Fanfy
.studio
Imagen de fondo

En el bosque

Fandom: Unicorn blood

Creado: 17/10/2026

Etiquetas

FantasíaDramaDolor/ConsueloAngustiaDistopíaEstudio de PersonajeSupervivenciaRomance
≡ Índice

Yodo, sangre y vanidad

El olor del Campamento Corazón Sagrado no era a galletas ni a rocío matinal, por mucho que el Alto Mando insistiera en sus panfletos de reclutamiento. Olía a lodo estancado, sudor rancio, pólvora barata y, en el rincón más apartado del recinto, a tintura de yodo concentrada.

Ese rincón pertenecía a Maddy.

La tienda médica era un cobertizo de lona húmeda donde la luz del sol se filtraba con un tono verdoso y mortecino. Sobre una mesa de madera astillada, Maddy sostenía una pinza oxidada con una mano y una gasa empapada en alcohol con la otra. Su pelaje, de un tono castaño deslavado y áspero que recordaba más a la corteza de un pino seco que al suave terciopelo de los oseznos mimados de la capital, estaba apelmazado por el vapor de las ollas de hervir instrumental. Tenía ojeras marcadas bajo los ojos y una pequeña muesca en la oreja izquierda, recuerdo de una jeringa rota durante un motín de reclutas temerosos.

En un cuartel donde la propaganda dictaba que las pocas hembras debían ser figuras angelicales, dulces y portadoras de una belleza impoluta que inspirase a los valientes soldados a morir en el Bosque Mágico, Maddy era una absoluta anomalía. No era delicada. No tenía mejillas sonrosadas de muñeca ni sonreía para calmar los nervios de los novatos.

—¡Te he dicho que te quedes quieto, Moffy! —espetó Maddy, apretando la gasa sobre un raspón superficial en el brazo del recluta.

—¡Ay, ay, bárbara! ¡Me arde! —chilló Moffy, retorciéndose en el taburete y ajustándose nerviosamente sus gafas redondas con la mano libre—. ¡Eres un monstruo sin tacto! El sargento dijo que la enfermería debía ser un remanso de paz para el espíritu del guerrero. ¡Y tú pareces un carnicero de trinchera!

Maddy rodó los ojos y presionó un poco más fuerte, disfrutando con amarga satisfacción del quejido agudo de su paciente.

—Si el gran guerrero no fuera tan torpe como para tropezar con su propia bayoneta en el desfile matutino, no estaría aquí gastando mi tiempo y mis suministros. Y deja de moverte o haré que la aguja del antitetánico resbale directo hacia tu orgullo.

Moffy bufó, indignado, con el rostro arrugado en una mueca de puro desprecio. Moffy no la soportaba. Desde el primer día en que él intentó cortejarla con cumplidos torpes sobre su «femenina labor de servicio» y ella le respondió arrojándole a los pies un cubo lleno de vendajes ensangrentados para que lo limpiara, se habían convertido en enemigos jurados de pasillo. Para colmo de Moffy, ella jamás le rendía pleitesía ni elogiaba su pulcro uniforme.

—¡Me quejaré con el Padre Caricias! —bramó el osezno, saltando de la banqueta apenas sintió que la gasa dejaba de presionar—. ¡Le diré que tu actitud pudre la moral de la tropa! Eres desagradable, Maddy. Ni siquiera pareces una osa de verdad. ¡Ni una sola pizca de encanto!

—Dile lo que quieras, petimetre —respondió ella sin mirarlo, arrojando el algodón sucio a un tacho metálico—. Pero asegúrate de que escriba bien mi nombre. Si me expulsan al bosque a cazar unicornios con un hacha, al menos no tendré que escuchar tus chillidos.

Moffy se acomodó la guerrera con ademanes histriónicos y salió dando zancadas de la tienda, mascullando maldiciones sobre la falta de modales y la decadencia del campamento.

Maddy suspiró, frotándose el puente de la nariz. El silencio duró exactamente doce segundos.

La lona de la entrada se abrió de golpe, empujada con brusquedad. La silueta regordeta y afable de Gordi apareció en el umbral, sofocado, con la respiración entrecortada y la boca llena de migajas de algún dulce robado de la despensa.

—¡Maddy! ¡Maddy, por favor, ayúdame! —suplicó Gordi, tirando de un bulto pesado que se resistía a entrar.

