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Fandom: eltingvilleclub

Creado: 22/10/2026

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Fricción en el sótano audiovisual

Maddy siempre había considerado que el instituto era un mal necesario, un túnel grisáceo que debía cruzar con la cabeza agachada, las calificaciones impecables y el menor contacto visual posible. Su fórmula de supervivencia era matemática, precisa y carente de variables caóticas. Al menos, así había sido hasta que el profesor de historia contemporánea, con una sonrisa apática propia de alguien a quien le faltaban dos años para jubilarse, decidió que el trabajo de fin de semestre sobre la Guerra Fría y su reflejo en la cultura popular se haría en grupos asignados al azar.

Fue entonces cuando la realidad se derrumbó.

En la mesa del rincón del aula se sentaba una anomalía biológica y social: el infame Eltingville Comic Book, Science-Fiction, Fantasy, Horror, and Role-Playing Club. Cuatro adolescentes cuya sola presencia parecía alterar la presión barométrica de la sala mediante una combinación de sudor agrio, resentimiento acumulado y un fanatismo tóxico que rayaba en la psicopatía. Y Maddy, por pura ironía del destino, había sido asignada a liderar a uno de ellos: Bill Dickey.

O peor aún, a compartir grupo con toda la camada, aunque los otros tres no tardaron en evaporarse tras una disputa encarnizada sobre si la adaptación radiofónica de La guerra de los mundos de Orson Welles calificaba como ciencia ficción pura o histeria mediática no canónica. Jerry se había marchado furioso amenazando con quemar la colección de miniaturas de Joe; Pete se había quedado dormido sobre una bolsa de patatas rancias; y Joe se había desentendido por completo tras afirmar que la Guerra Fría era un invento propagandístico para vender muñecos de acción de baja calidad.

Eso dejaba a Maddy a solas con el líder indiscutible del grupo.

Bill Dickey.

Bill era alto, desgarbado, con una postura perpetuamente encorvada que sugería demasiadas horas inclinándose sobre cajas de cómics sin archivar. Llevaba una chaqueta de pana que parecía haber sobrevivido a tres guerras nucleares y su rostro lucía una expresión permanente de asco hacia la raza humana. Pero lo peor no era su aspecto; lo peor era su voz, un taladro nasal y pedante que no se detenía ni para respirar.

—Escúchame con atención, novata —había dicho Bill en cuanto el profesor dio la orden de organizarse—. No voy a permitir que una diletante que probablemente cree que Stan Lee escribió cada viñeta del Universo Marvel arruine mi expediente académico. Nos centraremos en la histeria anticomunista reflejada en la censura de Tales from the Crypt y la creación del Comics Code Authority en 1954. Tengo veintiocho ensayos inéditos sobre el tema en mi máquina de escribir. Tú solo te limitarás a mecanografiar lo que yo te dicte y a asegurarte de que la bibliografía cumpla con el estándar de la Universidad de Chicago. ¿Entendido?

Maddy se había quedado helada, apretando su bolígrafo de cuatro colores con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos.

—El tema del proyecto —respondió ella con un hilo de voz, tratando de no temblar— es el impacto de la carrera armamentística en la vida cotidiana de los ciudadanos de a pie. No los cómics de monstruos, Dickey.

—¡Esos «cómics de monstruos» eran la voz de una generación silenciada por el macartismo, analfabeta cultural! —chilló él, escupiendo una microscópica gota de saliva que aterrizó milimétricamente junto al estuche de Maddy.

Aquello había ocurrido el lunes.

Ahora era viernes por la tarde. El edificio principal del instituto estaba prácticamente desierto, sumido en ese silencio fantasmal que solo los conserjes y las luces fluorescentes defectuosas conocen. Maddy y Bill habían conseguido un permiso especial para utilizar el almacén anexo al aula de audiovisuales en el sótano, donde se custodiaban viejos periódicos escolares, proyectores de dieciséis milímetros dados de baja y rollos de microfichas que nadie había consultado desde la administración Carter.

El lugar olía a polvo, ozono y papel descompuesto. Entre las dos filas interminables de estanterías metálicas, iluminadas apenas por una bombilla desnuda que zumbaba con furia intermitente, la tensión entre ambos había alcanzado el punto de ignición.

—Te lo he dicho cincuenta veces —dijo Maddy, arrojando una carpeta sobre una mesa de metal oxidado—. No podemos dedicar cuarenta páginas a destripar la biografía de William Gaines mientras liquidamos la crisis de los misiles en Cuba en un solo párrafo. ¡El profesor nos va a suspender!

Bill ni siquiera levantó la vista del montón de revistas amarillentas que sostenía contra su pecho.

