
after hours
Fandom: kookmin , army
Creado: 20/10/2026
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Bajo la sombra del antifaz
El club nocturno estaba envuelto en una densa bruma artificial teñida de luces púrpuras y carmesí. La música electrónica retumbaba en el suelo de madera, marcando un pulso frenético que resonaba directo en el pecho de Jeon Jungkook. Era la noche de Halloween y el lugar estaba abarrotado de estudiantes universitarios, risas estridentes y copas alzadas al aire.
Jungkook ajustó el antifaz negro que cubría la mitad superior de su rostro. Su disfraz era sencillo pero impecable: una camisa oscura entreabierta en el pecho, tirantes de cuero y una máscara que solo dejaba a la vista su afilada mandíbula, sus labios carnosos y la hilera de piercings en su oreja. Con veintitrés años y una reputación intachable como uno de los alumnos más populares y brillantes de la facultad de Derecho, esa noche solo buscaba una cosa: desconectar el cerebro.
O, más exactamente, sacarse a cierta persona de la cabeza.
—Deja de fruncir el ceño, Jeon, vas a arruinar tu aura de misterio —bromeó Kim Seokjin, apoyando un codo en la barra alta mientras acomodaba su capa de vampiro con dramatismo—. Se supone que vinimos a celebrar que sobreviviste a los exámenes de mitad de semestre.
—Estoy celebrando, Jin —respondió Jungkook con una media sonrisa, dando un trago a su vaso de whisky—. Solo estaba observando el ambiente.
—Mentira, estás distraído desde que salimos del campus —intervino Mingyu, acercándose con una bandeja de chupitos luminosos—. San y yo apostamos a que sigues pensando en la demanda simulada del lunes.
—No seas aburrido, Jungkook —añadió Choi San, riendo mientras tomaba un vaso—. La noche es joven y la mitad del club no ha dejado de mirarte desde que entramos. Incluida cierta chica.
San señaló con un leve gesto de cabeza hacia una mesa cercana. Allí, Miyeon sonreía tímidamente mientras su mejor amiga, Soojin, le daba un suave codazo incitándola a acercarse. Miyeon llevaba semanas intentando captar la atención de Jungkook en los pasillos de la universidad, pero él siempre se las arreglaba para ser cortés, encantador y, al mismo tiempo, inalcanzable.
—Miyeon es agradable —dijo Jungkook en voz baja, esquivando el tema—, pero no estoy de humor para enredos.
—Tú nunca estás de humor para nadie últimamente —suspiró Seokjin, mirándolo con sospecha—. A veces creo que tienes un romance secreto con tus libros de jurisprudencia.
Si tan solo fuera con los libros, pensó Jungkook con una punzada de amargura.
El verdadero problema medía un metro setenta y cuatro, tenía el cabello rubio ceniza perfectamente peinado y cargaba con una seriedad implacable que congelaba el aire del aula cada vez que abría la boca. El profesor Park Jimin. Treinta y tres años, doctorado en Lingüística Aplicada, encargado de la cátedra de Inglés Jurídico y el hombre más estricto, inalcanzable e hipnótico que Jungkook había conocido jamás. En clase, Jimin vestía trajes a medida de tres piezas, no toleraba un segundo de retraso y jamás dedicaba una sonrisa que no fuera estrictamente protocolar.
Jungkook llevaba meses lidiando con ese flechazo silencioso, devorando cada corrección en tinta roja con una mezcla de frustración y fascinación. Pero era su profesor. Diez años mayor, inquebrantable, prohibido. Por eso Jungkook estaba allí esa noche: necesitaba ahogar esa absurda obsesión entre el ruido y el alcohol.
Al otro lado del local, en una zona VIP ligeramente más apartada del caos de la pista, la atmósfera era diferente.
—Jimin, por el amor de Dios, afloja esa postura antes de que alguien crea que viniste a clausurar el bar —dijo Kim Taehyung, pasando un brazo sobre los hombros de su colega mientras sostenía una copa de vino.