—Gordi, si vienes a pedirme más jarabe para la tos para untarlo en las galletas, te juro que...

—¡No, no es eso! —interrumpió el osezno obeso, jadeando mientras hacía fuerza—. ¡Es Azulín! Se ha hecho daño en el circuito de obstáculos, pero no quiere que nadie lo vea. Se cayó desde la torre de cuerdas por intentar adelantar a Coco.

—¡Cállate, bola de grasa inútil! —rugió una voz desde la penumbra exterior.

Un empujón seco apartó a Gordi, y Azulín entró en la tienda tambaleándose.

A pesar del polvo, el barro seco que manchaba su cuerpo y el hilillo de sangre carmesí que le bajaba por la sien, Azulín intentaba mantener una postura marcial intachable. Su pelaje, de un azul brillante y casi hipnótico, destacaba como una joya sucia en la penumbra del dispensario. Tenía la mandíbula apretada, los ojos desorbitados por una mezcla de rabia y dolor contenido, y el brazo derecho colgaba con una rigidez antinatural.

Maddy apoyó las manos en sus caderas y lo miró de arriba abajo, sin un ápice de asombro o compasión.

—Vaya, el regalo del cielo para el ejército ha decidido honrarnos con su desgracia —dijo ella con voz seca.

—Cierra el pico, enfermera de pacotilla —masculló Azulín, apretando los dientes cuando un espasmo le recorrió el hombro—. No necesito tus burlas. Solo ponme una venda ajustada para que el sargento no se dé cuenta y lárgate a tus quehaceres.

—Primero: esta es mi tienda, así que la que da órdenes aquí soy yo. Segundo: no eres un regalo del cielo, eres un idiota que se cree invulnerable. Siéntate en la camilla antes de que te desmayes y me rompas el suelo.

—¡Yo no me desmayo! —siseó él, dando un paso adelante con aire amenazador, pero sus patas traseras cedieron un milímetro, traicionándolo.

Gordi chilló asustado e intentó sostenerlo, pero Azulín le apartó el brazo con un manotazo cargado de veneno.

—¡No me toques! ¡Estoy bien! ¡Soy el mejor soldado de esta maldita unidad!

—Sí, claro, y yo soy la reina de los unicornios —replicó Maddy, caminando hacia él con paso firme.

Sin pedir permiso ni mostrar la menor delicadeza, Maddy le rodeó la cintura con un brazo firme y lo empujó hacia la camilla. Azulín soltó un quejido ahogado que intentó sofocar mordiéndose el labio inferior hasta sacarse sangre. Cuando sus posaderas tocaron la madera, Maddy ya estaba revisando la articulación dañada.

—Gordi —ordenó ella sin despegar la vista del hombro azul—. Fuera. Ve a las cocinas y tráeme un cuenco con agua limpia y hielo. Y no te comas el hielo.

—¡Sí, Maddy! ¡Enseguida! —exclamó Gordi, aliviado de poder escapar de la atmósfera tóxica que su hermano desprendía cada vez que su orgullo sufría una herida.

La lona cayó tras la salida de Gordi, dejándolos solos en un duelo silencioso donde solo se escuchaba el chisporroteo de una lámpara de carburo y el goteo constante del agua en el lavamanos.

Azulín la miraba fijamente, como si deseara que sus pupilas pudieran disparar metralla. Odiaba estar allí. Odiaba que lo vieran vulnerable, pero sobre todo, odiaba que fuera Maddy quien lo viera. La muchacha no lo miraba como las otras osas del pueblo, que suspiraban ante su pelaje impecable y su porte gallardo. Maddy lo miraba como si fuera un pedazo de carne averiado en una línea de montaje.

—Tienes la clavícula a punto de astillarse y el hombro dislocado —dictaminó ella, pasando los dedos con precisión profesional sobre la carne magullada—. Además del corte en la cabeza. Te va a doler.

—Haz lo que tengas que hacer y no hables —gruñó Azulín, apartando la mirada hacia la lona—. No eres bonita, ¿lo sabías? Ni siquiera te esfuerzas. Un oso que va a la guerra necesita mirar algo agradable antes de marchar a la muerte, no una hilandera amargada cubierta de mugre.

