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Fandom: Bersek

Creado: 11/10/2026

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Posesión sin deseo

El humo de las fogatas ascendía hacia el cielo encapotado de Midland, tiñendo el aire de un hedor rancio a grasa quemada, sangre seca y sudor de caballo. Tras la batalla en las colinas de Doldrey oriental, la Banda del Halcón descansaba en un valle cenagoso. Los hombres celebraban con jarras de cerveza agria y dados trucados; los heridos se apretaban los vendajes sucios en el fango y maldecían su suerte.

Maddy permanecía sentada sobre un tocón podrido, ajena al bullicio de los mercenarios. Tenía una piedra de afilar en una mano y su espada corta en la otra. El roce rítmico del grano contra el acero producía un susurro constante, casi un compás que apaciguaba el caos del campamento. Su cota de malla estaba salpicada de barro y hollín, y un corte superficial le cruzaba el pómulo izquierdo, pero en su rostro curtido no había rastro de agotamiento ni de queja. A sus veintiséis años, Maddy poseía una serenidad pétrea, forjada a base de marchas interminables y carnicerías que habrían quebrado a hombres con el doble de su tamaño.

No era una mujer hermosa a la manera de las damas de la corte, sino recia, equilibrada y precisa como una herramienta bien templada. Y esa sobria entereza era, precisamente, lo que Griffith nunca había tolerado.

Unos pasos pesados rompieron el ritmo de su afilado. Maddy levantó la mirada sin sobresaltarse. Guts se acercaba, arrastrando los pies con esa tosquedad suya tan característica, llevando la descomunal espada envuelta en tiras de cuero sobre el hombro. Se detuvo a dos pasos de ella, miró el corte de su mejilla y frunció el ceño.

—Esa herida se te va a pudrir si la dejas así —gruñó Guts, arrojándole un pequeño frasco de ungüento que Maddy atrapó en el aire con un reflejo limpio.

—Es solo un rasguño, muchacho —respondió ella con voz pausada, grave y templada—. He tenido cosas peores mientras dormía.

—No me llames muchacho —replicó él, sentándose sobre una caja de pertrechos frente a ella, crujiendo el cuero de sus cinchas—. En el flanco izquierdo casi te quedas sin cabeza cuando cargaron los lanceros de Chuder. Vi cómo aguantaste. Ninguno de esos cobardes se atrevió a pasar por encima de ti.

—Hice mi trabajo. Cubrir la retirada de la infantería ligera. Nada más.

—Pudiste haber retrocedido cuando Casca dio la orden. Te quedaste sola tres minutos aguantando la línea. —Guts la miraba con una intensidad desprovista de adornos, una mezcla de respeto puro y camaradería salvaje—. Estás loca, Maddy. Pero peleas mejor que la mitad de los oficiales que Griffith tiene a caballo.

Una tenue sonrisa, apenas una curva imperceptible en los labios partidos de Maddy, asomó en su rostro.

—No se lo digas a Griffith. Le daría un ataque de bilis saber que un bruto como tú aprecia mi esgrima.

—A la mierda Griffith —soltó Guts con una risa seca y ronca—. Él piensa en banderas y castillos. Yo sé quién pelea de verdad en el barro. Dame un trago de lo que tengas ahí.

Maddy le tendió un pellejo de vino que guardaba entre sus alforjas. Guts bebió con avidez, dejando que un hilo escarlata le resbalara por la barbilla, y se lo devolvió con un gesto de agradecimiento silencioso. Había entre ellos una paz extraña, una comprensión tácita entre dos soldados que no necesitaban mentirse sobre el horror del mundo.

Esa calma se quebró sin un solo ruido.

La sombra que cayó sobre ellos no fue la de un soldado cualquiera. Griffith estaba de pie, a escasos metros, montado sobre su semental blanco, impecable como una aparición arrancada de un tapiz sagrado. Su armadura de plata no tenía una sola mancha de lodo; su capa ondeaba suavemente con la brisa helada del atardecer. Sus ojos azul claro, casi translúcidos, estaban fijos en la mano de Guts, que aún rozaba los dedos de Maddy al devolver el pellejo.

