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Fandom: Bersek

Creado: 15/10/2026

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El reflejo de las alas rotas

La noche en el campamento de la Banda del Halcón siempre tenía dos caras: la risotada bruta de los soldados junto a las hogueras y el silencio gélido que emanaba de la tienda principal. Era un frío peculiar, uno que no traía el viento de las montañas, sino la propia sombra de Griffith.

Maddy ajustó la correa de cuero sobre su ojo izquierdo. El parche, gastado por la lluvia y el polvo de los caminos, era parte de su rostro desde hacía tanto tiempo que casi olvidaba el tacto de su propia piel debajo. A sus veinte años, cargaba el peso de la vida no con rabia, sino con una quietud desconcertante. Había llegado a la compañía por un puro y trágico error de cálculo: una caravana de suministros saqueada, un caballo desbocado y el filo de una espada que no la mató porque el azar decidió lo contrario.

Griffith la había recibido con la indiferencia que se reserva para los insectos que caen en una copa de vino.

—No sirves para empuñar un mandoble ni tienes la gracia para entretener a los oficiales —le había dicho semanas atrás, mientras limpiaba su estoque frente a ella, con esa voz cristalina que helaba la sangre—. Una mujer rota, tuerta y desprovista de encanto. Nadie posará los ojos en ti, Maddy. Ni siquiera deberías soñar con que un hombre te reclame o te ame. En este mundo, los deformes y los débiles simplemente ocupan espacio que pertenece a mis soldados.

Maddy no había llorado. Se había limitado a mirarlo con su único ojo castaño y a asentir con esa voz suya, tenue como una brisa de otoño:

—Solo necesito ganarme el pan, comandante.

Y así fue durante meses. Ella remendaba cotas de malla, hervía agua para los heridos y se mantenía al margen, invisible. Griffith no la miraba; para él, ella era menos que un caballo de tiro. Hasta aquella tarde en Midland, cuando la compañía acampó cerca de una ciudadela aliada.

Un joven ballestero, un muchacho de sonrisa sincera llamado Thomas, la había visto sentada junto al río lavando vendajes. En lugar de apartar la mirada con asco o lástima, se había acercado, le había ofrecido una flor silvestre arrancada de la orilla y le había elogiado la serenidad de su voz. Durante tres días seguidos, el muchacho la buscó, compartiendo su ración de carne seca, riendo ante las pocas y suaves respuestas de ella. Thomas había visto algo valioso donde Griffith solo había decretado miseria.

Griffith lo vio todo desde la colina, a lomos de su corcel blanco.

Aquella misma tarde, el Halcón Blanco cambió. No hubo advertencias ni discursos. Griffith simplemente se presentó en la tienda de suministros, ordenó a Thomas marchar a la vanguardia más peligrosa sin mediar explicación, y clavó en Maddy una mirada que ya no era de desprecio, sino de una codicia helada.

Para Griffith, el mundo se dividía en dos categorías: lo que no tenía valor y lo que le pertenecía por derecho divino. Al igual que con Guts —a quien había derrotado y reclamado como su espada predilecta, su joya más preciada—, Griffith no podía tolerar que algo dentro de su órbita poseyera una voluntad independiente, y mucho menos que encontrara un destino fuera de su alcance. Si alguien deseaba a Maddy, entonces Maddy dejaba de ser un estorbo para convertirse en una propiedad en disputa. Y Griffith jamás perdía una propiedad.

Ahora, en la penumbra de su tienda, Maddy terminaba de atar su pequeño petate. Tenía provisiones para dos días, una daga corta y la determinación silenciosa de desaparecer en la espesura del bosque antes de que el amanecer delatara sus pasos.

—¿A dónde crees que vas?

La voz surgió de la entrada, tan hermosa y letal como el roce de una hoja de acero sobre la piel desnuda.

Maddy no se sobresaltó. Levantó la mirada despacio. Griffith estaba allí, recortado contra la oscuridad exterior. Llevaba una camisa blanca de seda abierta en el pecho y el cabello plateado cayendo como una cascada sobre sus hombros finos. Parecía un ángel caído de un retablo sagrado, pero sus ojos azules brillaban con una furia contenida, profunda y venenosa.

