
Zanahorias, Gatos y un Hámster en Apuros
El pasillo del instituto olía a una mezcla rancia de cera para suelos y hormonas adolescentes en ebullición. Para Rumba, ese olor era la señal de que debía caminar pegado a las taquillas, con la cabeza baja y su sudadera amarilla —su color de la suerte, aunque rara vez funcionara— bien ajustada. Con sus 167 centímetros y sus orejas de hámster ligeramente caídas, Rumba era el blanco perfecto para cualquiera que tuviera un mal día.
O simplemente para cualquiera.
—¡Eh, mirad, si es el pequeño nugget de girasol! —La voz de Mio resonó como una trompeta desafinada por todo el corredor.
Rumba apretó los libros contra su pecho. Mio, un gato de casi un metro ochenta, apareció de la nada saltando sobre sus pies con una energía que resultaba agotadora solo de ver. Mio no era malo, no realmente, pero no sabía cuándo cerrar la boca. Hablaba hasta dormido, y su pasatiempo favorito era molestar a Rumba simplemente para ver cómo se ponía rojo.
—Mio, por favor, solo quiero llegar a clase de química —susurró Rumba, sintiendo que sus mejillas ya ardían.
—¿Química? ¡Pero si la química la tenemos aquí mismo, pequeñín! —Mio le pasó un brazo por los hombros, casi asfixiándolo—. Aunque bueno, mi hermano dice que tienes la gracia de una piedra. ¡Silvio! ¡Ven aquí, no seas tan soso!
Rumba se tensó. Si Mio era el ruido, su hermano Silvio era la tormenta silenciosa. Silvio, un conejo de casi dos metros de puro músculo y mala actitud, caminaba hacia ellos con una expresión que prometía violencia o, al menos, un dolor de cabeza monumental. Sus orejas largas y erguidas le daban un aspecto imponente, y su sola presencia hacía que el aire se sintiera más pesado.
—Suéltalo, Mio —gruñó Silvio. Su voz era profunda, vibrante, el tipo de voz que Rumba sentía en la base de su columna vertebral.
—¡Ay, qué serio! —Mio soltó a Rumba, pero no dejó de parlotear—. Solo le estaba dando los buenos días a nuestro hámster favorito. ¿Sabías que hoy lleva calcetines de TXT? Los he visto cuando se le ha subido el pantalón. ¡Es tan tierno que dan ganas de meterlo en un tarro!
Silvio no respondió. Sus ojos oscuros se clavaron en Rumba, recorriéndolo de arriba abajo. El pequeño hámster sintió un escalofrío. Silvio era popular, era el capitán de casi todo lo que requiriera fuerza física, y estaba en esa etapa de la adolescencia donde sus hormonas de conejo parecían estar en un estado de alerta constante. La tensión que desprendía era casi tangible.
—Vete a clase, enano —dijo Silvio, dando un paso hacia el espacio personal de Rumba.
Rumba no esperó a que se lo dijeran dos veces. Salió disparado, tropezando con sus propios pies mientras oía las carcajadas de Mio a sus espaldas.
—¡Te queremos, Rumba! ¡No te olvides de comer tus pipas! —gritó el gato, ganándose un golpe en el hombro por parte de su hermano mayor.
Silvio se quedó mirando la espalda del hámster mientras este desaparecía tras la esquina. Un pensamiento intrusivo, salvaje y carente de toda lógica social, cruzó su mente: Se vería tan pequeño debajo de mí. Sacudió la cabeza con fuerza, sus orejas golpeando sus mejillas. Estaba perdiendo el control.
El odio, o lo que Rumba consideraba odio, se cimentó durante las siguientes semanas. Silvio parecía estar en todas partes. En la cafetería, Silvio le quitaba la silla solo para obligarlo a pedirle permiso para sentarse. En los pasillos, lo acorralaba contra la pared, no para pegarle, sino para quedarse ahí, respirando sobre su coronilla, recordándole lo pequeño que era.
—¿Por qué me haces esto? —preguntó Rumba un martes, atrapado entre el pecho de Silvio y una taquilla fría.
Silvio apoyó una mano a cada lado de la cabeza de Rumba. La diferencia de tamaño era ridícula. Rumba apenas le llegaba al pecho.
