Fanfy
.studio
Imagen de fondo

Idk

Fandom: No

Creado: 8/10/2026

Etiquetas

Recortes de VidaRealismoHumorEstudio de PersonajeHistoria DomésticaSupervivenciaDramaPelícula de AmigosDolor/ConsueloPsicológicoAbuso de AlcoholLenguaje ExplícitoLirismoRomanceAngustiaCelosNoir
≡ Índice

La sudestada y los fusibles

El agua no caía: se estrellaba contra las chapas del techo como si alguien estuviera volcando baldes de ripio desde el cielo. La estación fluvial de Tigre olía a barro revuelto, a gasoil viejo y a ese encierro húmedo que precede a los desastres menores. El río ya se había tragado los tres primeros escalones del muelle de madera, y el aviso colgado con cinta aisladora en la ventanilla de las lanchas colectivas era terminante: servicio suspendido por sudestada hasta nuevo aviso.

Adentro del tinglado de espera, las luces titilaron dos veces con un zumbido seco antes de apagarse por completo. Solo quedó la penumbra grisácea de las seis de la tarde, recortada por los relámpagos que entraban a través de los ventanales mugrientos.

—Divino —soltó una voz femenina cerca de los molinetes—. Una experiencia comunitaria no solicitada.

Vera se acomodó la mochila en un hombro, cruzó los brazos y recorrió el espacio con una mirada que no pedía disculpas por juzgar. Había estado esperando la lancha durante cuarenta minutos, postergando la decisión de tomarse un colectivo de vuelta a Capital porque creyó, con un optimismo infundado, que el temporal iba a pasar de largo. Ahora estaban ahí, con el portón de salida principal trabado por la mugre arrastrada por el agua y una docena de personas atrapadas en una especie de cápsula de tiempo que olía a humedad añeja.

A dos metros de ella, un chico alto de campera deportiva azul infló el pecho, miró la cerradura del portón y chasqueó la lengua con una suficiencia casi teatral.

—Tranquilos, esto es una pavada —dijo Nicolás, pasando al frente como si alguien le hubiera alcanzado una cucarda invisible de liderazgo—. El pestillo se trabó por la dilatación del marco húmedo. Hay que hacer palanca del lado izquierdo. Déjenme a mí, que de esto entiendo bastante más que el promedio.

—Por favor, hacelo —respondió Vera, arqueando una ceja, sin moverse de su sitio—. Porque si nadie va a hacer nada, lo pateo yo hasta que ceda. Pero si querés fingir que sos cerrajero forense, te doy el escenario.

Nicolás la miró de arriba abajo, evaluando si el tono era un desafío o una rendición. Decidió que era un desafío.

—No es fingir si realmente sabés cómo funciona un mecanismo simple, reina —retrucó él con una sonrisa ladeada, acomodándose las mangas.

A un costado, sentado sobre un banco de listones de madera despintada, Mateo observaba el intercambio en silencio. Tenía las manos metidas en los bolsillos del buzo canguro. Por fuera parecía la estampa misma de la indiferencia rioplatense, un pibe que simplemente esperaba que dejara de llover para seguir con su vida. Por dentro, sin embargo, el segundero de su cabeza iba a mil por hora: el agua del piso ya le rozaba las suelas de las zapatillas de lona, el olor a humedad le disparaba una alergia latente y la sola idea de pasar la noche varado con desconocidos le generaba una urgencia sorda por prender fuego el muelle.

—Si empujás del lado izquierdo —dijo Mateo, con una voz tan baja y pareja que tardó un segundo en competir con el trueno que acababa de sacudir el techo—, vas a terminar de quebrar la lengüeta de bronce. Es una cerradura Yale de embutir, modelo viejo. Se abre tirando hacia arriba, no empujando.

Nicolás se frenó con la mano en el picaporte y giró la cabeza hacia Mateo.

—¿Y vos cómo sabés tanto?

—Porque no soy ciego y tiene juego vertical —respondió Mateo sin levantar el tono, sosteniéndole la mirada con una calma desconcertante—. Dame cinco minutos. Si dejás de forcejear como un animal, lo arreglo.

Nicolás frunció el ceño, claramente herido en un orgullo que ni siquiera había tenido tiempo de presentarse formalmente.

—A ver, mostrame. Iluminanos, genio.

En una esquina menos expuesta, sentada sobre su valija rígida para no tocar el piso anegado, Zoe tragó saliva. Sus dedos tamborileaban un ritmo caótico sobre sus rodillas. Llevaba diez minutos diciéndose a sí misma que tenía que respirar hondo, pero su cabeza ya había proyectado tres escenarios catastróficos distintos: una electrocución masiva por algún cable pelado, una crecida histórica del río Luján que los obligaría a nadar hasta la avenida Cazón, o, peor aún, que alguno de los presentes le hiciera una pregunta y ella respondiera una estupidez tan grande que todos se miraran en silencio y la excluyeran tácitamente del grupo de supervivencia.

