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Amorosos

Fandom: Marvel

Creado: 6/10/2026

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Reacciones exotérmicas

El laboratorio principal del Edificio Baxter estaba inusualmente silencioso, roto únicamente por el zumbido constante de los servidores y el borboteo rítmico de un condensador cuántico. Los Cuatro Fantásticos se encontraban dispersos por la ciudad atendiendo una anomalía temporal menor en los muelles de Brooklyn; bueno, tres de ellos, para ser exactos.

Johnny Storm se había quedado atrás, bajo las estrictas y minuciosas órdenes de su cuñado, para vigilar que un catalizador polimérico no alcanzara el punto de ebullición crítica. Por fortuna para su pésima tolerancia al aburrimiento, Spider-Man había decidido colarse por la claraboya del tejado media hora antes, todavía con el traje puesto y oliendo a lluvia de otoño y a smog neoyorquino.

—Te lo juro, cerilla, si Reed descubre que usaste su centrifugadora para recalentar nachos, te va a desterrar a la Zona Negativa —dijo Peter, balanceando las piernas desde lo alto de una mesa de metal pulido.

Bajo la tela ceñida de su traje rojo y azul, la silueta de Peter engañaba a cualquiera: alto, ágil, con esa complexión fibrada que en su vida civil solía esconder bajo tres capas de suéteres holgados y abrigos desgastados de segunda mano. Tenía esa calidez natural y desarmante, el humor constante que ponía de los nervios a Johnny pero que, en el fondo, era lo único capaz de mantenerlo cuerdo en los días lentos.

—En primer lugar, cerebro de telaraña, fue un burrito de frijoles, no nachos —replicó Johnny, con una sonrisa ladeada mientras ajustaba una válvula de presión—. Y en segundo, el gran Reed Richards dijo claramente que este compuesto solo necesitaba agitarse a trescientas revoluciones por minuto. Estamos haciendo ciencia. O al menos, yo la estoy supervisando mientras tú holgazaneas.

—¿Holgazanear? He estado vigilando el espectrómetro para que no explotes el código postal, malagradecido. Pásame esa pipeta antes de que la dejes caer.

Peter se inclinó hacia adelante sobre la consola, extendiendo el brazo para tomar el frasco de cuarzo que contenía una sustancia tornasolada, espesa y brillante como mercurio fosforescente. Fue una milésima de segundo de torpeza: el guante de látex reforzado de su traje resbaló levemente contra el cristal templado.

Un chasquido seco. El frasco no llegó a romperse, pero el tapón de vacío saltó por la presión acumulada.

—¡Cuidado! —exclamó Johnny, dando un paso al frente para atraparlo.

Una sola gota. No fue más grande que la cabeza de un alfiler, pero escapó por el aire y fue a parar directamente sobre la pequeña abertura en la muñeca de Peter, justo donde el lanzatelarañas se unía con la piel expuesta de su antebrazo.

El impacto fue instantáneo.

Peter dejó escapar un grito ahogado que se le quebró en la garganta. Se tambaleó hacia atrás, tirando al suelo una hilera de probetas que estallaron en mil pedazos.

—¡Peter! —gritó Johnny, olvidándose por completo del protocolo de seguridad y abalanzándose sobre él—. ¿Qué pasó? ¿Te quemó?

—Quema... Dios, Johnny, quema por dentro —gimió el castaño, doblándose sobre sí mismo mientras se aferraba el pecho con ambas manos. Su respiración se volvió errática, sibilante, como si sus pulmones estuvieran aspirando vapor hirviente. Una fiebre monstruosa comenzó a irradiar de cada poro de su cuerpo con tanta fuerza que el propio traje parecía emitir un tenue vaho blanco.

—Tranquilo, tranquilo, ven aquí.

