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Omega agresivo..

Fandom: Marvel

Creado: 9/10/2026

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El Aroma del Miedo y la Canela

Wade Wilson no era un santo, y él era el primero en admitirlo mientras se miraba en el espejo del recibidor, ajustándose el cuello de su camisa de seda que apenas contenía sus hombros anchos. Tenía la cara de un ángel caído del cielo —cabello rubio perfectamente peinado, mandíbula afilada y unos ojos azules que gritaban peligro y seducción a partes iguales— y las manos de un demonio que había cobrado demasiadas vidas. Pero incluso los demonios tenían sus pasatiempos, y el de Wade era desmantelar redes de tráfico de omegas de la forma más sangrienta y costosa posible.

Comprarlos era más fácil que asaltar los almacenes. Si los compraba, los papeles de propiedad pasaban a sus manos y luego, simplemente, los quemaba.

Pero el espécimen número 118, un chico castaño con ojos que recordaban a un ciervo asustado, estaba resultando ser un dolor de cabeza del tamaño de la Torre Stark.

—Vamos, Petey-pie. Es pasta a la boloñesa. La receta es de mi abuela, y por abuela me refiero al chef de cinco estrellas que tengo secuestrado en la cocina —bromeó Wade, deslizando el plato de porcelana sobre la mesa de caoba.

Peter Parker, sentado en el extremo opuesto de la silla de terciopelo, ni siquiera parpadeó. Llevaba un jersey de lana color ocre que le quedaba tres tallas grande, ocultando su complexión atlética, pero sus piernas estaban al descubierto, vistiendo apenas unos shorts deportivos que dejaban ver sus muslos tensos. Su aroma, que normalmente debería ser una mezcla embriagadora de pan recién horneado y rollos de canela, estaba agrio, impregnado de un miedo metálico que hacía que el instinto de alfa de Wade rugiera de incomodidad.

—No voy a comer nada que venga de ti —respondió Peter. Su voz era suave, pero tenía un filo de acero.

Wade suspiró, apoyando los codos en la mesa. Sus rasgos perfectos se contrajeron en una mueca de falsa tristeza.

—Me hieres, de verdad. Después de todo lo que he hecho por ti. Pagué tu matrícula de la universidad, Peter. ¿Sabes cuántos mercenarios pagan carreras de biofísica? Exacto, solo el guapo que tienes delante.

—No te pedí que lo hicieras —espetó el chico, apretando los puños sobre su regazo—. Me sacaste de una jaula para meterme en una jaula de oro. Y luego... luego hiciste eso.

Peter se llevó la mano al cuello, donde una marca temporal, roja y todavía sensible, brillaba bajo la luz del comedor. Wade lo había inmovilizado hacía dos días para marcarlo. Había sido una lucha feroz; el chico se movía con una agilidad que no correspondía a un omega promedio, casi como si sus reflejos estuvieran un paso por delante de la realidad. Al final, el peso y la fuerza de alfa de Wade habían prevalecido, dejando sus colmillos grabados en la piel del chico.

—Es por tu seguridad, pequeño saltamontes —dijo Wade, recuperando su tono burlón—. Si sales a la calle con mi marca, nadie te toca. Los otros alfas huelen a "Deadpool" y salen corriendo en dirección contraria. Es como un repelente de tiburones, pero para violadores y traficantes.

—Es una marca de propiedad —gruñó Peter, sus ojos avellana encendiéndose de furia—. Vi a los otros en el jardín esta mañana. Gwen, ese chico llamado Ned... todos tienen tu marca o la de tus amigos. Nos rescatas para convertirnos en tu colección privada.

Wade se levantó, su imponente figura proyectando una sombra larga sobre la mesa. Caminó lentamente hacia Peter, quien no retrocedió, aunque sus hombros se tensaron.

—¿Colección? —Wade soltó una carcajada seca—. Peter, si quisiera una colección de omegas sumisos, no habría elegido al que intenta patearme la tráquea cada vez que le doy los buenos días. Los marco para que sean libres. Una vez que la marca se asienta y llevan la pulsera, el mundo sabe que si les tocan un solo pelo, yo iré a su casa y convertiré sus órganos en confeti.

Se inclinó sobre el chico, invadiendo su espacio personal. El aroma de Wade —cuero, pólvora y un almizcle caro— envolvió a Peter.

—Pero tú eres especial —susurró Wade, su voz bajando a un barítono peligroso—. Eres el más pequeño, el que se quedó solo cuando su tía murió. Necesitas protección real. Además, tienes un trasero que desafía las leyes de la gravedad, y como futuro esposo, tengo que asegurarme de que nadie más lo mire.

Peter se puso de pie de un salto, su rostro encendido de indignación.

—¡No soy tu esposo! ¡Y no soy pequeño!

—Eres del tamaño de un bocado, Petey. Un bocado muy sabroso de canela —Wade sonrió, mostrando sus dientes blancos y perfectos—. Ahora, come. O tendré que alimentarte yo mismo, y créeme, eso implicaría mucho más contacto físico del que tu puritanismo universitario puede manejar.

Peter miró el plato de pasta y luego a Wade. El hambre era un agujero negro en su estómago, pero su orgullo era más grande. Sin embargo, había algo en la mirada de Wade... no era la mirada de los traficantes. No había esa lascivia oscura y sucia. Había una obsesión, sí, una locura evidente, pero también una extraña forma de reverencia.

—¿Por qué Spiderman? —preguntó Peter de repente, cambiando de tema para desarmarlo.

Wade se detuvo en seco, sus ojos brillando con un fanatismo casi religioso.

