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Konoha leyendo Naruto creador de tecnología gadgetron y megacorp

Fandom: Naruto y ratchet & clank

Creado: 11/10/2026

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Engranajes del Multiverso

El sol de la tarde apenas comenzaba a descender sobre el Campo de Entrenamiento Tres. La brisa mecía las copas de los árboles, arrastrando el olor a pólvora, hojas quemadas y el inconfundible sudor de una jornada extenuante.

Frente a los tres postes de madera, Kakashi Hatake entrecerró su único ojo visible, curvándolo en una sonrisa tranquila.

—Pasan —dijo el jounin con calma, guardando su preciada novela naranja en la cartuchera—. El equipo siete es oficialmente una realidad. Aquellos que rompen las reglas son escoria, es verdad... pero aquellos que abandonan a sus camaradas son peor que la escoria.

Sakura Haruno soltó un suspiro ahogado, cayendo de rodillas sobre la hierba con las manos temblorosas de puro alivio.

—¡Lo logramos! —exclamó con los ojos brillantes, buscando de reojo la aprobación del pelinegro a su lado.

Sasuke Uchiha, con el rostro arañado y la respiración aún agitada, se limitó a desviar la mirada y meter las manos en los bolsillos. Su orgullo ardía ligeramente por haber tenido que cooperar, pero la satisfacción de haber superado al maestro calmaba su temperamento.

A un par de metros, aún atado al poste del centro con sogas que extrañamente parecían demasiado flojas, Naruto Uzumaki no gritó ni celebró con su usual euforia exagerada. En su lugar, sus ojos azules brillaron con una chispa analítica, evaluando las fibras de la cuerda con una precisión silenciosa.

—Bueno, supongo que el almuerzo valió la pena —murmuró Naruto con una sonrisa ladeada, flexionando sutilmente los dedos de su mano derecha. En la punta de sus dedos, casi imperceptibles bajo la tela de sus guantes, dos micro-pulsos de luz ámbar titilaron por una fracción de segundo.

Antes de que Kakashi pudiera dar un paso para desatar a su alumno, el cielo de Konoha se fracturó.

No fue un trueno, ni una invocación ninja. Fue un zumbido eléctrico, grave y distorsionado, como el chillido de un condensador cuántico a punto de estallar. El espacio alrededor de los cuatro ninjas se retorció en un patrón geométrico de luces púrpuras y cian. La gravedad pareció invertirse.

—¡Kakashi-sensei! —gritó Sakura, tratando de afirmarse en el suelo.

—¡Formación de defensa! —ordenó Kakashi, alcanzando un kunai con reflejos impecables.

Pero el suelo ya no estaba allí. El mundo se disolvió en un destello cegador que los absorbió sin dejar rastro de chakra.


Cuando la visión de Kakashi se aclaró, sus sentidos de élite se activaron de inmediato. Cayó en una postura baja, con el kunai listo y su banda ninja levantada para exponer el Sharingan.

Sin embargo, lo que vio lo descolocó por completo.

No estaban en un bosque, ni en una mazmorra enemiga. Se encontraban dentro de una sala colosal de arquitectura imposible. Las paredes estaban hechas de un metal pulido y oscuro que reflejaba suaves luces de neón azul. El suelo estaba alfombrado con una tela gruesa y aterciopelada, salpicada por filas y filas de asientos extrañamente confortables que descendían en pendiente hacia una gigantesca pantalla de cristal negro apagada.

—¿Dónde diablos estamos? —gruñó Sasuke, ya empuñando dos shuriken.

—¡Sasuke-kun, quédate cerca! —chilló Sakura, confundida y aterrada.

A pocos metros de ellos, un coro de exclamaciones de sorpresa y armas desenfundadas resonó en el aire.

—¡Protéjan al Hokage! —bramó la voz firme de Shikaku Nara.