—Si nos morimos ahogados acá adentro —soltó Zoe de pronto, con los ojos muy abiertos y un tono falsamente festivo—, juro que mi fantasma va a ponerle una estrella en Google Maps a este municipio. Y voy a aclarar que ni siquiera tenían dispenser de agua caliente.

Un pibe que estaba apoyado contra la pared, a su lado, soltó una risa suave, honesta. Gael tenía el pelo húmedo pegado a la frente y una campera que parecía haber vivido tres guerras civiles, pero transmitía una serenidad casi terapéutica. Había estado mirando a Zoe desde que la chica se sentó en la valija; notó la respiración superficial, el pie que no paraba de moverse y cómo evitaba mirar a los ojos a cualquiera que pasara cerca.

—No nos vamos a morir —le dijo Gael, con un tono cálido, arrastrando las eses con tranquilidad—. A lo sumo vamos a agarrarnos un resfrío legendario. Tomá, ponete esto en los hombros, estás temblando.

Le tendió una bufanda gruesa de lana que sacó de su bolso. Zoe lo miró como si le estuviera ofreciendo un lingote de oro en medio de una hambruna.

—No, no, quedátela vos, qué vergüenza, vas a tener frío...

—Yo estoy perfecto —mintió Gael con una soltura admirable.

Hacía tres semanas que no dormía bien por un problema familiar que se negaba a procesar y sentía una puntada en el estómago provocada por el café frío de la mañana, pero resolver el pánico ajeno siempre le resultaba infinitamente más cómodo que atender el propio.

—Ponétela —insistió él con una sonrisa suave—. Sé perfectamente qué deberías hacer: respirar hondo y aceptar la bufanda. Yo después veo lo mío.

Zoe agarró la prenda, envolviéndose en ella como si fuera un escudo contra la intemperie y contra sus propios pensamientos.

—Gracias —murmuró, sintiendo un alivio absurdo que le aflojó los hombros—. Soy Zoe, por las dudas. Si empiezo a hablar de hormigas o de la caída de Constantinopla es porque el estrés me quema los cables.

—Gael —se presentó él, divertido—. Hablá de lo que quieras.

Unos pasos más allá, cerca de la boletería a oscuras, Santiago no estaba prestando atención a la puerta ni a la tormenta. Estaba agachado frente a una caja de metal empotrada en la pared, iluminándola con la linterna tenue de su celular. Vestía una camisa prolija, jeans oscuros y un impermeable beige que parecía recién comprado; se veía impecablemente sensato, el tipo de pibe que uno asumiría que estudia abogacía y nunca cruza con el semáforo en rojo.

—Qué interesante —dijo Santi al aire, sin mirar a nadie.

Sofía, que estaba parada a medio metro esperando que el agua no alcanzara su bolso de cuero, bajó la mirada hacia él. Había observado todo el despliegue previo: los gritos de Vera, los aires de grandeza de Nicolás, el temblequeo nervioso de la chica de la bufanda. No había dicho una sola palabra desde que se cortó la luz. No sentía la necesidad de ocupar espacio sonoro si no tenía nada útil que aportar.

—¿Qué es interesante? —preguntó Sofi con voz pausada, midiendo la distancia.

—El cableado —respondió Santi con una naturalidad desconcertante, señalando las tripas de la caja metálica—. Es un sistema trifásico anterior a los años setenta. Utiliza aislantes de tela prensada con alquitrán. Si la humedad sube diez centímetros más, no va a saltar la térmica porque directamente no tiene disyuntor diferencial moderno: los fusibles son de plomo calibrado. Es fascinante que esto todavía no haya explotado. En 1984 hubo un incendio en un frigorífico de Zárate exactamente por este tipo de instalación. Murieron trescientas vacas ya faenadas.

Sofi pestañeó lentamente. Lo analizó durante tres segundos enteros. El pibe parecía un oficinista junior, pero hablaba de vacas calcinadas en los ochenta con la misma devoción que alguien comentaría un gol de media cancha.

—O sea que tenemos muchas chances de quedar electrocutados —concluyó ella, sin perder la compostura.

—Técnicamente sí, pero las probabilidades bajan si nadie toca la pared mojada —aclaró Santi, poniéndose de pie y guardando el teléfono—. Me llamo Santiago, por cierto.

—Sofía. Y te agradecería que no toques nada ahí adentro.

—No pensaba tocarlo. Solo quería entender por qué zumbaba en si bemol.