Johnny lo rodeó con un brazo por debajo de los hombros, sorprendiéndose por la masa muscular tensa como cable de acero que vibraba bajo sus dedos. Guió a Peter casi en vilo hasta la camilla médica central del laboratorio, acostándolo boca arriba. Spider-Man se retorcía débilmente, sus dedos arañando las sábanas esterilizadas, la cabeza girando de un lado a otro mientras balbuceaba cosas inconexas sobre tías, telarañas y un calor insoportable que le recorría el torrente sanguíneo.

—¡Reed! ¡Sue! ¡Muevan el trasero, tenemos un maldito código rojo! —bramó Johnny a través del comunicador de la pared, sintiendo una punzada de pánico real en el estómago. Ver a Peter, siempre tan elocuente y rápido, reducido a un manojo de temblores delirantes, le revolvía las entrañas.

Apenas pasaron diez minutos antes de que el elevador principal se abriera estrepitosamente. Reed Richards y Sue Storm entraron al laboratorio a paso veloz, con sus trajes aún manchados de polvo de la misión.

—¿Qué fue lo que tocó? —preguntó Reed sin preámbulos, corriendo de inmediato hacia la consola principal y desplegando tres pantallas holográficas que comenzaron a escanear a Peter.

—El compuesto 4-Theta —respondió Johnny, con la voz entrecortada—. Solo fue una gota en la muñeca, pero empezó a arder de inmediato. Está delirando, Reed. Lleva diez minutos diciendo incoherencias.

Sue se acercó a la camilla, colocando una mano compasiva sobre la frente de Peter, pero retrocedió un centímetro por la sorpresa.

—Tiene más de cuarenta y dos grados de fiebre —murmuró ella con preocupación—. Y sigue subiendo. Su fisiología arácnida está intentando metabolizarlo, pero parece estar atrapado en un bucle térmico.

—La máscara le está limitando la oxigenación —señaló Johnny.

Sin pensarlo dos veces, el rubio se inclinó sobre la camilla. Con dedos torpes y cuidadosos, sujetó el borde de la máscara de tela roja de Peter y la enrolló hacia arriba, exponiendo su barbilla afilada, sus labios resecos y entreabiertos, y su nariz recta. El aire frío del laboratorio golpeó la piel empapada en sudor del chico, pero no pareció calmarlo.

Peter abrió los ojos.

Eran unos ojos castaños avellana, enormes y brillantes, desenfocados por la fiebre como los de un ciervo deslumbrado por los faros de un camión en mitad de la carretera. Parpadeó lentamente, fijando su atención en la figura dorada que tenía inclinada sobre él.

—Johnny... —susurró Peter. Su voz sonó ronca, rota, cargada de una extraña pesadez líquida.

—Aquí estoy, Spidey. Respira, Reed ya está aquí, te vamos a sacar de...

Antes de que Johnny pudiera terminar la frase, la mano de Peter se disparó hacia arriba. Sus dedos enguantados se cerraron alrededor del cuello de Johnny con la fuerza ineludible de un arácnido, jalándolo hacia abajo con una violencia desarmante. Peter se incorporó de golpe en la camilla y, sin previo aviso, estampó su boca contra la de Johnny.

A Johnny se le congeló el aliento en los pulmones.

Sus ojos se abrieron desmesuradamente mientras sentía el impacto abrasador de los labios de Peter. No fue un roce torpe ni un tropiezo inocente; fue un beso famélico, desesperado, urgente. Antes de que el cerebro de Johnny pudiera procesar la conmoción y ordenarle a sus músculos que retrocedieran, la lengua de Peter forzó la entrada entre sus labios, caliente, decidida y demandante.

Peter emitió un gemido sordo en el fondo de la garganta, un sonido casi animal, mientras envolvía ambos brazos alrededor de los hombros de Johnny, pegando su pecho sudoroso contra el torso blindado del uniforme de la Antorcha Humana. Se aferraba a él como si fuera un náufrago y Johnny fuera la única madera flotante en medio de un océano en llamas.

Johnny se quedó inmóvil, con los brazos en el aire, con las palmas abiertas hacia el techo, completamente paralizado. No se atrevía a tocarlo, horrorizado ante la idea de corresponder o de romperle una costilla a su mejor amigo en un intento de quitárselo de encima.

