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𝐇𝐀𝐓𝐄 𝐖𝐀𝐒 𝐍𝐄𝐕𝐄𝐑 𝐄𝐍𝐎𝐔𝐆𝐇

Fandom: Harry Potter

Creado: 8/10/2026

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Veneno en las venas

El Gran Comedor de Hogwarts siempre olía a una mezcla embriagadora de cera de vela, pergamino viejo y comida recién hecha, pero para Bianca Grindelwald, esa mañana el aire estaba saturado de algo mucho más tóxico: la mera presencia de Mattheo Riddle.

Bianca apretó los dedos alrededor del mango de su cuchara de plata, observando cómo el reflejo del metal le devolvía una mirada cargada de un resentimiento que ya no era infantil, sino algo mucho más afilado y peligroso. A solo unos metros de distancia, en la mesa de Slytherin, Mattheo reía por algo que Theodore Nott acababa de susurrarle. Era esa risa baja, ronca, que parecía vibrar en las paredes y que a Bianca le producía unas ganas físicas de lanzar un Silencio permanente.

Él sabía que ella lo estaba mirando. Por supuesto que lo sabía. Mattheo Riddle vivía para ser el centro de una atención que no merecía, y Bianca era su espectadora más devota, aunque fuera a través del odio más absoluto.

—Si sigues apretando esa cuchara, vas a terminar fundiéndola con la mano, Bianca —comentó Astoria a su lado, sin levantar la vista de su ejemplar de El Profeta.

—Solo estoy pensando en lo mucho que me gustaría que el techo encantado se desplomara justo sobre su estúpida cabeza —respondió Bianca, su voz era un susurro gélido que cortaba el aire.

—Es el quinto año, B. ¿No te cansas? —Astoria suspiró, finalmente mirándola—. Llevan cuatro años intentando destruirse el uno al otro. El año pasado casi terminan en la enfermería por aquel duelo ilegal en el patio.

—Él empezó —escupió Bianca, desviando por fin la mirada cuando Mattheo giró la cabeza hacia ella.

No fue una mirada casual. Fue un desafío. Mattheo sostuvo sus ojos verde grisáceo con los suyos, oscuros y cargados de una arrogancia que le revolvía el estómago. Él arqueó una ceja, una pequeña y cínica sonrisa curvando sus labios, y luego, con una lentitud deliberada, se llevó una manzana verde a la boca y le dio un mordisco sin dejar de mirarla.

Era una declaración de guerra silenciosa. Una más de las miles que habían intercambiado desde que se conocieron en el Expreso de Hogwarts.

Bianca se puso en pie abruptamente, haciendo que su silla chirriara contra las baldosas de piedra, un sonido estridente que atrajo varias miradas. Sin decir una palabra más, recogió sus libros y salió del Gran Comedor, con la capa ondeando tras ella como una sombra.

No llegó muy lejos. En el pasillo que conducía a las mazmorras, una mano firme y fría se cerró sobre su antebrazo, tirando de ella hacia uno de los nichos ocultos tras una armadura.

—Suéltame, Riddle, si no quieres perder la mano —siseó Bianca, sacando su varita con una velocidad que habría impresionado a cualquier profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras.

Mattheo no retrocedió. Al contrario, dio un paso más hacia su espacio personal, obligándola a retroceder hasta que su espalda chocó contra la piedra fría de la pared. Él era mucho más alto que ella, una presencia física imponente que parecía absorber toda la luz del pasillo. Su cabello castaño estaba despeinado, como si acabara de bajar de una escoba, y ese olor a bosque y tormenta que siempre lo rodeaba la golpeó de lleno.

—Estás muy tensa esta mañana, Grindelwald —dijo él, con esa voz aterciopelada que ocultaba cuchillas—. ¿Acaso no dormiste bien pensando en mí?

—Dormiría mejor si supiera que te han expulsado o, preferiblemente, que has tenido un accidente fatal con un Sauce Boxeador —respondió ella, clavándole la punta de la varita justo debajo de la mandíbula, donde la piel era más fina—. Quita tu mano de mi brazo. Ahora.

Mattheo soltó una risa seca, pero no retiró la mano. Sus dedos se apretaron un poco más, no lo suficiente para herirla, pero sí para demostrarle que él tenía el control físico de la situación.

—Siempre tan violenta. Es una lástima que esa cara tan bonita esté desperdiciada en alguien con el temperamento de un Erumpent —él bajó la mirada hacia los labios de Bianca, pero no había deseo en sus ojos, solo una burla cruel—. Me han dicho que vas a presentarte para las pruebas de buscador este año. ¿Es cierto?

—¿Y a ti qué te importa? —Bianca trató de zafarse, pero él la mantuvo clavada en el sitio.

—Me importa porque soy el capitán, Bianca. Y no voy a permitir que una Grindelwald ensucie mi equipo solo para intentar demostrar que es mejor que yo. No lo eres. Nunca lo serás.