Desde el fondo del pasillo que daba a los baños clausurados apareció otro muchacho, arrastrando los pies con un optimismo impermeable a la catástrofe. Bruno venía secándose las manos con un trapo rejilla que claramente no era suyo y traía en la otra mano un termo de acero abollado.

—Che, buenas noticias dentro de la tragedia griega —anunció Bruno con una sonrisa ancha—. El sereno de la estación se llama Cacho. Resulta que es primo segundo de un flaco con el que fui a la primaria en Villa Adelina, un fenómeno el Chino Martínez. Cacho me dejó cargar agua en la pava de su casilla antes de que se le inundara el rancho. ¿Alguien tiene mate? Porque yo tengo el agua pero me olvidé la yerba en el auto de mi cuñado.

Vera se dio vuelta hacia él con los ojos entrecerrados.

—¿Hay un sereno? ¿Y por qué carajo no nos abre el portón de servicio?

—Porque perdió la llave en el noventa y ocho, según me contó —explicó Bruno, encogiéndose de hombros sin perder la simpatía—. Dice que desde el menemismo que ese portón no se abre con llave, que le daban con una barreta. Pero la barreta se la prestaron a los de Prefectura la semana pasada y no se la devolvieron. Una desorganización hermosa. Igual me contó tres anécdotas de fantasmas en el río que son para alquilar balcones.

—Increíble —suspiró Vera, frotándose el puente de la nariz—. Estamos a merced de los Tres Chiflados.

Nicolás, que seguía parado junto al portón forcejeando disimuladamente con la manija para no darle la razón a Mateo, resopló.

—A un lado —dijo Nicolás—. Voy a empujar la chapa del costado. Tiene tres remaches sueltos. Si le pego una patada seca a la altura de la bisagra, zafa.

Mateo ya se había levantado del banco. Se acercó despacio, sacó del bolsillo un juego de llaves con una navaja suiza minúscula y desplegó una hoja plana y gastada.

—Si pateás la chapa, se dobla contra el marco de hierro y no salimos más ni nosotros ni los bomberos —dijo Mateo, colocándose entre Nicolás y la puerta sin empujar, pero plantándose firme—. Dame espacio.

—Te dije que sé lo que hago, flaquito —insistió Nicolás, tensando la mandíbula—. No necesito que me expliques física básica.

Mateo no levantó la voz, pero una chispa de malicia tranquila se le encendió en los ojos.

—Se nota que sabés un montón. Sobre todo se notó cuando intentaste abrir una cerradura embutida girándola para el lado que cierra. Dale, mostrame otra vez cómo lo hacías con los ojos cerrados en tu casa, así nos reímos un rato mientras nos llega el agua a las rodillas.

Nicolás abrió la boca para contestar, visiblemente descolocado por la ironía seca del otro, pero Vera dio un paso al frente y se interpuso entre los dos.

—Bueno, córtensela los dos con el concurso de quién mea más lejos —sentenció ella, fulminándolos con la mirada—. Nico, salí de ahí antes de que te rompas la pierna o nos dejes encerrados de por vida. Y vos —señaló a Mateo—, meté el fierrito ese donde haga falta y abrí la puerta antes de que me empiece a subir la térmica a mí.

Mateo sonrió apenas, una mueca de medio lado que guardó de inmediato, y se inclinó sobre el mecanismo. Con dos movimientos precisos de la hoja de metal y un tirón seco hacia arriba, el pestillo oxidado cedió con un chasquido hueco. La puerta se abrió unos cinco centímetros, dejando entrar el olor a tierra mojada y el viento helado del río.

—Listo —dijo Mateo, guardando la navaja—. Cuatro minutos. Me sobró uno.

Zoe soltó un aplauso solitario, impulsivo, y enseguida bajó las manos, poniéndose roja.

—Perdón, me emocioné —se justificó en voz baja—. Pensé que íbamos a tener que armar una sociedad tribal y sacrificar al más débil. Que probablemente iba a ser yo, porque no tengo masa muscular y sobrepienso todo hasta cansar a los depredadores.

Gael se rió por lo bajo.

—No creo que te hubieran sacrificado primero. El del ego grande estaba haciendo más méritos.

Nicolás escuchó el comentario y miró a Gael con el ceño fruncido, pero antes de que pudiera decir algo, Sofía intervino desde atrás, con una voz cristalina y calmada que desactivó el contraataque antes de que naciera.

—Deberías agradecer que no tuviste que patearla, Nicolás. Te habrías arruinado las zapatillas de marca y la puerta seguiría cerrada. No necesito discutir para saber que tengo razón.

Nico la miró, intentó sostenerle la mirada buscando algún rastro de provocación barata para devolvérsela, pero los ojos claros de Sofía estaban tan ridículamente seguros de sí mismos que el pibe simplemente optó por resoplar, acomodarse la campera y mirar hacia afuera.