—Me marcho, comandante —respondió ella, con su tono bajo y reposado—. No pertenezco a este lugar.

Griffith dio un paso hacia el interior, dejando caer el lienzo de la entrada. El espacio se redujo al instante, cargándose de una tensión sofocante.

—Te di cobijo cuando no eras más que un despojo en el camino —dijo él, acortando la distancia con una elegancia felina—. Te permití alimentarte de mis reservas y respirar el mismo aire que mis hombres. Y ahora pretendes escapar como una ladrona.

—Nunca pedí nada de eso —murmuró Maddy, sosteniendo el fardo contra su pecho—. Dijiste que no tenía valor. Que nadie me miraría. Déjame ir, entonces. No perderás nada que importe.

Griffith soltó una risa seca, casi inaudible, que no llegó a sus ojos.

—Las cosas han cambiado, Maddy. Tú me perteneces.

—Yo no soy un soldado. No soy Guts. No puedes poseerme con una espada.

El nombre del mercenario de la espada gigante provocó una sombra en el rostro de Griffith. Se acercó más, invadiendo el espacio vital de la joven, hasta que Maddy pudo oler el aroma metálico y limpio que siempre lo rodeaba.

—Guts me pertenece porque vencí su fuerza —susurró Griffith, inclinando la cabeza—. Y tú me perteneces porque estás viva gracias a mi misericordia. Todo lo que está bajo el estandarte del Halcón me sirve a mí, para mi sueño. Ninguno de ustedes tiene derecho a decidir su propio final.

—Eso no es un sueño, Griffith. Es una jaula.

La serenidad de la voz de Maddy pareció quebrar la perfecta máscara del comandante. Griffith extendió una mano enguantada y, con una rapidez pasmosa, le arrebató el petate de los brazos, arrojándolo al suelo con desdén. Luego, sus dedos de hierro se cerraron con firmeza alrededor de la muñeca de la muchacha.

—No permitiré que te vayas —dijo él, con los dientes apretados—. No permitirás que ese estúpido muchacho, ni ningún otro, crea que puede tomar lo que está en mi campamento.

—No le pertenezco a él tampoco —dijo ella, intentando zafarse sin perder la compostura, aunque el dolor en su brazo comenzaba a agudizarse—. No le pertenezco a nadie. Déjame.

—Te equivocas.

Con un movimiento brusco, Griffith tiró de ella hacia su cuerpo. Maddy chocó contra su pecho duro como una coraza, a pesar de la fina tela de la camisa. Sintió el latido acelerado del corazón del Halcón, un ritmo salvaje que contrastaba con su porte aristocrático.

—Tú misma lo dijiste: eres tuerta, insignificante, rota —le susurró él al oído, su aliento tibio erizándole la piel de la nuca—. Pero incluso los fragmentos rotos me pertenecen si han caído en mi suelo. Si alguien ha de tocarte, si alguien ha de mirar esa fealdad que escondes, seré yo. Solo yo decido quién tiene valor aquí.

—Eres un monstruo, Griffith —dijo ella suavemente, mirándolo fijamente con su ojo visible, sin una sola lágrima, con una tristeza que pesaba más que el miedo.

Aquella falta de terror desarmó a Griffith por una fracción de segundo, solo para encender en él una necesidad más oscura de dominación absoluta. No soportaba esa calma. No toleraba que ella, una criatura tan insignificante a sus ojos, no temblara ante su presencia como lo hacían los reyes y los generales.

Griffith llevó su mano libre hacia el rostro de Maddy. Con lentitud calculada, deslizó un dedo bajo la correa de cuero de su parche.

—¿Esto es lo que ocultas? —preguntó con desprecio.

De un tirón limpio, arrancó el parche.

Maddy cerró el párpado cicatrizado por puro reflejo. El aire frío de la tienda golpeó la piel sensible de la cuenca vacía y la línea irregular que le cruzaba la ceja hasta el pómulo. Se sintió desnuda, expuesta a la luz parpadeante de las velas. Esperaba la burla, la náusea fingida o el insulto.