—Te odio tanto que me duele la garganta solo de hablarte —dijo ella, con las palabras cargadas de un veneno real—. Eres un arrogante, un manipulador y un cobarde que solo se siente fuerte cuando tiene a su séquito de idiotas detrás.

—¿Cobarde? —Mattheo se acercó más, su rostro a centímetros del de ella. Bianca podía ver las motas doradas en sus ojos oscuros, una profundidad que odiaba reconocer—. Te recuerdo que fui yo quien ganó el último duelo, mientras tú llorabas en el suelo porque no podías mantener tu varita firme.

—¡Tramposo! ¡Usaste magia que no está permitida! —Bianca le propinó un empujón con su mano libre, logrando finalmente separarlo unos centímetros—. Eres igual que tu apellido, Mattheo. Una mancha en este colegio.

El rostro de Mattheo se transformó. La burla desapareció, reemplazada por una frialdad absoluta que hizo que el aire del pasillo pareciera bajar varios grados. Sus rasgos, normalmente atractivos de una forma oscura, se endurecieron como el mármol.

—No vuelvas a mencionar mi apellido —advirtió él, su voz ahora era un susurro peligroso—. Tú no eres nadie para juzgarme. Tu linaje no es precisamente el de una santa, Grindelwald. Llevas la sangre de un maníaco en las venas tanto como yo.

—La diferencia es que yo no intento seguir sus pasos para sentirme importante —escupió ella—. Tú disfrutas del miedo que causas. Te alimenta. Eres patético.

Mattheo dio un paso rápido, atrapando a Bianca de nuevo, esta vez colocando ambas manos a los lados de su cabeza, atrapándola contra la pared. La tensión entre ellos era casi eléctrica, una energía destructiva que amenazaba con hacer saltar chispas de las piedras.

—¿Patético? —Mattheo se inclinó, rozando su oreja con los labios, pero sus palabras fueron como ácido—. Patético es cómo me buscas con la mirada en cada clase. Cómo intentas superarme en Pociones solo para que te mire. Estás obsesionada conmigo, Bianca. Tu odio es lo único que te mantiene interesante.

Bianca sintió una oleada de furia tan intensa que vio rojo. Sin pensarlo, levantó la rodilla con fuerza, pero Mattheo, con reflejos de buscador, bloqueó el golpe con su propia pierna, atrapándola en una posición incómoda y demasiado cercana.

—Suéltame, Riddle —dijo ella, temblando de rabia—. Te juro por mi vida que si no te apartas, te voy a maldecir de una forma que ni Madame Pomfrey podrá arreglar.

—Hazlo —desafió él, sus ojos brillando con una intensidad maníaca—. Adelante. Demuéstrame que tienes las agallas que tanto presumes.

Se quedaron así, jadeando, con los pechos casi tocándose por la respiración agitada. No había nada de romance en ese contacto, solo una lucha de voluntades, un choque de egos que llevaba años gestándose. Bianca sentía el calor que emanaba del cuerpo de Mattheo y lo odiaba. Odiaba que él fuera tan fuerte, odiaba que no tuviera miedo de sus amenazas y, sobre todo, odiaba que él tuviera razón en algo: su enemistad era lo más vibrante de su vida en Hogwarts.

—Algún día, Riddle —susurró Bianca, con una promesa de destrucción en su voz—, voy a ser yo quien te vea caer. Y ese día, me aseguraré de estar en primera fila para reírme de tus cenizas.

Mattheo sonrió, pero fue una sonrisa carente de calidez, una mueca depredadora.

—Estaré esperando, Grindelwald. Pero ten cuidado... a veces, los que miran demasiado el fuego terminan quemándose antes que nadie.

Él se alejó de golpe, dejándola libre. La miró de arriba abajo una última vez con desprecio evidente, se acomodó la túnica y comenzó a caminar por el pasillo sin mirar atrás.

Bianca se quedó allí, apoyada contra la pared, con el corazón martilleando contra sus costillas. Sus manos temblaban, no de miedo, sino de una adrenalina violenta que pedía a gritos ser liberada. Se limpió el brazo donde él la había tocado, como si pudiera quitarse una mancha invisible.

—Te odio —susurró al pasillo vacío—. Te odio más que a nada en este mundo.


La clase de Pociones con el profesor Slughorn nunca era agradable cuando tenías que compartir mesa con tu peor enemigo, pero el destino —o la crueldad de Slughorn— parecía deleitarse en juntarlos.

—Hoy trabajaremos en la Solución de Hipo, pero con una variante —anunció Slughorn, moviendo sus manos regordetas—. Quiero que le añadan esencia de ruda y escamas de salamandra. ¡En parejas, por favor!

Bianca ni siquiera tuvo tiempo de moverse hacia Astoria cuando Mattheo se sentó a su lado con un golpe seco de su caldero sobre la mesa de piedra.

—Ni lo pienses —dijo ella, sin mirarlo—. Vete con Nott.