Allí estaban no solo el Tercer Hokage, Hiruzen Sarutobi, sino también varios de los líderes de clan: Chouza Akimichi, Inoichi Yamanaka, Hiashi Hyūga, junto a otros jounin destacados como Kurenai Yūhi, Asuma Sarutobi y Might Guy.

—Tranquilos todos —ordenó Hiruzen con voz firme y serena, exhalando una densa nube de humo blanco de su pipa mientras observaba el entorno con ojos entrecerrados—. Guarden sus armas por ahora. Si quien nos trajo aquí quisiera atacarnos, ya lo habría hecho mientras estábamos desorientados.

—Hokage-sama, no detecto chakra en ninguna parte de esta estructura —informó Hiashi, con las venas alrededor de sus ojos hinchadas por el Byakugan—. Las paredes no tienen conductividad de chakra, y sin embargo... están cargadas de una energía residual que jamás había presenciado.

—Es fascinante, ¿verdad? —resonó una voz desconocida, que parecía provenir de todos los rincones y de ninguno a la vez.

En el centro del escenario, frente a la inmensa pantalla, el aire se plegó como papel doblado. De la nada emergió una figura alta, vestida con un atuendo que parecía una mezcla de armadura ceremonial y telas estelares que cambiaban de color según el ángulo de visión. Sus ojos no tenían pupilas, sino galaxias diminutas en rotación constante.

—¿Quién eres? —exigió Kakashi, con el ojo carmesí girando furiosamente—. Identifícate y dinos el propósito de este secuestro.

La entidad hizo una reverencia teatral.

—Pueden llamarme el Vigilante. No soy su enemigo, shinobi de Konoha. No pertenezco a su mundo, ni a las naciones elementales. Mi existencia consiste en catalogar y observar las infinitas ramas del árbol multiversal... y hoy, he decidido abrir una ventana a la verdad más cuidadosamente oculta de su propia aldea.

—¿Una ventana a la verdad? —preguntó Asuma, apoyando su mano en sus cuchillas de chakra—. Déjate de acertijos. Devuélvenos a Konoha.

—Volverán, exactamente en el mismo segundo en que fueron extraídos —aseguró el Vigilante—. El tiempo en su dimensión está congelado. Pero antes, deben presenciar aquello que cambiará para siempre el equilibrio de lo que creen saber sobre el poder, la guerra y el ingenio humano. O, mejor dicho... intergaláctico.

La entidad chasqueó los dedos. Una fuerza invisible pero indiscutible empujó con suavidad a cada ninja hacia los asientos asignados. Para sorpresa de todos, incluso los jounin más duros se encontraron sentados cómodamente sin poder levantarse.

Naruto quedó sentado entre Sasuke y Sakura, en la misma fila que Hiruzen y Kakashi. El rubio permanecía inusualmente callado, con la cabeza gacha y los brazos cruzados.

—Viejo... —susurró Naruto, con un tono que no tenía nada de la infantil voz que solía usar—. Dime que no es lo que creo que es.

Hiruzen cerró los ojos por un instante y dejó escapar un largo suspiro, dando una calada a su pipa.

—Me temo que sí, muchacho —respondió el viejo líder en voz baja—. Tarde o temprano, la grandeza no puede ser contenida por los muros de una aldea.

Kakashi, sentado justo detrás de ellos, captó el breve intercambio y sus cejas se arquearon bajo la máscara.

—Hokage-sama... ¿usted sabe qué está pasando?

Antes de que el Sarutobi pudiera responder, la descomunal pantalla frente a ellos cobró vida con un zumbido ensordecedor.

El fondo negro fue reemplazado por un cielo nocturno plagado de estrellas y nebulosas violetas, tan nítidas que parecía que el vacío del espacio se derramaba sobre el teatro. De pronto, dos logotipos gigantescos se dibujaron con luces incandescentes.

El primero mostró un engranaje estilizado con las letras: GADGETRON: Todo lo que necesitas para sobrevivir (y destruir).

