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Rescate a un Omega!!

Fandom: Marvel

Creado: 9/10/2026

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Canela, pólvora y el sabor del cautiverio

Wade Wilson no era un santo, y él era el primero en admitirlo mientras se ajustaba los gemelos de oro de su camisa de seda negra. Sin embargo, incluso un mercenario con las manos manchadas de sangre y una moral que bailaba en la cuerda floja tenía sus límites. El tráfico de omegas era uno de ellos. No podía soportar el olor a miedo rancio y la desesperación que emanaba de esas jaulas de acero. Por eso, durante años, se había dedicado a una especie de filantropía violenta: compraba a los omegas en las subastas clandestinas, eliminaba a los subastadores y luego les daba una vida.

Su método era infalible. Les proporcionaba identidades nuevas, hogares seguros y una marca temporal. Esa marca, un mordisco superficial impregnado con sus feromonas de alfa de alto rango —un aroma denso a vino tinto caro y pólvora—, actuaba como un escudo. Nadie tocaba lo que pertenecía a Wade Wilson. Además, les entregaba una pulsera de una aleación casi indestructible; un símbolo de que estaban bajo la protección del mercenario más peligroso del mundo.

Pero el último "rescate" estaba resultando ser un dolor de cabeza del tamaño del Empire State.

Wade suspiró, mirando a través del cristal de la cocina de su mansión. Allí, sentado a la mesa con una postura rígida y defensiva, estaba el omega que había adquirido hacía tres días. Era un chico joven, universitario, de unos ojos avellana que recordaban a un ciervo asustado, pero con la mandíbula apretada en una línea de pura terquedad. Peter, se llamaba.

—Vamos, Petey-Pie —dijo Wade al entrar en la cocina, forzando una sonrisa que en cualquier otra persona habría parecido encantadora gracias a sus rasgos afilados y su cabello rubio perfectamente peinado, pero que en él siempre tenía un tinte de picardía peligrosa—. La pasta se está enfriando, y mi chef personal se pondrá a llorar si no pruebas ni un bocado. Es carbonara, tu favorita, ¿o me mintieron los registros de la universidad?

Peter ni siquiera levantó la vista. Llevaba una de las sudaderas de Wade, que le quedaba inmensa y ocultaba su complexión atlética, pero sus piernas estaban al descubierto, vistiendo unos pantalones cortos deportivos que dejaban ver sus músculos fibrosos.

—No tengo hambre —respondió Peter. Su voz era áspera, cargada de un resentimiento que Wade no terminaba de comprender.

—Has dicho eso durante tres días. Los omegas necesitan nutrientes, especialmente los que tienen un aroma tan dulce como el tuyo —Wade se acercó, dejando que sus feromonas inundaran el espacio de manera suave, intentando calmarlo—. Hueles a rollos de canela y pan recién horneado, chico. Pero ahora mismo, ese olor está agrio por el hambre.

Peter finalmente lo miró. Sus ojos brillaron con una furia fría que desconcertó al alfa.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Obligarme? —espetó el chico, apretando los puños sobre la mesa—. Ya me marcaste a la fuerza. Ya me pusiste este grillete —señaló la pulsera plateada en su muñeca—. ¿Qué más quieres? ¿Quieres que te agradezca por comprarme?

Wade se detuvo en seco, herido por el tono. Se apoyó contra la encimera, cruzando sus musculosos brazos.

—Esa marca te mantiene a salvo, Peter. Si sales ahí fuera sin el aroma de un alfa dominante, esos tipos volverán a por ti. Y la pulsera... es un pase VIP. Si alguien la ve, sabe que si te toca, yo le cortaré los dedos uno a uno.

—¡Es lo mismo! —gritó Peter, poniéndose en pie de un salto. A pesar de ser un omega, su presencia era imponente, algo que Wade encontraba extrañamente excitante—. Me sacaste de una jaula para meterme en una de oro. Vi a los otros omegas que "ayudaste" ayer en el jardín. Todos marcados, todos con tu olor encima. Eres igual que ellos, solo que te gusta jugar al salvador.

Wade soltó una carcajada seca, aunque por dentro sentía una punzada de frustración.

—Eres un omega muy agresivo, ¿lo sabías? Me gusta. Tienes fuego. Pero te equivocas de medio a medio. Esos omegas están libres. Trabajan, estudian, viven. La marca desaparece en un mes. Solo es para que los buitres no se acerquen mientras ellos recuperan el vuelo.

Peter no respondió. Se limitó a gruñir, un sonido bajo y gutural que no debería salir de un omega tan joven, y salió de la cocina a zancadas.

Wade lo vio irse, negando con la cabeza.

—Tan pequeño y tan lleno de veneno —murmuró para sí mismo, tomando un tenedor y probando la pasta—. Dios, está deliciosa. Él se lo pierde.

