi, apenas lograban mantener las apariencias.

—Esto no es suficiente —susurró Mebuki, golpeando la mesa con frustración—. Jamás tendré la vida de lujos que me corresponde mientras dependa de la mediocridad de Kizashi.

La noticia del día había cambiado las reglas del juego. En la ceremonia de graduación de la academia, no solo se había revelado que Naruto Uzumaki era el hijo del Cuarto Hokage, sino que también era el heredero de una fortuna incalculable y de vastas propiedades que habían pertenecido al clan Uzumaki. Naruto ya no era el paria; era el soltero más rico y poderoso de la aldea.

Una idea oscura y ambiciosa germinó en su mente. Si quería esa vida, debía obtenerla del único que podía dársela. Tomó una decisión drástica: convencería a Naruto de que la ayudara, sin importar el precio. Estaba dispuesta a ser su esclava, su juguete, o lo que él deseara con tal de salir de la miseria disfrazada de decencia.

Mientras tanto, en la recién recuperada mansión Uzumaki, Naruto disfrutaba de la soledad y el lujo que su nueva posición le otorgaba. El timbre de la casa sonó, interrumpiendo su tranquilidad. Al abrir la puerta, sus ojos azules se abrieron con una mezcla de sorpresa y diversión.

Frente a él estaba Mebuki Haruno. Pero no era la mujer recatada que solía ver en el mercado. Vestía un conjunto provocador, similar a las mujeres que Naruto solía frecuentar en el barrio rojo cuando el aburrimiento lo superaba. La falda era tan corta que apenas cubría lo esencial, y la ausencia de ropa interior era evidente; la tela fina marcaba sus pezones y dejaba entrever la piel depilada de su intimidad al menor movimiento.

—¿A qué se debe esta visita, Mebuki-san? —preguntó Naruto con una sonrisa ladeada, haciéndose a un lado para dejarla pasar.

—Tengo un trato que proponerte, Naruto-kun —dijo ella, entrando en la sala de estar con un contoneo exagerado.

—¿Un trato? —Naruto se cruzó de brazos, apoyándose en la pared—. Soy todo oídos.

—Mi vida no es lo que parece —comenzó Mebuki, acercándose a él—. El sueldo de mi marido no alcanza para mis necesidades. Necesito estabilidad, dinero, poder...

—Eso suena más a un préstamo que a un trato —la interrumpió él con frialdad.

—¡Déjame terminar! —exclamó ella, dando un paso más hacia su espacio personal—. A cambio de que me des estabilidad económica y me permitas administrar uno de tus negocios, yo... yo seré tuya. Puedes tomarme cuando quieras, seré tu esclava sexual, el recipiente de tu semilla. Haré lo que me pidas sin cuestionar.

Naruto soltó una carcajada seca que resonó en las paredes de la mansión.

—Si vas a proponer algo así —dijo él, bajando la mirada hacia ella con desprecio y deseo—, deberías estar hincada entre mis piernas dándome una mamada ahora mismo para demostrar tu valía.

Mebuki no vaciló. El hambre de lujo superaba cualquier rastro de vergüenza. Se dejó caer de rodillas frente al rubio, desabrochando su pantalón con manos temblorosas. Al liberar la enorme virilidad de Naruto, sus ojos se agrandaron por el tamaño, pero recordó su objetivo.

—Empieza a darme placer con esa boca si quieres convencerme —ordenó Naruto, entrelazando sus dedos en el cabello de la mujer.

Mebuki comenzó a lamer y masajear, intentando abarcarlo todo, pero su boca no era suficiente para tal tamaño. Naruto, aburrido de la lentitud, la sujetó con fuerza del cabello y, con un movimiento brusco, se la introdujo hasta la garganta de un solo golpe. Mebuki sintió náuseas y el instinto de alejarse, pero sabía que si lo hacía, su futuro dorado se esfumaría. Aguantó el embate, dejando que él usara su garganta sin piedad hasta que el rubio anunció que estaba por terminar.

—No desperdicies ni una gota —sentenció él.

El líquido viscoso llenó su boca en una cantidad que no esperaba, obligándola a tragar repetidamente para no atragantarse. Cuando terminó, Naruto le ordenó abrir la boca para inspeccionar. Al verla vacía, le pasó un vaso con agua con una sonrisa de satisfacción.

—¿Tenemos un trato entonces? —preguntó ella, recuperando el aliento.

