
Yanderes X
Fandom: Marvel Comics, Spider-Man
Creado: 6/10/2026
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La fragilidad del cristal y el perfume de las rosas
El sol de la tarde se filtraba por los ventanales de la biblioteca pública de Queens, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire. Peter Parker, con sus trece años recién cumplidos y una mochila que parecía demasiado grande para sus hombros, estaba concentrado en su libro de ciencias. Su cabello castaño caía ligeramente sobre su frente, y de vez en cuando se ajustaba las gafas con un gesto nervioso que denotaba su timidez.
Para Peter, aquel era un día cualquiera. No sabía que, a pocos metros de distancia, dos presencias imponentes lo observaban con una intensidad que rozaba lo sobrenatural.
Emma Frost, vestida con un traje sastre de seda blanca que acentuaba su elegancia aristocrática, cerró su libro de poemas sin apartar la mirada del muchacho. A su lado, Jean Grey, cuyo cabello pelirrojo parecía brillar con luz propia bajo los focos de la biblioteca, suspiró suavemente, entrelazando sus dedos sobre la mesa.
—Es absolutamente perfecto, Jean —susurró Emma, su voz era como el terciopelo frío—. Míralo. Esa expresión de concentración pura... es tan inocente que duele.
Jean asintió, con una sonrisa melosa curvando sus labios. Sus ojos verdes no parpadeaban, fijos en la figura del pequeño Peter.
—Tiene un aura tan cálida, Emma —respondió Jean en el mismo tono bajo—. Puedo sentir su bondad desde aquí. Es como un pequeño gorrión que necesita ser protegido del mundo.
Peter, ajeno a la conversación, soltó un pequeño bostezo y se frotó los ojos. El gesto, cargado de una ingenuidad infantil, pareció encender algo en ambas mujeres. Sin intercambiar más palabras, se pusieron de pie al unísono y caminaron hacia la mesa del chico.
El sonido de los tacones de Emma resonó en el suelo de madera, haciendo que Peter levantara la vista. Al ver a las dos mujeres acercarse, el corazón del joven comenzó a latir con fuerza. Nunca había visto a nadie tan hermoso, y mucho menos a dos mujeres adultas que parecían haber salido de la portada de una revista de alta costura.
—Hola, pequeño —dijo Jean, inclinándose ligeramente sobre la mesa. El aroma a jazmín que desprendía envolvió a Peter de inmediato—. ¿Estás estudiando algo muy difícil?
Peter parpadeó, completamente aturdido. Su garganta se sintió seca de repente.
—Ah... hola. Solo es... es biología avanzada —logró articular, su voz rompiéndose ligeramente por el cambio de tono propio de su edad.
Emma soltó una risa cristalina y se sentó en la silla vacía justo al lado de Peter, invadiendo su espacio personal con una confianza absoluta. Extendió una mano enguantada y, con una delicadeza extrema, apartó un mechón de pelo de los ojos del chico.
—Biología, qué maravilla —comentó Emma, deslizando sus dedos por la mejilla de Peter—. Un niño tan inteligente y aplicado. Me pregunto si tus padres saben el tesoro que tienen en casa.
Peter se sonrojó violentamente, el calor subiendo por su cuello hasta las orejas.
—Yo... vivo con mis tíos —murmuró, bajando la mirada hacia su libro.
Jean rodeó la mesa y se situó al otro lado de Peter, colocando una mano protectora sobre su hombro. El contacto era cálido y firme.
—Oh, entiendo —dijo Jean con dulzura—. Entonces debes de ser el orgullo de tus tíos. Eres tan dulce, Peter... ¿Te importa si te llamamos así? Hemos visto tu nombre escrito en tu cuaderno.
—No, no me importa —respondió él, sintiéndose extrañamente hipnotizado por la atención que estaba recibiendo.
—Eres una delicia —continuó Emma, acercando su rostro al de él hasta que Peter pudo ver el azul gélido de sus ojos, que ahora brillaban con un afecto desmedido—. No puedo creer que un jovencito tan encantador esté aquí solo. El mundo es un lugar muy rudo para alguien tan pequeño y precioso como tú.
—Estoy bien, de verdad —dijo Peter, tratando de sonar valiente, aunque sus manos temblaban ligeramente sobre las páginas del libro.
Jean se inclinó y depositó un beso fugaz en la coronilla del chico, un gesto cargado de una ternura casi maternal, pero con un matiz de posesividad que Peter no supo interpretar.
—No tienes de qué preocuparte ahora, cielo —susurró Jean al oído de Peter—. Nosotras estamos aquí. Nos hemos dado cuenta de que necesitas a alguien que te cuide de verdad, alguien que aprecie lo especial que eres.
—Pero si apenas nos conocemos —atinó a decir Peter, mirando de una a otra con confusión.
Emma tomó la mano de Peter entre las suyas. Sus manos eran finas y elegantes, y el contraste con la mano pequeña y aún en desarrollo del chico era evidente.
—A veces, Peter, el alma reconoce lo que necesita en un solo instante —explicó Emma con una sonrisa radiante—. Y nosotras supimos que te necesitábamos en cuanto te vimos. Eres como una pequeña joya que hemos encontrado por casualidad.
