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Un lugar de fantasía

Fandom: Unicorn wars

Creado: 18/10/2026

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Espinas en el fango

El barro del Campamento Corazón Sagrado no perdonaba a nadie, ni siquiera a los elegidos por la divina providencia militar. Sin embargo, si alguien lograba la insólita hazaña de parecer inmaculado en medio de aquella ciénaga de sudor, pólvora y adoctrinamiento, ese era Azulín.

Con sus facciones afiladas, sus orejas redondeadas de tono celeste asomando entre un cabello pulcramente peinado y un uniforme que parecía desafiar las leyes de la física al no albergar ni una mota de polvo, Azulín se paseaba entre las filas de reclutas como un dios menor inspeccionando ganado defectuoso. En su pecho ardía una ambición fría y voraz: ser el líder indiscutible, el más bello, el más letal, el héroe que exterminaría a los unicornios para devolver la gloria al pueblo.

Y luego, para su absoluta desgracia, estaba ella.

Maddy no pertenecía a ese lugar. No tenía la mirada vacía de fanatismo de los demás ni la devoción ciega hacia las sagradas escrituras del bosque. Era una chica de pueblo, una intrusa de cabello cobrizo desgreñado y cortado a trasmano, con pecas desparramadas por un rostro que rara vez ocultaba su desdén. Había acabado atrapada en la vorágine del reclutamiento por un error administrativo estúpido tras haber llevado un cargamento de suministros agrícolas desde la aldea baja hasta el perímetro fortificado. Antes de que pudiera mostrar sus papeles de civil, las verjas de hierro se habían sellado por orden del temible Sargento Caricias, y cualquier intento de alegar que ella solo conducía un carromato de patatas se disolvió bajo la amenaza de un fusilamiento sumario por deserción.

Así que allí estaba, enfundada en una casaca militar que le quedaba tres tallas grande, con las mangas enrolladas hasta los codos y una bayoneta oxidada en la mano.

Azulín detuvo su marcha justo frente a ella. Su sombra, esbelta y amenazante, cayó sobre los ojos dorados de Maddy, que no parpadeó.

—La postura, basura campesina —dijo Azulín con una voz suave, melosa y cargada de un veneno exquisito—. Te he dicho tres veces que la empuñadura se sujeta a la altura del plexo, no como si estuvieras ordeñando una cabra con artritis.

Maddy apretó la mandíbula con tanta fuerza que sintió un crujido en las muelas. Exhaló un suspiro caliente que condensó en el aire frío de la mañana.

—No sé si te has dado cuenta, princesita azul —respondió ella entre dientes—, pero este trasto pesa más que un saco de grano mojado y tiene el balance torcido. Si quisiera cortar algo, preferiría lanzárselo a la cabeza.

Un silencio tenso cayó sobre los reclutas más cercanos. Nadie, absolutamente nadie, se atrevía a hablarle a Azulín en ese tono, ni siquiera su propio hermano Gordi, quien temblaba varios puestos más allá temiendo lo peor.

Azulín entrecerró sus ojos celestes, y un destello peligroso, casi sádico, bailó en sus pupilas. Dio medio paso hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Maddy hasta que la chica pudo oler el jabón perfumado y la loción impecable que el muchacho se empeñaba en usar en mitad de un campamento de guerra.

—¿Princesita? —susurró él, bajando el tono para que solo ella pudiera oír la amenaza—. Eres una anomalía repugnante en este regimiento, Maddy. No eres soldado. No eres creyente. Eres un estorbo que huele a estiércol y retrasas la gloria de nuestro pelotón con cada segundo que malgastas quejándote.

—Pues dile a tus superiores que me abran la maldita reja —replicó ella, sosteniéndole la mirada sin retroceder un milímetro—. No pedí estar aquí. No quiero salvar tu estúpido bosque ni matar a tus caballos mágicos con cuernos. Solo quiero volver a mi huerto y no tener que ver tu cara de estatuilla rota todos los días.