—Lo tenemos —respondió Naruto—, pero con una condición adicional. Sakura también será mía. No pienso hacerle nada por ahora, pero ella es parte del precio.

Mebuki se quedó pasmada. Por un segundo, el instinto maternal luchó contra su codicia, pero Naruto fue implacable.

—Tenerte a ti no es suficiente para equilibrar el valor de las propiedades que pondré a tu nombre. O aceptas, o te vas ahora mismo a tu casa a seguir contando monedas.

—Acepto —susurró Mebuki—. Sakura también será tuya.

Esa noche, Mebuki no regresó a su hogar. Naruto decidió que era hora de empezar su entrenamiento formal como su vertedero personal. La mansión fue testigo de una sesión que parecía sacada de una película porno. Naruto la tomó en todas las posiciones imaginables; usó clones para realizar un bukake que dejó a la mujer cubierta de su esencia, y finalmente, reclamó su virginidad anal en un acto de posesión absoluta.

A la mañana siguiente, Mebuki despertó con el peso de Naruto sobre su espalda. Él todavía estaba dentro de ella, y al sentirla despertar, su cuerpo reaccionó de nuevo.

—Naruto-sama, por favor... —gimió ella entre el miedo y una excitación que empezaba a no poder controlar—. Debo irme, mi esposo...

—Te irás cuando te rellene de nuevo —respondió él, comenzando a moverse con vigor renovado dentro de su adolorido ano.

Cuando finalmente la dejó marchar, Mebuki caminó hacia su casa con las piernas temblorosas y una sensación de plenitud incómoda. Al entrar, Kizashi la esperaba en el comedor, preocupado.

—¿Dónde estabas, Mebuki? —preguntó él.

—Festejando con mis amigas —mintió ella, acomodándose la falda que apenas ocultaba el hecho de que no llevaba ropa interior—. Logré convencer a Uzumaki Naruto de que me deje administrar una boutique y una joyería. Nuestras vidas van a cambiar, Kizashi.

El hombre, en su ingenuidad, la felicitó con alegría, sin notar que el semen de Naruto todavía escurría discretamente por sus piernas o que el atuendo de su esposa era una invitación al pecado. Mebuki lo miró con desprecio interno. "Si tan solo supieras el trato que hice por culpa de tu incapacidad", pensó ella.

Las semanas siguientes transformaron a Mebuki. Se convirtió en la administradora de la boutique "Seda Carmesí" y la joyería "El Ojo del Remolino". En público, era una mujer de negocios respetada y elegante, pero bajo la superficie, era la propiedad absoluta de Naruto.

Él la había obligado a firmar contratos de sangre que consumirían su chakra si intentaba traicionarlo. Además, le impuso reglas estrictas: no usaría ropa interior en el trabajo, y sus faldas debían ser tan cortas que cualquier inclinación revelara su estado de sumisión.

Un día, en la joyería, Mebuki reunió a sus empleadas.

—Escuchen bien —dijo con voz gélida—. Cuando Naruto-sama venga, el negocio se cierra inmediatamente. Él será atendido en mi oficina privada. Y si alguna de ustedes desea prosperar, deberá estar dispuesta a subir su falda si él lo solicita. Si las toca, abran las piernas. Si las usa, denle las gracias. Si algo de esto sale de aquí, las venderé al barrio rojo personalmente.

Las empleadas, intimidadas y seducidas por la promesa de dinero, aceptaron su destino.

Hubo una tarde en la que Kizashi decidió visitar a su esposa en el trabajo para darle una sorpresa. Al llegar, encontró el letrero de "Cerrado por auditoría". Suspiró y se marchó, pensando en lo duro que trabajaba su mujer.

Dentro, en la oficina, Mebuki estaba sentada sobre el regazo de Naruto, rebotando salvajemente sobre su miembro mientras ambos observaban a Kizashi alejarse a través de las cámaras de seguridad.

—Mira a ese perdedor —susurró Naruto al oído de Mebuki, apretando sus pechos—. Ni siquiera imagina que su esposa está siendo rellenada por el hombre que él tanto admira ahora.

Mebuki quería defender a su marido, pero el placer que Naruto le proporcionaba y el lujo que ahora rodeaba su vida silenciaron cualquier protesta. Cerró los ojos, entregándose al ritmo frenético del joven Uzumaki. Sabía que había vendido su alma y la de su hija, pero mientras sintiera el calor de la semilla de Naruto dentro de ella y el peso del oro en su cuello, el precio le parecía, extrañamente, justo.

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