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You Don't Know Me

Fandom: My Hero Academia

Creado: 13/10/2026

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RomanceDramaAngustiaRecortes de VidaEstudio de PersonajeAmbientación CanonCelosPsicológicoSongficLirismoDolor/ConsueloFluff
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Chispas, cuernos y planes cuestionables

El silencio que se había instalado entre ellos no era el tipo de silencio que precede a una tormenta, sino el vacío frío y estéril que queda después de que el rayo ya ha destrozado el árbol.

Hacía apenas un par de semanas, la relación de Denki Kaminari y Kyoka Jirou era una de las comidillas más comentadas en los dormitorios de la Clase 1-A. Había comenzado casi de manera accidental: de compartir apuntes desastrosos y burlarse mutuamente de sus gustos musicales a quedarse despiertos en la sala común hasta las tres de la madrugada, rozando tímidamente los dedos sobre el reposabrazos del sofá. El paso de la amistad al noviazgo se sintió como una corriente eléctrica inevitable, pero mantener ese circuito cerrado resultó ser una tarea para la que ninguno de los dos tenía el voltaje adecuado.

Las discusiones habían comenzado por pequeñeces, como suele suceder cuando dos personalidades fuertes y desordenadas chocan en un espacio reducido. Un comentario sarcástico fuera de lugar por parte de Kyoka, un ataque de celos absurdo por parte de Denki al verla reír con algún chico de tercer año durante los entrenamientos conjuntos, y la incompatibilidad crónica entre el caos disperso del rubio y la necesidad de orden mental de la pelivioleta. Sin embargo, el golpe de gracia no fue una batalla de egos ni una infidelidad; fue una frase estúpida, dicha al calor de una tarde sofocante, cuando las inseguridades de Denki se desbordaron por su boca sin ningún filtro cerebral.

—¡Es que a veces parece que se te olvida que eres mi novia! —había soltado él, frustrado tras un ensayo fallido de la banda donde ella lo había corregido con demasiada dureza—. ¿Por qué no puedes ser un poco más... no sé, más femenina? ¡Mira a las demás! ¡Un poco de delicadeza no te mataría!

El impacto de esas palabras había sido demoledor. Kyoka no había gritado. No había lanzado un insulto mordaz de esos que solían dejar a Denki en ridículo frente a todos. Simplemente se había quedado congelada, con los lóbulos de sus orejas temblando imperceptiblemente y los ojos fijos en el suelo de madera. Por una fracción de segundo, una herida muy vieja y muy profunda —aquella que le susurraba que sus clavijas, sus camisetas de bandas de punk rasgadas y su pecho plano la alejaban de lo que la sociedad consideraba una "chica deseable"— se abrió de par en par.

Un instante después, el lóbulo derecho de Jirou se disparó como un látigo, incrustando el conector a escasos milímetros de la oreja de Denki, quebrando el marco de la puerta de su habitación.

—Si lo que querías era una muñeca de escaparate, te equivocaste de piso, Kaminari —había respondido ella, con una voz tan gélida que casi quemaba—. Terminamos. Vete a buscar a alguien que use vestidos bonitos y se ría de tus chistes idiotas.

Y así, todo acabó.

El dolor había existido, por supuesto. Denki pasó tres días con las sábanas hasta la coronilla, sufriendo de cortocircuitos involuntarios cada vez que cerraba los ojos, y Jirou se encerró en su habitación a rasguear el bajo con tanta furia que Momo tuvo que intervenir para que no se rompiera las yemas de los dedos. Pero el tiempo, en la Academia U.A., no se detenía por corazones rotos. Había villanos que enfrentar, exámenes de rescate que aprobar y una rutina agotadora que obligaba a todos a seguir adelante.

En la actualidad, Jirou parecía haber dejado el asunto en el pasado. Se le veía concentrada, afilada y más resuelta que nunca. No necesitaba un novio; estaba tan inmersa en mejorar el rango de sus ondas sonoras y en componer nuevas melodías que cualquier distracción romántica habría sido un estorbo perjudicial. Se bastaba a sí misma.

Denki, en cambio, era un desastre flotante.