—¡Por todos los cielos! —exclamó Sue, llevándose una mano a la boca.

Reed, con el ceño fruncido por la alarma, estiró su brazo derecho como una banda elástica para sujetar a Peter por los hombros.

—¡Peter, basta! ¡Suéltalo!

—¡Espera, Reed, no! —gritó Sue de pronto, deteniendo el brazo de su esposo con un campo de fuerza invisible. Sus ojos azules estaban fijos en los monitores holográficos que parpadeaban violentamente a espaldas de la camilla—. ¡Mira las lecturas bioeléctricas!

—¿Qué estás diciendo, Susan? Está asfixiando a tu hermano —protestó Reed, desconcertado.

—¡El compuesto no reaccionaba al escáner porque estaba inerte a nivel superficial! —explicó ella rápidamente, señalando las barras de datos que pasaban del rojo al verde a una velocidad vertiginosa—. La energía endotérmica de Peter está usando el calor corporal de Johnny para procesar la toxina. El contacto está estabilizando sus ondas cerebrales. ¡Los resultados del antídoto se están generando ahora mismo gracias al pico de calor!

Johnny, con la boca todavía ocupada y la lengua de Peter lamiendo su paladar con una devoción febril y desinhibida, puso los ojos en blanco hacia su hermana, emitiendo un sonido ahogado de pura indignación.

—¡Aguanta un poco más, Johnny! —le ordenó Sue, con tono práctico y clínico—. ¡Solo son unos segundos, necesitamos que el procesador complete el análisis al cien por ciento!

Aquello fue demasiado para la Antorcha Humana.

El cuerpo de Peter estaba pegado al suyo con una intimidad abrumadora, las caderas del castaño moviéndose ligeramente sobre el borde de la camilla, buscando más fricción, más temperatura. Johnny sintió una oleada de calor genuino que no provenía de sus poderes subirle desde el estómago hasta el cuello, tiñendo sus mejillas de un escarlata furioso. La vergüenza y el desconcierto colapsaron sus circuitos neuronales.

Con un gruñido ahogado, Johnny empujó el pecho de Peter hacia atrás, usando toda la fuerza de sus músculos. Para cortar cualquier nuevo intento de acercamiento, encendió sus poderes en un reflejo puramente defensivo: una corona de fuego brillante y crepitante estalló alrededor de su cabeza y sus hombros, formando una barrera ígnea mientras se alejaba dos pasos de la camilla, jadeando.

—¡Ni hablar! ¡Hasta ahí llegamos! —bramó Johnny, con la cabeza envuelta en llamas y la cara ardiendo de una mezcla atroz de rubor y furia—. ¡Me niego a ser la medicina de nadie si implica que me devoren la boca frente a mi familia!

Peter cayó de espaldas contra las almohadas médicas. Sus labios, húmedos y enrojecidos, se separaron con un suspiro tembloroso. Sus ojos color avellana parpadearon con lentitud, mirándolo a través de la cortina de fuego con una expresión tan vulnerable, rota y desorientada que a Johnny se le encogió el corazón por un instante.

Peter ladeó la cabeza, dejando escapar un sollozo ahogado, sintiendo la pérdida de calor como si lo hubieran empujado a un lago congelado. Se encogió sobre sí mismo, encorvando la espalda.

Al instante, los monitores comenzaron a emitir un pitido discordante y chillón.

—Maldita sea, Johnny —se quejó Reed, tecleando a toda prisa—. El estado anímico del sujeto ha decaído. Su sistema nervioso ha interpretado tu rechazo como un trauma de choque. El flujo térmico se interrumpió y los datos se congelaron al setenta y ocho por ciento.

—¿Mi rechazo? —chilló Johnny, apagando el fuego de su cabeza con un siseo de frustración—. ¡Es mi amigo, Reed! ¡No voy a quedarme ahí parado dejando que me meta la lengua hasta la campanilla!

