
gases y ladies
Fandom: hazbin hotel, rey leon
Creado: 9/10/2026
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Filosofía del Anillo del Orgullo
El cielo carmesí de Ciudad Pentagrama parecía hoy más sofocante que de costumbre. El aire, saturado con el olor a azufre y desesperación, no era precisamente el escenario ideal para un paseo, pero Mimzy caminaba con su habitual contoneo, haciendo que los flecos de su vestido bailaran al ritmo de una melodía que solo ella escuchaba. A su lado, Baxter caminaba con paso rígido, ajustándose constantemente las gafas y frunciendo el ceño ante cada salpicadura de fluidos desconocidos que ensuciaba sus botas de laboratorio.
—Te lo digo, Baxter, un poco de aire fresco te vendría bien para esas neuronas —exclamó Mimzy, soltando una risotada ruidosa que hizo que un pecador cercano se encogiera de hombros.
—Esto no es "aire fresco", Mimzy. Es una mezcla letal de monóxido de carbono, restos de almas incineradas y... ¿eso es olor a pescado podrido? —Baxter se detuvo, limpiando una mancha imaginaria de su guante—. Además, tengo experimentos que requieren mi absoluta falta de distracción.
—¡Bah! Eres un aburrido.
De repente, un sollozo ahogado interrumpió la queja de Baxter. En un callejón estrecho, flanqueado por edificios derruidos y carteles de neón parpadeantes, un pequeño demonio niño, con cuernos apenas brotando y una cola terminada en una flecha temblorosa, estaba sentado sobre una caja de madera rota. Tenía la cara manchada de hollín y sus ojos grandes y amarillentos estaban llenos de lágrimas. Acababa de perder lo que parecía ser su única posesión: una piruleta que ahora yacía aplastada bajo la bota de un demonio mucho más grande que se alejaba riendo.
Mimzy se detuvo en seco, su expresión suavizándose por un instante. Baxter, por su parte, soltó un suspiro de exasperación.
—Genial, una anomalía emocional en desarrollo —murmuró el científico.
—¡Oh, pobrecito! —Mimzy se acercó al pequeño—. Oye, pequeño saltamontes, ¿por qué esa cara tan larga? En este lugar, si no sonríes, te comen viva... literalmente.
El niño hipó, mirando a los dos extraños.
—Todo es horrible —susurró el pequeño—. Me quitaron mi dulce, no tengo donde ir y los tiburones de préstamo me buscan por una deuda de mi padre... ¡Mi vida es un desastre!
Baxter dio un paso al frente, cruzando los brazos sobre su pecho. Miró al niño con una mezcla de fastidio y una pizca de esa extraña empatía que solo los marginados comprenden.
—Escucha, renacuajo. Si te vas a quedar ahí llorando por las leyes de la termodinámica social del Infierno, no llegarás a la próxima purga. Tienes que aprender que, a veces, las cosas simplemente apestan.
—¿Y qué se supone que haga? —preguntó el niño, limpiándose la nariz.
Baxter intercambió una mirada con Mimzy. Una chispa traviesa se encendió en los ojos de la mujer, y Baxter, a pesar de su naturaleza lógica, sintió el impulso de hacer algo ridículamente poco científico.
—Bueno —dijo Baxter, acomodándose la pajarita—, lo que necesitas es una filosofía. Una que yo mismo he tenido que aplicar para no diseccionar a todos en el hotel. Repite conmigo: Hakuna Matata.
El niño parpadeó, confundido.
—¿Haku-qué?
—¡Hakuna Matata! —canturreó Mimzy, dando un salto y aterrizando con una pose teatral—. No te angusties.
—¡Exacto! —continuó Baxter, empezando a caminar en círculos alrededor del niño con un ritmo inesperado—. Es una frase que lo dice todo.
—¿Qué significa? —quiso saber el pequeño, dejando de llorar por la pura curiosidad.
—Significa que no hay problemas —respondió Baxter con una sonrisa cínica pero extrañamente reconfortante.
—¡Sin preocuparse es como hay que vivir! —exclamó Mimzy, uniendo su voz a la de Baxter.
—A ver, niño, pon atención —dijo Baxter, señalando a Mimzy como si fuera un espécimen de estudio—. Toma a Mimzy, por ejemplo.
Mimzy se irguió con orgullo, una luz de neón rosa pareció enfocarla desde lo alto del edificio más cercano, como un reflector de escenario.
—Cuando era una joven jabalí... —cantó Mimzy con una voz profunda y vibrante que resonó en el callejón.
Baxter se limpió un oído con el dedo meñique, poniendo una mueca de aprobación.
—Muy bien —comentó él.
—Gracias —respondió ella con un guiño.
De repente, el entorno pareció desvanecerse para dar paso a un recuerdo proyectado en el humo del callejón. Se veía a una Mimzy más joven, moviendo las caderas con energía mientras caminaba hacia un club nocturno en los años 20 del mundo de los vivos.