El rubio intentaba mantener su fachada habitual: sonreía ampliamente, caminaba arrastrando los pies como si fuera el rey del estilo callejero y hacía bromas ruidosas en los pasillos. Pero cualquiera que lo conociera un poco sabía que estaba a la deriva. Sin Jirou para clavarle una clavija en el hombro cuando decía una estupidez, o para obligarlo a sentarse a estudiar antes de reprobar la mitad de las materias, Denki parecía un globo al que se le había escapado el aire: errático, descentrado y peligrosamente cercano al ridículo permanente. Necesitaba urgentemente poner los pies en la tierra.

Fue por eso que, en una tarde de martes extrañamente tranquila, tres de sus compañeros de clase decidieron tomar cartas en el asunto.

Sentados en una de las mesas bajas del fondo de la sala común, parcialmente ocultos por una planta de hojas anchas que Sero había acomodado estratégicamente, se encontraban Mina Ashido, Eijiro Kirishima y Hanta Sero. Los tres observaban a Denki, quien estaba a varios metros de distancia, sentado en un taburete de la cocina intentando balancear una cuchara sobre su nariz con expresión completamente vacía.

—Míralo —susurró Mina, apoyando la barbilla en sus manos rosadas con un suspiro dramático—. Da lástima. Es como un cachorro abandonado bajo la lluvia, solo que con rayos y muy mal sentido de la moda.

—Tiene la mirada perdida —coincidió Sero, haciendo una mueca mientras veía cómo la cuchara caía por quinta vez consecutiva al suelo, haciendo un ruido metálico que resonó en toda la estancia—. Ayer intentó convencerme de que usar dos chaquetas de mezclilla superpuestas era la nueva tendencia en París. Está perdiendo el juicio.

—Es un hombre herido, chicos —dijo Kirishima en tono solemne, cruzándose de brazos—. Un verdadero hombre sabe levantarse de una caída, pero a veces el golpe es tan duro que necesitas que tus hermanos te tiendan una mano. Jirou está genial, se la ve radiante pateando robots en el gimnasio Gamma. Pero Denki... Denki necesita equilibrio. Una fuerza que lo ancle.

Mina sonrió con malicia, enderezándose de golpe en su asiento. Sus ojos oscuros con escleróticas negras brillaron de emoción.

—Por eso mismo estamos aquí, mis queridos conspiradores. Declaro formalmente inaugurada la reunión secreta. Nombre clave: «Operación: Una novia para Kaminari».

Sero soltó una risita seca mientras sacaba una libreta y un bolígrafo de su bolsillo.

—¿No crees que estamos cruzando la línea entre ser buenos amigos y ser unos viejos chismosos entrometidos?

—Totalmente —respondió Mina sin un ápice de remordimiento—. Pero alguien tiene que salvarlo de sí mismo antes de que empiece a coquetearle a las alumnas de los cursos generales por desesperación. Ahora, revisemos el perfil del objetivo. ¿Qué busca Kaminari?

Los tres guardaron silencio por un segundo. El elefante en la habitación era evidente. Durante meses, el ideal absoluto de Denki había sido Kyoka Jirou, con su sarcasmo punzante, sus gustos de rock alternativo y su actitud desafiante. Pero las circunstancias habían cambiado de forma drástica tras la ruptura y aquella desafortunada queja del rubio.

—Bueno —empezó Sero, rascándose la nuca con el extremo del bolígrafo—, si nos basamos en la estupidez monumental que le dijo a Jirou antes de que ella casi le perforara el tímpano... supongo que busca a alguien «femenina». Muy femenina. Alguien que no lo amenace de muerte con un cable cada vez que cuenta un chiste malo.

—Una chica tierna, dulce, que use colores pastel y esas cosas —agregó Mina, frunciendo los labios mientras pensaba—. Qué básico es, de verdad. Pero en fin, el cliente manda. Hagamos una lluvia de ideas. ¿Quién está disponible en nuestro entorno?

Sero dio un golpecito en el papel.

—¿Uraraka? Es súper amable, viste con ropa bastante tierna cuando salimos al centro comercial y tiene esa vibra redondita y adorable.

Mina agitó las manos con vehemencia, censurando la sugerencia de inmediato.