El segundo, más pulcro, dorado y corporativo, brilló con autoridad: MEGACORP: Moldeando el futuro de la Galaxia Bogon.

—¿Galaxia? —parpadeó Sakura, confundida—. ¿De qué está hablando? ¿Qué son esas palabras?

—No es lenguaje ninja —observó Shikaku, frotándose la barbilla con genuina intriga—. Es una lengua extranjera, pero está transcrita de algún modo que podemos entender. Y esos símbolos... son logotipos de manufactura comercial. Parecen gremios de mercaderes, pero a una escala colosal.

La imagen cambió súbitamente. La música en la pantalla se tornó frenética, una mezcla de sintetizadores rítmicos y marchas industriales.

Apareció un taller inmenso, del tamaño de tres campos de entrenamiento juntos. Pero no había forjas de carbón, ni martillos tradicionales. Había brazos mecánicos que se movían a la velocidad del rayo, cortando aleaciones de titanio con rayos de plasma concentrado. Centenares de pequeños robots con un solo ojo verde y patas de araña correteaban ensamblando placas de circuitos miniaturizados.

Y en el centro de aquel hangar monumental, suspendido sobre una plataforma antigravitatoria, había una figura de espaldas.

Llevaba unos pantalones tácticos oscuros reforzados con nanotejido, botas magnéticas con propulsores en los talones y una chaqueta de cuero espacial con hombreras metálicas. Pero lo que congeló la sangre de todos los presentes fue su cabello: una cabellera rubia en puntas, salvaje e inconfundible.

—No puede ser... —susurró Sasuke, sus ojos abriéndose con un desconcierto absoluto—. Ese es...

La figura en la pantalla se dio la vuelta. Se quitó unas gafas de soldador cuántico con lentes multifocales y sonrió con una confianza afilada como una hoja de chidori. En sus mejillas descansaban las tres marcas de bigotes.

—¡¡¡NARUTO-BAKA?!!! —chilló Sakura, levantándose de golpe de su asiento a pesar de la gravedad artificial, señalando a la pantalla y luego al chico rubio a su lado.

Naruto se frotó la nuca con fastidio, hundiendo la barbilla en su chaqueta naranja.

—Maldita sea la entidad cósmica esta... —gruñó Naruto entre dientes—. Con lo que me costó mantener el servidor de camuflaje cuántico activo.

—¿Qué significa esto? —exclamó Kurenai, perpleja—. ¿Naruto es un civil en otro mundo?

—No es un civil —intervino el Vigilante con una leve risa desde el rincón del escenario—. En su realidad, ustedes conocen a Naruto Uzumaki como un huérfano marginado, un estudiante reprobado que apenas domina el control básico de chakra. Pero la verdad es infinitamente más profunda. Naruto no posee solo el espíritu de un guerrero; nació con la mente del arquitecto multiversal. La mente que concibió Gadgetron en la Galaxia Solana y, más tarde, fundó Megacorp en la Galaxia Bogon.

Un murmullo de incredulidad recorrió las filas de los ninjas.

—¡Es ridículo! —bufó Kiba Inuzuka desde unas filas atrás—. ¡Ese idiota ni siquiera sabe cómo usar un kunai sin cortarse los dedos! ¿Fundador de qué? ¡Si apenas puede pagar un tazón de ramen!

—Cállate y observa, Inuzuka —ordenó Hiruzen con una autoridad tan fría y cortante que calló a todo el auditorio al instante. El anciano miró la pantalla con resignación—. Naruto ha mantenido esa farsa para protegerlos a ustedes, tanto de sí mismos como de las naciones rivales.

Kakashi miró fijamente a su nuevo pupilo.

—Naruto... ¿el Tercero dice la verdad?

