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Nada es Igual

Fandom: Kimetsu no Yaiba

Creado: 12/10/2026

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La sombra tibia de una mariposa ausente

El silencio que siguió a la caída de Muzan Kibutsuji no fue una melodía dulce, sino un zumbido sordo que se instaló para siempre en los oídos de los que quedaron atrás.

Durante semanas, el Japón de la era Taisho pareció contener la respiración. La nieve que cubrió los escombros de la última fortaleza demoníaca se derritió con la llegada de una primavera extraña, desprovista de colmillos y de sombras sanguinarias. La humanidad celebraba un amanecer perpetuo que los Cazadores de Demonios habían comprado con su propia carne, sus huesos y sus vidas. El Cuerpo fue disuelto. Las espadas Nichirin descansaron en vainas que nunca más volverían a desenvainarse por necesidad.

De los pilares, de aquella élite invencible que alguna vez se reunió bajo los árboles del jardín de los Ubuyashiki, apenas quedaban vestigios errantes. Tengen Uzui vivía recluido en la calidez bulliciosa de sus tres esposas, retirado mucho antes del colapso final, con la risa estruendosa todavía intacta a pesar de las cicatrices. Sanemi Shinazugawa, por el contrario, se había convertido en un fantasma; su rostro destrozado y su mirada atormentada se desvanecieron por los caminos polvorientos de las provincias lejanas, dejando tras de sí apenas susurros esporádicos en cartas que tardaban meses en llegar.

Y luego estaba Giyu Tomioka.

Giyu se sentaba a menudo en el borde del engawa de su modesta casa de madera, contemplando el balanceo de las cañas de bambú bajo el sol de la tarde. Su brazo derecho ya no existía. La manga de su kimono caía suelta, doblada con esmero y sujeta con un alfiler de madera contra su costado. Su cabello negro azabache, antes recogido en una coleta baja y rebelde, ahora caía desgreñado y corto, con mechones desiguales que rozaban apenas su mandíbula pálida. Se lo había cortado él mismo con unas tijeras desgastadas; intentar atarse el pelo con una sola mano era una tarea torpe y frustrante que no hacía más que recordarle las cosas que le habían sido arrebatadas.

Sus ojos, de un azul lapislázuli penetrante que se aclaraba hacia la base de sus pupilas marinas, permanecían casi siempre fijos en un punto indeterminado del vacío. Había una opacidad persistente en ellos, como un lago helado que se negaba a reflejar el cielo.

La Maldición de la Marca de Cazador era una sentencia ineludible. Cada latido de su corazón era un grano de arena que se deslizaba sin pausa hacia el fondo del reloj. No superaría los veinticinco años. Le quedaba poco tiempo, un puñado de estaciones antes de que su cuerpo reclamara el tributo por haber encendido el fuego sagrado de la respiración primordial.

Cualquiera habría pensado que se aislaría hasta pudrirse en la soledad, consumido por la culpa del superviviente que siempre lo había atormentado. Sin embargo, el destino, en su extraña y a veces cruel piedad, había cruzado en su camino a una mujer.

Se llamaba Hanae.

Era la hija de un comerciante de telas de un pueblo vecino. Tenía manos suaves que olían a sándalo y a harina de arroz, una voz templada como el agua de un manantial de verano y unos ojos oscuros, almendrados y llenos de una devoción transparente. Había conocido a Giyu cuando él apenas podía mantenerse en pie tras disolverse la cofradía, en los días en que el dolor del muñón era una fiebre abrasadora que le nublaba el juicio. Ella no le temía a su silencio. No le asustaban sus cicatrices ni su porte severo e impenetrable. Con una paciencia infinita, se había quedado a su lado hasta que el dolor amainó.

Con el tiempo, se casaron. Fue una ceremonia pequeña, casi secreta, sin fanfarrias. Hanae amaba profundamente al antiguo pilar del agua. Veía en él a un hombre noble, justo, que cargaba con el peso de un mundo invisible y que merecía, al menos en sus últimos años de aliento, un hogar donde no hiciera frío.

