
Canela, Pólvora y un Alfa por Elección
La ciudad de Nueva York nunca dormía, y Wade Wilson, mejor conocido como Deadpool, tampoco lo hacía cuando había una oportunidad de seguir a su "crush" favorito por los tejados. Para Wade, la vida era una serie de chistes sangrientos y contratos de mercenario, pero todo se volvía extrañamente brillante cuando ese traje rojo y azul aparecía en su campo de visión.
Wade no ocultaba quién era. En su forma civil, era un hombre que atraía miradas: un Alfa de alto rango con una mandíbula afilada, cabello rubio perfectamente peinado y un cuerpo que parecía esculpido por los mismos dioses del caos. Pero para Peter Parker, Wade era simplemente el mercenario bocazas que no dejaba de hacer comentarios sobre lo bien que le sentaba el elastano en la zona trasera.
La misión de esa noche debería haber sido rutinaria. Un laboratorio clandestino, unos tipos con armas de alta tecnología y el dúo dinámico no oficial de Marvel pateando traseros. Sin embargo, todo se torció cuando una granada experimental estalló entre ellos, liberando una nube de polvo rosado y denso.
—¡Puaj! Esto sabe a fresas y desesperación —exclamó Wade, sacudiéndose el polvo del traje de cuero rojo—. ¡Spidey! ¿Estás bien? ¿O ese polvo te ha dado ganas de finalmente aceptar mi invitación a cenar chimichangas?
Spider-Man no respondió con su ingenio habitual. Se tambaleó, apoyando una mano contra la pared fría del callejón. Su respiración se volvió pesada, errática.
—Wade... algo... algo no está bien —susurró Peter. Su voz sonaba distinta, más aguda, cargada de una urgencia que hizo que los instintos de Alfa de Wade se pusieran en alerta máxima.
En cuestión de minutos, el olor de Peter cambió. El aroma a ozono y ciudad que siempre lo rodeaba fue reemplazado por algo embriagador: rollos de canela calientes y pan recién horneado. Un aroma dulce, puro y desesperadamente Omega.
Wade se quedó congelado por un segundo. ¿Spider-Man era un Omega? ¿Su pequeño héroe valiente, que nunca se sometía ante nadie, era un Omega? Pero no hubo tiempo para procesarlo. El cuerpo de Peter empezó a arder en fiebre. Estaba entrando en un celo inducido por químicos, un estado vulnerable y peligroso.
Sin pensarlo dos veces, Wade lo cargó en brazos. Ignoró las protestas débiles del arácnido y lo sacó de allí a toda velocidad, dirigiéndose a su "guarida", que en realidad era una mansión lujosa que mantenía gracias a sus contratos mejor pagados.
Al llegar, Wade dejó a Peter en una de las habitaciones de invitados más cómodas.
—Quédate aquí, Petey-pie. Voy a buscar algo para bajarte la fiebre. No te muevas, ¿vale? —dijo Wade, tratando de mantener su voz firme a pesar de que su propio Alfa interior estaba empezando a gruñir ante la cercanía de un Omega en celo.
Wade bajó a la cocina, buscó sueros y bloqueadores, tratando de recordar dónde guardaba las cosas útiles entre tanta caja de pizza. Cuando regresó a la habitación apenas diez minutos después, se detuvo en seco en el umbral.
La habitación estaba sumida en la penumbra, pero la silueta que vio lo dejó sin aliento. Peter se había despojado de su traje de Spider-Man. Estaba desnudo, a excepción de un suéter de cachemira gris que le pertenecía a Wade y que le quedaba absurdamente grande, cubriéndole apenas hasta la mitad de los muslos.
Peter estaba frente al armario abierto de Wade, restregando su rostro contra las camisas colgadas, inhalando profundamente. Sus caderas se balanceaban con un ritmo lento y pecaminoso, y su piel, usualmente oculta tras ropa holgada de universitario, brillaba con una fina capa de sudor.
—¿Alfa?~ —susurró Peter. El tono fue una caricia, una súplica que vibró en el aire.
Wade sintió un golpe de calor en el pecho. Las feromonas de un Alfa de alto rango como él eran naturales, potentes y, para un Omega en ese estado, eran el único refugio posible. Peter se giró, y Wade pudo ver sus ojos: esos ojos color avellana, usualmente brillantes con inteligencia, ahora estaban nublados por el deseo y la necesidad biológica.
—Mierda, Spidey... me vas a matar —gruñó Wade, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no abalanzarse sobre él.