La mención de los unicornios como simples «caballos mágicos» hizo que la vena del cuello de Azulín palpitara visiblemente. Para él, la guerra era un rito sagrado; para ella, una farsa ridícula orquestada por dementes. Se odiaban con la pureza instintiva de dos naturalezas incompatibles: el fanático vanidoso y la superviviente cínica.

Antes de que Azulín pudiera replicar o levantar la mano para propinarle un castigo disciplinario, la voz de trueno del sargento resonó por todo el patio.

—¡Pelotón! ¡A las trincheras de combate cuerpo a cuerpo! ¡Por parejas de adiestramiento! ¡Azulín, encárgate de la campesina insolente! ¡Si no aprende a clavar el acero para el mediodía, ambos limpiarán las letrinas con un cepillo de dientes!

Una sonrisa torcida y cruel se dibujó en los labios de Azulín.

—Será un placer, señor —dijo él, sin apartar los ojos de Maddy.

—Maldita sea mi suerte —masculló la pelirroja para sí misma, ajustándose el cinturón de cuero.

El foso de entrenamiento era un lodazal excavado en la tierra negra, rodeado de estacas afiladas y sacos de arena. La lluvia matutina había convertido el suelo en una trampa resbaladiza donde mantener el equilibrio era tan difícil como esquivar un golpe. Mientras los demás reclutas se emparejaban y comenzaban a forcejear torpemente con armas de madera sin filo, Azulín bajó al foso con una agilidad felina, apenas salpicándose las botas relucientes.

Maddy descendió a trompicones, hundiendo las botas gastadas hasta los tobillos.

—Vamos, campesina —provocó Azulín, haciendo girar el cuchillo de madera entre sus dedos con una soltura insultante—. Demuéstrame que sabes hacer algo más que quejarte de la lluvia y ensuciar la vista de mi pelotón.

—Te rompería la nariz con mucho gusto, azulito —escupió Maddy, levantando su propio cuchillo de madera.

—Inténtalo. Si me tocas la cara, te garantizo que pasarás el resto de tu corta vida militar atada al poste de castigo.

Maddy no esperó una segunda invitación. La rabia acumulada por días de maltrato, humillación y el encierro involuntario estalló en sus músculos. Se lanzó hacia adelante en una embestida tosca pero rápida, buscando impactar en el costado del chico.

Azulín ni siquiera pestañeó. Con un pivote elegante sobre el talón, esquivó el ataque con una facilidad exasperante, deslizando su propia arma de madera por la espalda de Maddy para desequilibrarla. La chica trastabilló, clavando una rodilla en el fango.

—Lenta. Predecible. Torpe —enumeró él, caminando en círculos alrededor de ella como un depredador jugando con un roedor herido—. En el bosque ya estarías muerta. Un unicornio te habría atravesado las entrañas antes de que pudieras soltar tu primer lamento patético.

Maddy se puso de pie de un salto, escupiendo una hebra de hierba y fango que se le había pegado a la comisura de los labios. El cabello cobrizo caía desordenado sobre sus ojos castaños, que ahora brillaban con una furia viva y peligrosa.

—¡Cállate ya con tus unicornios! —rugió, arremetiendo de nuevo.

Esta vez no fue tan predecible. Fingió una estocada al pecho, y cuando Azulín levantó el brazo para bloquear con su habitual suficiencia, Maddy cambió el peso del cuerpo y barrió la pierna del muchacho con una patada baja y rústica, aprendida en las peleas de taberna de su aldea.

Azulín abrió los ojos con sorpresa genuina. No esperaba el truco callejero. Su pie de apoyo resbaló en el lodo espeso y cayó de espaldas con un golpe seco que le sacó el aire de los pulmones.

El impacto levantó una ola de barro oscuro que cubrió de lleno su chaqueta celeste inmaculada, salpicándole el cuello y la mejilla izquierda.

Por un segundo, el mundo entero pareció detenerse.

Maddy se quedó inmóvil, jadeando, con una mezcla de pánico y repentina satisfacción iluminándole el rostro. Había derribado a la perfección andante del campamento.

