
After hours
Fandom: Army
Creado: 21/10/2026
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Evidencia circunstancial
Los cuarenta minutos restantes de la cátedra se deslizaron con la lentitud agónica de una sentencia en suspenso. Para Park Jimin, cada segundo al frente del estrado fue una prueba de fuego contra su propio sistema nervioso. Explicó los pormenores de la responsabilidad extracontractual y trazó esquemas en la pizarra con una rigidez impecable, cuidando obsesivamente de no volver a clavar la mirada en el pupitre número cuatro.
Sin embargo, su piel parecía poseer una memoria traicionera e independiente: cada vez que el eco de los pasos de algún alumno resonaba en el aula o una brisa gélida se filtraba por las rendijas de los ventanales, sentía una punzada ardiente en la cintura, justo donde las manos de Jeon Jungkook se habían aferrado con posesiva devoción en aquel pasillo angosto.
Para Jungkook, en cambio, la clase se convirtió en una extraña tortura de fascinación y desconcierto.
Con el mentón apoyado en la palma de la mano y el bolígrafo girando mecánicamente entre sus dedos, Jungkook no le quitó los ojos de encima al docente. Siempre había sabido que el profesor Park era un hombre extraordinariamente atractivo —su porte aristocrático y su elegancia natural eran tema habitual de conversación en los pasillos de la facultad—, pero esa mañana había algo sutilmente fracturado en su habitual coraza de hielo. Las mejillas del rubio conservaban un rubor tenue pero persistente, y cuando se inclinaba sobre las hojas para consultar sus notas, sus dedos apretaban el borde del atril con una tensión desmedida.
—Por último —anunció Jimin, cuya voz vibró con una autoridad forzada que cortó el murmullo de la sala—, les recuerdo que las revisiones individuales para el ensayo del seminario avanzado comenzarán esta misma tarde. Quienes hayan recibido una calificación superior a la media deben presentarse en mi despacho para pulir sus argumentos preliminares. La lista con los turnos asignados está fijada en el panel exterior. Eso es todo por hoy. Pueden retirarse.
El sonido unísono de carpetas cerrándose, mochilas ajustadas y sillas arrastrándose llenó el anfiteatro. Jimin se apresuró a guardar sus marcadores y expedientes dentro de su portafolios de cuero sin levantar la cabeza, deseando desesperadamente que el aula quedara vacía antes de que pudiera cometer otra imprudencia.
—Vaya humor que se carga hoy —susurró Mingyu mientras se levantaba de su asiento y se estiraba con pereza—. Te felicito por sobrevivir a su interrogatorio, Jungkook. Por un segundo juré que te iba a desollar vivo delante de todos.
—Fue una respuesta aceptable, nada más —murmuró Jungkook, recogiendo sus cuadernos con una lentitud deliberada.
—¿Aceptable? —intervino Seokjin, cruzándose de brazos frente al pupitre—. Jeon, el profesor Park jamás le dice a nadie que su intervención es aceptable a menos que haya sido perfecta. Ese hombre tiene estándares diseñados para robots. Pero bueno, apresúrate, tenemos que ir a la cafetería antes de que se acaben los sándwiches decentes.
—Adelántense ustedes —dijo Jungkook, colocándose la mochila sobre un solo hombro—. Tengo que revisar la lista en el panel para ver a qué hora me toca la tutoría.
—Como quieras, cerebrito —bromeó Mingyu, dándole una palmada en la espalda antes de enfilar hacia la salida junto a Seokjin y San.
Jungkook dejó que la marea de estudiantes lo envolviera en el pasillo exterior hasta llegar a la vitrina de corcho. Recorrió con el índice los nombres mecanografiados hasta encontrar el suyo: Jeon Jungkook – 16:30 horas – Despacho 214.
