Fanfy
.studio
Imagen de fondo

Inevitable

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 20/10/2026

Etiquetas

DramaAngustiaDolor/ConsueloFantasíaTragediaMuerte de PersonajeMuerte del ProtagonistaAmbientación Canon
≡ Índice

Siete días antes de la campana

Los pasillos subterráneos de la sede del Colegio Técnico de Magia de Tokio siempre habían sido fríos, pero en esa última mañana parecían haber sido tallados directamente en el hielo de una tumba olvidada. Las paredes de piedra desnuda estaban tapizadas de arriba abajo con miles de talismanes amarillentos que se agitaban levemente sin que corriera una sola ráfaga de viento. Emitían un zumbido constante, una vibración seca y monótona de energía maldita que intentaba aplacar la marea descomunal que residía en la carne de un solo muchacho.

Yuji Itadori caminaba con paso tranquilo, sintiendo el crujido sutil del polvo bajo sus gastadas zapatillas rojas.

Llevaba su habitual uniforme negro, con aquella tela que semejaba un gakuran abierto sobre su sudadera con capucha carmesí. Sus hombros anchos y su musculatura de atleta juvenil estaban intactos, su cuerpo en la cúspide de una fuerza casi sobrehumana con sus ciento setenta y tres centímetros de estatura. Sin embargo, no había pesadez marcial en su marcha. Sus manos descansaban dentro de los bolsillos del pantalón, y su mirada castaña, aunque teñida por una sombra de resignación irremediable, conservaba la calidez limpia del chico de Sendai que solo había querido correr descalzo tras un balón o acompañar a su abuelo hasta el final.

En lo profundo de su consciencia, en aquel nauseabundo santuario de osamentas empapadas en sangre, una voz grave, áspera y cargada de veneno estalló en una carcajada desgarradora.

—¡Mírate, mocoso miserable! —se burlaba Ryomen Sukuna, rascando el borde de su trono invisible—. Veinte dedos. Toda mi fuerza devorada y contenida en tu mísero estómago de barro. Te ofreciste como el cordero expiatorio, les diste un milagro, derrotaste maldiciones que habrían reducido sus ciudades a cenizas... ¿y cómo te pagan? Te atan las manos y te llevan al matadero como a una bestia enferma. ¿No sientes asco? ¿No te hierve la sangre por matar a cada uno de esos viejos decrépitos antes de que te arranquen el cuello?

Yuji no respondió en voz alta. Ni siquiera parpadeó. Dentro de su pecho, simplemente cerró los ojos un instante y dejó que la risa de Sukuna rebotara contra las paredes de su mente sin hacer mella.

—Tú nunca lo entenderías —pensó Yuji con serenidad hacia el vacío interior—. Esto no es un pago. Es un final que yo mismo elegí.

Sukuna volvió a escupir una maldición silenciosa y se replegó en la penumbra. El monstruo estaba acorralado. Por primera vez en milenios, el Rey de las Maldiciones no tenía escapatoria; moriría atado al cuerpo de un adolescente humano, arrastrado al abismo por la voluntad incorruptible de su propio recipiente.

Yuji respiró hondo. El aire olía a incienso rancio y a humedad de catacumba.

Una semana.

Le habían concedido exactamente siete días. Una última semana de vida, una tregua piadosa y casi insólita arrancada por la fuerza a las altas esferas del mundo del jujutsu. Los altos mandos habían querido su cabeza en el mismo instante en que el vigésimo dedo atravesó su garganta, pero Satoru Gojo no lo había permitido. Había sido una discusión feroz a puertas cerradas, donde la sola presencia del hombre más fuerte del mundo había congelado la codicia y el miedo de los ancianos. Siete días para despedirse. Siete días para que un chico de dieciséis años pusiera en orden el universo entero antes de dejar de respirar.

Yuji había prometido que haría que cada segundo valiera la pena. Y sin embargo, ahora que los minutos se escurrían como arena entre sus dedos, el peso del adiós amenazaba con doblarle las rodillas.

El primer recuerdo que acudió a su mente fue la tarde del tercer día, en la azotea del edificio de dormitorios.