Naruto soltó un bufido, dejó caer los brazos y su postura cambió por completo. La torpeza infantil desapareció; sus hombros se alinearon, su mirada se tornó gélida y analítica, y en un parpadeo, desató los tres sellos de chakra que mantenía en sus muñecas. Un suave sonido mecánico sonó dentro de sus mangas.

—Si hubiera querido dominar su estúpida aldea con un ejército de autómatas de asalto, lo habría hecho a los seis años, Kakashi-sensei —dijo Naruto con voz serena y madura—. Pero construir una corporación interestelar requiere discreción. La interferencia de chakra con la microelectrónica de antimateria es un dolor de cabeza constante.

Sasuke sentía que el mundo se derrumbaba bajo sus pies. ¿Aquel chico al que consideraba el último de la clase, el estorbo de su equipo?

La pantalla mostró una demostración de productos de Megacorp.

En el video, un escuadrón de asedio enemigo —seres blindados con armaduras pesadas y artillería— avanzaba por una llanura desértica. En la pantalla, el Naruto proyectado sostenía una enorme llave inglesa mecánica, de metal cromado, apoyada con desenvoltura sobre su hombro.

—¿Cansado de que los invasores galácticos arruinen tu fin de semana? —decía la voz del Naruto del video, con un tono burlón y carismático que jamás habían escuchado en la academia—. En Megacorp tenemos la solución.

El Naruto del video sacó un dispositivo del cinturón. Con un clic suave, el aparato se desplegó mecánicamente en sus manos, transformándose en un cañón de color rojo y dorado con ocho cañones rotativos de energía.

—Presentamos el R.I.P.N.A. —anunció el rubio en pantalla con una sonrisa feroz—. Ocho cañones de plasma térmico concentrado con seguimiento de pulso de fotones. Porque cuando quieres que desaparezcan, no preguntas dos veces.

El Naruto del video apretó el gatillo.

Una sinfonía de música clásica estridente comenzó a sonar automáticamente desde el propio dispositivo mientras una lluvia torrencial de cohetes de antimateria y ráfagas láser de alta frecuencia iluminaban la pantalla. En menos de tres segundos, toda la vanguardia enemiga, sus tanques y sus fortificaciones fueron vaporizados en una serie de explosiones colosales de color azul y violeta. El suelo quedó fundido en vidrio incandescente.

En el teatro, la boca de Sasuke se abrió por completo. El Sharingan de Kakashi giraba tan rápido que parecía sangrar. Hiashi Hyūga se agarró a los reposabrazos con tal fuerza que la madera crujió.

—Ese poder destructivo... —murmuró Shikaku, pálido como un muerto—. No hay ninjutsu elemental en el mundo que pueda generar ese nivel de saturación de fuego en tres segundos sin agotar a un ejército entero de shinobi.

—Y no consume ni una pizca de chakra —agregó el Vigilante—. Son nanotecnología pura y reacciones de materia comprimida. Diseñadas, patentadas y distribuidas en billones de planetas por la mente del chico que ustedes llamaban "demonio".

—No solo eso —continuó la pantalla, mostrando una nueva sección: División de Defensa Personal Gadgetron—. Para los que prefieren algo más sutil, el Guantelete Zurkon.

Un pequeño robot volador verde con dos blasters en las manos se materializó sobre el hombro de Naruto.

—¡El señor Zurkon no necesita chakra, el señor Zurkon solo necesita objetivos para aniquilar! —gritó el androide con una voz metálica e histérica, disparando láseres a un maniquí que estalló en pedazos.

Los genin estaban paralizados. Chouji dejó caer su bolsa de papas fritas al suelo. Ino miraba a Naruto como si le hubiera salido una segunda cabeza con cuernos.

Sakura, temblando, se giró hacia su compañero de equipo.

—Naruto... ¿tú... tú creaste todo eso? ¿Esas máquinas? ¿Esos mundos?

Naruto suspiró, recostándose en el asiento con los brazos detrás de la cabeza.