El aire se volvió repentinamente gélido.

Griffith desmontó con una gracia inhumana, entregando las riendas a un paje tembloroso. Avanzó hacia ellos con pasos ligeros, su sonrisa angelical intacta, pero la línea de sus hombros delataba una tensión contenida y afilada.

—Guts —dijo Griffith, su voz melosa, pulida como el cristal—. Llevo media hora buscándote. Los comandantes de división están reunidos en la tienda principal. Necesito que revises las bajas de la vanguardia conmigo.

Guts bufó, pasando una mano enguantada por su nuca rapada.

—¿Ahora? Acabo de salir del lodo, Griffith. Deja que me limpie al menos.

—Ahora —repitió el Halcón Blanco, y aunque el tono era suave, la orden caía con el peso de una guillotina—. Tus hombres necesitan ver a su capitán despierto, no holgazaneando junto a las fogatas de la retaguardia.

Griffith giró entonces la cabeza hacia Maddy. Su mirada se transformó al instante: la calidez artificial desapareció, sustituida por un desdén frío y punzante, el mismo que le había dispensado desde el día en que ella se unió a la banda.

—Veo que sigues perdiendo el tiempo, Maddy —dijo Griffith, mirándola de arriba abajo con una mueca de leve repugnancia—. Tu unidad perdió tres carros de suministros durante el repliegue. Me pregunto si tu supuesta experiencia militar solo sirve para arrastrarte por la tierra y dar lecciones de cobardía a los reclutas.

Maddy ni siquiera parpadeó. Continuó pasando la piedra por el filo de su acero con movimientos lentos y metódicos.

—Los suministros se quemaron para frenar a la caballería pesada, comandante —respondió ella, sin levantar la voz, con una tranquilidad absoluta que desarmaba la provocación—. Si no lo hubiera hecho, la infantería que usted envió sin apoyo habría sido masacrada. Salvamos a cuarenta hombres y dos estandartes. El grano se puede volver a robar; los arqueros entrenados no.

—No te pedí explicaciones tácticas —escupió Griffith, dando un paso hacia ella, invadiendo su espacio de una forma sutilmente amenazante—. No te pago para que tomes decisiones estratégicas. Para eso están las mentes capaces, no los peones que apenas saben sostener una espada recta. Si vuelves a actuar por tu cuenta, te degradaré a las letrinas con los mozos de cuadra.

Guts apretó los dientes y se puso de pie de un salto, superando en estatura a Griffith por más de una cabeza.

—Oye, Griffith, déjala en paz —gruñó el espadachín negro, con la mano crispada sobre el pomo de su espadón—. Ella salvó a mis hombres. Si tienes que quejarte de alguien, quéjate de mí por no haber roto el centro antes.

Griffith no miró a Guts de inmediato. Se quedó observando a Maddy, cuyos ojos oscuros lo miraban de vuelta con una madurez inquebrantable, sin miedo, sin devoción, sin la admiración ciega que los demás hombres le profesaban. Maddy lo veía simplemente como a un hombre ambicioso con una espada cara. Y eso a Griffith lo enfurecía más que cualquier insulto.

Lentamente, Griffith se giró hacia Guts, y su expresión mudó de nuevo a una máscara de fingido afecto herido.

—No tienes por qué rebajarte a defender la mediocridad, Guts —dijo Griffith, colocando una mano enguantada en el hombro del gigante con una posesividad que no admitía réplica—. Eres mi comandante de asalto. Tu lugar está junto a mí, no en los rincones oscuros del campamento con soldados que ya han alcanzado su límite. Ven. Hay asuntos más importantes que requieren nuestra atención. He recibido correspondencia de Windham. La princesa Charlotte ha enviado un carruaje con provisiones personales y una carta para mí.