—Pues piensa en algo rápido, hermanito —dijo Sue cruzándose de brazos, aunque una sombra de diversión maliciosa brilló en su mirada—, porque si la temperatura de Peter vuelve a colapsar, tendremos que inducirle un coma químico.

Johnny apretó los dientes, frotándose la boca con el dorso de la mano. Todavía podía sentir el sabor metálico del traje de Peter mezclado con la dulzura febril de sus labios.

—Spidey... oye, amigo, mírame —dijo Johnny, dando un paso cauteloso hacia la camilla, tratando de mantener un tono neutral y conciliador—. Tienes que relajarte, ¿de acuerdo? Reed casi termina. Solo quédate quieto.

Peter levantó la cabeza muy despacio. Sus mechones castaños, empapados de sudor, caían sobre su frente tapándole parte de esos ojos grandes de cervatillo. No estaba en sus cabales; la química alienígena todavía nadaba por sus sinapsis, derribando cualquier filtro de timidez, educación o cordura que Peter Parker hubiera construido en sus veintitantos años de vida.

Pero ya no miraba a la cara de Johnny.

La mirada de Peter descendió con una lentitud aterradora. Recorrió el ancho pecho del rubio, bajó por su abdomen plano y definido por el ceñido tejido molecular del uniforme de los Cuatro Fantásticos, y se clavó, sin el más mínimo disimulo, directamente en la entrepierna de su mejor amigo.

El calor seguía ahí. En algún lugar, Peter sabía que ese cuerpo albergaba el fuego más puro del mundo, y su instinto arácnido, intoxicado y delirante, no buscaba un beso educado; buscaba la fuente primaria de esa energía incandescente.

Peter tragó saliva de manera audible, humedeciéndose los labios resecos con la punta de la lengua.

—Peter... ¿qué estás mirando? —preguntó Johnny, sintiendo que un escalofrío helado le recorría la columna vertebral, sustituyendo de golpe el bochorno anterior.

Peter no respondió con palabras. Con una gracia fluida y felina impropia de alguien al borde del colapso, el chico se deslizó fuera de la camilla. Cayó de rodillas sobre el piso metálico del laboratorio, pero no se detuvo: avanzó a gatas, con la respiración entrecortada y los ojos fijos en la bragueta del uniforme de Johnny.

—Uh... ¿Reed? —dijo Johnny, dando un paso torpe hacia atrás, chocando contra el borde de una consola—. ¿Reed, estás viendo esto?

—Fascinante —murmuró Reed sin apartar los ojos de los gráficos de compatibilidad térmica—. Su hipotálamo parece haber localizado el mayor punto de concentración de micro-vasculatura caliente en tu cuerpo para intentar una transferencia directa de calor por vía mucosa...

—¡Cállate, Reed! —gritó Johnny, alzando las manos en señal de rendición mientras Peter continuaba arrastrándose hacia él con determinación predatoria—. ¡Peter, detente ahí! ¡Ni se te ocurra, araña pervertida, te voy a incinerar el trasero!

Peter llegó hasta las botas de Johnny. Levantó la vista, con las mejillas encendidas y una sonrisa completamente descarada y perdida dibujándose en su rostro juvenil. Extendió ambas manos temblorosas y, con una devoción ciega, sujetó firmemente las caderas del rubio, tirando de él hacia adelante mientras enterraba la cara contra el muslo de Johnny, buscando afanosamente la cremallera del traje con los dientes.

—¡Johnny! —gritó Sue, entre el horror absoluto y un ataque de risa histérica—. ¡Haz algo!

—¡¿Qué quieres que haga?! ¡Tiene superfuerza, me va a arrancar los pantalones! —chilló Johnny, con la cara más roja que una supernova mientras intentaba inútilmente apartar los hombros de Peter sin quemarlo vivo—. ¡Peter, por el amor de Dios, soy tu mejor amigo! ¡Suelta eso ahora mismo!

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