—Giyu-san —llamó una voz suave desde el interior de la casa.

El suelo de tatami crujió con pasos delicados. Hanae apareció en el vano de la puerta corredera, llevando consigo una bandeja redonda con dos tazas de té humeante y un cuenco con pequeñas peras dulces cortadas en rodajas prolijas. Vestía un kimono sencillo de color melocotón, atado con un obi marrón claro. Su sonrisa era tierna, abierta, nacida de un afecto puro que no pedía nada a cambio.

—La tarde empieza a refrescar —dijo ella, arrodillándose con gracia al lado de Giyu—. Te traje un poco de té caliente. Hoy logré que quedara con menos amargor.

Giyu parpadeó lentamente, saliendo de su trance. Volvió la cabeza hacia ella y asintió, con esa expresión impasible que jamás lograba abandonar del todo.

—Gracias —respondió él con su tono bajo y pausado.

Con su única mano, la izquierda, tomó la taza de cerámica. El calor se filtró a través del barro cocido hacia sus dedos callosos. Hanae lo observó beber y, con un gesto lleno de dulzura, extendió su mano y la posó sobre el dorso de los dedos de Giyu.

—¿Te duele hoy el hombro? —preguntó ella, buscando sus ojos—. Si la humedad del río te causa molestias, puedo preparar un poco de ungüento de jengibre para masajear la zona antes de dormir.

—No me duele —contestó él. No era una mentira total; el dolor físico era algo que había aprendido a enterrar tanto que ya no distinguía sus bordes.

Hanae sonrió, inclinando ligeramente la cabeza. Sus ojos brillaron con un cariño inocente, y apoyó su mejilla brevemente contra el hombro sano de Giyu, buscando el calor de su cuerpo.

—Me alegra —susurró ella—. Siempre que te quedas mirando el bosque de esa forma, temo que estés sufriendo por cosas que no puedo ver. Eres un buen hombre, Giyu. Me haces muy feliz al permitirme cuidar de ti.

Giyu no se apartó. Su cuerpo delgado y musculoso permaneció quieto, firme como una roca a la orilla de un torrente. Respiró el aroma a sándalo que desprendía el cabello de su esposa. Era un olor limpio, doméstico, seguro. Un aroma que prometía paz.

Debería haber sido feliz. Cualquier hombre en su posición, condenado a una muerte temprana tras sobrevivir a una guerra atroz, consideraría un milagro haber encontrado una mujer tan abnegada, tan hermosa y tan devota. Debería haber sentido que el pecho se le ensanchaba de gratitud, que la vida le devolvía un ápice de lo que las garras de los demonios le arrebataron a lo largo de los años: a Sabito, a su hermana Tsutako, a sus compañeros caídos.

Sin embargo, en lo más profundo de su pecho, un vacío helado permanecía inmutable.

Porque nada era igual.

Absolutamente nada.

Cuando Hanae le sonreía, Giyu la miraba y solo podía sentir una grieta silenciosa abrirse en su corazón. Aquella sonrisa era dulce, sí. Era una sonrisa nacida de la bondad, sin dobles intenciones, transparente como el cristal.

Pero no era aquella sonrisa.

No era la sonrisa que solía atormentarlo en los pasillos de la Finca Mariposa. No era esa curva burlona, peligrosa y exasperante que Shinobu Kocho dibujaba en sus labios con un toque de carmín rosa. La sonrisa de Shinobu no era pacífica; era una máscara de porcelana afilada que ocultaba un océano hirviente de rabia, dolor y determinación homicida. Era una sonrisa que desafiaba a Giyu, que lo provocaba constantemente, que se empeñaba en taladrar su fachada de indiferencia con pinchazos diminutos pero certeros.