—Sintió que su aroma le faltaba un atractivo —cantó Baxter, haciendo de narrador mientras observaba la imagen de Mimzy pasando entre un grupo de caballeros elegantes que, al instante, caían al suelo desmayados, agarrándose la nariz con desesperación.
—¡Podía vaciar la sabana después de cada comida! —siguió Baxter, señalando cómo las flores se marchitaban al paso de la mujer.
En el recuerdo, Mimzy se acercaba a una barra para pedir un trago.
—Soy un alma sensible, aunque parezca de piel dura —cantó Mimzy con sentimiento, mientras en la proyección, soltaba una flatulencia tan potente que el camarero salía disparado por la ventana—. ¡Y me dolió que mis amigos nunca se pusieran a favor del viento!
El niño empezó a soltar una risita al ver a los animales y personas del recuerdo huir despavoridos.
—¡Y, oh, qué vergüenza! —exclamó Mimzy, cubriéndose el rostro con dramatismo.
—¡Se avergonzó! —gritó Baxter, subiéndose a un cubo de basura para ganar altura.
—¡Pensé en cambiar mi nombre! —siguió ella.
—¿Qué hay en un nombre? —preguntó Baxter con lógica científica.
—¡Y me deprimí! —Mimzy se dejó caer en un sofá desvencijado que había por ahí.
—¿Cómo te sentiste? —preguntó Baxter, arrodillándose junto a ella con una expresión exageradamente preocupada, mientras el niño observaba hipnotizado.
—Cada vez que yo...
Mimzy tomó aire, inflando el pecho, lista para soltar la nota más alta (y quizás algo más), pero Baxter saltó rápidamente y le tapó la boca con ambas manos, con los ojos muy abiertos.
—¡Mimzy! ¡No delante del niño! —le reprendió en un susurro frenético.
Mimzy soltó una carcajada ahogada tras las manos de Baxter y le dio un empujoncito juguetón. El niño ya no lloraba; se estaba riendo a carcajadas, contagiado por la absurda dinámica del científico y la cabaretera.
—¡Hakuna Matata! —volvieron a cantar ambos, comenzando a desfilar por el callejón.
Baxter empezó a marcar el paso, usando sus frascos de reactivos como si fueran maracas, mientras Mimzy hacía girar su sombrilla. El niño se levantó y empezó a seguirlos, imitando sus pasos.
—¡Hakuna Matata! ¡Hakuna Matata! —el pequeño demonio empezó a saltar, olvidando por completo la piruleta aplastada y a los cobradores de deudas.
—¡Sin preocuparse es como hay que vivir! —la voz de Baxter, usualmente monótona, alcanzó una nota de barítono sorprendentemente limpia.
—¡Al vivir así, yo aquí aprendí! —Mimzy le dio una vuelta al niño, quien ahora sonreía de oreja a oreja.
—¡Hakuna Matata!
Llegaron al final del callejón, donde la calle principal del Anillo del Orgullo bullía con su habitual caos. Sin embargo, para el pequeño demonio, el mundo ya no parecía tan aterrador.
—¿De verdad funciona? —preguntó el niño, mirando a Baxter.
—Bueno —dijo Baxter, ajustándose las gafas y recuperando su compostura habitual—, los datos empíricos sugieren que el estrés crónico reduce la esperanza de vida, incluso en los no-muertos. Así que, técnicamente, ignorar tus problemas hasta que puedas resolverlos con violencia o ingenio es la opción más lógica.
Mimzy le revolvió el pelo al niño.
—Solo recuerda, cariño: si la vida te da la espalda, ¡tú dale la espalda a la vida! Y si alguien se queja de tu olor o de tus deudas... bueno, siempre puedes hacer lo que yo y dejar que el viento se lleve las quejas.
El niño asintió con vigor, se despidió con la mano y salió corriendo hacia la multitud, esta vez con la cabeza en alto y tarareando la pegajosa melodía.
Baxter y Mimzy se quedaron solos en la esquina. El científico suspiró, sacando un pañuelo para limpiar el polvo de su bata.
—Eso fue... una pérdida de tiempo altamente ineficiente —murmuró, aunque no pudo evitar que una pequeña sonrisa asomara por la comisura de sus labios.
—Admítelo, Baxter, te divertiste —dijo Mimzy, dándole un codazo—. Y cantas mejor que un ángel caído en un concurso de karaoke.
—No vuelvas a mencionar mis cuerdas vocales, Mimzy. Tenemos que volver al hotel antes de que Alastor decida que somos los ingredientes principales del jambalaya de esta noche.
—¡Hakuna Matata, Baxter! —gritó ella, echándose a reír mientras corría calle abajo.
—¡Deja de decir eso! —exclamó él, aunque terminó siguiéndola al trote, manteniendo el ritmo de la canción en su cabeza mientras se perdían entre las sombras y las luces de neón del Infierno.
