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After hours

Fandom: Army bts

Creado: 21/10/2026

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RomanceDramaAngustiaUA (Universo Alternativo)Estudio de PersonajeCelos
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Bajo la sombra del antifaz

El bajo de la música retumbaba contra el suelo de madera oscura del exclusivo club nocturno, haciendo vibrar los vasos de cristal en las mesas y agitando el aire tibio y cargado de perfume. La temática de Halloween había transformado el lugar en un laberinto de luces carmesí y sombras misteriosas, un santuario decadente donde la identidad era una opción prescindible y el anonimato se convertía en una invitación abierta al desenfreno.

Jeon Jungkook jugueteaba con el borde de su vaso de whisky, observando los cubos de hielo derretirse con lentitud. Vestía una camisa de seda negra con los primeros botones desabrochados y un antifaz de cuero oscuro tallado con filigranas que apenas dejaba al descubierto su mandíbula marcada y sus ojos penetrantes. A sus veintitrés años, siendo uno de los estudiantes más populares y prometedores de la facultad de derecho, rara vez le costaba encontrar compañía. Sin embargo, esa noche su mente estaba a kilómetros de distancia, atrapada en un aula luminosa y en la voz gélida y perfecta de un hombre al que no tenía permitido desear.

—Te lo juro, Jungkook, si no dejas de mirar ese vaso como si te debiera dinero, te voy a obligar a bailar reguetón en la barra —bromeó Seokjin, apoyando un codo sobre el respaldo del reservado mientras sostenía una copa de champán.

A su lado, Mingyu y Choi San reían a carcajadas mientras revisaban fotos en sus teléfonos, ambos con disfraces a medio camino entre héroes oscuros y villanos de película.

—Déjalo en paz, Jin —intervino San, dando un trago a su cerveza—. Seguro está pensando en el examen del lunes. Este tipo respira leyes hasta cuando duerme.

—No todo en la vida son los códigos penales —dijo una voz femenina y suave a la derecha de Jungkook.

Era Miyeon. Llevaba un vestido ajustado de terciopelo granate y una máscara veneciana adornada con plumas. Había estado buscando la atención de Jungkook durante semanas enteras en el campus, sentándose cerca de él en la biblioteca y riéndose de cualquier comentario que él hiciera. Junto a ella, su mejor amiga Soojin observaba la escena con una ceja alzada, evaluando los movimientos con calculada diversión mientras bebía un cóctel de tono azulado.

—Miyeon tiene razón —añadió Soojin, inclinándose hacia delante—. Esta noche es para perder el control, no para actuar como un erudito aburrido.

Miyeon sonrió tímidamente y rozó el brazo de Jungkook con la punta de los dedos.

—Podríamos ir a bailar, Jungkook. La pista se está llenando.

Jungkook parpadeó, volviendo a la realidad, y forzó una media sonrisa educada, esa que usaba cuando quería ser cordial sin dar falsas esperanzas.

—Agradezco la oferta, de verdad, pero necesito tomar un poco de aire antes. El ruido me tiene algo aturdido.

—No te hagas el difícil —insistió Miyeon con un mohín juguetón—. Solo una canción.

—Dame unos minutos —respondió él, poniéndose de pie con agilidad atlética—. Voy por otro trago a la barra principal.

Seokjin lo miró con complicidad desde el otro lado de la mesa, reconociendo de inmediato la maniobra de escape. Jungkook le dedicó un guiño casi imperceptible antes de deslizarse entre la multitud que colmaba el salón.

La verdad era mucho más patética de lo que cualquiera de sus amigos imaginaría. Jungkook no estaba pensando en derecho constitucional ni estaba aturdido por la música. La única razón por la que no podía corresponder a los coqueteos de Miyeon —ni a los de nadie más— era el profesor Park Jimin.

El profesor Park, de treinta y tres años, a cargo de la cátedra de inglés jurídico y literatura anglosajona contemporánea. Un hombre de cabellos rubios impecables, trajes a medida de tres piezas y una severidad tan tajante que hacía temblar a los alumnos más osados. En el aula, Jimin era una estatua de mármol: distante, impecablemente profesional, estricto hasta la médula y dueño de una elegancia cortante que no admitía réplicas. Y Jungkook, desde el primer día que lo vio entrar al aula con un portafolios de cuero y una mirada de hielo, se había descubierto irremediablemente fascinado por él. Era un capricho imposible, una obsesión secreta que se prometió enterrar esa noche a base de alcohol y distracción.