—¿Por qué esa cara tan larga, Tomioka-san? —solía decirle ella, inclinando el rostro de una manera tan cercana que Giyu podía sentir el aire desplazado por sus pestañas—. Con esa expresión vas a asustar a los cuervos. ¿Es que acaso no te alegras de verme? Ah, claro... lo había olvidado. Por eso nadie te quiere, ¿verdad?

Giyu apretó la taza de té con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. El recuerdo de esa voz tenía un filo tan vívido que casi podía escuchar el susurro de la brisa trayéndolo desde las montañas.

Hanae nunca invadía su espacio personal de esa forma. Hanae era respetuosa, guardaba una distancia prudente hasta que él le daba permiso de acercarse. Nunca se colgaría de su brazo para molestarlo. Nunca le picaría las costillas con la punta de una vaina ni se colocaría a escasos centímetros de su rostro solo para obligarlo a mirarla.

Shinobu, en cambio, no conocía la palabra respeto cuando se trataba de él. Entraba en su órbita con la ligereza insolente de un insecto, quebrando su compostura, forzándolo a hablar cuando él prefería ahogarse en el mutismo. Ella había sido la única capaz de hacerle fruncir el ceño, de arrancarle un bufido de indignación, de hacerlo sentir humano en una época en la que él solo deseaba ser una herramienta rota.

—Giyu-san, ¿estás bien? —preguntó Hanae, apartándose un poco al notar la tensión en el brazo del hombre—. El té... se va a derramar.

Giyu aflojó los dedos de inmediato.

—Estoy bien —dijo, dejando la taza sobre la madera del engawa—. Solo... me distraje.

—Iré a preparar la cena entonces —dijo ella, poniéndose de pie con presteza y dedicándole una última caricia tímida en el hombro—. Prepararé salmón con rábano daikon. Sé que es tu favorito.

Ella se deslizó hacia la cocina, y pronto el sonido del cuchillo contra la tabla de madera y el chisporroteo del fuego llenaron la casa.

Giyu se quedó solo.

Cerró los ojos, pero la oscuridad detrás de sus párpados no le brindó descanso. Al contrario: en la negrura de su mente, el rostro de Shinobu se dibujó con una crueldad insoportable.

Aquellos ojos.

Los ojos de Hanae eran oscuros, cálidos, normales. Pero los ojos de Shinobu eran un abismo antinatural. No tenían pupilas; eran esferas translúcidas de un púrpura nebuloso que se degradaba desde la luz hasta una sombra violácea profunda en la base, coronadas por reflejos blancos que recordaban la mirada facetada de una mariposa. Cuando Shinobu lo miraba fijamente, Giyu a menudo sentía que ella podía ver a través de su carne, directo a las grietas de su espíritu culpable. Ella sabía que él se consideraba indigno de su puesto. Ella sabía que él cargaba con la sombra de los muertos. Y, aun así, nunca lo miró con lástima.

Lo miraba con una exigencia implacable, con una ira compartida, envuelta en sarcasmo y en una fragancia embriagadora a glicinas y veneno.

—Eres demasiado blando para ser un pilar, Tomioka-san —le había dicho una noche lluviosa, tras una reunión de emergencia en la que él había permanecido al margen, apartado de los demás como un paria—. Te encierras en tu propio dolor como si fueras el único que ha perdido a alguien. ¿Crees que eres especial por sufrir? Patético.

Él no le había contestado aquella noche. Solo la había observado marcharse, viendo cómo el dobladillo de su haori —aquel haori blanco con patrones de alas de mariposa monarca, teñido de turquesa y rosa pálido en los bordes— ondeaba en la penumbra como las alas de un espíritu que no pertenecía a este mundo.

Giyu llevó su mano izquierda a su pecho. Debajo de la tela de su ropa, la piel ardía débilmente donde solía manifestarse la Marca.

