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Fandom: Vecinos

Creado: 11/10/2026

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Banquete caribeño a gran escala

Las olas de Cancún rompían suavemente contra la arena dorada, pero dentro de la suite presidencial del hotel de gran turismo, el sonido dominante no era el rumor del mar Caribe, sino el chasquido constante de cubiertos, el crujido de totopos sumergidos en guacamole y el suave jadeo de tres mujeres que habían decidido renunciar por completo a la mesura.

Todo había comenzado como una simple escapada improvisada. A mitad de unas vacaciones que pintaban para ser solitarias y deprimentes en la Ciudad de México, Silvia Olvera había encontrado en internet un paquete de lujo absoluto con todo incluido: vuelos, traslados y, lo más peligroso de todo, servicio a la habitación ilimitado las veinticuatro horas del día en el restaurante más exclusivo de la costa quintanarroense. Cansada de las citas fallidas, de las dietas rigurosas a base de lechuga y de los interminables pleitos entre los vecinos del edificio, Silvita decidió que no viajaría sola. Convenció a su mejor amiga, Cris, y, de manera casi milagrosa, logró que Alejandra se sumara a la travesía tras prometerle que no tendría que verle la cara a su madre, Lorena, ni soportar los ensayos de guiones mediocres de su padre, Frankie Rivers, durante casi un mes entero.

El plan inicial era tomar el sol, dar caminatas matutinas por la orilla de la playa y tal vez conocer a algún empresario adinerado en el lobby. Sin embargo, ese propósito duró exactamente cuarenta y ocho horas. Al descubrir que la pulsera dorada VIP les otorgaba acceso irrestricto a los manjares más calóricos, mantecosos y suculentos del paraíso tropical, el trío sucumbió a una glotonería épica que rápidamente transformó sus cuerpos y sus rutinas de un modo que jamás habrían imaginado.

Silvia reposaba en el centro de la sala sobre una colosal montaña de almohadones reforzados que el personal del hotel había tenido que acondicionar especialmente para ella. Vestía un caftán playero de seda de confección especial, estampado con flores hawaianas, que apenas lograba contener la inmensidad de su figura. Aquella mujer que en el edificio vivía obsesionada con la talla cero y los vestidos ajustados para impresionar a cualquier pretendiente, se había convertido en un monumento viviente al exceso. Silvia había alcanzado la exorbitante marca de quinientos kilogramos exactos. Medio tonelada de pura redondez, con brazos tan gruesos como columnas romanas, un abdomen pantagruélico que descansaba pesadamente sobre sus muslos titánicos y un triple mentón que le otorgaba una apariencia majestuosa de emperatriz tropical.

—Cris, amiga... pásame la bandeja de las marquesitas con crema de avellana —pidió Silvia con una voz espesa, apenas haciendo el esfuerzo de levantar una de sus rollizas manos adornada con anillos que parecían a punto de estallar—. Siento como si llevara diez minutos enteros sin probar azúcar, y el doctor de la televisión siempre dice que el bajón de glucosa es malísimo para el cutis.

Cris Ortiz, sentada a unos metros en un sillón modular desprovisto de patas para evitar que colapsara bajo su peso, soltó una risotada profunda que hizo temblar su gigantesca humanidad. Cris, siempre relajada y amante de la buena vida, se había entregado al festín sin el menor asomo de culpa desde el tercer día. Con cuatrocientos sesenta y siete kilos encima, su cuerpo era una masa imponente y acogedora de suaves curvas desbordantes. Sus piernas eran dos troncos masivos que reposaban abiertos para darle cabida a un vientre descomunal, y su rostro, antes afilado y pícaro, se había transformado en una luna llena sonriente y lustrosa por la mantequilla de los mariscos.

—¡Ay, Silvita, por favor! —exclamó Cris, empujando con el pie una mesita de servicio con ruedas que rechinaba bajo el cargamento de postres—. Llevas tres platos de cochinita pibil, media docena de panuchos y un volcán de chocolate en la última hora. Pero tienes razón, el Caribe da un hambre que no se quita con nada. Alcánzame tú el tazón de camarones al coco con salsa de mango, que si me estiro más siento que voy a romper otra costura del vestido.

Entre ambas, ocupando un sofá cama que crujía agónicamente cada vez que intentaba acomodarse, se encontraba Alejandra. La joven gótica, antes conocida por su complexión delgada, sus camisetas negras de bandas de rock y sus pantalones entallados con estoperoles, era ahora una visión formidable y asombrosa. Con cuatrocientos ochenta y nueve kilos de peso, Alejandra se había convertido en una esfera colosal de proporciones míticas. Su ropa negra habitual había sido reemplazada por una túnica de terciopelo oscuro hecha a medida, la cual se extendía como una carpa de circo sobre sus caderas mastodónticas y sus pechos hinchados. Su cabello corto y oscuro enmarcaba unas mejillas infladas y un cuello que prácticamente había desaparecido entre pliegues de opulencia.

Alejandra masticaba con aparente desdén una pata de cangrejo gigante bañada en mantequilla derretida, aunque sus ojos brillaban con un deleite que desmentía su típica actitud apática.