Peter se sentía abrumado. El comportamiento de las dos mujeres era extremadamente romántico y meloso, algo que nunca había experimentado. Se sentía como el centro del universo, rodeado por una atención que era a la vez embriagadora y desconcertante.
—¿Tienen... hambre? —preguntó Peter, intentando desviar la atención de sí mismo—. Iba a ir a por un perrito caliente fuera.
Jean y Emma intercambiaron una mirada divertida.
—Oh, no, cariño —dijo Jean, acariciando su nuca—. No vamos a dejar que comas comida de la calle. Mereces algo mucho mejor.
—Mucho mejor —secundó Emma—. Ven con nosotras. Vamos a llevarte a un lugar donde puedan servirte lo que desees. Queremos mimarte, Peter. Queremos ver esa sonrisa tuya todo el tiempo.
Peter dudó por un momento. Sabía que no debía irse con extraños, pero había algo en Jean y Emma que lo hacía sentir extrañamente seguro, a pesar de la intensidad de sus palabras. Además, la forma en que lo miraban, como si fuera lo más valioso que habían visto jamás, le resultaba difícil de rechazar.
—Supongo que... un rato no pasaría nada —cedió Peter finalmente.
Las dos mujeres sonrieron al mismo tiempo, una expresión de triunfo y adoración absoluta.
—Ese es mi chico bueno —dijo Emma, levantándose y ayudando a Peter a recoger sus cosas con una eficiencia asombrosa—. Jean, ayúdalo con su mochila, no quiero que cargue tanto peso.
—Por supuesto, Emma —respondió Jean, quitándole la mochila a Peter antes de que él pudiera protestar—. Vamos, Peter. Hoy va a ser un día que no olvidarás.
Salieron de la biblioteca flanqueando al chico. Peter caminaba en medio de las dos, sintiéndose pequeño pero extrañamente protegido. En la calle, un coche de lujo negro esperaba en la acera.
—¿Ese es su coche? —preguntó Peter, asombrado.
—Es para ti, querido —dijo Emma, abriéndole la puerta trasera—. Todo lo que tenemos puede ser tuyo si así lo deseas.
Peter subió al vehículo, hundiéndose en los asientos de cuero. Jean se sentó a su izquierda y Emma a su derecha, dejándolo en el centro. El espacio era reducido, y Peter podía sentir el calor corporal de ambas.
—Estás tan tenso, pequeño —comentó Jean, rodeando su cintura con un brazo y atrayéndolo hacia ella—. Relájate. Estás a salvo con nosotras.
—Es que... esto es muy raro —admitió Peter, mirando sus propios pies—. Nadie me había tratado así nunca.
Emma le tomó la barbilla con suavidad, obligándolo a mirarla.
—Eso es porque nadie ha sabido ver quién eres realmente —sentenció ella—. Pero nosotras sí. Eres nuestro pequeño tesoro, Peter Parker. Y vamos a asegurarnos de que lo sepas cada segundo del día.
El coche se puso en marcha, alejándose de las calles familiares de Queens hacia el centro de Manhattan. Durante el trayecto, Jean y Emma no dejaron de hablarle con palabras dulces, elogiando su cabello, sus ojos, su inteligencia y su timidez. Peter se sentía como si estuviera flotando en una nube de algodón de azúcar, una sensación dulce y pegajosa que lo envolvía por completo.
—¿Te gusta la música clásica, Peter? —preguntó Jean, mientras le acariciaba el cabello rítmicamente.
—Me gusta un poco de todo —respondió él, empezando a relajarse bajo el tacto de la mujer.
—Te llevaremos a la ópera —decidió Emma con entusiasmo—. Te compraremos un traje a medida. Estarás tan guapo que nadie podrá apartar la vista de ti, aunque me temo que me pondré celosa si te miran demasiado.
Peter soltó una pequeña risa nerviosa.
—¿Celosa? Pero si solo soy un niño.
Jean apretó su abrazo ligeramente, apoyando su mejilla contra la de Peter.
—Eres mucho más que eso para nosotras, Peter. Eres la pureza que este mundo ha perdido. Y no vamos a permitir que nada ni nadie te corrompa.
El coche se detuvo frente a un restaurante de aspecto increíblemente caro. El portero corrió a abrir la puerta, y las dos mujeres escoltaron a Peter hacia el interior. El establecimiento estaba casi vacío, reservado exclusivamente para ellas.
Se sentaron en una mesa redonda adornada con flores frescas. Un camarero apareció de inmediato, pero Emma lo despidió con un gesto de la mano.
—Nosotras nos encargaremos de atender a nuestro invitado —dijo Emma con firmeza.
Jean comenzó a servirle agua a Peter en una copa de cristal fino, mientras Emma consultaba la carta, aunque sus ojos volvían constantemente al chico.
—¿Qué te apetece, Peter? —preguntó Jean—. Pide lo que quieras. No hay límites hoy.
—Un filete estaría bien —dijo Peter, sintiéndose un poco fuera de lugar en aquel entorno tan lujoso.