El viento soplaba limpio desde las montañas del oeste, agitando los cabellos oscuros y revueltos de Megumi Fushiguro. Los dos amigos se habían sentado en el borde de hormigón, con las piernas colgando hacia el vacío, compartiendo una botella de té frío como tantas veces lo habían hecho tras los entrenamientos más agotadores. Durante horas no habían dicho casi nada. Las sombras de los árboles se alargaban sobre el patio de grava y el silencio entre ellos era espeso, cargado de todas las conversaciones que jamás llegarían a tener.

Fue Megumi quien rompió la calma, con la voz rota y los ojos clavados en el horizonte, negándose a mirar a su compañero para que este no viera el temblor de sus pestañas.

—No me pidas que lo entienda —había dicho Megumi, apretando la botella de plástico hasta deformarla entre sus dedos—. Sé cuál es la regla. Sé lo que implica Sukuna. Pero fui yo... yo fui quien le pidió a Gojo-sensei que te salvara aquella noche en la escuela secundaria Sugisawa. Si no hubiera abierto la boca, tú no habrías tenido que cargar con esta pesadilla.

Yuji había sonreído con tristeza, apoyando una mano firme y pesada sobre el hombro de su amigo.

—Si no me hubieras salvado, Megumi, habría muerto siendo un inútil sin haber protegido a nadie. Tú me diste un propósito. Me permitiste salvar a personas que de otro modo habrían desaparecido en la oscuridad. Nunca te culpes por haberme dado una vida que valió la pena.

Megumi se había mordido el labio inferior con tanta fuerza que una gota de sangre brotó sobre su piel pálida. Luego, agachando la cabeza para ocultar las lágrimas que finalmente resbalaron por sus mejillas, soltó un susurro ahogado:

—Te voy a extrañar, idiota.

Aquellas palabras se habían grabado a fuego en el pecho de Yuji. Saber que su mejor amigo, el chico frío y reservado que medía cada gesto con prudencia milimétrica, guardaría su memoria para siempre, le había traído una extraña paz.

Luego estuvieron los de segundo año. Maki Zen'in no había llorado; no frente a él. En lugar de eso, lo había retado a un combate cuerpo a cuerpo en el campo de entrenamiento durante la mañana del cuarto día. Habían intercambiado golpes feroces, patadas que levantaban polvo y choques de brazos que resonaban como truenos, hasta que ambos cayeron exhaustos de espaldas sobre la hierba húmeda. Con la respiración entrecortada y la mirada fija en las nubes, Maki había apretado su lanza con tanta furia que los nudillos se le pusieron blancos. «No te atrevas a bajar la cabeza cuando camines hacia ese lugar, Itadori», le había ordenado con voz áspera. «Muestra a esos bastardos que eres diez veces más hombre de lo que ellos jamás serán». Panda le había dado una palmada en la espalda que casi le saca los pulmones, envolviéndolo en un abrazo mullido y sofocante antes de retirarse en silencio para no dejar ver su desconsuelo. Y Toge Inumaki, tirando del cuello de su uniforme hacia arriba, simplemente le había extendido un puñado de caramelos de jengibre y le había murmurado un «Takana» tembloroso, con los ojos anegados de una tristeza pura que ninguna palabra mágica podía conjurar.

Incluso Gojo-sensei había tenido su momento a solas con él. El profesor más arrogante y deslumbrante de todos, aquel que siempre parecía flotar por encima de las tragedias del mundo con una sonrisa burlona y ademanes despreocupados, se había quitado la venda negra frente a él. Sus ojos, dos esferas infinitas de un azul cegador y terrible, lo habían contemplado en la penumbra del aula vacía con una ternura casi paternal que Yuji rara vez le había visto.

Gojo le había revuelto el cabello rosado con la palma de la mano, con un toque suave que contrastaba con el poder infinito que dormía en sus venas.

—Has hecho más por este mundo de lo que cualquiera tenía derecho a pedirte, Yuji —le había dicho con una voz suave, exenta de su habitual sarcasmo—. Ni siquiera yo pude cambiar el destino que esos ancianos cobardes tejieron para ti, y por eso te pido perdón. Pero quiero que recuerdes algo: eres... un chico muy fuerte. No por la fuerza bruta de tus puños, sino por la pureza de tu corazón. Nunca olvides quién eres, ni siquiera cuando se apaguen las luces.