Era deliberado. Griffith siempre sacaba a relucir a la princesa, el palacio, el sueño intocable de una corona que justificaba cada gota de sangre derramada. Su destino pertenecía a los salones dorados y a las damas de linaje puro; las mujeres como Maddy no eran más que barro bajo sus botas.

Guts miró de reojo a Maddy, incómodo, debatiéndose entre su tosco sentido del deber y la irritación que le provocaba la actitud de Griffith. Maddy simplemente le hizo un leve gesto con la barbilla, indicándole que se marchara. No valía la pena una disputa por ella.

—Está bien —gruñó Guts, apartando la mano de Griffith de su hombro con un movimiento brusco—. Vamos a ver esos malditos mapas.

Griffith sonrió, triunfante en apariencia, pero antes de apartarse, miró a Maddy una vez más.

—Por cierto, Maddy. Mañana antes del amanecer partirás con cinco hombres hacia el paso de San Miguel. Harán un reconocimiento avanzado de las defensas enemigas.

El campamento entero sabía que el paso de San Miguel estaba plagado de exploradores enemigos y que el invierno en esa garganta era mortal. Era una misión de castigo, un destierro encubierto para alejarla durante semanas.

—Entendido, comandante —dijo Maddy, sin que una sola grieta de resentimiento asomara a su tono—. Saldré a primera hora.

Griffith apretó la mandíbula, frustrado por no haber conseguido arrancarle una súplica o una muestra de debilidad, y dio media vuelta, guiando a Guts hacia la gran tienda señorial mientras mantenía una conversación fluida sobre la corte de Midland y los favores del rey.

La noche cayó pesada sobre el valle.

Las horas pasaron y el campamento fue silenciándose poco a poco, hasta que solo quedaron las brasas mortecinas y los aullidos lejanos de los lobos carroñeros. Maddy terminó de engrasar su cota de malla y guardó sus bártulos dentro de la tienda compartida con otros veteranos. Caminó hacia el abrevadero para lavarse la sangre seca del rostro antes de intentar dormir un par de horas.

El agua estaba helada, una fina capa de escarcha flotaba sobre la superficie del barril de madera. Maddy rompió el hielo con la palma de la mano, cogió un puñado de agua y se la frotó contra el corte de la mejilla, sintiendo el escozor agudo que le despejaba la mente.

—¿No te cansas de ser tan insolente?

La voz surgió de las sombras tras los carros de forraje. Maddy no se giró de golpe; tomó un paño de lino, se secó el rostro con parsimonia y luego miró hacia la penumbra.

Griffith estaba apoyado contra la rueda de un carromato. Se había quitado la coraza y vestía solo una camisa de seda blanca y calzas oscuras, con el cabello plateado cayéndole suelto sobre el pecho. Sostenía una copa de plata en los dedos finos. Parecía un espectro hermoso y venenoso.

—Solo obedezco órdenes, Griffith —dijo ella, usando su nombre a secas, sin el título, como siempre hacía cuando estaban a solas—. Dijiste que partiera al amanecer. Me estoy preparando.

Griffith avanzó dos pasos. La luz de la luna llena le iluminaba los ojos, en los cuales ardía un rencor infantil pero letalmente peligroso.

—No te hagas la tonta conmigo. Sé exactamente lo que pretendes.

—No pretendo nada. Solo quiero sobrevivir a esta guerra, cobrar mi paga y comprar una granja donde nadie me diga a quién tengo que matar.

—Mentira —siseó Griffith, reduciendo la distancia entre ambos hasta quedar a un palmo de ella. Su perfume refinado a lavanda y sándalo chocaba brutalmente con el olor a hierro y fango de la mujer—. Crees que porque Guts te mira con lástima tienes algún poder aquí. Crees que puedes meterte en su cabeza con tus silencios y tu fingida madurez de veterana amargada.