Maddy no se inmutó. Tomó un frasco oscuro, empapó una compresa grande en desinfectante puro y, sin previo aviso, la estampó contra la herida abierta de su sien.

Azulín pegó un salto en la camilla, soltando un alarido ronco y desgarrador. Las garras de su mano sana se clavaron con desesperación en el borde del colchón de paja, y sus ojos se llenaron de lágrimas involuntarias provocadas por el ardor abrasador del alcohol.

—¡Maldita... perra salvaje! —gimió, temblando de rabia y dolor—. ¡Lo has hecho a propósito!

—Por supuesto que lo he hecho a propósito —admitió ella con una calma gélida, manteniendo la compresa fija en su sitio—. Y si vuelves a abrir esa bocaza para opinar sobre mi cara, la próxima gasa llevará salitre. En este campamento la belleza no sirve para esquivar las flechas de los unicornios, Azulín. Tu vanidad no detiene las balas.

Azulín la miró desde abajo, con el pecho agitado. El dolor lo volvía salvaje, pero había algo más en la mirada de Maddy que lo descolocaba profundamente. No había miedo. Ni devoción. Ni la lástima condescendiente que tanto detestaba en Gordi. Había un desafío crudo, una resistencia de hierro forjada en el barro.

—Tú no entiendes nada —siseó él, con la voz quebrada por la humillación—. Yo estoy destinado a la grandeza. El libro sagrado... las profecías... Cuando beba la sangre del último unicornio, seré el ser más perfecto de este mundo. Todos se arrodillarán. Y tú también lo harás.

Maddy dejó la compresa a un lado y se inclinó sobre él. Su rostro quedó a escasos centímetros del de Azulín. Por primera vez, el osezno azul notó que los ojos de ella no eran simplemente castaños; tenían destellos dorados, fieros y agotados, pero ardientes. Olía a hierbas secas, a vapor y a metal, un contraste violento con las esencias dulzonas que él prefería.

—Un cadáver perfecto sigue siendo un cadáver, soldadito —susurró ella, y por una fracción de segundo, la cercanía hizo que la respiración de Azulín se detuviera—. Ahora cállate y muerde esto. Voy a colocarte el hombro.

Le metió un trozo de cuero grueso entre los dientes antes de que pudiera protestar.

Maddy tomó aire, colocó su rodilla sobre la camilla para ganar palanca y sujetó el brazo del recluta con una fuerza sorprendente para su complexión.

—A la de tres —mintió.

En la cuenta de uno, tiró con un movimiento seco, limpio y brutal.

Un chasquido sordo resonó en la tienda. Azulín mordió el cuero con tanta fuerza que sus mandíbulas crujieron. La cabeza se le fue hacia atrás, el sudor le empapó la frente y todo el aire de sus pulmones escapó por su nariz en un gemido sofocado. Las lágrimas corrieron libres por sus mejillas azules, traicionando su fachada de acero. El mundo se le volvió negro por un instante, pero el dolor agudo y punzante dio paso de inmediato a una pesadez sorda y aliviada: la articulación había vuelto a su sitio.

Maddy soltó el brazo con cuidado y le quitó el cuero de la boca. Azulín cayó hacia adelante, jadeando, apoyando la frente sudorosa contra el hombro de Maddy, incapaz de sostener su propio peso en ese momento de puro colapso físico.

Ella se quedó inmóvil por un segundo. El contacto era extraño, casi tabú en un lugar donde la violencia era la única caricia conocida. Podía sentir el calor febril del cuerpo de Azulín, el latido desbocado de su corazón contra su propio pecho y la vulnerabilidad absoluta de aquel ser que hace unos minutos se proclamaba un dios entre los mortales.

Maddy no lo apartó. Despacio, casi con una reticencia involuntaria, apoyó una mano en la nuca del osezno azul, sujetándolo para que no cayera al suelo. Sus dedos se enredaron brevemente en el pelaje suave, extrañamente sedoso a pesar del barro.

—Ya pasó —murmuró ella, con una voz que, por un instante milagroso, perdió toda la aspereza de la enfermera de trinchera.

Azulín recuperó la conciencia de su postura. El calor de la piel de ella lo quemaba de un modo distinto al desinfectante; era una quemadura humillante, pero inexplicablemente reconfortante. Levantó la cabeza con brusquedad, apartándose como si hubiera tocado hierro al rojo vivo, con los ojos inyectados en sangre y las mejillas ardiendo bajo el pelaje.