Yuji había agradecido cada palabra, cada abrazo, cada mirada compartida. Había creído que con eso bastaría para marchar hacia la muerte con el paso firme y el alma en calma.

Pero se equivocaba. Porque faltaba ella.

La imagen de Nobara Kugisaki irrumpió en sus pensamientos con la fuerza de un golpe directo a la mandíbula, haciendo que sus pasos en el corredor de talismanes vacilaran por una milésima de segundo.

Nobara.

De todos ellos, ella había sido la grieta que casi derriba todos sus muros.

Sucedió en la penúltima noche. Nobara, con su carácter volcánico y su orgullo inquebrantable, se había negado a participar en despedidas melodramáticas durante los primeros días. Había fingido que todo seguía igual, arrastrando a Yuji por las tiendas de Harajuku y Shibuya a pesar de las miradas de los supervisores auxiliares que los seguían a distancia prudencial. Lo había obligado a cargar sus bolsas de compras, le había hecho probar crepas excesivamente dulces y se había burlado de su falta de gusto para la moda callejera con su habitual desparpajo.

—¡Si vas a pasar a la historia, al menos aprende a combinar los colores, paleto de pueblo! —le había gritado mientras le arrojaba una bufanda al rostro en medio de un centro comercial abarrotado.

Yuji se había reído con ganas, fingiendo que no notaba cómo las manos de la chica temblaban cada vez que recibía el cambio en las cajas, ni cómo sus ojos almendrados se clavaban en su perfil con una intensidad desesperada cada vez que él miraba hacia otra parte.

Pero la farsa no pudo durar para siempre.

Al caer la noche, cuando regresaron a los dormitorios del instituto y el bullicio de Tokio quedó atrás, reemplazado por el murmullo de los grillos y la oscuridad implacable del bosque, la armadura de Nobara simplemente se deshizo en pedazos.

Habían estado parados frente a la puerta de la habitación de Yuji. El pasillo estaba iluminado únicamente por una bombilla amarillenta que proyectaba sombras alargadas sobre la madera desgastada. Yuji sostenía las bolsas de papel con las compras de ella, sonriendo con esa calidez inagotable que lo caracterizaba.

—Bueno, Kugisaki —había dicho él, intentando sonar ligero—. Supongo que fue un buen día. Gracias por las crepas. Hacía mucho que no me divertía tanto.

Nobara no se movió. Permanecía inmóvil, con su uniforme impecable: la chaqueta negra de cuello bajo cerrada a la perfección, la falda larga tableada y las medias oscuras que estilizaban su figura delgada de ciento sesenta centímetros de altura. Su cabello castaño anaranjado caía en mechones prolijos a los lados de su rostro, pero su cabeza estaba inclinada hacia el suelo, impidiéndole ver sus facciones.

—¿Kugisaki? —preguntó Yuji, dando un paso cauteloso hacia ella—. ¿Pasa algo?

Las bolsas de compras cayeron al suelo con un golpe sordo cuando ella dio un paso al frente de golpe.

Antes de que Yuji pudiera reaccionar, Nobara se estrelló contra él. No fue un choque suave ni un abrazo tímido; fue una colisión impulsada por una furia desesperada. Sus puños pequeños, pero endurecidos por el uso constante del martillo y los clavos, golpearon el pecho ancho de Yuji una, dos, tres veces, sacudiendo la tela de su sudadera roja.

—¡Idiota! —gritó ella, con una voz que se quebró de inmediato en un sollozo desgarrador—. ¡Maldito idiota sin cerebro!

—Kugisaki, espera... —intentó decir él, levantando las manos sin saber dónde ponerlas.

—¡Cállate! ¡Cállate y no hables! —bramó Nobara.

Los golpes cesaron tan rápido como habían comenzado. Sus puños se abrieron y sus dedos se clavaron con desesperación en la sudadera carmesí de Yuji, arrugando la tela con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Apoyó la frente contra su pecho, justo encima del latido firme y acompasado de su corazón, y su cuerpo entero comenzó a temblar con violencia.