—¡Ni se te ocurra, Sero! ¡Rotundamente descartada! ¿Acaso estás ciego? Uraraka tiene los ojos puestos en Midoriya desde el primer día de clases. La tensión entre esos dos es tan densa que podrías cortarla con las cintas de tus codos. Meter a Denki en medio de eso sería cruel para él y para todo el universo. Siguiente.

Kirishima se frotó la barbilla, adoptando una expresión pensativa.

—¿Y qué tal Yaomomo? Es decir, piénsenlo de forma objetiva. Es una chica de pies a cabeza: educada, hermosa, se preocupa por todos nosotros y siempre huele a flores caras. Cumple con la parte femenina de sobra.

—No, no, no —intervino Sero, negando con la cabeza antes de que Mina pudiera saltar—. Kirishima, amigo, estás confundiendo «femenina» con «aristócrata intocable». Momo es demasiado refinada. Kaminari no sabría qué tenedor usar si van a cenar, entraría en pánico y terminaría electrocutando la mesa. Además, ¿no has visto cómo se miran ella y Todoroki cada vez que estudian juntos en la biblioteca? Parecen una pintura al óleo. Denki no encaja ahí ni a patadas. Necesitamos a alguien más terrenal.

Sero se quedó mirando el cuaderno durante unos segundos, pasando revista mental a las chicas de la clase. De repente, levantó la mirada y fijó sus ojos en la chica de piel rosada sentada frente a él.

—Oye, Mina... —dijo en tono casual, casi como una ocurrencia tardía—. ¿Y tú no estarías dispuesta? Digo, eres linda, súper alegre, conoces todos sus defectos y...

Antes de que Sero pudiera terminar la frase, un brazo robusto y musculoso se deslizó con una rapidez asombrosa alrededor de la cintura de Mina, atrayéndola firmemente hacia un costado. Kirishima se había inclinado hacia adelante, con el ceño fruncido en una expresión de celo protector tan intensa que sus dientes afilados quedaron a la vista en un gruñido contenido.

—Ni se te ocurra, Sero —soltó el pelirrojo, con la voz un par de tonos más grave de lo habitual, apretando el agarre sobre la cadera de la chica—. Mina ya está conmigo. Búscate a otra candidata para tus experimentos, idiota.

Mina soltó una carcajada cristalina que atrajo un par de miradas curiosas desde el otro lado de la sala. Le dio una palmadita juguetona en el pecho a Kirishima mientras intentaba zafarse sin mucho éxito.

—¡Eijiro, por el amor de Dios, suéltame la cintura! —se quejó entre risas, contorsionándose un poco—. ¡Tienes los dedos ásperos por las pesas y me da un montón de cosquillas! ¡Y quita esa cara de perro guardián, que Sero solo estaba bromeando!

Kirishima relajó ligeramente la postura, aunque sus mejillas se tiñeron de un rojo tan brillante como su propio cabello al darse cuenta de lo obvio que había sido su arrebato. Sin embargo, no retiró del todo su mano del costado de Mina, manteniéndola posesivamente apoyada sobre el respaldo de su silla.

Sero se propinó un sonoro golpe con la palma de la mano en la frente, dejando escapar un suspiro de resignación.

—Sí, gracias por recordarme que soy el único soltero funcional de este grupo, pareja de empalagosos. Sigamos antes de que me dé diabetes. ¿Quién más queda en el 1-A?

—Hagakure —propuso Mina, recuperando la compostura y acomodándose el flequillo.

—Complicado —objetó Sero—. Conociendo lo superficial y visual que es Kaminari, el pobre necesita a alguien a quien pueda ver directamente a los ojos para recordar que está en una cita. Se pondría nervioso hablando con un uniforme flotante en un restaurante.

—Cierto. ¿Tsuyu?

—Asui es demasiado directa para Denki —opinó Kirishima, interviniendo con sensatez—. Kaminari diría una tontería para intentar parecer genial y ella lo destrozaría con un «kero» lógico y una mirada plana. Lo mandaría a terapia en diez minutos. Además, creo que no hacen química en absoluto.

Mina tachó varios nombres imaginarios en el aire con un puchero de frustración.