Pero Griffith no apartó la mirada. Sus ojos celestes recorrieron la herida con una intensidad casi febril. Pasó la yema de su pulgar sobre la cicatriz rugosa, presionando con una crueldad que rozaba la caricia.

—Mírame —ordenó él.

Maddy abrió su ojo sano y lo sostuvo.

—Sigues siendo hermosa a tu manera grotesca —dijo él, con una voz que vibraba con un placer perverso—. Y esta noche aprenderás cuál es tu verdadero lugar.

Antes de que ella pudiera responder o retroceder, Griffith la empujó hacia el lecho de pieles dispuesto en el centro de la tienda. Maddy cayó sobre las mantas pesadas, incorporándose de inmediato sobre los codos, pero Griffith ya estaba sobre ella, atrapando sus piernas con su propio peso y aprisionando sus manos sobre su cabeza.

—Griffith, basta —pidió ella, y por primera vez, su voz suave tembló levemente en los bordes—. Esto no te dará lo que buscas.

—No busco nada que no sea mío —contestó él, inclinándose sobre ella.

La besó. No fue un beso de pasión ni de ternura; fue una invasión. Sus labios eran fríos y exigentes, aplastando los de ella para sofocar cualquier atisbo de protesta. Maddy forcejeó, girando el rostro, pero Griffith era ridículamente más fuerte, un guerrero entrenado para doblegar a hombres el doble de pesados que ella. Con una sola mano sometió sus dos muñecas, mientras con la otra desgarraba la modesta túnica de lino que ella vestía.

El contraste entre ambos era absoluto: él, un ser de belleza etérea, casi divina, actuando como una bestia posesiva; ella, marcada por las penurias y el dolor, resistiendo con una dignidad muda mientras el mundo se derrumbaba a su alrededor.

La noche se convirtió en una marea de sombras y dolor sordo. Griffith tomó posesión de su cuerpo no por deseo carnal, sino como quien estampa un sello de cera caliente sobre un documento para reclamar una propiedad disputada. Cada roce, cada suspiro contenido, cada movimiento sobre las pieles era un recordatorio constante de su dominio. La obligaba a mirarlo, a ver el rostro del hombre que controlaba su destino, castigando su silencio con una intensidad implacable.

Maddy no gritó. Morderse el labio hasta que el sabor ferroso de la sangre le llenó la boca fue su única concesión a la debilidad. En algún momento entre la medianoche y la madrugada, dejó de resistirse físicamente, entendiendo la inutilidad del forcejeo contra un huracán. Se refugió en ese espacio interior, frío y silencioso, donde Griffith jamás podría alcanzarla por más que la quebrara por fuera.

Cuando el comandante finalmente colapsó sobre ella, respirando con pesadez contra su cuello sudoroso, el campamento entero dormía bajo la complicidad de las estrellas.

Griffith permaneció allí, con un brazo rodeando posesivamente la cintura de Maddy, aprisionándola contra su costado como un trofeo recién conquistado. Tenía los ojos entreabiertos, mirando el techo de lona de la tienda, con esa mirada perdida en el infinito que solía tener cuando contemplaba su castillo lejano.

—Ahora lo entiendes —susurró él en la penumbra, con la voz ronca pero satisfecha—. Tú y Guts... son míos. No hay escape para ninguno de los dos. Si mueren, será en mi nombre. Si viven, será para verme ascender.

Maddy permaneció inmóvil, con la mitad de su rostro oculto entre las pieles y el parche destrozado tirado a unos palmos de distancia. La marca de la cicatriz en su ojo parecía arder bajo el peso del sudor seco.

Con lentitud, usando ese hilo de voz suave que Griffith había intentado doblegar durante horas, ella rompió el silencio del amanecer.

—Algún día, Griffith... tus posesiones te devorarán.

El Halcón Blanco no respondió. Solo apretó más el agarre en torno a su cintura, clavando los dedos en su piel, mientras los primeros rayos del sol teñían la tienda de un rojo sangriento, anunciando otra batalla para la cual ninguno de ellos estaba verdaderamente a salvo.

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