Yuji se quedó paralizado. Nunca la había visto así. Kugisaki Nobara era la tormenta personificada, la chica que se clavaba clavos en su propio brazo para maldecir a un enemigo sin pestañear, la mujer que proclamaba a los cuatro vientos que se amaba a sí misma cuando era hermosa y cuando era fuerte. Verla doblada de dolor, rota por la mitad, fue un golpe más doloroso que cualquier herida infligida por una maldición de grado especial.

—No es justo... —susurró ella entre lágrimas, empapando el algodón rojo con un llanto caliente y descontrolado—. No tiene ningún maldito sentido, Itadori. ¿Por qué tienes que ser tú? ¿Por qué siempre tienes que ser tú el que pague por los errores de todos los demás?

—Es el único modo de acabar con Sukuna para siempre —respondió él en voz muy baja, sintiendo un nudo amargo cerrarse en su garganta—. Si yo muero ahora, él muere conmigo. Nadie más tendrá que ser despedazado. Nadie más tendrá que vivir con miedo.

—¡Me importa un bledo Sukuna! —estalló ella, levantando finalmente el rostro empapado.

Sus ojos naranjas, habitualmente brillantes como brasas encendidas, estaban inyectados en sangre y desbordados de lágrimas que caían sin cesar por sus mejillas pecosas. Sus labios temblaban, perdiendo toda compostura, toda pose de altivez.

—¡No quiero que mueras, imbécil! —gritó, aferrándose aún más fuerte a su pecho, como si temiera que si aflojaba los dedos él se desvanecería en ese mismo instante en una nube de humo—. ¡No quiero! ¿Por qué no puedes ser egoísta por una sola vez en tu patética vida? ¿Por qué no podemos simplemente huir? Tú, Fushiguro y yo... podríamos marcharnos lejos. A un lugar donde estos malditos hechiceros nunca nos encuentren. Podríamos... podríamos vivir como personas normales.

—Nobara... —murmuró Yuji, usando por primera vez su nombre de pila sin pensar.

—¡Por favor! —suplicó ella, cayendo en un ruego que sonó a plegaria dirigida a cualquier dios o deidad sorda que pudiera estar escuchando en la inmensidad de la noche—. ¡Por favor, que esto sea una mentira! ¡Que alguien me despierte de esta pesadilla! Dios... si existe algún dios allá arriba, déjamelo un poco más. Solo un poco más...

El dolor en su voz era tan crudo, tan descarnado, que a Yuji se le escapó un gemido sordo. Rompió su propia distancia de seguridad y la rodeó con sus brazos anchos y poderosos. La apretó contra su cuerpo, cubriéndola casi por completo, hundiendo su rostro en el cabello anaranjado de ella, que aún olía al champú floral y al viento fresco de la tarde en la ciudad.

Nobara correspondió al abrazo con una ferocidad casi dolorosa, rodeándole el torso con los brazos, pegándose a él con cada centímetro de su ser, buscando calor, buscando la certeza imposible de que él seguiría allí mañana.

—No quiero estar sola en Tokio sin ti —susurró ella, con la voz apagándose en un gemido lastimero contra su cuello—. Odio este lugar si tú no estás. Odio los trenes, odio las tiendas, odio las maldiciones... Vine aquí buscando vivir una vida auténtica, pero fuiste tú... fuiste tú quien hizo que este lugar fuera mi hogar. Fuiste tú quien me hizo sentir que pertenezco a alguna parte.

Yuji cerró los ojos con fuerza, sintiendo sus propias lágrimas descender por fin calientes y pesadas, deslizándose por su barbilla y perdiéndose entre los cabellos de la chica.

—No estarás sola —le dijo con la voz quebrada por la ternura más profunda que jamás había experimentado—. Tienes a Megumi. Tienes a Maki-san, a Panda, a Inumaki-senpai... tienes a Gojo-sensei. Todos te quieren, Nobara. Eres increíble. Eres la persona más brillante y valiente que he conocido en toda mi vida.

—¡Pero no eres tú! —protestó ella, sacudiendo la cabeza con desesperación contra su pecho—. ¡Ninguno de ellos es el chico que me hace reír hasta que me duele el estómago! ¡Ninguno de ellos es el idiota que se preocupa por cada perro callejero y cada anciano en la calle! Ninguno de ellos... ninguno de ellos me hace sentir lo que tú me haces sentir aquí dentro...