—Porque eres molesto —mintió Silvio. La verdad era que el olor de Rumba, algo dulce como la vainilla y el papel limpio, lo estaba volviendo loco. Sus instintos de conejo, exacerbados por una pubertad tardía y agresiva, le gritaban que marcara su territorio.
—¡Yo no he hecho nada! —chilló Rumba, con los ojos llorosos—. ¡Déjame en paz, pedazo de conejo hormonal!
Silvio gruñó, un sonido gutural que hizo que a Rumba se le doblaran las rodillas.
—No me tientes, hámster. No tienes ni idea de lo que estoy pensando ahora mismo.
—¡Yo sí lo sé! —Mio apareció de la nada, asomando la cabeza por encima del hombro de Silvio—. Está pensando en lo bien que combinaría tu sudadera amarilla con sus sábanas azules. ¿A que sí, hermanito? ¡Uy, qué cara de pocos amigos! ¡Me voy, me voy!
Mio se alejó trotando, dejando un silencio sepulcral y una tensión eléctrica entre los otros dos. Silvio apretó los dientes y se alejó sin decir una palabra, dejando a Rumba temblando y confundido.
La enemistad forzada llegó a su límite una tarde de lluvia intensa. Rumba se había quedado en la biblioteca hasta tarde, escuchando el último álbum de TXT en sus auriculares mientras terminaba un trabajo de historia. Cuando salió, el edificio estaba casi desierto, excepto por una figura alta que esperaba en la entrada principal.
Silvio.
—Mio se ha ido con sus amigos. Me ha dicho que te llevara a casa porque vives cerca y está cayendo el diluvio —dijo Silvio, sin mirarlo.
—Puedo ir solo —respondió Rumba, aunque no tenía paraguas.
—Sube al coche, Rumba. No lo repetiré.
El trayecto fue silencioso, pero el aire dentro del vehículo estaba cargado. Silvio conducía con una mano, la otra apretando el volante con una fuerza innecesaria. Rumba miraba por la ventana, consciente de cada movimiento del conejo. De repente, Silvio frenó en seco en un callejón cerca de la casa de Rumba.
—¿Qué pasa? —preguntó el pequeño, asustado.
Silvio apagó el motor. La lluvia golpeaba el techo del coche rítmicamente.
—No puedo más —dijo Silvio. Su voz sonaba rota, casi desesperada—. Llevo semanas viéndote, oliéndote... Mio no para de hablar de ti y yo solo quiero que te calles.
—¡Pero si no estoy diciendo nada! —exclamó Rumba, girándose hacia él.
—Exacto. No dices nada, pero estás ahí. Tan pequeño, tan amarillo... tan jodidamente comestible.
Antes de que Rumba pudiera procesar la amenaza, Silvio se abalanzó sobre él. No fue un ataque violento, sino un beso hambriento, desesperado. Las manos de Silvio, grandes y cálidas, acunaron el rostro de Rumba, mientras sus labios buscaban los del hámster con una urgencia que rozaba lo doloroso.
Rumba, en lugar de empujarlo, soltó un pequeño gemido y se aferró a la chaqueta de Silvio. El miedo se transformó en una chispa de deseo que llevaba tiempo ignorando. Silvio era grande, era aterrador, pero también era la única persona que hacía que su corazón latiera a mil por hora.
—Silvio... —jadeó Rumba cuando se separaron apenas unos milímetros.
—Te voy a destrozar, Rumba —susurró Silvio contra su cuello, sus dientes rozando la piel sensible—. Si no me detienes ahora, no voy a poder parar. Mis hormonas están fuera de control y tú eres lo único que quiero empotrar contra cada superficie de esta ciudad.
Rumba tragó saliva, mirando los ojos oscuros y dilatados del conejo.
—No te detengas.
Lo que siguió fue un borrón de sensaciones intensas. Silvio no mintió. Lo llevó al asiento trasero con una facilidad pasmosa, como si Rumba no pesara nada. La diferencia de tamaño se hizo evidente cuando Silvio se posicionó sobre él; Rumba se sentía completamente cubierto, protegido y dominado a la vez.
—Eres tan pequeño —gruñó Silvio, enterrando el rostro en el cuello del hámster mientras sus manos despojaban a Rumba de su sudadera amarilla—. Dios, Rumba, voy a hacerte gritar tanto que ni Mio podrá ignorarlo.