—Te advertí que no era una buena idea venir —respondió Jimin, cuya voz suave y melodiosa cargaba una nota de fastidio—. Mañana tengo que revisar cuarenta ensayos de redacción legal y todavía no termino las evaluaciones de los de tercer año.
—Es viernes por la noche y es Halloween, Minie —intervino Jung Hoseok, sonriendo ampliamente con su antifaz veneciano de plumas doradas—. Como docentes de la facultad de Humanidades, tenemos el derecho civil y moral de emborracharnos al menos dos veces al año. Además, nadie va a reconocerte. Mírate, estás increíble.
Jimin bajó la vista hacia su propio reflejo en el espejo oscuro detrás del reservado. Había cedido ante la insistencia de sus dos mejores amigos, pero al menos se había asegurado de ser irreconocible. Llevaba un antifaz de porcelana blanca con delicadas filigranas de plata que le cubría la frente, los ojos y los pómulos, dejando expuestos únicamente sus labios gruesos y su piel de porcelana. Su cabello rubio estaba revuelto con un estilo desenfadado que jamás usaría en el estrado universitario, y vestía una camisa de satén blanco perla semiabierta junto a unos pantalones de cuero negro ceñidos que se ajustaban con precisión a sus muslos y caderas.
—Sigo pensando que esto es una imprudencia —murmuró Jimin, aunque el cosquilleo del vodka con tónica en sus venas empezaba a suavizar la rigidez de sus hombros.
—La única imprudencia sería volver a tu departamento a corregir ensayos —sentenció Taehyung—. Voy a la barra por otra ronda. Hoseok, ven a ayudarme antes de que tire las copas.
Los dos amigos se alejaron entre la multitud danzante, dejando a Jimin apoyado contra la barandilla de cristal del segundo nivel. Suspiró, dejando que la música envolviera sus sentidos. Por primera vez en meses, no tenía que ser el estricto y distante profesor Park. Podía ser simplemente un hombre de treinta y tres años disfrutando del calor de la noche.
Decidió bajar las escaleras para buscar un poco de aire fresco cerca de la barra principal.
Fue en ese momento cuando Jungkook lo vio.
El estudiante acababa de rechazar amablemente una invitación de Miyeon para bailar cuando su mirada recorrió la multitud y se detuvo en seco. Al pie de las escaleras había un chico de cabello rubio platinado que parecía brillar bajo los focos estroboscópicos. Llevaba un antifaz blanco que contrastaba violentamente con la penumbra del lugar, pero lo que realmente dejó a Jungkook sin aliento fue su figura: la cadencia natural de sus pasos, la cintura pequeña acentuada por una camisa vaporosa y esos pantalones de cuero que moldeaban sus piernas de una forma casi pecaminosa.
Jungkook parpadeó, sintiendo un calor repentino subirle por el cuello.
—Oye, Jin —murmuró, sin apartar los ojos de la figura blanca—. Ahora vuelvo.
—¿A dónde vas? —preguntó Seokjin, pero Jungkook ya se había deslizado entre la marea de cuerpos.
Guiado por una atracción magnética e inexplicable, Jungkook acortó la distancia. El rubio se había detenido junto al extremo menos concurrido de la barra, esperando pacientemente a que el barman lo atendiera.
Jungkook se colocó a su lado, apoyando un brazo en el mostrador con fingida despreocupación.
—El servicio aquí es pésimo si te quedas callado —dijo Jungkook, bajando el tono de su voz para que se escuchara profunda y cercana por encima de la música.
El desconocido se giró lentamente. A través de las aberturas del antifaz blanco, unos ojos oscuros y afilados lo examinaron de arriba abajo con una mezcla de sorpresa y curiosidad.
—¿Es esa tu manera de ofrecerte a pedir un trago por mí? —respondió el rubio. Su voz era dulce, ligeramente rasposa por el ambiente, con una cadencia elegante que a Jungkook le provocó un escalofrío en la espina dorsal.