Se llevó una mano al centro de su propio pecho, sobre su esternón, apretando su chaqueta.

La confesión quedó flotando en el aire del pasillo, suspendida como una gota de rocío a punto de caer. No hicieron falta más palabras. Ninguno de los dos necesitó ponerle etiquetas complicadas ni nombres solemnes. Era amor, un amor joven, torpe, luminoso y trágico que apenas había tenido tiempo de florecer entre los escombros de una guerra brutal, y que ahora era arrancado de raíz antes de que pudieran siquiera aprender a caminar de la mano.

Yuji levantó la mano y, con una suavidad infinita que contrastaba con sus nudillos encallecidos, acunó la mejilla húmeda de Nobara. Ella cerró los ojos al contacto, apoyando su rostro en su palma grande y tibia, soltando un suspiro tembloroso que sonó a despedida irremediable.

—Gracias, Nobara —susurró él, rozando con el pulgar la comisura de sus labios temblorosos—. Gracias por haberme querido. Gracias por haberme dado los mejores recuerdos de mi vida. Si tuviera que nacer otra vez, volvería a tragarme ese maldito dedo solo para tener la oportunidad de conocerte en aquella estación de tren.

Ella abrió los ojos, mirándolo a través del velo líquido de sus lágrimas, y vio en la sonrisa de Yuji una paz tan pura, tan libre de resentimiento, que comprendió finalmente la terrible verdad: no había forma de salvarlo, porque Yuji ya había decidido salvarlos a ellos.

Nobara se puso de puntillas lentamente. Con las manos apoyadas en los hombros del chico, cerró los ojos y presionó sus labios contra los de él.

Fue un beso salado por el llanto, breve y desesperado, cargado de todas las vidas que no tendrían, de los veranos que no compartirían, de las peleas tontas que nunca sucederían y de la vejez que jamás alcanzarían juntos. Duró apenas un instante eterno, pero en ese roce de labios, el tiempo pareció detenerse, congelando a dos adolescentes en el único rincón del mundo donde las maldiciones no podían alcanzarlos.

Cuando se separaron, la respiración de ambos se mezclaba en el aire frío. Nobara no volvió a gritar. Apoyó la frente contra el pecho de Yuji una última vez, asintiendo levemente, aceptando con una agonía silenciosa lo que sus palabras no habían podido evitar.

—Más te vale esperarme al otro lado, imbécil —le había susurrado, con un hilo de voz que apenas fue más que un soplo—. Porque cuando me toque ir a mí... te voy a dar una paliza por haberme dejado sola.

—Esperaré todo el tiempo que haga falta —había respondido él, con una sonrisa triste pero hermosa—. Pero no tengas prisa. Vive una vida larga y hermosa, Nobara. Cómprate toda la ropa que quieras. Come todas las cosas deliciosas del mundo. Vive... por los dos.

El recuerdo se disipó cuando Yuji llegó al final del corredor subterráneo.

Frente a él se alzaba una inmensa puerta de madera maciza, reforzada con bandas de hierro negro y cubierta de talismanes que brillaban con un fulgor mortecino. Dos hechiceros vestidos con túnicas ceremoniales y máscaras blancas custodiaban la entrada con lanzas rituales en las manos. Al verlo llegar, los guardias hicieron una reverencia rígida, mezcla de pavor reverencial y respeto involuntario ante el joven que cargaba sobre sus hombros con la mayor amenaza de la historia humana.

Las puertas comenzaron a abrirse hacia adentro con un chirrido pesado y lúgubre que resonó en todo el complejo subterráneo.

El aire dentro de la cámara de ejecución era aún más frío. Una sala circular, amplia y despojada de todo adorno, con el suelo de piedra pulida grabado con círculos de contención mágicos. Cientos de velas descansaban sobre pedestales alrededor de la estancia, proyectando sombras vacilantes que parecían danzar como espectros en las paredes. En el centro de la sala, iluminado por una solitaria lámpara de papel que colgaba del techo abovedado, se encontraba un asiento de madera oscura sin respaldo, rodeado de cuatro estacas donde colgaban cuerdas consagradas para inmovilizar al condenado.

Allí estaban ellos.