Azulín permaneció tendido en el lodo durante tres latidos eternos. Lentamente, alzó una mano con guante blanco, ahora cubierto de fango negro, y se tocó la mejilla sucia. Cuando vio la mancha oscura en sus dedos, algo dentro de él pareció quebrarse. Su máscara de calma superior se pulverizó, dejando al descubierto una ira volcánica, infantil y salvaje.

—Tú... —siseó él, con una voz que ya no era melodiosa, sino ronca y temblorosa de rabia—. Ramera del fango...

Antes de que Maddy pudiera retroceder, Azulín lanzó una patada ascendente que le golpeó la muñeca, arrancándole el arma de madera. Con una velocidad aterradora, se incorporó, la agarró por la solapa de su uniforme demasiado grande y la arrojó contra el talud de tierra del foso.

Maddy golpeó la pared de barro, pero no se amilanó. Levantó los puños, dispuesta a pelear a mano limpia si era necesario.

—¡Ven aquí si tienes tantas agallas! —le gritó a la cara.

Azulín no se contuvo. Se abalanzó sobre ella, bloqueando sus brazos con una técnica despiadada. Ambos cayeron juntos en el fondo de la trinchera, rodando en el fango en un forcejeo violento, caótico y carente de toda elegancia militar. Maddy le tiró del cabello celeste intentando apartarlo; Azulín le aprisionó las muñecas contra la tierra húmeda, usando todo el peso de su cuerpo para inmovilizarla.

—¡Suéltame, psicópata! —gritó Maddy, retorciéndose bajo él, respirando entrecortadamente.

—¡Pide perdón! —exigió Azulín, con el rostro a escasos centímetros del de ella, los ojos inyectados en una intensidad maníaca—. ¡Pide perdón por tu insolencia, por tu existencia y por arruinar mi uniforme!

—¡Vete al infierno con tu uniforme! —le escupió ella con bravura.

El pecho de ambos subía y bajaba al unísono, chocando en un compás acelerado por la adrenalina, el esfuerzo y la furia. Por primera vez, Azulín estaba sucio. El barro goteaba de su frente, mezclándose con mechones desordenados de su cabello, haciéndolo parecer menos una estatua inalcanzable y más un ser de carne y hueso, mortal y desbordado.

Y por primera vez, Maddy lo vio de cerca, muy de cerca. A pesar de la mugre y la hostilidad salvaje que emanaba de él, no pudo evitar notar la intensidad casi hipnótica de sus ojos, el azul eléctrico de su mirada que parecía querer devorarla viva, y la extraña y morbosa belleza de sus rasgos crispados por el odio.

Azulín, por su parte, se quedó paralizado. Tenía a la intrusa completamente sometida bajo su peso, pero ella no apartaba la mirada. No había miedo en los ojos de Maddy; solo un desafío incandescente, una vitalidad descarada que él nunca había visto en los otros soldados, zombies adoctrinados que solo sabían agachar la cabeza ante él o ante el sargento. Había calor en ella, un calor terrenal que contrastaba con el frío vacío de su propia alma consumida por el rencor.

Un mechón pelirrojo, empapado de lluvia y fango, se había pegado a los labios de Maddy. Su respiración caliente le golpeaba el cuello a Azulín, provocándole un escalofrío involuntario que lo desconcertó por completo.

Durante un instante suspendedido en el tiempo, ninguno de los dos se movió. El forcejeo se detuvo en una quietud electrificada, cargada de una tensión que ya no era solo violencia, sino algo mucho más confuso y peligroso. El odio entre ellos se sentía denso, palpable, pero en esa proximidad asfixiante, la línea entre querer destruir al otro y querer atraparlo se volvió peligrosamente delgada.

Azulín aflojó un ápice la presión sobre las muñecas de Maddy, con la respiración temblorosa. Sus labios entreabiertos parecían a punto de formular una orden o una amenaza, pero las palabras murieron en su garganta al ver cómo los ojos dorados de la chica recorrían su rostro con la misma perplejidad.

—¿Qué pasa? —susurró Maddy, con la voz quebrada por el cansancio y una repentina turbación que intentó enmascarar—. ¿Te vas a quedar mirándome todo el día o vas a intentar matarme de verdad?