Maddy sostuvo la mirada del líder de los Halcones sin retroceder un milímetro. A pesar de la diferencia de estatura, su presencia era densa, inamovible.

—Guts no me tiene lástima —dijo ella con una calma que sonó casi piadosa—. Y yo no pretendo nada con él. Es un muchacho roto que solo sabe empuñar un trozo de hierro para no sentir el vacío. Tú lo sabes mejor que nadie. Por eso lo tienes atado a tu capa.

—¡Guts me pertenece! —soltó Griffith en un susurro violento, perdiendo por una milésima de segundo su fachada de nobleza impecable. Sus dedos apretaron la copa de plata con tanta fuerza que el metal crujió levemente—. Él juró seguirme. Es mi espada, mi fuerza. Ninguno de ustedes, carroña de taberna, tiene derecho a ponerle las manos encima. Y mucho menos tú.

Maddy suspiró despacio, exhalando un vaho blanco en el aire gélido.

—Entonces no entiendo tu problema, Griffith. Tienes tu princesa esperándote en la capital. Tienes tus títulos, tus castillos soñados y el favor del rey. Siempre me has tratado como a un perro sarnoso. Me arrojas a la vanguardia para ver si una lanza me atraviesa, me das las sobras de los suministros y me hablas como si fuera estiércol. ¿Por qué te importa tanto si me siento junto al fuego a compartir un trago con él?

Griffith clavó sus ojos en los de ella, buscando desesperadamente un atisbo de sumisión, de celos, de reverencia no correspondida. Griffith estaba acostumbrado a que las mujeres cayeran rendidas a sus pies, deslumbradas por su belleza divina, o a que lo temieran como a un estratega implacable. Pero Maddy no hacía ninguna de las dos cosas. Ella lo trataba con la indiferencia práctica con la que se trata a un capataz exigente.

—Porque eres insignificante —dijo Griffith con desprecio venenoso, inclinando el rostro hacia el de ella—. Eres una mercenaria vieja y gastada. No tienes futuro más allá de morir en una zanja sin nombre. No permitiré que ensucies a mi mejor guerrero con tu vulgaridad. Si mañana te veo a menos de diez pasos de Guts antes de partir hacia San Miguel, me aseguraré personalmente de que tu caballo se quede sin herraduras a mitad del paso de montaña.

Maddy no se inmutó. Lo miró fijamente, con una tristeza sosegada que enfureció a Griffith más que un golpe directo a la mandíbula.

—Eres un niño mimado, Griffith —dijo ella en voz muy baja, con una serenidad aplastante—. Quieres el trono entero para ti, quieres a la princesa de adorno en tu salón, y aun así no soportas la idea de que alguien a quien desprecias tenga algo que tú no puedes comprar: un amigo que te mire a los ojos sin tenerte miedo.

El rostro de Griffith palideció de pura furia. Su mano libre voló hacia la empuñadura del estoque que colgaba de su cinto civil, pero se detuvo antes de desenvainar. La respiración se le aceleró, rota, mientras procesaba las palabras de la mujer.

Maddy dio un paso a un lado, rodeándolo con paso firme, sin mostrarle la espalda de forma servil, sino simplemente continuando su camino hacia el camastro.

—Descansa, comandante —dijo Maddy sin detenerse—. La garganta de San Miguel está lejos, y mañana tendré un día largo. Cuida a la princesa en tus cartas. No sea que descubra el veneno que guardas debajo de esa armadura tan brillante.

Griffith se quedó solo junto al abrevadero, con el cuerpo temblando bajo la camisa de seda fina. Apretó los dientes hasta que las encías le sangraron, mirando cómo la silueta maciza y tranquila de Maddy se perdía en la niebla que cubría el campamento, sabiendo, con una rabia sorda y visceral, que no importaba a cuántos kilómetros la enviara: había tierras en el alma de los hombres que su ambición de plata jamás podría conquistar.

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