
Cadenas de sumisión en la Aldea de la Hoja
La tarde en Konoha transcurría con una tranquilidad engañosa. El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de matices anaranjados y violetas que se reflejaban en los rostros tallados de los Hokages. Hanabi Hyuga caminaba por las calles principales con una sonrisa ligera, cargando una pequeña cesta con dulces tradicionales del clan. Hacía semanas que no veía a su hermana mayor, Hinata, y había decidido que una visita sorpresa era la mejor forma de romper el hielo tras los largos periodos de misiones que ambas habían tenido.
Al llegar a la residencia Uzumaki, Hanabi notó un silencio inusual. No se escuchaba el bullicio típico de una casa familiar, ni el correteo de los niños, quienes sabía que estaban pasando el día con su abuelo Hiashi. Con la confianza que le otorgaba ser la cuñada del Séptimo Hokage, Hanabi no llamó a la puerta. Tenía una llave de emergencia que Hinata le había dado hacía tiempo.
—¡Sorpresa! —exclamó Hanabi al abrir la puerta principal, entrando con entusiasmo al vestíbulo.
Sin embargo, sus palabras murieron en su garganta. Un sonido seco, el impacto de carne contra carne, resonó desde el fondo del pasillo, seguido de un gemido ahogado que reconoció al instante. El instinto de shinobi de Hanabi se activó de inmediato. Soltó la cesta, dejando que los dulces se desparramaran por el suelo, y corrió hacia la sala principal.
Lo que vio al trasponer el umbral la dejó paralizada, con los ojos abiertos de par en par y el corazón latiéndole con una fuerza dolorosa contra las costillas.
En el centro de la habitación, la escena era dantesca. Hinata estaba arrodillada en el suelo, completamente desnuda, con el cuerpo temblando violentamente. Su piel, usualmente pálida y tersa, estaba marcada por hematomas frescos y rastros blanquecinos de semen que le cubrían el pecho, los muslos y parte del rostro. Frente a ella, Naruto Uzumaki permanecía de pie, también desprovisto de ropa. Su presencia era imponente y aterradora, muy alejada de la imagen del héroe de la guerra. Su miembro, de un tamaño desproporcionado y aún erecto, colgaba con una pesadez amenazante mientras él sostenía a Hinata por el cabello.
Justo cuando Hanabi entró, Naruto descargó el revés de su mano contra la mejilla de Hinata, haciendo que su cabeza girara bruscamente y más lágrimas saltaran de sus ojos perlados.
—¡Naruto! ¡Detente! —gritó Hanabi, saliendo del estupor inicial.
El rubio giró la cabeza lentamente. Sus ojos, que solían brillar con determinación y bondad, estaban oscuros, cargados de una irritación gélida. No hizo el menor intento por cubrirse; al contrario, se irguió con una arrogancia que Hanabi nunca le había visto.
—¿Qué demonios haces en mi casa, Hanabi? —preguntó Naruto, su voz era un gruñido bajo y carente de cualquier afecto—. Nadie te dio permiso para entrar así.
Hanabi no respondió. Se abalanzó hacia su hermana, interponiéndose entre ella y el hombre que ostentaba el título de Hokage. Al acercarse, el olor a sudor y fluidos corporales la golpeó, revolviéndole el estómago. Se arrodilló y envolvió a Hinata con sus brazos, tratando de cubrir su desnudez y su fragilidad.
—¡Eso es lo de menos ahora! —bramó Hanabi, mirando a Naruto con una mezcla de odio y terror—. ¡Mira lo que le has hecho! ¡Le estás pegando! ¿Por qué? ¿Por qué le haces esto?
Naruto soltó una carcajada seca, un sonido carente de alegría que erizó los vellos de la nuca de la menor de las Hyuga. Se cruzó de brazos, dejando que su anatomía quedara expuesta sin rastro de vergüenza.
—Es mi esposa —contestó Naruto en un tono burlón, casi casual—. Puedo hacer con ella lo que me plazca. Ella me pertenece, Hanabi. Es un concepto simple que parece que tu clan no te ha enseñado bien.