Pero el destino, o la simple ironía de la noche de brujas, tenía otros planes.

Al acercarse a la barra de mármol negro del ala oeste del club, Jungkook se detuvo en seco. A unos cuantos metros, de espaldas a él, había un hombre de baja estatura pero proporciones sobrehumanas. Llevaba una camisa blanca ligeramente holgada, confeccionada con una tela tan fina que traslucía sutilmente la silueta de sus hombros y su espalda, metida dentro de unos pantalones de cuero negro azabache que se ceñían a su cintura diminuta y resaltaban la curvatura perfecta de sus caderas y muslos.

Y coronando esa estampa, un cabello rubio platino que caía con suavidad sedosa, desordenado con gracia sobre su nuca.

Jungkook sintió que la boca se le secaba al instante. Había algo hipnótico en la postura del desconocido, una tensión elegante que irradiaba sensualidad sin esfuerzo alguno.

No muy lejos de allí, en una mesa alta próxima a la barra, Taehyung y Hoseok reían animadamente mientras bebían cócteles humeantes con hielo seco.

—Te dije que este lugar valía la pena —gritó Taehyung sobre la música, acomodándose un antifaz dorado—. Necesitabas salir de ese departamento, Jimin. Corregir ensayos un viernes por la noche debería ser considerado un delito penal.

—No exageres, Taehyung —respondió el hombre de la camisa blanca, dejando escapar un suspiro mientras daba un sorbo a su trago amargo—. Solo vine porque prometiste que nos iríamos temprano. El lunes tengo clase a las ocho de la mañana.

—Por una noche, olvídate de tus alumnos y de tus reglas —le espetó Hoseok con una sonrisa brillante y abierta—. Nadie sabe quién eres aquí. Mira a tu alrededor. Todos somos extraños.

Jimin no respondió. Se ajustó el antifaz veneciano de encaje blanco y plata que cubría la mitad superior de su rostro, ocultando sus ojos afilados pero dejando a la vista sus labios gruesos y carnosos. Tenía que admitir que el anonimato le resultaba extrañamente liberador. Toda su vida estaba construida sobre el control milimétrico: su postura, su tono de voz, su intachable reputación académica. Por una noche, la idea de desvanecerse en las sombras no sonaba tan mal.

—Iré a pedir otra ronda —dijo Jimin, levantándose del taburete—. Quédense aquí.

—¡Pide algo dulce para mí! —exclamó Taehyung antes de volver a enredarse en una conversación animada con Hoseok.

Jimin dio apenas dos pasos hacia el mostrador principal cuando sintió una presencia imponente a su lado. El calor de un cuerpo más alto, ancho y firme se detuvo justo a un palmo de distancia. Al girar la cabeza, sus ojos se toparon con un torso cubierto de seda negra y, más arriba, un par de ojos oscuros que brillaban con intensidad depredadora detrás de una máscara negra.

Jungkook no había podido contenerse. Había caminado hacia él como atraído por una fuerza magnética, olvidando a sus amigos, olvidando a Miyeon, olvidando incluso la razón por la que había ido al bar.

—El martini de manzana aquí es una estafa, por si estabas pensando en pedirlo —dijo Jungkook, con una voz profunda, grave y arrastrada por un tono de confidencia que vibró directamente en el pecho del rubio.

Jimin parpadeó, sorprendido por el descaro del recién llegado, pero la combinación de dos tragos en su sistema y la adrenalina del entorno encendió una chispa de picardía que casi nunca se permitía mostrar.

—No tengo gustos tan infantiles —respondió Jimin, curvando apenas las comisuras de sus labios carnosos—. Prefiero algo más fuerte. Un whisky seco, tal vez.

Jungkook sonrió de lado, fascinado por la forma en que las luces carmesí bañaban los labios del hombre. La voz del rubio le resultaba extrañamente melodiosa, aunque el estruendo de la música impedía que pudiera analizarla con claridad.