—Esto es el colmo del consumismo burgués —declaró Alejandra con su tono seco, haciendo una pausa para lamerse los dedos pringosos de grasa—. Es una degradación absoluta del espíritu proletario... pero qué buena está la mantequilla, neta. Además, pensar en la cara que pondría mi mamá si me viera ahora mismo hace que cada caloría valga completamente la pena.

—¡Ay, Ale, ni me recuerdes a tu madre! —dijo Silvia, llevándose a la boca una marquesita entera que crujió deliciosamente antes de desaparecer en su garganta—. Lorena se la pasa presumiendo que tú tienes el metabolismo de su familia y que nunca ibas a perder la figura. Si supiera que entre las tres ya sumamos más de una tonelada y media, le da un infarto ahí mismo en el pasillo del edificio.

—Oye, pues que le dé —respondió Alejandra, tomando con esfuerzo una hamburguesa triple con tocino de una bandeja cercana—. Al menos así dejaría de fregar con que Rocko busque trabajo o con que el Morris no se coma sus tareas. Por cierto, ¿ya pidieron la segunda ronda de costillas a la barbecue? Porque si vamos a seguir rompiendo básculas, prefiero que sea con estilo.

Cris no pudo evitar carcajearse, lo que provocó que su impresionante abdomen de casi medio metro de espesor temblara como gelatina bajo su bata floreada.

—¡Qué bárbaras somos! —celebró Cris, pasándole a Alejandra la fuente de costillas humeantes—. ¿Se acuerdan del pobre botones del muelle ayer? Cuando tuvimos que subir a la báscula de carga de los barcos porque la del gimnasio del hotel simplemente tiró un chispazo y marcó «Error». El tipo no sabía si llamar a una ambulancia o a una grúa de plataforma.

—Ese hombre no tenía visión de negocios —intervino Silvia, acomodando su gigantesco cuerpo con lentitud mientras daba un largo sorbo a una piña colada servida en una jarra de dos litros—. Las mujeres con curvas siempre hemos tenido presencia. Bueno, quizás ahora tengamos presencia, soporte estructural y gravedad propia, pero mírame, Cris... ¡tengo la piel reluciente! Cero arrugas. El peso te estira la cara mejor que cualquier tratamiento con colágeno carísimo.

—Silvita, no inventes, tienes la piel estirada porque estás a diez tacos de convertirte en una supernova —ironizó Alejandra, mordiendo la costilla con avidez—. Aunque no te lo niego, nunca me había sentido tan cómoda en mi vida. Es como traer mi propio sillón integrado a todas partes. Ya me imagino la cara del conserje cuando tengamos que regresar al departamento. Germán va a sudar frío cuando nos vea bajar del taxi.

—¡Germán! —exclamó Cris entre risas—. Ese holgazán va a tener que pedirle refuerzos a Don Roque para poder cargar nada más nuestras maletas. Bueno, si es que todavía tenemos maletas, porque toda nuestra ropa de antes ya la dejamos en la basura. No nos entraba ni en los tobillos.

—Ay, ni me digas —suspiró Silvia, mirando con orgullo el plato vacío frente a ella—. A mí se me reventó el cierre de mi vestido favorito de cóctel la segunda semana, cuando íbamos por los trescientos kilos. En ese momento me asusté un poquito, se los juro. Pensé: «Dios mío, Silvita, ningún hombre trabajador y formal va a querer invitarte a salir si no cabes por la puerta de la iglesia». Pero luego me comí una docena de donas glaseadas rellenas de cajeta y se me pasó la angustia. A fin de cuentas, ¿para qué quiero a un marido neurótico si puedo tener un bufet las veinticuatro horas?

—Esa es la actitud, tía Silvita —dijo Alejandra, sorprendiendo a las otras dos con un inusual tono de complicidad—. El amor romántico es un invento del patriarcado para vender tarjetas de felicitación. La comida rápida y el servicio a la habitación, en cambio, son reales. Son tangibles. Y llenan mucho más que cualquier promesa boba de algún contador de medio pelo.

Cris asintió vigorosamente, haciendo que sus rollizos mofletes rebotaran con entusiasmo.

—Totalmente de acuerdo. Además, piénsenlo bien: hemos roto un récord. No cualquiera llega a Cancún de vacaciones y se regresa pesando casi quinientos kilos como si nada. Esto requiere dedicación, constancia, estómago y una completa falta de respeto por la moderación. ¡Salud por eso!

Las tres levantaron sus enormes jarras de cocteles tropicales repletos de crema de coco, jarabes dulces y ron. El choque de los cristales resonó en la habitación con un tintineo festivo. A pesar de la inmensa dificultad física que representaba cualquier movimiento —incluso respirar requería una inhalación profunda y sonora que movía sus gigantescos pechos y estómagos al unísono—, las tres mujeres compartían una atmósfera de insólita satisfacción. Habían cruzado el umbral de cualquier preocupación estética o social para entrar en un estado de hedonismo puro e ininterrumpido.