—Se nos acabaron las opciones locales. Todas las chicas de nuestra clase o están ocupadas, o son demasiado aterradoras para él, o simplemente no encajan. Esto es un desastre. ¿De verdad el destino de Denki es morir solo rodeado de figuras de acción y cables pelados?

—Tal vez estamos limitando demasiado el campo de búsqueda —dijo Sero, apoyando la espalda contra el sofá y mirando hacia los ventanales que daban al patio interior del campus—. La U.A. es enorme. No tenemos que quedarnos encerrados en el 1-A.

Fue en ese preciso momento cuando el universo pareció alinearse a favor de la descabellada causa. A través del cristal del ventanal, en el sendero de adoquines que conectaba los dormitorios de los dos grupos de héroes, apareció una pequeña comitiva de la Clase 1-B. Llevaban ropa deportiva y parecían regresar de una sesión de entrenamiento ligera.

Entre ellos, riendo con una energía contagiosa y trotando con pasos ligeros casi como si diera saltitos, iba una figura inconfundible.

Tenía una larga cabellera rubia que se mecía con gracia sobre sus hombros, grandes ojos azules que brillaban con una inocencia desarmante y un par de cuernos curvados que sobresalían de su frente, dándole un aspecto sumamente tierno. Llevaba una sudadera holgada de color melocotón que le cubría parte de las manos y no paraba de gesticular mientras intentaba explicar algo en una mezcla atropellada de inglés y japonés a sus compañeros.

La radiación de feminidad, encanto y dulzura que emanaba a su paso era prácticamente visible a simple vista.

Mina abrió los ojos desmesuradamente, clavando las uñas en el brazo de Kirishima —quien no se quejó, acostumbrado a los arrebatos de su novia—.

—¡Miren eso! —susurró la pelirrosa con fervor casi religioso—. ¡Mírenla a ella!

Sero entrecerró los ojos para enfocar la vista a través del vidrio.

—Es... Pony Tsunotori, ¿verdad? La chica estadounidense de la Clase B.

—Es perfecta —sentenció Kirishima, asintiendo lentamente con una admiración genuina—. Es alegre, parece una persona increíblemente amable, tiene esa vibra tierna y extranjera que a Denki le va a parecer lo más genial del planeta, y definitivamente no es el tipo de persona que andaría con sarcasmos destructivos. Cumple con todos los requisitos de la lista.

—Es la candidata definitiva —declaró Mina, poniéndose de pie de un salto, llena de una energía renovada—. Chicos, tenemos una misión táctica. Hay que interceptarla antes de que regrese a sus dormitorios.

—Espera, espera —dijo Sero, guardando la libreta con prisa mientras la seguía—. ¿Qué le vamos a decir? No podemos simplemente llegar y soltarle: «Oye, nuestro amigo rubio necesita una novia urgente porque su ex le rompió el orgullo».

—Déjamelo a mí —sonrió Mina con absoluta confianza—. Las chicas nos entendemos. Ustedes dos solo pongan cara de tipos confiables y varoniles.

Sin perder un segundo, los tres salieron disparados por la puerta principal de Heights Alliance, dejando atrás a un Denki que finalmente había logrado que la cuchara se quedara quieta en su nariz, solo para que el portazo hiciera vibrar el suelo y el utensilio cayera de nuevo con estrépito.

Afuera, la brisa de la tarde comenzaba a refrescar el ambiente. El cielo adquiría un tono anaranjado suave. Pony Tsunotori se había separado de sus compañeros de clase, que se adelantaron hacia su propio edificio, y se encontraba inclinada junto a un parterre de flores, observando con curiosidad unas pequeñas mariposas que revoloteaban cerca de los arbustos.

—¡Pony-chan! —la llamó Mina, modulando la voz para sonar lo más amigable y nada amenazante posible.

La chica rubia dio un respingo suave, girándose sobre sus talones. Al reconocer a los tres estudiantes de la Clase A, sus ojos azules se iluminaron y una sonrisa amplia y radiante apareció en su rostro, acompañada por una pequeña inclinación de cabeza.

—¡Oh! ¡Hola, chicos de la A! —saludó con su característico acento marcado, agitando una mano enguantada en el aire—. ¿Qué tal todo? ¿Entrenamiento duro hoy?