¿Por qué estaba allí, sentado en una casa pacífica, comiendo comida caliente servida por una mujer que lo amaba, mientras Shinobu se había disuelto en los ácidos de una Luna Superior?

La noticia de su muerte le había llegado durante la batalla en el Castillo Infinito, a través de los gritos desesperados del cuervo Kasugai. En aquel momento, la adrenalina y el deber no le permitieron detenerse. Había tenido que seguir empuñando su espada, bloqueando los ataques despiadados de Akaza, protegiendo a Tanjiro, resistiendo hasta el alba contra el mismísimo progenitor de los demonios.

Pero cuando el sol finalmente se alzó sobre el polvo y las cenizas, cuando el silencio cayó sobre el campo de batalla y se dio cuenta de que no volvería a escuchar aquella risa cantarina y venenosa, algo dentro de él se congeló de forma irrevocable.

Shinobu había planeado su propio sacrificio con una frialdad espeluznante. Había llenado su cuerpo diminuto con dosis letales de glicina durante más de un año, dispuesta a ser devorada para asegurar la caída del asesino de su hermana Kanae. Lo había hecho todo sola, con esa determinación suicida y brillante que la caracterizaba, sin pedir ayuda, sin temblar.

Y él no había podido hacer nada. Ni siquiera había podido despedirse.

Giyu se levantó del engawa. Sus piernas se movieron mecánicamente, llevándolo hacia el pequeño cobertizo adyacente a la vivienda principal. El aire del atardecer se estaba enfriando con rapidez, tiñendo el cielo de un naranja cobrizo y violeta que le desgarraba las entrañas por la simple coincidencia de los colores.

Entró en el cobertizo, donde se guardaban herramientas agrícolas, sacos de arroz y leña cortada. En el rincón más oscuro, sobre una repisa alta, descansaba una caja alargada de madera de paulonia.

Giyu se acercó. Con su única mano, bajó la caja con sumo cuidado y la colocó sobre un tocón de madera que servía como mesa de trabajo. Levantó la tapa.

Dentro no había una espada. Su katana Nichirin se había quebrado en la lucha contra Muzan y los restos habían sido enterrados simbólicamente junto a las de los otros pilares.

Lo que había dentro era tela.

El haori dividido que alguna vez llevó con orgullo —la mitad roja de su hermana Tsutako y la mitad con motivos geométricos verdes y amarillos de Sabito— yacía doblado en el fondo, raído, manchado de sangre vieja y quemado en los bordes. Pero sobre él reposaba un objeto mucho más pequeño, que no le pertenecía a ninguno de sus recuerdos infantiles.

Era un broche para el cabello con forma de mariposa.

Las alas estaban finamente esculpidas en tonos turquesa y violeta, con bordes negros delicadísimos. Estaba agrietado; una de las alas superiores tenía una pequeña muesca, un daño sufrido en la batalla del castillo antes de que Kanao lo recuperara de entre los restos de la Segunda Luna Superior. Tiempo después, la joven Tsuguko se lo había entregado a él en silencio, con los ojos hinchados de llorar, intuyendo tal vez lo que ninguno de los dos se atrevía a pronunciar en voz alta.

Giyu tomó el broche con la mano izquierda. El material estaba frío al tacto.

Cerró los ojos y se llevó el adorno a la nariz. No quedaba rastro del veneno. No quedaba rastro de las glicinas. Solo olía a madera vieja, a polvo y al paso implacable del tiempo.

—No fuiste tú quien debió morir —susurró Giyu a la penumbra del cobertizo. Su voz sonó rota, despojada de toda la calma que solía fingir frente a Hanae.

Shinobu tenía tanto fuego dentro de sí. Tenía conocimientos médicos que habrían salvado a miles de personas en esta nueva era de paz; tenía una mente brillante, una voluntad de acero que superaba con creces su frágil complexión física. Él, en cambio, solo sabía blandir una espada para matar demonios. Ahora que los demonios habían desaparecido, él era solo un cascarón inútil, un hombre manco que envejecería a la fuerza en un par de años por culpa de una marca que consumía su vitalidad.