—Solo si me dices qué estás tomando —sonrió Jungkook, inclinándose un poco hacia él. La cercanía le permitió percibir su perfume: una mezcla exquisita de sándalo, vainilla y algo cítrico que le resultó dolorosamente familiar, aunque no lograba ubicar de dónde—. Aunque un ángel con máscara blanca como tú debería estar bebiendo algo más dulce que vodka puro.
El rubio soltó una risa baja, un sonido cristalino que golpeó el pecho de Jungkook con fuerza.
—No soy ningún ángel, muchacho —replicó Jimin, arqueando una ceja tras la máscara. El alcohol en su sangre le daba una audacia que rara vez se permitía—. Y el vodka es exactamente lo que necesito para soportar el exceso de clichés que la gente usa para ligar esta noche.
—Ouch. —Jungkook se llevó una mano al pecho fingiendo dolor—. Directo al orgullo. Pero no soy como los demás, te lo aseguro.
—Todos dicen lo mismo bajo una máscara negra —dijo Jimin, apoyando la espalda en la barra y cruzándose de brazos. Su postura hizo que los pantalones de cuero se tensaran sobre sus muslos, un detalle que no pasó desapercibido para los ojos hambrientos del menor.
—Ponme a prueba —retó Jungkook, dando un paso más hacia su espacio personal.
La tensión entre ambos se encendió como una chispa en pólvora seca. Durante los siguientes minutos, entre bromas afiladas y miradas que pesaban más que las palabras, el murmullo del club pareció desvanecerse. Jimin se sentía extrañamente fascinado por la confianza del chico del antifaz negro. Había una intensidad arrolladora en su porte, una mezcla de juventud vibrante y una masculinidad imponente que le hacía olvidar por completo la sensatez que siempre gobernaba sus días.
A su vez, Jungkook sentía que perdía la cabeza. Había ido allí para olvidar al profesor Jimin, pero este misterioso rubio tenía una boca fascinante, una piel suave que brillaba en la oscuridad y una manera de hablar tan articulada y segura que le recordaba... a nadie en particular, se dijo a sí mismo, cegado por el deseo y los tres vasos de alcohol que nublaban su juicio.
—Hace demasiado calor aquí adentro —murmuró Jimin de pronto, abanicándose ligeramente el cuello con la mano libre.
—Conozco un lugar más tranquilo —propuso Jungkook, sin perder el ritmo—. El pasillo que da a la terraza trasera suele estar vacío a esta hora.
Jimin dudó un segundo. La voz de la razón en el fondo de su mente le gritaba que regresara con Taehyung y Hoseok, pero la mirada ardiente tras el antifaz negro era una tentación demasiado grande.
—Guíame —susurró.
Caminaron juntos sorteando a la gente hasta cruzar una pesada cortina de terciopelo que conducía a un pasillo angosto y tenuemente iluminado por un farol de luz ámbar. El ruido de la música quedó amortiguado, convertido en un latido distante.
Apenas los dos quedaron a solas, Jungkook no esperó. Se giró, atrapando a Jimin entre su cuerpo y la pared tapizada.
Jimin contuvo la respiración al sentir la cercanía del torso del menor, firme y caliente.
—Eres peligroso —murmuró Jimin, aunque no hizo ningún intento de apartarse. Levantó la vista, encontrándose con los labios entreabiertos del desconocido a escasos centímetros de los suyos.
—Tú eres el que vino vestido para matar a cualquiera esta noche —respondió Jungkook en un susurro ronco—. Ni siquiera sé tu nombre, pero me estás volviendo loco.
—No necesitamos nombres —dijo Jimin, perdiendo el último vestigio de autocontrol ante la calidez que emanaba del chico—. Esta noche no.
Jungkook no necesitó más invitación. Acortó la distancia final y unió sus labios con los de Jimin.