—Cállate y hazlo —retó Rumba, con una valentía que no sabía que poseía.
Silvio no necesitó más invitación. Sus movimientos eran potentes, marcados por esa naturaleza hormonal que lo caracterizaba. Cada embestida hacía que Rumba viera estrellas, sus manos pequeñas perdiéndose en la espalda ancha del conejo. Silvio lo sujetaba con fuerza, sus dedos dejando marcas leves en las caderas del hámster, reclamándolo como suyo. El espacio reducido del coche se llenó de jadeos, del sonido de la lluvia y del aroma embriagador de ambos mezclándose.
En su mente, Silvio solo podía visualizar lo bien que encajaban. Había imaginado esto mil veces: Rumba debajo de él, deshecho, llorando su nombre. La realidad era mil veces mejor. La fragilidad de Rumba contrastaba con la fuerza bruta de Silvio, creando una armonía caótica que los llevó al límite en cuestión de minutos.
Cuando finalmente terminaron, ambos jadeando y sudorosos, Silvio envolvió a Rumba en su propia chaqueta, manteniéndolo pegado a su pecho. El conejo le dio un beso suave en la frente, un gesto sorprendentemente tierno para alguien que acababa de comportarse como un animal.
—Supongo que ahora somos... algo —susurró Rumba, escondiendo el rostro en el pecho de Silvio.
—Eres mío —sentenció Silvio con posesividad—. Y si Mio dice una sola palabra sobre esto, lo despellejo.
Al día siguiente, Rumba llegó al instituto caminando de una forma un poco extraña. Intentó pasar desapercibido, pero el destino tenía otros planes. O mejor dicho, Mio tenía otros planes.
—¡Buenos días, estrellita! —Mio apareció deslizándose por el pasillo, con una sonrisa de oreja a oreja—. Vaya, Rumba, hoy caminas como si hubieras montado a caballo... o a un conejo gigante. ¿Qué tal el viaje a casa ayer?
Rumba se puso del color de un tomate maduro.
—Mio, cállate. Por favor.
—¡Oh, vamos! Si Silvio ha venido hoy con una sonrisa que da miedo. ¡Incluso me ha dado un trozo de su bocadillo! Eso solo pasa cuando ha... ya sabes, "descargado energía".
—¡Mio! —gritó Silvio, apareciendo detrás de él.
El gato dio un salto de tres metros.
—¡Uy! ¡Hermanito! Qué guapo estás hoy. ¿Le has dado ya su ración de zanahorias al hámster?
Silvio ignoró a su hermano y se acercó a Rumba. Ante la mirada atónita de medio pasillo, el conejo más popular y temido del instituto rodeó la cintura del hámster con su brazo y le dio un beso corto pero posesivo en los labios.
—Si alguien te molesta, me lo dices —dijo Silvio en voz alta.
—¡Eso incluye a mi hermano! —añadió Mio, riendo—. Aunque yo soy el cupido oficial. Deberíais darme las gracias. Si no fuera por mis comentarios inapropiados, Silvio seguiría mirándote desde lejos como un psicópata.
—Mio, si no cierras la boca en tres segundos, te juro que te corto los bigotes —amenazó Silvio, aunque no había verdadera malicia en su voz.
Rumba sonrió, sintiéndose por primera vez seguro en esos pasillos. Se ajustó su sudadera amarilla, miró a su enorme y hormonal novio, y luego al gato parlanchín que no dejaba de hacer bromas sobre nombres para sus futuros hijos.
—¿Sabéis qué? —dijo Rumba—. Creo que me gusta el ruido.
—¡Claro que te gusta! —exclamó Mio, abrazándolos a ambos—. ¡Porque ahora somos el mejor trío del instituto! Bueno, vosotros sois la pareja y yo soy el narrador estrella. ¡Silvio, no me mires así! ¡Rumba, dile que no me pegue!
Silvio suspiró, pero no soltó a Rumba. El hámster se rió, sabiendo que su vida, aunque caótica y llena de hormonas de conejo, nunca volvería a ser aburrida. Entre los comentarios incesantes de Mio y la intensidad protectora de Silvio, Rumba finalmente había encontrado su lugar. Uno muy ruidoso, muy grande y, definitivamente, muy amarillo.