Al fondo, de pie en la penumbra, varios ancianos de los altos mandos observaban detrás de mamparas de papel de arroz, figuras oscuras y anónimas que temblaban ante la sombra de Sukuna incluso cuando este caminaba voluntariamente hacia su tumba.

Pero Yuji no los miró a ellos. Sus ojos buscaron de inmediato a las tres personas que esperaban al borde del círculo ritual.

Satoru Gojo permanecía de pie con las manos en los bolsillos, la venda negra cubriéndole los ojos una vez más. Su postura parecía relajada para un observador casual, pero la tensión en la línea de su mandíbula delataba la tormenta silenciosa que rugía tras su técnica del Infinito. A su lado estaba Megumi, con el uniforme negro perfectamente abotonado, la espalda recta como una vara de bambú, pero con los puños apretados a los costados con tal fuerza que sus uñas debían de estar clavándose en sus palmas.

Y junto a Megumi... estaba Nobara.

Llevaba su falda larga, sus medias negras y su chaqueta preferida. Se había cepillado el cabello con esmero y se había colocado con cuidado su horquilla favorita. Sus ojos aún estaban ligeramente hinchados, pero ya no había lágrimas en sus mejillas. Mantenía la barbilla en alto, altiva, hermosa, desafiante, como una reina que se negaba a doblegarse ante la tragedia. Sus ojos naranjas se encontraron de inmediato con los de Yuji en el momento en que este cruzó el umbral.

El corazón de Yuji dio un vuelco cálido y doloroso al verla. Ella no había querido faltar. Había prometido estar allí, firme, para ser lo último que él viera antes de cerrar los ojos.

—Míralos una última vez, gusano —resonó la voz burlona y amarga de Sukuna desde las sombras de su alma, aunque esta vez sonaba distante, casi desesperada ante la proximidad ineludible de su propio fin—. No van a salvarte. Ninguno de ellos levantará un solo dedo para evitar que te arranquen la vida. Han aceptado tu muerte como el precio justo por su tranquilidad. Eres un tonto que creyó haber encontrado una manada, y solo encontraste verdugos.

Yuji sonrió con calma. En su mente, miró fijamente al temible Rey de las Maldiciones y negó suavemente con la cabeza.

—Te equivocas, Sukuna —pensó con serenidad—. No están aquí como mis verdugos. Están aquí porque me aman. Están aquí para que no tenga que morir solo. Tú has vivido mil años devorando a los demás, temido por todos y amado por nadie. Vas a morir conmigo, pero yo muero rodeado de las personas que le dieron sentido a mi vida. El que realmente pierde hoy... eres tú.

Sukuna rugió con furia en el abismo interior, pero su voz se extinguió, ahogada por la fuerza incontestable del alma humana que lo sometía.

Yuji avanzó hacia el centro de la habitación. Cada paso era firme, resonando con un eco seco en el silencio sepulcral de la cámara.

Cuando pasó frente a Gojo, el maestro inclinó levemente la cabeza, dedicándole una sonrisa pequeña y triste que solo ellos dos compartieron.

—Lo hiciste excelente, Yuji —murmuró Gojo con un tono bajo que apenas cruzó la distancia entre ambos—. Descansa. Yo cuidaré de ellos.

—Gracias, Gojo-sensei —respondió Yuji con sinceridad.

Luego miró a Megumi. Su amigo no desvió la mirada esta vez; sostuvo el contacto visual con una gravedad solemne, asintiendo lentamente con la cabeza. Era la promesa silenciosa de un camarada que llevaría el peso de su memoria por el resto de sus días.

—Nos vemos, Megumi —dijo Yuji.

—Nos vemos, Yuji —respondió Megumi, y su voz no tembló.

Finalmente, Yuji se detuvo un segundo frente a Nobara.

La chica dio medio paso al frente, rompiendo el protocolo que los guardias intentaban mantener, pero nadie se atrevió a detenerla. Sus miradas se entrelazaron, diciendo todo lo que no se podía decir frente a los ancianos y los verdugos.

Nobara levantó una mano y se tocó suavemente el cuello de la chaqueta, justo sobre el pecho, recordando el lugar donde había llorado la noche anterior. Luego, con un gesto cargado de desafío hacia la muerte misma, curvó los labios en una pequeña sonrisa, esa sonrisa feroz y orgullosa que a Yuji tanto le gustaba.