Hanabi sintió que el mundo se desmoronaba. Miró a su hermana, esperando ver un destello de indignación, una chispa del Byakugan lista para defenderse, pero lo que encontró fue mucho peor. Hinata no intentaba huir; se aferraba débilmente a los brazos de Hanabi, pero sus ojos estaban fijos en el suelo, vacíos de voluntad.
—Hinata, vámonos —susurró Hanabi con urgencia, tratando de levantarla—. No puedes quedarte aquí. Esto es una locura. Ven conmigo al complejo Hyuga, el padre se encargará de esto, el consejo no permitirá que...
—No... —la voz de Hinata era apenas un hilo, quebrada por el llanto y la sumisión—. No, Hanabi... suéltame.
Hanabi se quedó helada, mirando el rostro hinchado de su hermana.
—¿Qué dices? Te está lastimando, Hinata. Mira cómo estás.
—Naruto-kun tiene razón —dijo Hinata, alzando la vista con una resignación que helaba la sangre—. Él es mi esposo... y yo soy su mujer. Como su mujer, mi deber es obedecerlo en todo lo que él decida. Si él cree que necesito ser castigada, es porque he fallado en algo.
—¡Te han lavado el cerebro! —gritó Hanabi, tirando de ella con más fuerza—. ¡Él no es el hombre que creíamos! ¡Vámonos de aquí ahora mismo!
Naruto volvió a reír, esta vez con más fuerza, un sonido que llenó la habitación y pareció asfixiar el aire. Con un movimiento rápido y violento, extendió la mano y agarró a Hinata por el brazo, tirando de ella hacia sí. Hanabi intentó retenerla, pero la fuerza física del Séptimo era abrumadora. Hinata fue arrastrada por el suelo hasta chocar contra las piernas desnudas de su marido.
—¿Ves, cuñadita? —dijo Naruto, mientras sus manos grandes y toscas comenzaban a manosear el cuerpo de Hinata con una lascivia descarada, apretando su carne con fuerza—. Ella sabe cuál es su lugar. Ella sabe lo que pasa cuando intenta decir "no".
Hinata soltó un pequeño quejido cuando las manos de Naruto se cerraron sobre sus pechos, pero no opuso resistencia. Se quedó allí, permitiendo que él la besara en el cuello de forma agresiva, dejando marcas rojas sobre las ya existentes. La mente de Hinata voló hacia el recuerdo doloroso de la última vez que había intentado negarse a un deseo de Naruto; el resultado había sido una violación brutal por el ano que la dejó sin poder caminar durante días, acompañada de una paliza que le recordó que, en esa casa, ella no era una kunoichi, sino una propiedad.
—Déjala ir, Naruto... por favor —suplicó Hanabi, dándose cuenta de que la fuerza bruta no funcionaría contra el hombre más poderoso del mundo.
—Lárgate de mi casa, Hanabi —ordenó Naruto, deteniendo sus caricias un momento para lanzarle una mirada cargada de una oscura promesa de violencia—. Si vuelves a interrumpirnos, me aseguraré de que tu padre reciba a su hija menor en el mismo estado en que tengo a la mayor. O quizás, decida que dos Hyuga en mi cama son mejores que una.
El miedo, un miedo primario y paralizante, se apoderó de Hanabi. Vio la mirada perdida de Hinata, quien parecía haber aceptado su destino como una sombra bajo el yugo de Uzumaki. La determinación de la menor flaqueó ante la monstruosidad de la situación.
—Hinata... —murmuró Hanabi por última vez, buscando un rastro de la hermana que la cuidaba de niña.
Pero Hinata solo cerró los ojos, dejando que Naruto la atrajera más hacia él, hundiéndose en la oscuridad de una servidumbre de la que no quería, o no podía, escapar. Hanabi retrocedió, tropezando con sus propios pies, y huyó de la casa, dejando atrás los ecos de la risa de Naruto y el silencio roto de una hermana quebrantada.
