
Necesito un alfa!
Fandom: Marvel
Creado: 11/10/2026
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Instinto de Supervivencia y Canela
La ciudad de Nueva York nunca dormía, y Peter Parker, lamentablemente, tampoco. El frío de finales de otoño calaba hasta los huesos, filtrándose por las finas fibras de su traje de Spider-Man a pesar de las mejoras tecnológicas que le había hecho. Sentado en el borde de una cornisa en Queens, Peter apretaba una taza de café de cartón entre sus manos enguantadas, buscando un calor que parecía escapársele por los poros. Llevaba una bufanda de lana vieja enrollada sobre el cuello del traje, una imagen que seguramente cualquier transeúnte encontraría ridícula, pero a él no le importaba.
A su lado, balanceando las piernas al vacío con una despreocupación envidiable, estaba Deadpool.
Wade Wilson era una anomalía. Peter lo conocía en ambas facetas de su vida: como el mercenario bocazas que arruinaba sus patrullas con chistes de doble sentido y una obsesión poco sana por su trasero, y como el hombre que, sorprendentemente, resultó ser un modelo de perfección física bajo la máscara. Peter recordaba la primera vez que lo vio sin el traje durante la entrevista que J. Jonah Jameson le obligó a realizar para el Daily Bugle. Wade era un Alfa de alto rango, una rareza genética que exudaba una autoridad natural. Cabello rubio, facciones afiladas, ojos claros y un cuerpo que parecía esculpido por los mismos dioses del Olimpo. Y apestaba a vino caro y pólvora, un aroma que hacía que los instintos de Peter, por muy reprimidos que estuvieran, dieran vueltas en su pecho.
—Sabes, Spidey, si tienes tanto frío, podrías sentarte en mi regazo. Soy como una estufa humana, pero con mejores accesorios —dijo Wade, girando la cabeza para dedicarle una máscara inexpresiva que, aun así, transmitía una sonrisa pícara.
Peter soltó un suspiro que formó una nube de vapor frente a él. Se sentía terrible. Sus sentidos arácnidos estaban embotados, pero no por un peligro inminente, sino por una pesadez interna que conocía demasiado bien. Había estado abusando de los supresores para cumplir con sus turnos dobles en la universidad, las fotos para el periódico y las patrullas nocturnas. Ser un Omega que pasaba por Beta era agotador, especialmente cuando tu biología exigía una pausa que no podías permitirte.
—Cállate, Wade —respondió Peter con voz ronca—. No estoy de humor.
—Estás temblando como una hoja, Baby Boy. Y tu olor... —Wade se acercó un poco más, inhalando profundamente—. Hueles a canela, pero a canela triste. Como un rollo de canela que se quedó fuera del horno demasiado tiempo. No me gusta.
Peter se encogió de hombros, sintiendo un mareo repentino. El frío le estaba ganando la batalla.
—Escucha... —Peter lo miró, y Wade se puso serio de inmediato al notar la debilidad en los ojos del héroe—. No puedo terminar la patrulla. Me siento... mal. ¿Podrías... podrías encargarte tú? Solo vigila que no atraquen el 7-Eleven de la calle 42.
Wade se puso de pie de un salto, su imponente figura recortada contra la luna.
—Consideralo hecho, dulce de leche. Vete a casa, toma un baño caliente y sueña con mis pectorales. Yo me encargo de los malos.
Peter no tuvo fuerzas ni para discutirle el apodo. Se lanzó al vacío, balanceándose torpemente hacia su apartamento, sin saber que esa sería la última noche de paz que tendría en mucho tiempo.
A la mañana siguiente, el infierno se desató en su habitación.
Peter se despertó empapado en sudor, con las sábanas enredadas entre sus piernas y un calor abrasador quemándole las entrañas. Gemía contra la almohada, sintiendo cómo sus músculos se tensaban y relajaban en espasmos involuntarios. Los supresores habían fallado. El efecto rebote era devastador; años de represión biológica estaban cobrando factura en un solo instante.
Su olor a pan recién horneado y canela se había vuelto denso, dulce hasta el punto de ser embriagador, llenando cada rincón del pequeño y destartalado apartamento. Necesitaba a alguien. Su cuerpo gritaba por un Alfa, pero no por cualquiera. Sus instintos, potenciados por su fuerza sobrehumana, rechazaban la idea de un Alfa común. Necesitaba a alguien que pudiera sostenerlo, que pudiera dominarlo a pesar de que Peter era capaz de levantar un autobús con las manos desnudas.
Con dedos temblorosos, alcanzó su teléfono. Vio la notificación de Instagram. Wade lo había encontrado hacía semanas y no dejaba de enviarle mensajes directos con fotos de armas, comida mexicana y algún que otro piropo subido de tono.
"Ayúdame", escribió Peter con dificultad. "Wade, por favor. Mi celo. No puedo... no tengo dinero para una clínica. Ayúdame".
El teléfono vibró casi al instante. El nombre "Wade Wilson" iluminó la pantalla. Peter contestó con un hilo de voz.
—¿Petey? —La voz de Wade al otro lado no tenía rastro de su habitual tono burlón. Era profunda, vibrante, el tono de un Alfa de alto rango que ha detectado a su Omega en peligro—. ¿Dónde estás?
—En casa... pero no puedo... duele mucho, Wade —sollozó Peter, hundiéndose en la cama—. Necesito que alguien me someta... no puedo controlarlo.
—Escúchame bien, chico listo —dijo Wade, y Peter pudo oír el sonido de unas llaves y el rugido de un motor de fondo—. Te voy a enviar una ubicación. Sal de ahí, toma un taxi, gasta lo que necesites, yo lo pago. Mi casa es segura. Nadie te tocará allí más que yo, si es lo que quieres.