Azulín parpadeó, como despertando de un trance venenoso. La realidad del campamento volvió a caer sobre él como una losa fría. Sintió el fango pesado en su ropa, escuchó los gritos lejanos del sargento y tomó conciencia de la humillación que significaba estar revolcándose en el suelo con una campesina insubordinada.

Con un movimiento brusco y casi avergonzado, la soltó y se puso de pie de un salto, retrocediendo dos pasos como si el contacto con ella le hubiera quemado la piel.

—No vales ni el esfuerzo de ensuciarme más —dijo con frialdad, aunque su voz no sonó tan firme como de costumbre. Se pasó una mano temblorosa por el cabello, intentando inútilmente arreglar el desastre en el que se había convertido su apariencia.

Maddy se incorporó lentamente, sentándose en el lodo mientras se frotaba las muñecas adoloridas. Tenía el corazón desbocado en el pecho, golpeando con una fuerza absurda que no se debía únicamente a la pelea.

—Digo lo mismo —respondió ella, mirando hacia otro lado, incapaz de sostenerle la mirada celeste por más tiempo sin que un calor extraño le subiera por las mejillas.

El silbato del Sargento Caricias cortó el aire con la violencia de un latigazo. Desde el borde del foso, la gigantesca figura del oficial observaba a la pareja con los brazos cruzados y una mueca de disgusto absoluto.

—¡Miren a este par de payasos! —bramó el sargento, escupiendo al suelo—. ¡Parecen dos cerdos retozando en una pocilga! ¡Pensé que te había ordenado disciplinarla, Azulín, no unirte a ella en el chiquero!

Azulín apretó los puños a los costados, la humillación ardiendo en su orgullo herido como ácido.

—Mis disculpas, sargento —dijo, cuadrándose con rigidez a pesar de estar empapado de fango de pies a cabeza—. La recluta... presentó una resistencia imprevista.

—¡Me importan un carajo tus excusas! —rugió el oficial—. ¡Por incompetentes y por dar este espectáculo vergonzoso, los dos quedan castigados! ¡Guardia nocturna en el almacén de municiones del ala norte! ¡Y más les vale que limpien cada una de las cajas de proyectiles antes de que salga el sol, o mañana los enviaré a la vanguardia de exploración sin armas!

—Sí, señor —respondió Azulín entre dientes, con un rencor tan denso que casi se podía cortar.

Maddy no dijo nada. Se limitó a ponerse de pie con pesadez, limpiándose la casaca con las manos, sintiendo el peso de la mirada de Azulín clavada en su nuca. Cuando el sargento se alejó gritando órdenes a otros reclutas, ella se giró para trepar fuera del foso.

Azulín se interpuso en su camino, bloqueándole la salida. Estaba sucio, desaliñado y respiraba con dificultad, pero la arrogancia había vuelto a endurecer sus facciones, aunque con una grieta nueva y evidente.

—Esta noche vas a pagar por esto, campesina —le advirtió en un susurro gélido, acercándose lo suficiente para que ella sintiera de nuevo esa presencia abrumadora.

Maddy levantó la barbilla, sosteniéndole el desafío a pesar del nudo que se le formaba en el estómago.

—Inténtalo, azulito —replicó ella, esbozando una sonrisa desafiante que ocultaba su propia inquietud—. Trae un trapo limpio si vas a llorar por tu chaqueta.

Azulín apretó la mandíbula, pero no respondió. La dejó pasar con un bufido cargado de desprecio, siguiéndola de cerca con la mirada mientras ella subía por el talud.

La noche en el almacén de municiones prometía ser larga, fría y solitaria. Y mientras ambos se alejaban en direcciones opuestas para lavarse el lodo de la piel, una certeza incómoda y corrosiva se instaló en el pecho de los dos: la guerra no solo estaba más allá de las fronteras del campamento; la verdadera batalla acababa de comenzar entre ellos, y ninguno estaba preparado para las heridas que estaban a punto de causarse.

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