Una sonrisa diminuta y casi imperceptible curvó la comisura de sus labios. Cuatro y media de la tarde. Una cita a solas con el docente más inaccesible de la universidad. Jungkook sacudió la cabeza, reprimiéndose a sí mismo por el cosquilleo ilícito que recorrió su columna. Se suponía que debía estar concentrado en su carrera, no fantaseando con un profesor que le doblaba la rigidez de carácter y que probablemente lo expulsaría del campus si supiera qué clase de pensamientos albergaba hacia él. Además, tenía que encontrar al misterioso rubio de la fiesta; ese enigma aún le quemaba el pecho como una brasa encendida.
Al otro lado del pasillo de los departamentos docentes, el ambiente era mucho más sofocante.
Jimin acababa de cerrar la puerta de su despacho cuando la manija volvió a girar de golpe, haciéndolo saltar sobre sus propios pies como si hubiera visto a un espectro.
—Dios mío, Minnie, parece que viste a un muerto —dijo Kim Taehyung, cerrando la puerta tras de sí con el pie mientras sostenía dos vasos de café humeante—. Hoseok me dijo que te vio en el descanso y que parecías a punto de sufrir una combustión espontánea. ¿Qué te pasa?
Jimin se dejó caer pesadamente sobre el sillón de cuero detrás de su escritorio, quitándose los anteojos y frotándose el puente de la nariz con dos dedos temblorosos.
—Nada. No dormí bien este fin de semana, eso es todo. Demasiado trabajo acumulado.
Taehyung dejó uno de los cafés sobre el escritorio y se sentó en el borde de la mesa, observando a su colega con una ceja alzada y una mirada cargada de escepticismo.
—Claro, el trabajo. Seguro que no tiene nada que ver con la forma en que saliste corriendo del club el viernes por la noche, dejándonos a Hoseok y a mí con la cuenta y un montón de preguntas. Parecía que huías de la mismísima policía.
Jimin sintió que el estómago se le comprimía hasta volverse diminuto.
—Había demasiada gente, Taehyung. El aire era pesado y me sentí mareado. Ya te lo dije.
—Jimin, te conozco desde la facultad de posgrado —replicó Taehyung en voz baja, inclinándose hacia él—. Tú no te asustas de una multitud ni te mareas con dos copas de vodka. Estabas pálido como una hoja de papel y tus pupilas parecían platos. ¿Alguien te reconoció? ¿Fue eso? ¿Viste a algún decano o a un alumno?
El silencio que siguió a la pregunta fue tan denso que casi se podía cortar con una tijera. Jimin sostuvo la mirada de su mejor amigo durante tres segundos antes de desviar los ojos hacia el ventanal que daba al patio interior, donde las primeras gotas de una lluvia otoñal comenzaban a golpear el cristal.
—No —mintió Jimin, odiando el sabor amargo de la falsedad en su garganta—. Nadie me reconoció. Solo me di cuenta de lo ridículo que era estar ahí con pantalones de cuero y una máscara, comportándome como un universitario inmaduro. Soy un profesor titular, Tae. Si alguien me hubiera visto...
—Si alguien te hubiera visto, habría pensado que eres el hombre más deslumbrante de todo el maldito lugar —interrumpió Taehyung con un suspiro resignado—. Tienes treinta y tres años, no estás muerto. A veces te exiges tanto que olvidas que sigues teniendo derecho a respirar.
—Tengo un estándar que mantener —dijo Jimin secamente, recomponiendo su postura y colocándose los anteojos de nuevo—. Y ahora, si no te molesta, tengo que preparar las correcciones. Las tutorías empiezan en veinte minutos.
Taehyung lo observó unos instantes más, sabiendo perfectamente cuándo Jimin levantaba sus murallas infranqueables, y finalmente levantó las manos en señal de rendición.