—Un hombre con criterio. Eso es raro por estos lados —Jungkook levantó dos dedos hacia el barman—. Dos de lo mejor que tengas, sin hielo para mi amigo aquí presente.

—No recuerdo haber aceptado que fueras mi amigo —dijo Jimin, ladeando la cabeza, evaluando la complexión atlética del muchacho, sus anchos hombros y el brillo desafiante de su mirada.

—Los desconocidos son amigos que todavía no han compartido un trago —rebatió Jungkook con soltura, apoyando un codo en la barra y acortando aún más la distancia entre ellos—. O algo mucho más interesante.

Jimin soltó una risa baja, un sonido aterciopelado que provocó un escalofrío en la columna del estudiante.

—Tienes demasiada confianza en ti mismo.

—Y tú tienes una figura que debería venir con una advertencia de peligro en la etiqueta —devolvió Jungkook sin titubear, dejando que sus ojos bajaran descaradamente por el torso esbelto y los pantalones de cuero antes de regresar al antifaz blanco—. Esos pantalones van a causar un accidente.

Jimin sintió un cosquilleo caliente subiendo por su cuello. No estaba acostumbrado a que nadie le hablara así. En la universidad, todos se dirigían a él con reverencias y formalismos temerosos. El contraste de ser deseado abiertamente, tratado como un igual por un hombre joven, atractivo y evidentemente seguro de sí mismo, actuó como un narcótico en su mente.

—Quizá ese era el objetivo —murmuró Jimin, inclinándose un centímetro hacia él cuando el barman colocó los vasos sobre la superficie de mármol.

Brindaron con un tintineo sordo. El licor bajó quemando, encendiendo la sangre de ambos. Pasaron los minutos y la conversación fluyó con una fluidez peligrosa. Hablaron entre susurros para hacerse oír por encima de la música electrónica, rozando sus hombros, sus dedos tropezando accidentalmente —o no tanto— sobre la madera del mostrador. Con cada trago, la prudencia retrocedía y la tensión aumentaba de forma exponencial. Había una química sofocante, un magnetismo animal que ninguno de los dos intentaba frenar.

—Hace demasiado calor aquí adentro —susurró Jungkook, observando cómo una gota diminuta de sudor bajaba por la garganta pálida del rubio.

—Es el caos habitual de estos sitios —respondió Jimin, sintiendo su respiración un poco más agitada de lo normal.

—Hay un pasillo más tranquilo hacia la terraza trasera. Sígueme.

No esperó confirmación. Jungkook extendió la mano engalanada con anillos de plata y envolvió los dedos más pequeños y tibios de Jimin. El contacto de piel con piel envió una corriente eléctrica que hizo que el profesor apretara los labios, pero no se soltó. Se dejó guiar a través del gentío, esquivando disfraces extravagantes hasta que doblaron una esquina poco iluminada, lejos del núcleo de la fiesta, donde el sonido quedaba amortiguado por gruesas cortinas de terciopelo.

Apenas las sombras los cubrieron por completo, Jungkook giró sobre sus talones y acorraló suavemente a Jimin contra la pared empapelada con motivos florales oscuros.

—Has estado rondando mi cabeza desde que te vi al otro lado del salón —confesó Jungkook con la respiración entrecortada, apoyando una mano a un lado de la cabeza del rubio.

Jimin levantó la barbilla. Su corazón latía con una furia desbocada que hacía años no experimentaba. La proximidad del muchacho era abrumadora; olía a madera noble, a colonia cara y a juventud desbordante. Detrás del antifaz negro, sus ojos eran pozos de deseo puro.

—¿Siempre consigues lo que quieres con tanta facilidad? —preguntó Jimin, con un hilo de voz desafiante.

—Solo cuando vale la pena el riesgo.

Jungkook no esperó más. Se inclinó y capturó los labios carnosos de Jimin en un beso hambriento.