—¡Para nada, todo tranquilo! —respondió Mina, acercándose con pasos seguros hasta invadir el espacio personal de Pony de esa manera tan suya que derribaba cualquier barrera social en segundos—. Oye, Pony, queríamos hacerte una pregunta súper rápida. Es una curiosidad entre compañeras de curso.

Pony parpadeó, inclinando la cabeza hacia un lado de forma que sus cuernos quedaron ligeramente ladeados. Se veía francamente adorable.

—¿Pregunta? ¡Claro! Si es sobre vocabulario japonés, todavía me confundo con los kanji, pero...

—No, no es de clases —la interrumpió Sero con una sonrisa relajada, rascándose la mejilla—. Verás, estábamos hablando y nos dio curiosidad saber... ¿estás saliendo con alguien en este momento? ¿Tienes novio?

La pregunta tomó a Pony completamente por sorpresa. Sus mejillas pecosas adquirieron un suave rubor rosado y agitó ambas manos frente a su pecho, negando con vehemencia.

—¡Oh, no, no, no! —exclamó, dejando escapar una risita tímida—. ¡No boyfriend! ¡Nada de citas! La U.A. es muy ocupada, mucho entrenamiento y mucha tarea pesada de Vlad King-sensei. No tengo tiempo para pensar en chicos. ¿Por qué la pregunta? ¿Acaso hice algo malo?

—¡Para nada! ¡Al contrario, es una noticia excelente! —celebró Mina, juntando las palmas de las manos—. Verás, la cosa es esta: tenemos un amigo en nuestra clase. Un chico genial, súper simpático, muy enérgico y con un Don eléctrico impresionante. Es muy divertido y le encantaría tener la oportunidad de salir contigo, tal vez ir por un helado o a dar una vuelta por el centro comercial de la estación este fin de semana. Como una cita amistosa para conocerse mejor.

Pony abrió la boca formando una pequeña «o» de asombro. Sus dedos jugaron distraídamente con los cordones de su sudadera melocotón.

—¿Una cita? —repitió, paladeando la palabra como si fuera un dulce nuevo—. Con alguien de la Clase A... Wow. Eso no estaba en mis planes para nada.

Kirishima dio un paso al frente, cruzándose de brazos y sonriendo con esa calidez honesta y caballerosa que siempre transmitía confianza.

—Te aseguramos que es un buen tipo, Pony. A veces es un poco impulsivo y habla de más tratando de hacerse el interesante, pero tiene un corazón de oro. Sería todo un caballero contigo. Si aceptas, solo sería una salida relajada, sin presiones de ningún tipo. Solo para ver si hacen buena química.

La chica de la Clase B se quedó pensativa durante unos instantes, mirando hacia la copa de los árboles teñidos por el atardecer. En realidad, no tenía ningún motivo para rechazar la propuesta. A pesar de la rivalidad algo absurda que Monoma intentaba avivar constantemente entre ambas clases, a ella siempre le había parecido fascinante la gente del 1-A. Eran valientes, habían pasado por situaciones extremas y conocer a más personas fuera de su propio salón era una de las metas que se había propuesto al mudarse desde Estados Unidos a Japón. Además, la idea de una cita con un chico enérgico sonaba emocionante, casi como una pequeña aventura adolescente en medio de la estricta rutina de la academia.

Una sonrisa brillante, llena de entusiasmo genuino, volvió a iluminar su rostro.

—¡Okay! ¡Acepto! —dijo Pony, dando un pequeño saltito sobre sus botines—. Me encantaría salir con él. Siempre es bueno hacer nuevos amigos y practicar mi conversación. ¿Cómo se llama el chico eléctrico?

—¡Kaminari! —gritó Mina, incapaz de contener un chillido de victoria mientras se lanzaba a darle un breve abrazo a la chica de los cuernos—. ¡Denki Kaminari! ¡Te va a encantar, te lo juro! Nosotros coordinaremos la hora y el lugar y te enviaremos los detalles por mensaje. ¡Eres la mejor, Pony!

—¡Yay! ¡Kaminari! Lo recordaré —dijo la rubia, despidiéndose con la mano mientras retrocedía hacia el camino que llevaba a los dormitorios de la Clase B—. ¡Nos vemos luego, chicos! ¡Tengo que terminar un ensayo de historia!