—Bien, me voy. Pero tómate el café antes de que se enfríe. Te ves como si fueras a desmayarte en cualquier momento.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, Jimin exhaló un suspiro largo y tembloroso. Se puso de pie, caminó hacia la pequeña ventana abatible y la abrió unos centímetros para permitir que el aire húmedo y frío del exterior entrara a la estancia. De repente, una idea aterradora le golpeó el pecho como un rayo: se llevó los dedos al cuello de su camisa y aspiró con disimulo.
El aroma a sándalo, vainilla y bergamota flotaba inconfundible en su piel. Era la misma colonia de diseñador que llevaba usando de manera religiosa durante los últimos cinco años; la misma fragancia que Jungkook había inhalado a escasos milímetros de su clavícula mientras lo empujaba contra la pared del club nocturno.
—Maldita sea —maldijo entre dientes, buscando desesperadamente entre los cajones de su escritorio.
No tenía una muda de ropa ni otro perfume a mano. Lo único que pudo hacer fue abrir la ventana un poco más, desabrochar el botón superior de su chaleco y rezar para que el olor a papel viejo, café negro y lluvia fuera suficiente para amortiguar cualquier rastro de familiaridad.
Las horas transcurrieron en una tensa monotonía. Cuatro estudiantes pasaron por el despacho, recibieron sus críticas constructivas con reverencias educadas y se marcharon. Con cada minuto que el reloj avanzaba, la ansiedad de Jimin crecía exponencialmente, acumulándose en la base de su nuca como un peso de plomo.
A las cuatro y media en punto, tres golpes firmes y pausados resonaron en la madera de la puerta.
El corazón de Jimin dio un vuelco violento contra sus costillas.
—Adelante —dijo, asegurándose de que su voz sonara tan neutra, gélida e impersonal como siempre.
La puerta se abrió y Jeon Jungkook entró al despacho.
Traía el cabello húmedo por la llovizna exterior, ligeramente despeinado sobre la frente, y se quitó la chaqueta de cuero nada más entrar, dejándola colgada de su antebrazo. Debajo llevaba una camiseta negra de punto ajustada que marcaba la amplitud de su pecho y hombros con una naturalidad insultante.
—Buenas tardes, profesor Park —saludó Jungkook, inclinando la cabeza con una cortesía impecable.
—Buenas tardes, señor Jeon —respondió Jimin, señalando con la pluma estilográfica la silla de madera frente al escritorio—. Tome asiento, por favor. Cierre la puerta.
Jungkook obedeció. Al girarse para cerrar la puerta, el aire dentro del despacho cambió. El aroma del ambiente lo envolvió en una fracción de segundo: el olor a libros de jurisprudencia encuadernados en cuero, la humedad de la ventana entreabierta y, por debajo de todo eso, flotando con una claridad cristalina... sándalo. Vainilla. Un destello cítrico.
Jungkook se detuvo con la mano aún apoyada en la manija de bronce.
Un escalofrío eléctrico recorrió su columna vertebral, tan repentino y punzante que sus músculos se tensaron al instante. Era el mismo aroma. La misma exacta combinación que había quedado impregnada en el cuello de su propia camisa la noche de Halloween; la fragancia que había pasado tres días intentando identificar en vano.
Parpadeó, obligándose a procesar la información con frialdad lógica. «Es una coincidencia. Es una colonia cara. Mucha gente usa esa marca», se dijo a sí mismo, intentando sofocar el repentino aceleramiento de su pulso.
Caminó hacia el escritorio y tomó asiento, depositando su carpeta sobre el roble pulido.
—He revisado la primera entrega de su propuesta de tesis —comenzó Jimin sin preámbulos, manteniendo la mirada fija en los folios impresos para evitar encontrar los ojos oscuros del muchacho—. Su argumentación sobre la aplicación de los contratos mercantiles en disputas transfronterizas es sólida, pero comete un error metodológico en el segundo capítulo.
—¿Un error metodológico? —preguntó Jungkook, inclinándose ligeramente hacia adelante sobre el escritorio.