—Gadgetron fue un proyecto temprano —explicó con desgana—. Me aburría en las clases de historia de la academia ninja. Mientras Iruka-sensei hablaba sobre la voluntad del fuego, yo usaba una interfaz cuántica miniaturizada que construí con chatarra del vertedero Uchiha para conectar con redes subespaciales. Comencé a vender patentes de micro-blasters y botas aerodeslizadoras a Solana. Luego, cuando el flujo de boltios y guitarras galácticas fue suficiente, creé Megacorp para diversificar el mercado en Bogon.

—Hokage-sama... —la voz de Kakashi era apenas un susurro tenso—. ¿Usted sabía esto?

Hiruzen asintió con solemnidad.

—Desde que tenía siete años. Un día entré a su apartamento sin avisar y encontré la mitad de su habitación desmaterializada por un prototipo del Devastador. Naruto no tuvo más remedio que explicármelo. Llegamos a un acuerdo: Konoha mantendría en secreto sus actividades y le daría la cobertura que necesitaba para evitar que los espías de otras aldeas —o Danzō— interfirieran. A cambio, Naruto prometió no utilizar armamento de clase planetaria dentro del País del Fuego... y subsidiar en secreto el presupuesto hospitalario de la aldea con divisas convertidas a oro puro.

Los jounin abrieron los ojos de par en par. ¿El presupuesto de la aldea estaba respaldado por una mega-corporación intergaláctica creada por un niño de doce años?

Sasuke apretó los puños hasta que sus nudillos se tornaron blancos. El dolor del resentimiento y la humillación quemaban en su pecho, pero por encima de todo eso, ardía una furiosa y desesperada curiosidad.

—Toda esa tecnología... —Sasuke miró fijamente a Naruto, con los ojos inyectados en sangre—. ¿Podría matar a un hombre inmune a los genjutsu más poderosos? ¿Podría matar a... a cierta persona?

Naruto giró lentamente el rostro hacia él. Sus ojos azules ya no tenían la compasión torpe de antes, sino el cálculo frío y absoluto de un científico que comandaba imperios estelares.

—Sasuke, el R.I.P.N.A. desintegra la materia a nivel molecular antes de que las señales neuronales de dolor lleguen al cerebro —dijo Naruto en un tono tranquilo pero demoledor—. Si le disparo eso a tu hermano, ni siquiera sus ojos especiales tendrán tiempo de registrar el destello antes de convertirse en gas atómico. Pero la venganza es una inversión con un retorno financiero pésimo. Y yo soy un hombre de negocios.

Sasuke tragó saliva, incapaz de articular palabra ante la aplastante verdad. El chico al que había despreciado no solo estaba fuera de su alcance; jugaba en un tablero cuyas reglas él ni siquiera comprendía.

En la pantalla, el video continuó, mostrando colosales cruceros estelares con el emblema de Megacorp surcando el hiperespacio, flotas enteras listas para obedecer las órdenes de su creador.

El Vigilante se elevó unos centímetros sobre el suelo, su capa brillando con intensos destellos estelares.

—Esto es apenas el comienzo de lo que el multiverso guarda para ustedes, ninjas de la hoja —anunció el ser con solemnidad—. Hoy han visto la chispa de la tecnología que desafía a los dioses. La próxima vez que miren al niño del zorro, recuerden que bajo su piel no solo duerme una bestia... sino el amo de los engranajes de la galaxia.

La luz comenzó a envolver el teatro nuevamente, desvaneciendo las paredes metálicas y la gigantesca pantalla.

Naruto se ajustó su gastada chaqueta naranja una vez más, suspirando mientras sentía cómo el viento del Campo de Entrenamiento Tres volvía a tocar su rostro.

—Bueno —murmuró el rubio, mirando a Kakashi, Sasuke y Sakura justo cuando la realidad de Konoha se recompuso a su alrededor—. Supongo que la prueba de las campanas ya no parece tan importante, ¿verdad, equipo?

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