Los tres miembros del escuadrón se quedaron en el sendero, viendo cómo la silueta de Pony desaparecía tras las puertas de su edificio. En cuanto la puerta se cerró, Mina se giró hacia Sero y Kirishima, alzando los puños al aire.

—¡Lo logramos! ¡La fase uno ha sido un éxito absoluto! —festejó, chocando los cinco con Sero y luego lanzándose a los brazos de Kirishima, quien la levantó del suelo un par de centímetros en el festejo.

—Tengo que admitirlo, funcionó mejor de lo que esperaba —dijo Sero, soltando una carcajada y sacudiendo la cabeza—. Fue demasiado fácil. Esa chica es un pedazo de pan.

Kirishima bajó a Mina con cuidado, manteniendo una sonrisa triunfal pero pragmática.

—La fase uno está lista, sí. Pero ahora viene la parte realmente peligrosa, amigos míos.

Mina y Sero lo miraron, borrando poco a poco la euforia de sus rostros al comprender la gravedad de la situación.

—Tenemos que decírselo a Denki —murmuró Sero, tragando saliva.

—Y lo que es peor —añadió Mina, mirando hacia las ventanas iluminadas del 1-A—: tenemos que asegurarnos de que Jirou no se entere de esto antes de tiempo, o el voltaje en esos dormitorios no va a venir de los enchufes.

Con esa mezcla de triunfo y pavor instalada en sus pechos, los tres conspiradores emprendieron el camino de regreso al edificio de su clase.

Cuando empujaron las pesadas puertas dobles de Heights Alliance, el panorama en la sala común era una escena doméstica habitual. Iida estaba supervisando que los botes de reciclaje estuvieran correctamente alineados; Todoroki leía un libro sentado en uno de los sillones individuales con una taza de té humeante al lado; y Midoriya tomaba notas frenéticas en su cuaderno mientras hablaba solo entre murmullos inaudibles.

Denki, por su parte, seguía en la barra de la cocina, pero ahora había abandonado la cuchara y se encontraba mirando fijamente la pantalla de su teléfono móvil con los pulgares inmóviles. Tenía puesto un chaleco de cuero sintético con tachuelas sobre una camiseta blanca holgada, un intento evidente de lucir informal y rebelde que desentonaba un poco con sus pantalones de pijama a cuadros. Su flequillo rubio, con ese característico rayo negro, caía pesadamente sobre su ojo izquierdo.

Sin embargo, a escasos metros de él, la atmósfera se volvía notablemente más densa.

Sentada en el suelo frente a la mesa de centro, con las piernas cruzadas y la espalda apoyada contra el sofá, estaba Kyoka Jirou. Tenía sus auriculares de diadema colgando alrededor de su cuello pálido y un cuaderno de partituras abierto sobre la madera pulida. Con una pluma entre los dientes y la mirada oscura y concentrada fija en los pentagramas, rasgueaba de vez en cuando las cuerdas de una guitarra acústica desenchufada, produciendo notas sordas y precisas.

Vestía unos vaqueros negros rasgados a la altura de las rodillas, calcetines a rayas oscuras y una camiseta gris de tirantes de una banda de metal underground que Denki le había regalado hacía meses. Parecía totalmente ajena a la existencia del rubio, sumergida en su propio mundo de frecuencias y compases. Pero la rigidez casi imperceptible en la postura de sus hombros y la forma en que los conectores de sus orejas se enrollaban sobre sí mismos delataban que era plenamente consciente de cada respiración que Denki daba al otro lado de la barra.

Mina, Kirishima y Sero intercambiaron una mirada de código rojo.

—Avanza tú, Kirishima —susurró Mina empujándolo suavemente por la espalda—. Eres el más blindado si algo explota.

—Oye, mi Don resiste golpes físicos, no la furia pasivo-agresiva de dos exnovios —protestó el pelirrojo en un susurro, pero aun así avanzó con paso firme hacia la cocina—. Denki, hermano. Ven un segundo. Necesitamos hablar contigo afuera.