Cualquier vestigio de racionalidad que le quedara a Jimin se evaporó en ese instante. El contacto fue devastadoramente ardiente. Jungkook besaba con una pasión implacable, guiando el ritmo con firmeza, mordisqueando el labio inferior del rubio antes de profundizar la unión. Jimin dejó escapar un gemido ahogado contra la boca ajena y, traicionando todos sus principios de compostura, enredó sus manos en la camisa de seda del joven, aferrándose a su pecho firme como si fuera su único anclaje a la realidad.

Los cuerpos encajaban a la perfección. La cadera de Jimin presionaba contra la de Jungkook, y este último deslizó una mano grande y tibia hacia la cintura del rubio, comprobando por fin la textura suave del cuero y la increíble estrechez de su talle. El beso se volvió más profundo, un intercambio frenético de aliento, sabor a whisky y deseo reprimido durante años en vidas distintas. Era perfecto, un encuentro clandestino nacido de la noche y protegido por las máscaras.

Hasta que el mundo exterior colapsó la burbuja.

—¡Jungkook! —resonó un grito resonante a unos pocos metros, doblando la esquina del pasillo—. ¡Oye, Jeon Jungkook! ¡Apúrate, hombre, Miyeon y los chicos abrieron una botella para brindar antes de que Jin se la termine toda!

Era la voz inconfundible de Choi San, resonando con potencia en el corredor semivacío.

El efecto fue instantáneo y fulminante.

El nombre cayó sobre Jimin como un balde de agua congelada. Se puso completamente rígido en los brazos del joven.

¿Jeon... Jungkook?

Jungkook se separó apenas unos milímetros, jadeando, con los labios enrojecidos y húmedos, visiblemente frustrado por la interrupción.

—Maldita sea... —masculló el menor entre dientes, girando la cabeza ligeramente hacia la entrada del pasillo con el ceño fruncido—. Denme un maldito minuto...

En ese segundo, bajo la tenue luz de la lámpara de pared, Jimin miró al muchacho con una claridad aterradora.

El perfil afilado. El corte del cabello oscuro que caía sobre la frente. El lunar diminuto justo debajo del labio inferior que la máscara no lograba tapar. Los piercings en la oreja derecha. El timbre grave y autoritario de esa voz al quejarse. Las manos grandes decoradas con tatuajes que ahora mismo reconocía con espeluznante exactitud.

Jeon Jungkook.

El mejor promedio de su clase de tercer año de derecho. El alumno que se sentaba en la segunda fila todas las mañanas de los martes y jueves, el que respondía con elocuencia impecable a sus preguntas en inglés británico, el estudiante que lo miraba fijamente durante noventa minutos con una intensidad que Jimin siempre había atribuido a la ambición académica.

El aire abandonó los pulmones de Park Jimin.

—¿Pasa algo? —preguntó Jungkook, volviendo a mirarlo con preocupación y ternura, acariciando la cintura del rubio a través del cuero—. Oye... no te preocupes por mis amigos, no van a venir hasta aquí. Podemos...

Jimin no lo dejó terminar. Con el pulso desbocado y el pánico tiñéndole las mejillas de blanco cadavérico, empujó con fuerza el pecho de Jungkook, obligándolo a dar un paso atrás.

—No me toques —dijo Jimin, su voz ahora completamente diferente: desprovista del tono seductor de hacía unos segundos, rota por el shock y congelada por el terror más absoluto.

Jungkook parpadeó, desconcertado por el cambio radical.

—¿Qué...?

Jimin retrocedió dos pasos tambaleantes, llevándose una mano trémula a los labios hinchados. Los ojos abiertos de par en par detrás de su antifaz plateado escudriñaban al muchacho con un horror visceral. Acababa de besar a su alumno. Se había dejado manosear en un rincón oscuro de un bar por el chico de veintitrés años al que tenía que evaluar el lunes a primera hora.

—No puede ser... —susurró Jimin para sí mismo, la voz quebrándose en la penumbra.

Sin darle tiempo a Jungkook para reaccionar, Jimin dio media vuelta sobre sus talones y echó a correr por el pasillo hacia la salida de emergencia, perdiéndose en el mar de disfraces y dejando al estudiante solo en la penumbra, confundido, con los labios todavía ardiendo por el fuego prohibido de su profesor.

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