—¡No me toques como si fuera un lisiado! —ladró, tratando de recomponer su dignidad destrozada, aunque su voz carecía de la fuerza habitual.

Maddy frunció el ceño y dio un paso atrás, cruzándose de brazos, recobrando su coraza de inmediato.

—Deberías darme las gracias, imbécil. La mayoría de los médicos del frente te habrían entablillado el brazo chueco y te habrían mandado a morir a la vanguardia.

Azulín se pasó la mano sana por la cara, limpiándose el sudor y los rastros de lágrimas con rabia. Miró a Maddy. Realmente la miró. Vio la tela raída de su delantal, los cortes diminutos en sus dedos por manipular frascos, la firmeza obstinada de su barbilla. Moffy tenía razón en algo: Maddy no era hermosa según las normas del mundo que él codiciaba. Pero no podía apartar la mirada de ella. Había una intensidad cruda en esa osa, algo que no se doblegaba ante sus aires de grandeza, algo que lo irritaba y lo fascinaba en partes iguales.

—No te debo nada —dijo Azulín, bajándose lentamente de la camilla. Su hombro dolía, pero respondía—. Eres una insolente. Y el peor dolor de cabeza de este campamento. Con razón Moffy no te tolera.

—El sentimiento es mutuo, alteza —replicó Maddy, dándole la espalda para recoger los instrumentos ensangrentados—. Ahora lárgate antes de que decida que tu otra clavícula también necesita un ajuste.

Azulín dio unos pasos hacia la salida, pero se detuvo ante la lona. Se giró hacia ella. Su rostro, medio limpio por el sudor y medio manchado de sangre, lucía una mueca torcida, una sombra de sonrisa oscura y desafiante.

—Volveré, enfermera —dijo en un susurro cargado de veneno y de una promesa tácita—. No creas que te has librado de mí tan fácilmente.

—Espero que no sea pronto —respondió ella sin girarse, aunque sus manos temblaron ligeramente al lavar las pinzas en el agua turbia—. Mis vendajes son demasiado valiosos para gastarlos en monstruos con delirios de grandeza.

—Ya veremos quién es el monstruo —concluyó él.

Justo en ese momento, Gordi regresó jadeando, apartando la cortina con un cuenco de madera donde el hielo ya casi se había derretido por completo.

—¡Ya lo tengo, ya lo tengo! —gritó Gordi, tropezando con sus propios pies—. ¿Llegué a tiempo? ¿Azulín, estás vivo?

Azulín miró a su hermano con desdén supremo, luego lanzó una última y prolongada mirada a Maddy, cuyos ojos volvieron a cruzarse con los suyos en un choque silencioso de voluntades.

—Llegas tarde, como siempre, gordo estúpido —escupió Azulín, pasando a su lado sin tocarlo y saliendo a paso firme hacia el lodazal del campamento, manteniendo la cabeza erguida a pesar del dolor que aún le atenazaba el cuerpo.

Gordi se quedó en medio de la tienda, desconcertado, mirando el cuenco de agua y luego a la enfermera.

—¿Se... se ha curado ya? —preguntó ingenuamente.

Maddy soltó una exhalación pesada y se dejó caer en el taburete que Moffy había ocupado antes. Se miró la palma de la mano, la misma que había sostenido la nuca de Azulín, y apretó el puño con fuerza, sintiendo un cosquilleo extraño y peligroso que se negaba a desaparecer.

—No, Gordi —dijo ella en voz baja, con una mezcla de cansancio y una tensión desconocida instalándose en su garganta—. Tu hermano no tiene cura. Y me temo que yo tampoco.

≡ Índice

¿Quieres crear tu propio fanfic?

Regístrate en Fanfy y crea tus propias historias.

Crear mi fanfic

Novedades de Fanfy

Un nuevo modelo para tus historias

Hemos actualizado el modelo de generación para que tus historias sean aún mejores. El nuevo modelo ya está activado.

Si prefieres la versión anterior, elige «Anterior» en el menú de tu perfil: haz clic en tu avatar en la esquina superior derecha.

Tus capítulos ya escritos se conservan. Tu elección se aplica a las próximas generaciones.