Peter recibió el mensaje. La dirección estaba en las afueras, en una zona exclusiva que no encajaba con la imagen de un mercenario de alquiler. Pero Wade pagaba bien por las fotos de Spider-Man, y Peter sabía que, debajo de toda esa locura, Wade era un hombre de palabra que protegía a los Omegas con un celo casi religioso.
El trayecto fue borroso. Peter iba envuelto en una sudadera gigante y una bufanda, tratando de ocultar su aroma, aunque el taxista no dejaba de mirarlo por el retrovisor con ojos dilatados. Cuando finalmente llegó, se quedó sin aliento.
Era una mansión. Una estructura moderna de cristal y piedra, rodeada por un muro alto y un jardín que parecía un parque privado. Había una piscina infinita que brillaba bajo el sol de la mañana y un jacuzzi humeante a un lado.
La puerta principal se abrió antes de que Peter pudiera llamar.
Wade estaba allí, vestido con unos pantalones de lino y una camisa desabrochada. Sin máscara. Su piel era perfecta, su cabello rubio brillaba y su aroma a vino y pólvora golpeó a Peter como una ola física, calmando instantáneamente parte de su ansiedad.
—Llegaste —dijo Wade. Su voz era un gruñido bajo que hizo que las rodillas de Peter flaquearan.
—Wade... —Peter dio un paso hacia adelante, tropezando.
El Alfa lo atrapó antes de que tocara el suelo. Sus brazos eran enormes, sólidos como el acero, y la diferencia de tamaño hizo que Peter se sintiera, por primera vez en su vida, pequeño y protegido.
—Estás ardiendo, Petey —murmuró Wade, hundiendo la nariz en el cuello del castaño. Gruñó, un sonido gutural de pura satisfacción al oler la canela pura—. Dios, hueles a gloria.
—Por favor —suplicó Peter, agarrándose a los hombros de Wade, sus dedos apretando con una fuerza que habría roto los huesos de cualquier otro hombre—. No seas suave. Necesito... necesito que me obligues a quedarme quieto. Mi cuerpo no para.
Wade lo levantó en vilo como si no pesara nada, llevándolo hacia el interior de la casa, donde el aire acondicionado intentaba, en vano, mitigar el calor del Omega.
—Sé lo que necesitas, arañita —dijo Wade, subiendo las escaleras hacia la habitación principal—. Eres fuerte, más fuerte que cualquier Alfa que hayas conocido. Pero yo no soy cualquier Alfa. Y me va a encantar demostrarte que puedes dejar de pelear y simplemente... ser mío.
Wade lo depositó en una cama que parecía una nube, pero Peter intentó levantarse de inmediato, impulsado por la inquietud del celo. Sus instintos de lucha estaban a flor de piel; quería someterse, pero su fuerza arácnida lo empujaba a resistirse, a forcejear.
Wade puso una mano en su pecho y lo empujó hacia atrás con una firmeza asombrosa.
—He dicho que te quedes quieto —ordenó Wade. La voz de mando de un Alfa de alto rango vibró en el aire.
Peter sintió un escalofrío recorrer su columna. Intentó zafarse, usando su fuerza para apartar las manos de Wade, pero el rubio no cedió. Wade se posicionó sobre él, bloqueando sus muñecas contra el colchón. Peter jadeó, forcejeando con una intensidad que habría destrozado el mobiliario de su apartamento, pero Wade era un muro infranqueable.
—Eso es... —susurró Wade al oído de Peter, mientras el castaño gemía e intentaba arquear la espalda—. Lucha un poco más, Petey. Me encanta cuando intentas ganar, porque hace que el momento en que te rindas sea mucho mejor.
—Wade, yo... no puedo... —Peter cerró los ojos, sintiendo cómo el aroma del Alfa lo envolvía, reclamándolo.
—No tienes que hacer nada más que sentir, Peter —dijo Wade, suavizando el tono pero sin disminuir la presión de sus agarres—. Estás a salvo. Aquí no eres un superhéroe, ni un fotógrafo pobre, ni un estudiante estresado. Aquí eres mi Omega. Y voy a cuidarte tan bien que vas a olvidar cómo se deletrea la palabra "supresor".
Wade soltó una de sus muñecas solo para acariciar la mejilla de Peter con una ternura inesperada, antes de bajar hacia su cuello, donde la glándula de aroma palpitaba con desesperación.
—¿Quieres que pare? —preguntó Wade, aunque sus ojos brillaban con un hambre antigua.
Peter negó con la cabeza frenéticamente, enredando sus piernas alrededor de la cintura de Wade, buscando el contacto total.
—No... no pares. Por favor, Wade. Haz que me quede... haz que me rinda.
Wade sonrió, una sonrisa predadora y hermosa a la vez.
—Tus deseos son órdenes, Baby Boy. Pero te advierto... no voy a ser delicado. Vas a recordar este celo durante el resto de tu vida.
El Alfa se inclinó y mordió suavemente el lóbulo de su oreja, mientras su mano libre bajaba para deshacerse de la ropa que estorbaba. Peter soltó un grito ahogado, una mezcla de alivio y deseo puro, mientras se entregaba finalmente al poder del hombre que, contra todo pronóstico, se había convertido en su ancla en medio de la tormenta.
La mansión, con su lujo y su silencio, se convirtió en el escenario de una batalla de voluntades donde Peter Parker, por primera vez, estaba feliz de perder. Porque en los brazos de Wade Wilson, el peso del mundo desaparecía, sustituido por el calor de la pólvora, el sabor del vino caro y la promesa de que, sin importar lo fuerte que fuera, siempre habría alguien capaz de sostenerlo.