Peter caminó hacia él con pasos vacilantes. En su mente nublada, Wade no era el mercenario peligroso; era el Alfa que desprendía un olor a pólvora, madera vieja y algo masculino y dominante que calmaba el fuego en su sangre. Peter pensó que Wade lo había elegido, que este era el momento en que finalmente se unirían.
—Wade... por favor —gimió Peter, acercándose tanto que Wade podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo—. Tómame. Hazlo ahora.
Wade, a pesar de su fama de desvergonzado, tenía un código. No iba a aprovecharse de su héroe mientras estuviera drogado con afrodisíacos experimentales. Con una suavidad que pocos sabían que poseía, tomó a Peter por los hombros y lo guio hacia la sala de estar principal, pensando que un espacio más abierto ayudaría a despejar el ambiente.
Se sentó en el enorme sofá de cuero y, antes de que pudiera reaccionar, Peter se subió a su regazo, horcajadas sobre él. El suéter se subió, dejando al descubierto las piernas atléticas del chico.
—Cachorro, escucha... no estás consciente de lo que pides —dijo Wade, su voz ronca mientras trataba de mantener las manos de Peter alejadas de su máscara.
—Lo estoy... te quiero a ti. Mi Alfa —respondió Peter, restregando su mejilla contra el pecho blindado de Deadpool.
Wade suspiró, rindiéndose parcialmente. Lo alzó un poco para acomodarlo, y sus dedos, casi por instinto de consuelo, empezaron a acariciar la zona sensible entre las piernas del chico. Peter soltó un jadeo sonoro, arqueando la espalda.
—¡Sí! Wade, por favor... márcame. Quiero tu marca —suplicó Peter, buscando desesperadamente el cuello de Wade para morderlo, para reclamarlo.
—No, no, nada de marcas hoy, Romeo —dijo Wade, bloqueando el acceso a su cuello con una mano—. Mañana me odiarías, y prefiero que me odies por mis chistes malos que por esto.
Peter intentó besarlo, sus labios buscando la ranura de la máscara de Wade, pero el Alfa lo mantenía a una distancia prudencial. Frustrado, el Omega enterró su nariz en el hueco del cuello de Wade, gimiendo al no poder sentir el contacto directo de la piel debido al traje de mercenario.
—Hueles tan bien... pero el traje molesta —se quejó Peter, su voz rompiéndose en un sollozo de necesidad.
Wade sintió un pinchazo de ternura. Sabía que Peter Parker, el universitario brillante que vestía suéteres otoñales y se escondía tras gafas, nunca actuaría así en su sano juicio. Peter era orgulloso, un Omega que se negaba a ser tratado como tal, que luchaba contra su naturaleza para ser un héroe de primera línea.
—Lo sé, nene. Lo sé —susurró Wade, continuando con el movimiento rítmico de sus dedos para darle al menos un poco de alivio al chico—. Pero vamos a esperar. Cuando se te pase este colocón de polvos mágicos, hablaremos de esto. Si entonces quieres que te marque, juro por todos los cómics del mundo que no te dejaré salir de esta cama en una semana.
—¿Lo prometes? —preguntó Peter, mirándolo con esos ojos de bambi que hacían que el corazón de Wade diera un vuelco.
—Lo prometo. Pero ahora, solo intenta respirar.
Peter se aferró al suéter de Wade, hundiendo los dedos en la tela. El olor a canela y pan horneado seguía inundando la habitación, pero Wade, con su voluntad de acero forjada en mil batallas y experimentos dolorosos, se mantuvo firme. No le afectaba tanto como a un Alfa común; su rango le permitía mantener el control, protegiendo al Omega incluso de sus propios deseos.
—Alfa... —susurró Peter una vez más, antes de que el agotamiento del celo inducido empezara a ganarle la batalla a la excitación.
Wade lo acunó contra su pecho, permitiendo que el chico se quedara dormido allí mismo, en el sofá, envuelto en su olor y en su protección. Sabía que la mañana siguiente sería incómoda, llena de explicaciones y sonrojos, pero por ahora, ver a Spider-Man tan tranquilo y seguro en sus brazos era el mejor contrato que Wade Wilson había aceptado jamás.
—Descansa, Petey —murmuró Wade, quitándose finalmente la máscara solo para depositar un beso suave en la frente del chico—. Tu Alfa no se va a ningún lado.
El silencio de la mansión solo era interrumpido por la respiración acompasada de ambos. Wade se quedó mirando el techo, pensando en lo irónico que era que el mercenario más peligroso del mundo hubiera terminado siendo el caballero de brillante armadura —o cuero rojo— para el héroe más puro de la ciudad. Y mientras el olor a canela se suavizaba, Wade supo que, a partir de esa noche, nada volvería a ser igual entre la araña y el mercenario.