—Un filete será —asintió Emma—. Y de postre, algo tan dulce como tú.
Durante la cena, la atención de las mujeres no decayó ni un instante. Se turnaban para darle trozos de comida en la boca, algo que al principio avergonzó a Peter, pero que terminó aceptando bajo la presión del afecto constante que ambas le profesaban.
—Eres tan adorable cuando comes —comentó Jean, limpiándole una mancha inexistente en la comisura de los labios con una servilleta de lino—. Podría pasarme horas simplemente mirándote.
—Yo también —añadió Emma—. Tienes una luz especial, Peter. Una luz que queremos proteger a toda costa.
—¿Por qué yo? —preguntó Peter, bajando los cubiertos—. Hay muchos chicos en Queens.
Emma se inclinó sobre la mesa, tomando sus manos.
—Porque tú eres único, Peter —dijo ella con una seriedad que lo estremeció—. Hay una chispa en ti que no hemos visto en nadie más. Y ahora que te hemos encontrado, no pensamos dejarte ir.
—Queremos ser tu refugio —continuó Jean, su voz cargada de una emoción intensa—. Queremos ser las personas a las que acudas cuando tengas miedo, cuando estés feliz o cuando simplemente necesites un abrazo. Queremos serlo todo para ti.
Peter se sintió abrumado por la magnitud de sus palabras. A sus trece años, el concepto de un amor tan devoto y absorbente era algo que solo había leído en los libros, y vivirlo en primera persona era casi irreal.
—Yo... no sé qué decir —murmuró Peter, sintiendo que sus ojos se humedecían por la intensidad del momento.
—No tienes que decir nada, pequeño —dijo Jean, levantándose de su silla para abrazarlo por la espalda, envolviéndolo en su calor—. Solo déjanos quererte. Déjanos cuidarte.
Emma también se levantó y se situó frente a él, depositando un beso tierno en su frente.
—A partir de hoy, tu vida va a cambiar, Peter —susurró Emma—. Ya no estarás solo. Tendrás a dos mujeres que te adoran por encima de todas las cosas.
Cuando la cena terminó, salieron del restaurante bajo las estrellas. El aire de la noche era fresco, y Peter se estremeció ligeramente. Inmediatamente, Emma se quitó su abrigo de diseño y lo colocó sobre los hombros del chico, envolviéndolo en el aroma de su perfume caro.
—No queremos que te resfríes, tesoro —dijo Emma, ajustando el abrigo alrededor de su pequeño cuerpo.
—Gracias —dijo Peter, sintiéndose pequeño dentro de la prenda, pero inmensamente reconfortado.
Subieron de nuevo al coche. Esta vez, Peter no se sentía tan nervioso. Se dejó caer contra el respaldo, sintiendo el cansancio del día empezar a hacer mella en él. Jean lo atrajo hacia su regazo, y Peter, sin fuerzas para resistirse, apoyó la cabeza en su hombro.
—Duerme un poco, pequeño —susurró Jean, acariciándole la mejilla—. Te llevaremos a casa, pero esto es solo el principio. Mañana volveremos a vernos. Y pasado mañana también.
—Siempre estaremos contigo —añadió Emma, tomando la mano de Peter y entrelazando sus dedos con los de él—. Eres nuestro, Peter. Nuestro pequeño y dulce Peter.
Mientras el coche avanzaba por las calles iluminadas de Nueva York, Peter Parker se quedó dormido, arrullado por las palabras de afecto y el contacto constante de las dos mujeres que habían decidido, en un solo instante, que él era el centro de sus mundos. No sabía qué le depararía el futuro, pero en ese momento, rodeado de seda, perfume y promesas de amor eterno, se sintió más querido de lo que jamás hubiera imaginado.
Emma y Jean lo observaban dormir con una devoción casi religiosa. Para ellas, el chico era un lienzo en blanco, una joya por pulir, y estaban dispuestas a hacer cualquier cosa para mantenerlo a su lado, lejos de la fealdad del mundo exterior. En sus mentes, Peter ya no era solo un chico de Queens; era su propiedad más preciada, el objeto de un afecto que no conocía límites y que solo acababa de comenzar a manifestarse.
El vehículo se detuvo frente a la modesta casa de los tíos de Peter. Emma suspiró, reacia a dejarlo ir incluso por unas pocas horas.
—Mañana vendremos a buscarlo para el colegio —dijo Emma en un susurro.
—Sí —asintió Jean, depositando un último beso en la mejilla del chico dormido—. No podemos dejar que pase demasiado tiempo sin nosotras.
Despertaron a Peter con suavidad. Él, medio aturdido, bajó del coche y caminó hacia su puerta, todavía envuelto en el abrigo de Emma. Se giró una última vez para despedirse con la mano. Las dos mujeres le devolvieron la sonrisa, una sonrisa llena de una promesa silenciosa y una dulzura que bordeaba lo obsesivo.
Peter entró en su casa, sintiendo que el mundo que conocía se había vuelto un poco más pequeño, y que su vida, a partir de ese encuentro fortuito, nunca volvería a ser común y corriente.