Lo que Wade Wilson no sabía era que, en cuanto Peter cerró la puerta de su habitación con llave, el chico no se echó a llorar. Se dejó caer al suelo y sacó un maletín oculto bajo la cama, en un doble fondo que el mercenario no había detectado. Dentro, cuidadosamente doblado, estaba el traje de spandex rojo y azul.

Peter Parker, mejor conocido como Spider-Man, estaba en una situación ridícula. Había sido capturado por puro descuido durante una emboscada mientras estaba en su forma civil, debilitado por un supresor de feromonas que le habían inyectado por la espalda. Y ahora, su "dueño" era nada menos que el mercenario con el que patrullaba casi todas las noches. El mismo Wade que no paraba de flirtear con el trasero de Spider-Man, el mismo que hacía chistes de doble sentido sobre sus telarañas.

Y Wade no tenía ni idea.

—Maldita sea, Wade —susurró Peter, frotándose la nuca donde la marca temporal de los colmillos del alfa todavía escocía—. Si supieras quién soy, te reirías en mi cara.

Peter se puso el traje con movimientos mecánicos. Necesitaba salir. Necesitaba aire, y necesitaba golpear a alguien que no fuera el rubio perfecto que pagaba su matrícula universitaria. Abrió la ventana de la habitación del segundo piso y, con la agilidad de una sombra, se lanzó al vacío, disparando una red hacia uno de los árboles del inmenso jardín de Wilson.

Minutos después, Spider-Man columpiaba por los tejados de la ciudad, sintiendo el viento frío golpear sus lentes. Se sentía más ligero, aunque el aroma a vino y pólvora de Wade seguía pegado a su piel, filtrándose a través del traje. Era una humillación constante.

—¡Eh, Spidey! ¡Pensé que no vendrías esta noche!

Peter se tensó en el aire y aterrizó con una pirueta perfecta sobre una gárgola de piedra. A unos metros de él, Deadpool estaba sentado en el borde del edificio, balanceando las piernas. Llevaba su traje rojo y negro, sus katanas a la espalda y esa actitud despreocupada que siempre sacaba de quicio a Peter.

—Hola, Wade —respondió Spider-Man, manteniendo su voz lo más neutral posible.

—Te noto tenso, pequeño arácnido —Deadpool se levantó y caminó hacia él con ese contoneo exagerado—. ¿Qué pasa? ¿Tu tía te ha castigado sin postre? ¿O es que por fin te has dado cuenta de que mi oferta de una cena romántica a la luz de las explosiones sigue en pie?

—No estoy de humor para tus tonterías, Deadpool.

—Oh, vamos. ¡Mira qué noche! —Wade se acercó más de lo necesario, invadiendo el espacio personal de Spider-Man. Peter sintió un escalofrío. Era la misma presencia, el mismo alfa que horas antes le rogaba que comiera pasta—. Sabes, hoy he tenido un día difícil. Tengo a un invitado en casa que es... bueno, digamos que es un gatito con garras de tigre. Un omega precioso, pero con un humor de perros.

Peter apretó los dientes bajo la máscara.

—¿Un invitado? ¿O un prisionero? —soltó Spider-Man con veneno.

Deadpool se detuvo, ladeando la cabeza.

—¡Auch! Eso ha dolido, Spidey. Lo he rescatado. Es un universitario, un chico listo. Pero cree que soy el villano de la película. No come, me gruñe... y tiene unas piernas que, Dios mío, si no fuera porque respeto su espacio, ya lo habría hecho mío tres veces.

—Eres un asqueroso —espetó Peter, sintiendo un calor repentino en las mejillas.

—¡Soy un alfa con necesidades! Pero no te pongas celoso, tú siempre serás el número uno en mi corazón y en mis fantasías más sucias. Ese traje te queda... uf. ¿Has hecho sentadillas hoy? Porque ese trasero debería ser patrimonio de la humanidad.

Wade alargó una mano para intentar darle una palmadita juguetona, pero Peter le atrapó la muñeca con una fuerza que hizo que el mercenario soltara un pequeño quejido de sorpresa.

—No me toques —dijo Spider-Man, su voz bajando a un tono amenazante que rara vez usaba.

Deadpool se quedó congelado. Sus ojos, ocultos tras la máscara blanca, se abrieron de par en par. A través del contacto de sus manos, algo hizo clic en la cabeza del alfa. Las feromonas no mentían, incluso a través del látex y el supresor de olor que Peter intentaba usar.

Wade olió el aire. Debajo del olor a sudor y ciudad de Spider-Man, había una nota sutil, casi imperceptible, de canela. Y algo más. Su propia marca.

—No puede ser —susurró Wade, perdiendo por un momento su fachada bromista.

Peter se dio cuenta del error y soltó la muñeca de Wade como si quemara, retrocediendo un paso.

—Tengo que irme. Hay un robo en la calle 42.

—Espera, Spidey... —Wade dio un paso hacia él, su tono ahora era más bajo, más dominante—. Ese olor...

—¡Déjame en paz! —gritó Peter, y sin esperar un segundo más, se lanzó al vacío, desapareciendo entre los callejones sombríos.