—¿Spidey? Oh, Dios. ¿Has visto cómo se mueve? Es arte. Es poesía en movimiento con mallas ajustadas. Ese hombre es el alfa... o beta, o lo que sea, definitivo. Es el único héroe con ética real en esta ciudad de mierda. Estoy obsesionado, sí. Algún día lo atraparé, le invitaré a tacos y luego dejaré que me golpee hasta que me canse.

Peter sintió un escalofrío. Si Wade supiera que el chico "indefenso" que tenía delante pasaba sus noches balanceándose entre edificios, probablemente le daría un ataque al corazón o algo peor.

—Él te odiaría —dijo Peter con amargura—. Odia a los mercenarios. Odia a la gente que marca a otros como si fueran ganado.

Wade se encogió de hombros, restándole importancia.

—El amor y el odio son dos caras de la misma moneda, nene. Además, él no entiende el mundo como yo. Yo limpio la basura que él solo mete en la cárcel. Pero basta de hablar de mi amor platónico. Hablemos de ti. ¿Por qué no comes? ¿Está muy salado? ¿Quieres que llame al chef y le dispare en un pie?

—¡No! —exclamó Peter, horrorizado—. Solo... no tengo hambre.

—Mientes. Hueles a hambre y a rollitos de canela tristes. Es la peor combinación del mundo.

Wade se acercó más, rompiendo la última barrera de distancia social. Peter sintió el calor que emanaba del cuerpo musculoso del alfa. Era como estar cerca de un horno encendido. Wade extendió una mano, y por un momento Peter pensó que lo golpearía o lo agarraría del cuello, pero sus dedos solo rozaron un mechón de cabello castaño, apartándolo de sus ojos.

—Escucha, chico listo —dijo Wade, su tono sorprendentemente serio—. Sé que crees que esto es un truco. Sé que crees que en cualquier momento te pediré que pagues tu estancia de una forma que no te va a gustar. Pero no soy ese tipo de monstruo. Soy otro tipo de monstruo. El tipo de monstruo que mata a los que te hicieron daño.

Peter tragó saliva, sintiendo el nudo en su garganta.

—¿Por qué a mí? —susurró—. Había otros. Omegas más... hermosos. Más dóciles.

Wade soltó una risita y se sentó en el borde de la mesa, justo al lado de Peter.

—Porque tienes fuego, Peter. Los otros estaban rotos. Tú estás furioso. Y la furia es algo que puedo entender. Además —añadió, recuperando su brillo pícaro—, tienes esos ojos de bambi que hacen que mi corazón de asesino quiera hacer cosas estúpidas, como comprarte una universidad entera.

Peter bajó la mirada, sus dedos jugueteando con el dobladillo de su jersey. La marca en su cuello pulsó levemente, una conexión sorda con el alfa que tenía delante. Odiaba admitirlo, pero desde que Wade lo había marcado, el terror constante que sentía en la celda de los traficantes se había transformado en una irritación constante, lo cual era una mejora considerable.

—Si como... ¿me dejarás ir a la biblioteca mañana? —preguntó Peter, mirando a Wade de reojo.

Wade se llevó una mano al pecho, fingiendo un ataque cardíaco.

—¡Oh, me pide permiso! ¡Qué doméstico! —exclamó—. Por supuesto, Petey. Irás con dos de mis mejores hombres, que irán vestidos de civiles para no avergonzarte, aunque son tan feos que probablemente llamen la atención de todos modos.

—No quiero guardaespaldas.

—Y yo no quiero que me roben mi inversión —replicó Wade, guiñándole un ojo—. Come, Peter. La pasta se está enfriando y mi paciencia es, curiosamente, lo único corto que tengo.

Peter dudó un segundo más antes de sentarse y tomar el tenedor. Wade lo observó con una satisfacción evidente, apoyando la barbilla en su mano.

—Eso es. Buen chico. Come y ponte fuerte. Necesitas energía para seguir odiándome con tanto estilo.

Peter tomó un bocado. Estaba delicioso, mucho mejor que cualquier cosa que hubiera comido en meses. El calor de la comida empezó a calmar su sistema nervioso.

—Wade —dijo Peter con la boca medio llena.

—¿Dime, luz de mis ojos?

—Sigues siendo un idiota.

Wade soltó una carcajada vibrante que llenó el silencioso comedor.

—Lo sé, nene. Pero soy el idiota que tiene la llave de tu casa, el que paga tus libros y el que tiene el mejor trasero de este lado de Queens. Aunque el tuyo le hace una competencia desleal.

Peter rodó los ojos, ocultando una pequeña sonrisa tras su tenedor. La situación era absurda, peligrosa y completamente loca, pero mientras el aroma a cuero y seguridad de Wade llenaba la habitación, por primera vez en mucho tiempo, Peter Parker no sintió que tuviera que correr para salvar su vida.

Al menos, no hasta que tuviera que ponerse la máscara de nuevo. Pero esa era una pelea para otro día. Por ahora, había pasta, un alfa rubio demasiado guapo para su propio bien y una extraña sensación de pertenencia que Peter se negaba a admitir.

—Por cierto —dijo Wade, levantándose para servirse una copa de vino—, mañana te compré ropa nueva. Nada de esos jerséis de abuelo. Quiero verte en algo que diga "soy un estudiante brillante pero también puedo romperte el corazón". O tal vez algo de Spiderman. Sí, definitivamente algo con temática de arañas.

—Ni se te ocurra —masculló Peter, aunque sabía que, con Wade Wilson, las protestas eran simplemente sugerencias que él decidía ignorar.

La vida en la mansión Wilson apenas comenzaba, y Peter sospechaba que, a pesar de las marcas y los guardaespaldas, el verdadero peligro no estaba fuera de esas paredes, sino en el hecho de que empezaba a no importarle estar allí encerrado.

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