Un golpe seco en la puerta interrumpió la celebración. Era el personal del hotel con el pedido especial del mediodía.

—Adelante, muchachos, está abierto —gritó Silvia con voz potente, acomodándose un mechón de cabello que caía sobre sus infladas mejillas.

La puerta se abrió de par en par y dos camareros empujaron un carrito metálico de doble nivel que crujía bajo el peso de bandejas de plata, sartenes humeantes y platos gigantescos tapados con campanas relucientes. Los jóvenes empleados, que ya estaban más que acostumbrados a las insólitas demandas de la suite presidencial, apenas pudieron ocultar una mirada de asombro al contemplar a las tres monumentales féminas descansando como deidades de la glotonería en medio de la sala.

—Buenas tardes, señoritas —saludó el mesero principal, conteniendo la respiración mientras colocaba las viandas en la mesa central—. Aquí tienen el lechón asado entero con guarnición de papas al gratín con cuatro quesos, los tres metros de pizza de carnes frías, las cuatro cazuelas de camarones al ajillo y la selección especial de pasteles de tres leches y chocolate belga que ordenaron para abrir el apetito antes de la comida fuerte.

—Excelente, muchacho, déjalo todo aquí cerquita —ordenó Silvia, apuntando hacia el suelo junto a sus almohadones—. Y por favor, dile al chef que no escatime en la mayonesa con chipotle para las papas. La última vez sentí que le faltaba un poquito de cuerpo a la salsa.

—Por supuesto, señora Silvia. ¿Desean algo más por el momento? —preguntó el empleado con educación impecable.

Alejandra levantó una mano maciza, cubierta por los pliegues de su manga de terciopelo.

—Sí. Tráete otros cinco litros de helado de pay de limón y dos canastas de pan de ajo. Pero que no tarden, porque el metabolismo no perdona.

Los camareros hicieron una reverencia apresurada y salieron de la suite, cerrando la puerta con cuidado. Silvia, Cris y Alejandra se miraron por una fracción de segundo antes de estallar en un coro de carcajadas tan estruendoso que los cristales de la terraza parecieron vibrar.

—¡Te pasas, Ale! —rió Cris, sirviéndose un trozo colosal de pizza que chorreaba queso elástico sobre sus dedos—. «El metabolismo no perdona». Si tu metabolismo viera lo que nos estamos metiendo, ya habría renunciado hace trescientos kilos.

—Es para mantener la energía, Cris —replicó Alejandra, atacando con un tenedor una de las cazuelas de camarones—. Mover esta masa oscura no es gratis. Se necesita combustible fósil para desplazarme de aquí al baño.

—Hablando de movernos... —dijo Silvia, masticando con éxtasis una porción crujiente de lechón asado con piel dorada—. ¿Alguien ha pensado en cómo le vamos a hacer para subir al avión de regreso el próximo lunes?

La pregunta quedó flotando en el aire durante unos instantes. Las tres se detuvieron a considerar la logística de trasladar a Silvia con sus quinientos kilos, a Alejandra con sus cuatrocientos ochenta y nueve kilos y a Cris con sus cuatrocientos sesenta y siete kilos dentro de una cabina comercial diseñada para seres humanos ordinarios.

Cris se encogió de hombros, haciendo que sus masivos hombros y el triple rollo de su espalda ondularan bajo el caftán.

—Fácil, amiga. Compramos la fila completa de asientos para cada una, o mejor todavía, rentamos un avión de carga de esos que transportan equipo pesado. Con lo que te ahorraste en pretendientes tacaños durante todo el año, nos alcanza perfecto.

—O mejor aún —propuso Alejandra con una sonrisa maliciosa que estiraba sus redondeadas facciones—, nos quedamos otra semana aquí. Mi papá seguro sigue intentando venderle un guion de zombis a algún productor fantasma y mi mamá debe seguir peleando con Magda por ver quién tiene la vajilla más fina. Nosotras estamos aquí viviendo como reinas del inframundo caribeño. No veo la prisa por regresar al manicomio.

Silvia miró a sus dos amigas, luego contempló la mesa repleta de manjares interminables y finalmente pasó la mano por la inmensa curva de su propio estómago, sintiendo la pesadez dulce y abrumadora de quinientos kilos de pura complacencia. Por primera vez en muchos años, no había listas de propósitos de año nuevo, no había cremas reductoras, no había citas incómodas en restaurantes caros donde apenas se atrevía a pedir una ensalada pequeña. En Cancún, Silvia Olvera era la soberana indiscutible de su propio paraíso de calorías.

—Tienes toda la razón, Ale —concluyó Silvia, tomando un trozo gigante de pastel de tres leches y hundiéndolo con deleite en su boca—. Que el edificio espere. Cancún todavía tiene demasiados bufets que conquistar y nosotras apenas estamos calentando motores. Pásenme el chocolate, que hoy rompemos el récord de la tarde.

Y entre risas satisfechas, el crujido constante de platos vaciándose y suspiros de gozosa pesadez, las tres descomunales mujeres continuaron devorando su paraíso particular, ajenas al mundo exterior y perfectamente felices en su inmensa y compartida plenitud.

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