—Nott está con Parkinson. Y Slughorn odia que nos movamos —Mattheo empezó a sacar sus ingredientes con una eficiencia irritante—. Además, si trabajo contigo, puedo asegurarme de que no explotes el aula. Tus habilidades con los calderos son... mediocres.

—Fui la mejor de la clase el año pasado, Riddle. Solo me superaste porque le lamiste las botas a Slughorn en su club de las narices —Bianca agarró el cuchillo y empezó a picar las raíces de valeriana con una fuerza innecesaria.

—Se llama tener contactos y talento, algo que tú pareces carecer —él le arrebató el frasco de escamas de salamandra antes de que ella pudiera alcanzarlo—. Yo cortaré esto. Tú solo intenta no arruinar el fuego. Es lo más básico, supongo que podrás manejarlo.

—Puedo manejar cosas mucho más complejas que un fuego, como por ejemplo, tu entierro —replicó ella, arrebatándole el frasco de vuelta—. Dame eso. Yo haré la mezcla base.

—No confío en tus proporciones. Eres demasiado impulsiva.

—¿Impulsiva? ¡Tú eres el que casi nos hace perder puntos ayer en Transformaciones por intentar convertir a un gato en una gárgola de piedra real!

—Se llama ambición, Grindelwald. Algo que tu abuelo entendería, aunque tú pareces haber heredado solo el mal genio.

Bianca dejó caer el cuchillo y se giró hacia él, sus ojos verdes echando chispas.

—Vuelve a mencionar a mi familia y te juro que esta poción no será para el hipo, será lo último que bebas.

Mattheo se inclinó hacia ella, ignorando por completo que Slughorn pasaba cerca.

—¿Qué pasa? ¿Te duele la verdad? Los Grindelwald son historia antigua, Bianca. Una sombra de lo que fueron. Y tú... tú solo eres una chica que intenta desesperadamente estar a la altura de un nombre que ya no significa nada.

Bianca no respondió con palabras. En lugar de eso, tomó un puñado de ingredientes sobrantes y los arrojó con fuerza al caldero de Mattheo, que ya estaba empezando a burbujear.

El resultado fue instantáneo. Una nube de humo violeta y maloliente estalló en la cara de Riddle, cubriéndolo de un hollín pegajoso y haciendo que varios alumnos soltaran gritos de sorpresa.

—¡Señorita Grindelwald! ¡Señor Riddle! —exclamó Slughorn, corriendo hacia ellos mientras agitaba su varita para disipar el humo.

Mattheo estaba inmóvil, con el rostro manchado de negro y los ojos ardiendo de una furia que prometía represalias terribles. Bianca, por su parte, tenía una expresión de triunfo absoluto, a pesar de que sabía que le costaría puntos a su casa.

—Se le resbalaron de la mano, profesor —dijo Bianca con una voz fingidamente inocente—. La torpeza es contagiosa, parece que Riddle me la ha pasado.

Mattheo se limpió una gota de poción de la mejilla con el dedo, lo miró y luego clavó sus ojos en Bianca. No gritó. No la insultó frente al profesor. Simplemente se acercó a su oído mientras Slughorn intentaba limpiar el desastre con hechizos fregadores.

—Esto no se queda así —le susurró, y su voz era tan fría que le erizó el vello de la nuca—. Vas a pagar por esto, Bianca. Y voy a disfrutar cada segundo viendo cómo te desmoronas.

—Inténtalo —desafió ella, manteniendo la barbilla alta—. Llevas cinco años intentándolo y aquí sigo, Riddle. Siendo tu peor pesadilla.

—No te equivoques —dijo él, recogiendo sus cosas mientras Slughorn les ordenaba ir a la enfermería para asegurarse de que no habían inhalado vapores tóxicos—. No eres mi pesadilla. Eres solo un error que voy a corregir.

Salieron del aula bajo la mirada atónita de sus compañeros. En el pasillo, el silencio entre ellos era una cuerda tensa a punto de romperse. Caminaban separados, pero la hostilidad que emanaba de ambos era tan tangible que los alumnos más jóvenes se apartaban de su camino.

Bianca sentía la adrenalina recorriendo su cuerpo. Odiaba a Mattheo Riddle con cada fibra de su ser, con cada gota de su sangre. Odiaba su cara, su voz, su talento y la forma en que lograba que ella perdiera los papeles con una sola palabra.

Y mientras caminaba hacia la enfermería, sintiendo la mirada de Mattheo clavada en su nuca, Bianca supo que este año no sería como los anteriores. La enemistad ya no era un juego de niños. Se había convertido en algo más oscuro, más denso, un infierno personal que ambos habían construido y en el que estaban condenados a arder.

No había espacio para el perdón, ni para la tregua, y mucho menos para algo parecido al afecto. Solo había odio. Odio puro, destilado y letal. Y Bianca Grindelwald estaba dispuesta a beberse hasta la última gota si eso significaba ver a Mattheo Riddle derrotado a sus pies.

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