El beso comenzó con una voracidad contenida, un choque eléctrico que arrancó un suspiro ahogado de la garganta del rubio. Los labios de Jimin eran tan suaves y esponjosos como Jungkook había imaginado en sus sueños más prohibidos. Jungkook llevó una mano a la cintura del mayor, atrayéndolo con fuerza posesiva contra su cuerpo, mientras que Jimin enredaba sus dedos en el cabello castaño y sedoso de Jungkook, profundizando el contacto con una entrega que jamás creyó poseer.
El sabor a licor y el roce húmedo de sus lenguas crearon un torbellino ardiente. Jimin se arqueó ligeramente contra la pared, maravillado por la fuerza y la devoción con la que el chico lo besaba, sintiendo cómo el corazón le latía desbocado en el pecho. Por un instante suspendido en el tiempo, nada existía fuera de ese rincón sombrío.
Hasta que la cortina de terciopelo se abrió de golpe.
—¡Jungkook! —la voz de Mingyu resonó en el pasillo, arrastrando las palabras por la borrachera—. ¡Jeon Jungkook, hermano, te estamos buscando! ¡Jin va a pagar los shots de tequila y si no vienes ahora se los va a tomar todos él solo!
El impacto fue instantáneo.
Jimin abrió los ojos de par en par. La palabra cayó sobre él como un balde de agua helada en pleno invierno.
¿Jungkook? ¿Jeon... Jungkook?
Con el corazón congelado por el pánico, Jimin apoyó las palmas de sus manos en el pecho del muchacho y lo empujó con fuerza hacia atrás, rompiendo el beso con un jadeo quebrado.
—Espera... déjame un minuto, Mingyu ya se va —intentó decir Jungkook, todavía aturdido por la intensidad del beso, tratando de volver a acercarse con la respiración entrecortada.
Pero Jimin ya no lo estaba mirando como a un extraño atractivo. Con la mente despejándose a una velocidad vertiginosa impulsada por la pura adrenalina, Jimin analizó los detalles que antes había ignorado: la forma de la mandíbula, el corte atlético de los hombros, el lunar diminuto justo debajo del labio inferior, los tres aros de plata en la oreja izquierda y esa manera de humedecerse los labios cuando estaba nervioso.
Era él.
Jeon Jungkook. El estudiante estrella de la carrera de Derecho. El muchacho de veintitrés años que se sentaba en la segunda fila de su aula todos los martes y jueves, el que redactaba los alegatos con una brillantez impecable y el que siempre lo saludaba con una reverencia formal al terminar la clase.
Su alumno. Al que acababa de empotrar contra una pared en el pasillo de un club nocturno.
—No puede ser... —susurró Jimin, y esta vez su voz no fue el susurro seductor de hacía unos segundos, sino el tono afilado, claro y gélido que usaba en el estrado universitario cuando un estudiante cometía una falta grave.
Jungkook se quedó petrificado.
Al escuchar esa voz sin el velo del juego previo, el velo de la ilusión se rasgó en mil pedazos. Sus ojos descendieron al antifaz blanco, luego al cabello rubio ceniza, y finalmente a la postura rígida del hombre frente a él. Ese tono. Esa inflexión aristocrática y severa.
El alcohol pareció evaporarse instantáneamente de la sangre de Jungkook, dejando solo un terror frío y electrizante.
—¿Pro... profesor Park? —balbuceó Jungkook, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies.
Jimin dio un paso atrás, acomodándose la camisa de satén con manos temblorosas mientras el rubor de la vergüenza y el desconcierto ardía furiosamente bajo su máscara.
—Quédese exactamente donde está, señor Jeon —ordenó Jimin con la voz trémula pero autoritaria, retrocediendo hacia la salida del pasillo antes de darse la vuelta y perderse en la multitud a paso apresurado, dejando a Jungkook solo en la penumbra, con el sabor de su profesor todavía ardiendo en sus labios.