—Bueno, al menos alguien hizo algo útil —masculló él—. Igual la tormenta afuera está peor. Salir ahora es una locura.

—Tiene razón en eso —apuntó Santi, que seguía mirando las chapas del techo—. El frente de tormenta tiene un gradiente de presión que indica ráfagas de setenta kilómetros por hora durante los próximos cuarenta minutos. Si salimos al playón descubierto, corremos el riesgo de que se desprenda una rama de los sauces de la costa. En 2012, una rama de sauce de ocho kilos mató a un turista en San Fernando. El sauce tiene una madera porosa que absorbe demasiada agua y se vuelve frágil de golpe.

Hubo un silencio espeso en el tinglado. Todos miraron a Santi.

—Che —soltó Bruno, rompiendo la tensión con una sonrisa desarmada—, vos sos un tipazo, Santi, pero no te voy a invitar nunca a mi cumpleaños. Te juro que me deprimís las velitas.

Zoe soltó una carcajada que no pudo frenar, limpia y descolocada, y Mateo negó con la cabeza, tapándose la boca para disimular la risa.

—Bueno —dijo Vera, suspirando hondo mientras se acomodaba la mochila y tomaba el mando de la situación como si hubiera sido elegida por asamblea soberana—. Ya sabemos que la puerta abre. Ya sabemos que afuera te matan los árboles asesinos de Santi. Y sabemos que no hay lanchas. Hay una estación de servicio con techo y café a tres cuadras, cruzando el puente peatonal que no se inunda. Si nos quedamos acá nos vamos a agarrar una neumonía colectiva. ¿Alguien tiene paraguas que sirva para algo más que hacer facha?

—Yo tengo uno grande —dijo Sofi, sacándolo del costado de su bolso—. Entramos dos.

—Yo comparto con Zoe —ofreció Gael inmediatamente, señalando su paraguas mediano—. Está medio vencido de una varilla, pero aguanta si caminamos pegados.

Zoe sintió un calor repentino en las orejas, pero asintió con entusiasmo, agradeciendo la inclusión antes de que su mente empezara a conspirar en su contra.

—Yo tengo piloto —dijo Mateo, mirando a Nicolás con una sonrisita mínima—. Te prestaría la capucha, Nico, pero me parece que no te entra el ego ahí adentro.

—Qué gracioso que sos, che —le devolvió Nicolás, aunque la comisura de sus labios lo traicionó por una fracción de segundo antes de volver a ponerse serio—. Andá adelante vos que sos el cerrajero del pueblo. Yo voy atrás cubriendo al resto, no sea cosa que alguno se quede boyando.

—Yo los sigo —dijo Bruno, agarrando su termo vacío—. Capaz en la estación de servicio trabaja el sobrino de Cacho, el que arregla ciclomotores. Si es él, nos saca las medialunas gratis, cantado.

Santi fue el último en moverse hacia la salida. Miró una vez más la caja de fusibles, como despidiéndose de un viejo conocido que estaba a punto de perecer, y se subió el cuello del impermeable con una lentitud casi ceremonial.

—Si el puente peatonal es el de hierro inaugurado en 1938 —comentó Santi al pasar junto a Vera—, resiste tres toneladas de peso muerto sin oscilar. Vamos a estar bien.

Vera lo miró, parpadeó dos veces, y por primera vez en toda la tarde soltó una sonrisa genuina, resignada ante el zoológico que le había tocado en suerte.

—Mirá qué bien —dijo ella, empujando la puerta abierta hacia el vendaval—. La primera buena noticia del día. Dale, caminen antes de que se me pase el buen humor.

Salieron en fila india bajo el diluvio, esquivando los charcos que ya tapaban las veredas de adoquines. Afuera el viento aullaba entre los cables de luz y el río golpeaba furioso contra la costanera, pero en el trayecto de tres cuadras hacia las luces amarillas de la estación de servicio, entre paraguas compartidos a los tirones, advertencias botánicas innecesarias y discusiones sobre quién caminaba más rápido, el frío del temporal empezó a sentirse un poco menos ajeno.

≡ Índice

¿Quieres crear tu propio fanfic?

Regístrate en Fanfy y crea tus propias historias.

Crear mi fanfic

Novedades de Fanfy

Un nuevo modelo para tus historias

Hemos actualizado el modelo de generación para que tus historias sean aún mejores. El nuevo modelo ya está activado.

Si prefieres la versión anterior, elige «Anterior» en el menú de tu perfil: haz clic en tu avatar en la esquina superior derecha.

Tus capítulos ya escritos se conservan. Tu elección se aplica a las próximas generaciones.