El crujido de pasos sobre la grava fuera del cobertizo lo alertó. Con un movimiento rápido y torpe, devolvió el broche a la caja de paulonia y cerró la tapa.

—¿Giyu-san? —la voz de Hanae sonó tímida en la entrada del cobertizo. La joven asomó la cabeza, frotándose los brazos contra el frío creciente—. La cena ya está servida. Te estaba buscando.

Giyu se giró hacia ella. Su rostro volvió a ser esa máscara impenetrable de piedra pulida.

—Ya voy —dijo simplemente.

Caminaron juntos de regreso a la casa. La mesa baja del comedor estaba dispuesta con esmero. El vapor del pescado asado llenaba la estancia con un olor apetitoso, y el arroz blanco brillaba en los cuencos de cerámica.

Se sentaron uno frente al otro. Hanae unió sus manos para dar las gracias, y Giyu imitó el gesto con una sola mano, inclinando la cabeza.

—Espero que haya quedado a tu gusto —dijo ella, sirviéndole un poco de verduras en vinagre—. El pescador me aseguró que el salmón era fresco de esta misma mañana.

Giyu tomó los palillos con la mano izquierda. Con el tiempo se había vuelto diestro para comer con la mano que le quedaba, aunque sus movimientos carecían de la elegancia marcial de antaño. Llevó un trozo de salmón a su boca. Estaba delicioso, cocinado en su punto exacto, tierno y con el toque justo de salazón.

—Está muy bueno —dijo él—. Gracias, Hanae.

Los ojos de la mujer se iluminaron con una alegría tan pura que a Giyu le dolió la garganta. Ella se sonrojó levemente, bajando la mirada hacia su cuenco de arroz.

—Me alegra tanto... —murmuró ella—. A veces siento que no hago lo suficiente. Eres tan callado que me preocupa no estar siendo la esposa que necesitas. Sé que tuviste una vida muy dura antes de conocerme. No sé mucho de las batallas que libraste, pero sé que perdiste a mucha gente valiosa. Solo quiero darte la paz que te mereces.

Giyu dejó los palillos sobre la mesa.

Miró a Hanae. La miró de verdad. Vio la suavidad de sus rasgos, la sinceridad desbordante en sus ojos marrones, la devoción que no exigía explicaciones ni demandaba que él fuera alguien distinto a quien era. Ella era la esposa perfecta. En cualquier otro mundo, en cualquier otra vida donde la sangre de los demonios no hubiera empapado su alma, él habría sido inmensamente afortunado de tenerla.

Pero el corazón humano no responde a la lógica del agradecimiento.

El amor que Hanae le ofrecía era un refugio cálido, un fuego en medio del invierno. Pero el amor —aquel sentimiento oscuro, doloroso y reprimido que Giyu nunca tuvo el valor de admitir cuando ella aún respiraba— que sentía por Shinobu era una tormenta que lo consumía por dentro.

Shinobu nunca le habría dicho: «Solo quiero darte la paz que te mereces».

No. Shinobu se habría reído con desdén. Le habría dicho que la paz era algo que uno tenía que arrancarle a la vida con sus propias uñas. Le habría lanzado una mirada mordaz desde el otro lado de la mesa, pinchándolo con palabras afiladas para ver si lograba hacerlo reaccionar, para ver si detrás de ese muro de apatía todavía latía el corazón de un guerrero.

Y Giyu extrañaba esa crueldad. Extrañaba el veneno de sus palabras porque en ese veneno había una honestidad desgarradora. Ambos eran dos seres rotos que se miraban en el espejo del otro; dos almas carcomidas por la venganza y la culpa que encontraban una extraña y retorcida comunión en sus silencios compartidos.

Hanae lo amaba por lo que creía que él era: un héroe cansado que buscaba descanso.