—No te atrevas a tropezar al sentarte, idiota —le dijo en un susurro claro que cortó el aire helado de la sala—. Mantén la espalda recta.

Yuji soltó una risa suave y cristalina que descolocó por completo a los altos mandos apostados en las sombras. Era la risa genuina de un muchacho feliz, libre de cualquier atadura de miedo.

—Siempre lo hago, Nobara —respondió él, mirándola con una ternura tan profunda que a ella se le cortó la respiración por un instante.

Yuji se giró y caminó los últimos tres metros hacia la silla central.

Se sentó con calma sobre la madera fría. Los hechiceros enmascarados se acercaron con paso tembloroso, portando las cuerdas consagradas para atar sus muñecas a los reposabrazos. Yuji no opuso resistencia alguna; apoyó los brazos con naturalidad y dejó que los nudos se ajustaran a su piel. Sabía que las cuerdas no eran para contenerlo a él, sino para asegurarse de que Sukuna no intentara tomar el control del cuerpo en el último espasmo de vida.

Una vez asegurado, el verdugo principal, un anciano de túnica blanca ceremonial con una katana de hoja ancha imbuida en un denso velo de energía maldita purificadora, se posicionó a un costado de la silla. El filo brillaba bajo la luz tenue de las velas.

La sala entera pareció contener el aliento. El zumbido de los talismanes en las paredes se intensificó, alcanzando un tono agudo y constante.

Yuji respiró hondo. El aire llenó sus pulmones por última vez: frío, cargado de incienso y polvo antiguo. Miró hacia arriba, hacia la pequeña abertura en lo alto de la bóveda por donde se filtraba un único rayo de luz solar matutina. Era el amanecer de Tokio. El mundo allá afuera continuaba su marcha; la gente se preparaba para tomar los trenes hacia sus trabajos, los estudiantes caminaban riendo hacia sus escuelas y las tiendas abrían sus persianas metálicas bajo el cielo despejado. Ese mundo seguiría girando gracias a él.

Volvió la mirada hacia el frente.

Megumi lo observaba con la mandíbula tensa y los ojos firmes. Gojo mantenía las manos entrelazadas al frente, la cabeza ligeramente inclinada en señal de duelo y respeto absoluto. Y Nobara... Nobara tenía las manos entrelazadas frente a su falda, apretándolas con fuerza, pero con la cabeza erguida, mirándolo directamente a los ojos sin parpadear, regalándole su presencia hasta el último milisegundo de luz.

El anciano alzó la katana sobre su hombro derecho. El brillo del acero maldito reflejó la llama temblorosa de una vela cercana.

Sukuna gruñó una última vez en la oscuridad más profunda, derrotado, encadenado y condenado al olvido perpetuo por la voluntad inquebrantable de un chico de dieciséis años.

Yuji Itadori miró a Nobara una última vez. En sus labios se dibujó aquella sonrisa franca, luminosa y deslumbrante que había iluminado los días más oscuros de todos los que lo rodeaban. Una sonrisa que proclamaba que no había arrepentimiento, que no había rencor, y que la muerte, lejos de ser un castigo, era la última y más hermosa victoria de su vida.

—Gracias a todos —murmuró Yuji con voz serena y clara.

El filo comenzó a descender cortando el aire con un silbido seco, y en el último instante, mientras el mundo se desvanecía en un destello de luz pura, Yuji cerró los ojos pensando en el sonido de las risas en Harajuku, en el calor de un abrazo bajo la lluvia y en los ojos anaranjados que lo esperarían, algún día lejano, al otro lado del camino.

≡ Índice

¿Quieres crear tu propio fanfic?

Regístrate en Fanfy y crea tus propias historias.

Crear mi fanfic

Novedades de Fanfy

Un nuevo modelo para tus historias

Hemos actualizado el modelo de generación para que tus historias sean aún mejores. El nuevo modelo ya está activado.

Si prefieres la versión anterior, elige «Anterior» en el menú de tu perfil: haz clic en tu avatar en la esquina superior derecha.

Tus capítulos ya escritos se conservan. Tu elección se aplica a las próximas generaciones.