Denki levantó la cabeza de golpe, parpadeando con sorpresa ante la repentina emboscada de sus tres amigos. Guardó el teléfono en el bolsillo y sonrió con esa mueca forzada que venía usando en los últimos días.

—¿Qué pasa, chicos? ¿Descubrieron algún nuevo truco para el festival o van a robar comida de la despensa de Sato? Porque si es comida, me apunto, mi cerebro necesita glucosa con urgencia.

—Nada de eso —dijo Sero, agarrándolo suavemente por el hombro y guiándolo hacia el pasillo lateral que conducía a las escaleras, lejos del rango auditivo inmediato de la sala—. Es un asunto de hombres. Bueno, y de Mina. Pero sobre todo tuyo.

Al pasar cerca de donde estaba Jirou, Denki redujo el paso de manera casi instintiva. Sus ojos amarillentos se desviaron hacia la figura de la chica en el suelo. Por una fracción de segundo, la máscara de chico despreocupado se le cayó, dejando al descubierto una sombra de melancolía genuina, de arrepentimiento estúpido y torpe. Jirou no levantó la vista del cuaderno, pero el rasgueo de la guitarra se detuvo en seco. El silencio entre ambos fue tan punzante como una descarga eléctrica en el pecho.

Denki apretó los labios y se dejó arrastrar por sus amigos hasta el rellano de las escaleras del primer piso, donde la privacidad era un poco más segura.

—Bueno, suelten la sopa —dijo el rubio, cruzándose de brazos e intentando sonar indiferente mientras se apoyaba contra la pared—. ¿Por qué tanto misterio? Parecen villanos de pacotilla tramando un asalto.

Mina se plantó frente a él, con las manos en las caderas y una sonrisa que iba de oreja a oreja.

—Kaminari Denki. Prepárate para agradecerle a tus maravillosos amigos por el resto de tus días en esta prestigiosa academia. Hemos visto tu sufrimiento, hemos analizado tu declive emocional y hemos tomado cartas en el asunto como el escuadrón de élite que somos.

Denki frunció el ceño, completamente desconcertado.

—¿Mi qué? Oigan, yo estoy perfectamente bien. Totalmente en mi mejor momento. Un soltero codiciado, viviendo la vida rápida, ya saben cómo soy...

—Cállate, Denki, no engañas a nadie —lo interrumpió Sero rodando los ojos—. Te hemos conseguido una cita.

El cerebro de Kaminari pareció hacer un pequeño cortocircuito literal. Sus ojos se abrieron como platos y su mandíbula cayó ligeramente.

—¿Una... qué?

—Una cita. Este sábado —confirmó Kirishima, dándole una palmada firme y animosa en el omóplato que casi lo hace tambalearse—. Una salida oficial. Cine, helado, paseo... lo que tú quieras planear. Una chica real, de carne y hueso, increíblemente linda y dispuesta a pasar la tarde contigo.

—¿Están dementes? —exclamó Denki en un susurro histérico, bajando la voz al recordar que Jirou estaba a solo un pasillo de distancia—. ¡No pueden ir por ahí organizándome la vida amorosa a mis espaldas! ¡Ni siquiera sé quién es! ¿Y si le dijeron a alguna chica rara de apoyo que construye robots que explotan? ¿O a una fanática de las conspiraciones?

—Por favor, tennos un poco de respeto —bufó Mina, indignada—. Tomamos en cuenta cada uno de tus berrinches. Dijiste que querías a alguien «femenina», ¿no? Alguien dulce, que no te juzgue por tus tonterías, que sea alegre y encantadora. Pues bien, amigo mío, te conseguimos exactamente eso.

Denki parpadeó, procesando las palabras. Una mezcla confusa de curiosidad superficial, orgullo herido y pánico genuino empezó a arremolinarse en su estómago.

—¿Quién es? —preguntó, con la voz un poco más aguda de lo normal.

—Pony Tsunotori —reveló Sero con tono triunfal—. La chica de los cuernos de la Clase B.