Shinobu lo había conocido tal como era: un cobarde que sobrevivió a costa de mejores hombres, un pilar que se sentía una farsa, un muchacho que todavía lloraba a oscuras por su hermana. Y aun conociendo toda su miseria, ella nunca se había marchado del todo de su lado. Siempre regresaba a molestarlo, a sentarse cerca de él bajo la sombra del glicino, a romper su soledad no con caricias dulces, sino con la insolencia de su presencia constante.

—Hanae —dijo Giyu, encontrando su voz en medio de la opresión en su pecho.

—¿Sí, Giyu-san?

—Eres una buena esposa. Haces más que suficiente. El problema... no eres tú.

Hanae parpadeó, sorprendida por la gravedad de sus palabras, pero luego le sonrió con esa comprensión infinita que a Giyu le parecía una condena.

—Entonces no hablemos de problemas —dijo ella suavemente—. Come antes de que se enfríe. Mañana quiero arreglar el jardín, tal vez podamos plantar algunas flores juntos.

—Está bien —respondió él.

Continuaron cenando en silencio. Un silencio que para Hanae era pacífico y hogareño, pero que para Giyu era un desierto interminable.

Más tarde esa noche, cuando la casa quedó sumida en la oscuridad y Hanae se durmió profundamente a su lado, con la respiración acompasada y serena, Giyu se deslizó fuera del futón con sigilo.

No hizo ruido. Sus años de entrenamiento como cazador le permitían moverse como una sombra, incluso faltándole un brazo para equilibrar el peso de su cuerpo. Salió al exterior descalzo, sintiendo el rocío helado de la hierba bajo sus plantas.

La luna llena colgaba en lo alto, bañando el valle en un resplandor plateado y espectral. El viento de la montaña soplaba con fuerza moderada, agitando las copas de los árboles lejanos como un mar oscuro y embravecido.

Giyu se detuvo en medio del pequeño patio. Levantó el rostro hacia la luna.

Sus ojos azul lapislázuli estaban completamente abiertos, reflejando la luz blanca con una claridad desgarradora. Ya no tenían esa opacidad apática; en la soledad de la noche, el dolor que guardaba bajo siete llaves se desbordaba sin contención.

—¿Estás satisfecha, Kocho? —murmuró al aire vacío.

El viento no le respondió, pero una ráfaga fría le revolvió el cabello corto, haciendo que los mechones le golpearan la frente.

—Derrotamos a Muzan —continuó él, hablando en un susurro que apenas quebraba la noche—. Los demonios ya no existen. El mundo sigue adelante. La gente sonríe, se casa, tiene hijos... viven en paz. Todo lo que querías se cumplió.

Apretó el único puño que le quedaba contra su costado, hundiéndose las uñas en la palma hasta sentir el filo del dolor punzante.

—Pero no estás aquí para verlo.

La imagen de Shinobu apareció de nuevo en su mente con una nitidez que le robó el aliento. Pudo verla parada a unos pasos de distancia, sobre la hierba plateada, con las manos entrelazadas a la espalda, inclinándose hacia adelante con esa sonrisa imposible y desafiante. Podía ver el destello de los botones dorados de su uniforme morado oscuro, las puntas violáceas de su cabello meciéndose con el viento y las alas de mariposa de su haori extendiéndose como si estuviera a punto de alzar el vuelo hacia el firmamento.

«¿Por qué te lamentas tanto, Tomioka-san?», pareció susurrar la brisa nocturna con el timbre inconfundible de su voz. «¿Acaso no tienes una linda esposa esperándote adentro? Pensé que te gustaba que te dejaran en paz. ¿Ahora resulta que me extrañas?»

Giyu bajó la cabeza, apretando la mandíbula con tanta fuerza que sus dientes rechinaron.

—No es igual —dijo él en voz alta, dirigiéndose a la nada—. No es igual a ti.