El movimiento redujo la distancia entre ambos a menos de un metro. Jimin sintió una ráfaga de calor invadirle el espacio personal. La presencia del menor era abrumadora, cargada de una vitalidad que desentonaba por completo con la frialdad académica del entorno.
—Confunde la jurisdicción aplicable con la ley rectora del contrato —explicó Jimin, carraspeando ligeramente y extendiendo un dedo de uñas cortas y cuidadas sobre el párrafo en cuestión—. Mire aquí. Cita un precedente británico cuando el caso que está analizando se rige bajo la convención de Viena. Si presenta esto ante un tribunal simulado, la contraparte desmantelará su caso en menos de cinco minutos.
Jungkook bajó la vista hacia el papel, pero en lugar de leer el texto, sus ojos se detuvieron en la mano de Jimin.
Eran manos pequeñas, de piel extremadamente blanca, con dedos gráciles y proporcionados. Jimin llevaba un anillo de plata simple en el pulgar y otro en el dedo medio. Las mismas manos que, en la penumbra de un pasillo iluminado por un farol ámbar, se habían enredado desesperadas en su cabello, tirando de él con una mezcla de sorpresa y necesidad ardiente.
La respiración de Jungkook se volvió un poco más densa.
—Entiendo el punto, profesor —dijo Jungkook con una voz deliberadamente pausada, más grave y profunda de lo habitual—. Supongo que me dejé llevar por la fuerza del argumento y descuidé los detalles formales.
Jimin levantó la mirada por fin, cometiendo el gravísimo error de buscar los ojos del estudiante.
Jungkook no estaba mirando el papel. Lo estaba mirando a él. Directo a los labios.
La atmósfera del despacho se transformó de inmediato. El sonido de la lluvia contra el cristal exterior pareció desvanecerse, sustituido por el compás silencioso y tenso de sus propias respiraciones contenidas. Por un instante suspendido en el aire, Jimin vio reflejada en la mirada oscura de Jungkook la misma voracidad, la misma chispa indómita que lo había arrinconado contra la pared el viernes por la noche.
A Jimin se le cortó el aliento. En un intento apresurado por romper el hechizo, retiró la mano del papel con demasiada brusquedad. El movimiento desmañado golpeó el tintero de cristal que descansaba junto a sus carpetas.
—Cuidado —advirtió Jungkook con reflejos implacables.
El muchacho estiró el brazo sobre el escritorio para atrapar el frasco antes de que rodara y derramara su contenido sobre los documentos. Al hacerlo, la palma de la mano de Jungkook rozó de lleno los nudillos de Jimin.
El contacto fue apenas un destello de piel contra piel, pero la reacción fue devastadora.
Jimin soltó un jadeo ahogado y apartó la mano como si se hubiera quemado con una plancha al rojo vivo. Sus hombros se tensaron violentamente y sus ojos se abrieron desmesuradamente detrás de los anteojos, cargados de un terror y una turbación tan evidentes que resultaban imposibles de ocultar.
Jungkook sostuvo el tintero con una mano, pero no se apartó. Se quedó a escasos centímetros del rostro de Jimin, con el cuerpo inclinado sobre el escritorio.
A esa distancia, el perfume era inconfundible. Envolvente, dulce, embriagador.
Y no solo eso.
Jungkook observó con una nitidez casi dolorosa los labios carnosos del profesor, que estaban ligeramente entreabiertos por la agitación; la suavidad de su piel lechosa; la curva precisa de su mandíbula. El recuerdo del beso volvió con la fuerza de una marea embravecida: la textura de esa boca, el calor de ese cuerpo menudo pero firme, la manera en que había suspirado contra sus propios labios antes de que Mingyu rompiera el encanto.
El cerebro de Jungkook, entrenado para conectar evidencias dispersas y construir conclusiones irrefutables, unió las piezas con una velocidad vertiginosa.