El silencio cayó sobre el rellano. Denki se quedó inmóvil, con la imagen mental de Pony materializándose en su cabeza: su cabello rubio impecable, sus ojos azules gigantescos, su risa suave, sus modales casi de dibujo animado y esa aura innegable de dulzura pura. Era, objetivamente hablando, la antítesis estética y emocional de Kyoka Jirou. No había chaquetas de cuero con parches oscuros, no había comentarios mordaces que te hicieran sentir como el tipo más idiota del planeta, no había música ruidosa que te perforara los tímpanos a las dos de la mañana.

Era la encarnación literal de lo que él, en su momento más estúpido y desesperado, le había reclamado a Kyoka.

Y, sin embargo, en lugar de sentir una oleada de triunfo o de anticipación emocionante, Denki sintió un extraño y pesado vacío en la boca del estómago. Un tirón incómodo que le recordaba que las cosas no eran tan simples como cambiar una bombilla fundida por otra de diferente color.

—¿Pony? —musitó él, frotándose la nuca, sintiendo cómo el calor subía por su cuello—. ¿La chica americana? ¿Ella... ella dijo que sí?

—¡Dijo que sí a la primera! —exclamó Mina, dándole un codazo cómplice—. Le pareciste interesante. Dice que le gusta la gente con buena energía. Así que deja de poner esa cara de cordero degollado y empieza a pensar en qué ropa te vas a poner. Y por favor, Denki, que Dios nos libre, no te pongas dos chaquetas a la vez.

—Es tu oportunidad de pasar página, hermano —añadió Kirishima con una mirada seria y fraternal—. Te queremos, pero necesitas salir de este bucle. Sal, diviértete, conócela. Demuéstrale lo varonil y divertido que puedes ser sin ataduras del pasado.

Denki miró a sus tres amigos. Vio en sus rostros una mezcla sincera de cariño, preocupación mal administrada y ese entusiasmo casi infantil por arreglar las cosas a su manera. Sabía que sus intenciones eran buenas. Sabía que ellos solo querían verlo reír de nuevo como antes.

Y tal vez tenían razón. Tal vez lo que necesitaba para dejar de sentirse como una batería rota era forzarse a salir de su zona de confort, interactuar con alguien nuevo, alguien que encajara en ese molde absurdo que él mismo había pedido a gritos.

—Está bien —dijo Denki finalmente, dejando escapar un suspiro largo y forzando una sonrisa arrogante, colocándose los dedos en forma de pistola hacia ellos—. Lo haré. Este sábado, el mismísimo Chargebolt tendrá la mejor cita que esa chica extranjera haya visto jamás. Les demostraré cómo se mueve un verdadero profesional del encanto.

—¡Ese es el espíritu! —celebró Mina, chocando las palmas con Sero.

Mientras sus amigos comenzaban a planear en voz alta posibles lugares para la cita —debatiendo intensamente entre una cafetería temática de gatos o la feria del muelle—, Denki se despegó de la pared y caminó de regreso hacia el umbral del pasillo.

Al asomarse a la sala común, sus ojos buscaron automáticamente el suelo junto al sofá.

Jirou seguía allí, pero ya no estaba escribiendo. Tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia el pasillo, con una de sus clavijas desenrollada sutilmente en el aire, vibrando al captar las ondas sonoras amortiguadas de la conversación que acababan de tener en las escaleras. Los estudiantes de la U.A. entrenaban sus dones a diario; no era ningún secreto que el oído de Kyoka podía escuchar un susurro a través de una pared de concreto si se lo proponía.

Por un segundo infinito, sus miradas se cruzaron a la distancia.

No hubo enojo en los ojos triangulares de Jirou. No hubo furia ni resentimiento visible. Solo una frialdad absoluta, plana y desapasionada, que le dolió a Denki mucho más que cualquier golpe físico que ella le hubiera propinado en el pasado. Acto seguido, la chica recogió su cuaderno, desconectó mentalmente el entorno, se colocó los auriculares sobre las orejas y le dio la espalda, volviendo a rasguear una cuerda disonante que vibró en el aire como una sentencia final.

Denki tragó saliva, sintiendo que el pecho se le apretaba de una forma que la electricidad jamás podría aliviar. Se metió las manos en los bolsillos del pijama, enderezó los hombros tratando de convencerse a sí mismo de que no le importaba, y regresó con sus amigos.

La «Operación: Una novia para Kaminari» estaba en marcha, y ya no había marcha atrás.

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