Wade se quedó solo en la azotea, procesando la información. Su mente trabajaba a mil por hora. El chico en su casa, el omega rebelde con ojos de ciervo... y el héroe de la ciudad que nunca se dejaba someter.

—Canela —murmuró Wade, una sonrisa lenta y depredadora extendiéndose bajo su máscara—. Mi pequeño Petey es una arañita.

El mercenario no lo persiguió. No era necesario. Sabía exactamente a dónde iba a volver ese omega cuando terminara su patrulla. Regresaría a su mansión, a su habitación, a la seguridad que Wade le proporcionaba aunque el chico se negara a admitirlo.

Wade regresó a casa antes que Peter. Se quitó el traje, se dio una ducha rápida y se puso una bata de seda. Se sentó en el gran sillón del salón principal, frente a la chimenea, con una copa de vino en la mano. Esperó en silencio, disfrutando de la anticipación.

Cerca de las tres de la mañana, escuchó el ligero clic de la ventana del segundo piso cerrándose. Unos minutos después, unos pasos suaves descendieron por la escalera. Peter, de nuevo con la sudadera gigante y los pantalones cortos, entró en la cocina, probablemente buscando agua, pensando que el alfa estaría durmiendo.

Wade esperó a que el chico saliera de la cocina para interceptarlo en el pasillo.

—¿Dando un paseo nocturno, Peter? —preguntó Wade, su voz resonando en la quietud de la casa.

Peter se sobresaltó, pegándose contra la pared. Sus ojos avellana estaban muy abiertos, llenos de una alarma que intentó ocultar rápidamente.

—No podía dormir. Fui al jardín a tomar el aire —mintió Peter.

Wade se levantó del sillón y caminó hacia él con una elegancia felina. Se detuvo a escasos centímetros, acorralando al chico contra el muro. El olor a vino y pólvora era ahora abrumador, una declaración de poder.

—Es curioso —dijo Wade, inclinándose hacia el cuello de Peter, justo donde estaba la marca temporal—. Porque juraría que he visto a Spider-Man hace un rato. Y olía exactamente igual que tú.

Peter se quedó sin aliento. El corazón le latía tan fuerte que temía que Wade pudiera oírlo.

—No sé de qué hablas.

—Oh, creo que sí lo sabes —Wade extendió una mano y acarició suavemente la mejilla de Peter. Esta vez, el chico no lo apartó, estaba demasiado paralizado por la revelación—. Me has estado ocultando un secreto muy jugoso, Petey. Mi pequeño e indefenso omega es en realidad el gran vigilante de Nueva York.

Peter tragó saliva, recuperando algo de su fuego.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Vas a venderme al mejor postor ahora que sabes quién soy?

Wade soltó una carcajada genuina, una que no tenía nada de burla.

—¿Venderte? Cariño, no hay suficiente dinero en el mundo para pagar lo que vales. Pero ahora entiendo por qué no querías comer, por qué me gruñías... No es solo orgullo de omega, es orgullo de héroe.

Wade se acercó más, rozando su nariz con la de Peter. Sus feromonas envolvieron al chico, no de una manera violenta, sino posesiva y cálida.

—Escúchame bien, arañita. No me importa quién seas bajo la máscara o fuera de ella. Para mí, sigues siendo el omega que rescaté, y eso significa que estás bajo mi protección. Pero ahora que sé que puedes devolver los golpes... bueno, eso hace que las cosas sean mucho más interesantes.

—No voy a ser tu juguete, Wade —dijo Peter, aunque su cuerpo empezaba a traicionarlo, relajándose ante el aroma del alfa.

—Nunca quise un juguete, Peter. Quería un compañero. Alguien que no se rompiera cuando lo apretara un poco —Wade bajó la mano hasta la cintura de Peter, atrayéndolo hacia él—. Ahora, vas a ir a la cocina, vas a comerte esa pasta que he recalentado para ti, y mañana... mañana patrullaremos juntos. Pero esta vez, sin secretos.

Peter miró a Wade, viendo al hombre detrás del mercenario. Vio la admiración en sus ojos, una chispa de algo que no era solo deseo, sino respeto.

—Si me vuelves a tocar el trasero mientras patrullamos, te pegaré al techo de un edificio y te dejaré allí —amenazó Peter, aunque no pudo evitar que una pequeña sonrisa apareciera en sus labios.

Wade sonrió ampliamente, mostrando sus dientes perfectos.

—Es un trato, Petey-Pie. Ahora, a comer. Un héroe no puede salvar el mundo con el estómago vacío, y un omega no puede lidiar con un alfa como yo si no tiene fuerzas.

Peter suspiró, rindiéndose finalmente a la situación. Caminó hacia la cocina, sintiendo la mirada de Wade en su espalda. Sabía que su vida acababa de complicarse de una manera astronómica, pero por primera vez desde que fue capturado, el olor a vino y pólvora no le pareció una amenaza, sino un hogar.

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