El antifaz blanco que cubría los ojos pero dejaba ver los labios. El cabello rubio ceniza, desordenado esa noche, peinado con rigor hoy. La estatura exacta. El perfume exclusivo. Y, sobre todo, el pánico absoluto en esos ojos almendrados que ahora lo miraban como si estuviera a punto de ejecutarlo.
«Fuiste tú», pensó Jungkook, sintiendo un estallido de adrenalina pura correrle por las venas. «El ángel de la máscara blanca... era el profesor Park».
—Señor Jeon —la voz de Jimin tembló ligeramente antes de recuperar una forzada compostura gélida—. Suelte el tintero y tome asiento correctamente. No estamos en una taberna.
Jungkook no se movió de inmediato. Apoyó el frasco sobre la madera con deliberada lentitud, manteniendo sus ojos clavados en los de su docente. Una media sonrisa ladina, cargada de una audacia que jamás se había atrevido a mostrar en el aula, comenzó a formarse en sus labios.
—Mis disculpas, profesor Park —murmuró Jungkook, recostándose finalmente en el respaldo de su silla, pero sin apartar la mirada ni un milímetro—. Solo intentaba evitar un accidente. Sería una lástima que algo tan delicado se rompiera por una mala maniobra.
Jimin tragó saliva con extrema dificultad, sintiendo que el cuello de su camisa se convertía en una soga asfixiante.
—Corrija las citas del segundo capítulo para el próximo martes —ordenó Jimin, cerrando la carpeta de Jungkook de un golpe seco y empujándola hacia el borde del escritorio con manos que luchaba por mantener firmes—. Y asegúrese de no descuidar los detalles formales. En el derecho, las apariencias y las normas son lo único que nos separa del caos.
Jungkook tomó la carpeta y se puso de pie con parsimonia. Se acomodó la chaqueta de cuero en el antebrazo y dio un paso hacia la puerta, pero antes de girar la manija, se detuvo.
Miró por encima de su hombro, encontrando a Jimin todavía rígido tras el escritorio, vigilándolo como a un intruso peligroso.
—Una última pregunta, profesor Park —dijo Jungkook en tono inocente, aunque sus ojos brillaban con un fuego oscuro e inquisitivo.
—¿Qué ocurre?
—Ese perfume que usa... es sándalo con vainilla, ¿verdad? —preguntó el muchacho con suavidad—. Es muy particular. Conocí a alguien el viernes por la noche que olía exactamente igual. Una persona bastante... inolvidable, de hecho.
El color abandonó por completo el rostro de Jimin, dejándolo pálido como el mármol. El aire se congeló en sus pulmones.
—Uso esta fragancia desde hace años, señor Jeon —respondió Jimin, obligando a sus cuerdas vocales a sonar firmes, aunque un leve temblor traicionero amenazaba con quebrarlo—. No creo que tenga nada de extraordinario. Buenas tardes.
Jungkook sostuvo la mirada del rubio durante dos segundos interminables. La tensión en la habitación era tan espesa que parecía a punto de estallar en chispas. Finalmente, el estudiante inclinó la cabeza con una reverencia formal y perfecta.
—Buenas tardes, profesor Park. Nos vemos el jueves en clase.
La puerta se abrió y se cerró tras él con un clic suave y definitivo.
En el instante en que los pasos de Jungkook se alejaron por el pasillo desierto, Jimin colapsó hacia adelante, apoyando los codos sobre el escritorio y enterrando el rostro entre las manos. Su respiración salía entrecortada, rápida y desbocada.
Lo sabía. Jungkook no tenía pruebas concluyentes, pero lo sabía. Lo había visto en la forma en que lo miraba, en esa sonrisa desafiante y en la insinuación letal de sus últimas palabras.
El estricto profesor Park Jimin acababa de entrar en un juego clandestino del que no tenía la menor idea de cómo escapar; un juego donde su alumno más brillante tenía todas las de ganar, y donde un solo error más le costaría absolutamente todo.