La verdad, desnuda y miserable, pesaba sobre sus hombros con la fuerza de una montaña.

Podía pasar los tres o cuatro años que le quedaban de vida junto a Hanae. Podía ser el esposo fiel, silencioso y agradecido que ella merecía. Podía fingir que el té que ella le preparaba le calentaba el alma y que las sonrisas que le dedicaba eran suficientes para apagar las llamas de su pasado. Pero jamás, ni en mil vidas más, podría sentir por otra persona lo que sintió por aquella pequeña mariposa de hierro que se consumió en su propia furia.

Hanae le daba paz, pero Giyu no pertenecía a la paz. Él pertenecía a los ríos de sangre, a las noches sin estrellas, al filo implacable de la katana. Y en ese infierno, la única luz que había atravesado sus sombras había sido la de Shinobu Kocho. Una luz engañosa, venenosa y hermosa, que se había apagado para siempre en las fauces de un monstruo.

Una mariposa nocturna, atraída por la tenue iluminación de la linterna de papel que colgaba del alero de la casa, pasó revoloteando cerca del rostro de Giyu. Tenía alas pálidas, casi transparentes bajo la luz lunar.

Giyu alzó la mano izquierda despacio, conteniendo la respiración. La mariposa vaciló en el aire y, por un breve segundo, rozó con sus alas la punta de sus dedos antes de perderse en la oscuridad de la noche, desapareciendo hacia las copas de los árboles.

El contacto fue tan efímero como un suspiro.

Giyu se quedó mirando sus dedos vacíos. Una pequeña y amarga sonrisa —la primera en meses, tal vez en años— se dibujó en la comisura de sus labios pálidos.

—Qué cruel fuiste hasta el final —murmuró.

Un paso suave a sus espaldas rompió el encanto de la ilusión.

—¿Giyu? —la voz de Hanae sonaba adormilada y llena de preocupación. Había salido al engawa, envuelta en una manta de lana gruesa, frotándose los ojos—. ¿Qué haces afuera? Hace mucho frío. Podrías enfermarte.

Giyu bajó la mano. La rigidez volvió a su postura con la velocidad de un reflejo ensayado durante una década. Se dio la vuelta lentamente, ofreciéndole a su esposa su perfil estoico, el mismo que le mostraba al resto de un mundo que no entendía su tormento.

—Ya voy a entrar —respondió él con voz neutra.

Hanae se acercó con pasos temerosos sobre la madera del porche y extendió la manta, abriéndola para envolverlo a él también. Giyu se dejó cubrir. El tejido era suave y olía a lavanda y a hogar, pero sobre su piel se sentía tan pesado como una mortaja.

—Tus manos están heladas —dijo ella, tomando los dedos de su mano izquierda entre las dos suyas para frotarlos y darles calor—. Vamos adentro. El fuego aún tiene brasas, puedo avivarlo un poco.

—Está bien —dijo él.

Permitió que ella lo guiara de regreso al interior de la casa, hacia el calor artificial del hogar y la seguridad de una vida tranquila que no duraría mucho más. No se resistió cuando ella lo hizo recostarse de nuevo en el futón, ni cuando acomodó las mantas sobre su pecho con un cuidado maternal y tierno.

—Buenas noches, Giyu —susurró Hanae, acomodándose a su lado y cerrando los ojos con una sonrisa plácida.

—Buenas noches.

En la penumbra de la habitación, Giyu Tomioka miró hacia las vigas del techo de madera. El latido constante en su pecho le recordó que el tiempo seguía corriendo, implacable, descontando los días que le quedaban antes de cumplir los veinticinco.

Cerró los ojos, sabiendo que en sus sueños no encontraría el calor de la mujer que dormía a su lado, sino la silueta etérea de un haori con alas de mariposa, volando eternamente lejos de su alcance, en un cielo púrpura donde él jamás podría alcanzarla.

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