—Tu cobardía intelectual me resulta patética —replicó con sarcasmo—. El profesor Campbell es un burócrata castrado que no sabe nada de historia viva. Si no comprende la correlación directa entre el temor a la aniquilación atómica y la publicación clandestina de sátiras políticas dibujadas por Wally Wood, merece ser destituido. Pero claro, tú preferirías entregar un resumen estúpido copiado de la enciclopedia para ganarte una palmadita en la espalda. ¿Verdad, Maddy? ¿Quieres tu brillante «A» para presumir con las animadoras?

Maddy sintió que algo se fracturaba dentro de ella. Había tolerado su mal humor, sus insultos velados, el hedor rancio de su chaqueta, su desprecio sistemático hacia cualquiera que no supiera de memoria el número de registro de cada nave espacial de la ciencia ficción de los años cincuenta. Había tolerado que la llamara «normie», «turista» y «parásito cognitivo».

Pero acusarla de mediocre era cruzar una línea que ni su legendaria timidez podía soportar.

—¡Cierra la boca! —gritó Maddy.

El eco de su voz retumbó en las paredes de hormigón del sótano. Bill se detuvo en seco, con los ojos muy abiertos detrás de sus gruesos cristales manchados de grasa. Parecía genuinamente sorprendido de que aquel montón de suéteres holgados y cuadernos perfectamente subrayados pudiera emitir un volumen superior a los cuarenta decibelios.

—¿Qué has dicho? —masculló él, frunciendo el ceño de inmediato para recuperar su pose agresiva.

—He dicho que te calles la maldita boca, Bill —insistió ella, avanzando un paso hacia él. Maddy estaba temblando, pero no de miedo, sino de una rabia electrizante que le quemaba las mejillas—. No eres un genio incomprendido. No eres un mártir de la cultura. Eres simplemente un tipo insoportable, egoísta y profundamente amargado que no puede aceptar que a nadie le importa una mierda tu absurda colección de rencores adolescentes.

Bill dejó caer las revistas sobre la mesa con un golpe seco. La sangre le subió al rostro, tiñendo su piel pálida de un tono violáceo ridículo.

—¡Tú no tienes ni la menor idea de lo que hablas! —bramó, acortando la distancia entre ambos hasta invadir por completo el espacio personal de Maddy—. ¡Yo vivo para esto! ¡El club se mantiene en pie porque yo tengo la visión, la devoción y la pureza estética que una mente hueca y convencional como la tuya jamás podría procesar! ¡Te crees muy lista con tus fichas de colores y tu caligrafía perfecta, pero eres una cáscara vacía, una marioneta del sistema escolar que...!

—¡Eres un imbécil patético! —lo interrumpió ella, señalándole el pecho con un dedo acusador—. ¡Ni siquiera tus amigos te aguantan! ¡Pete se duerme para no oírte, Jerry te desprecia y Joe se burla de ti a tus espaldas! ¡Estás solo, Bill Dickey! ¡Solo en tu pequeño y mohoso basurero de papel barato!

Aquello fue un golpe bajo. Un impacto directo en la línea de flotación de un orgullo construido a base de catálogos de pedidos por correo y noches sin dormir discutiendo con extraños en fanzines fotocopiados.

Bill abrió la boca para rugir un insulto definitivo, dando un paso impulsivo hacia adelante. Maddy, arrastrada por la inercia del enfrentamiento, no retrocedió. Tropezó levemente con el cable de una lámpara auxiliar que serpenteaba por el suelo y, al intentar recuperar el equilibrio, agarró instintivamente la solapa de la chaqueta de Bill.

Él, sorprendido por el tirón y desmañado por naturaleza, no logró sostenerse. Con un movimiento torpe y carente de cualquier atisbo de gracia atlética, ambos cayeron hacia atrás, empujando con violencia una de las estanterías metálicas más antiguas del archivo.

El choque fue ensordecedor. Las patas de metal del estante crujieron bajo el impacto, desestabilizándose hacia un lado hasta quedar encajadas contra el muro opuesto en un ángulo oblicuo y peligroso. Cajas de cartón repletas de diapositivas, bobinas de cinta magnética y archivadores pesados comenzaron a llover sobre ellos como una avalancha de recuerdos descartados por la administración educativa.

Para evitar el desastre, Bill, en un reflejo puramente instintivo que contradecía su habitual desdén por el bienestar ajeno, giró el cuerpo y rodeó la cabeza de Maddy con sus brazos, amortiguando la caída contra el suelo de linóleo sucio mientras la estructura de acero quedaba trabada a escasos centímetros de sus cabezas, atrapándolos en un reducto estrecho, oscuro y claustrofóbico entre la pared y el mueble colapsado.

El estrépito cesó. Solo quedó el sonido de una bobina de película rodando lentamente hasta detenerse con un chasquido sordo contra la puerta metálica del almacén.

Luego, el silencio.

Maddy abrió los ojos con el corazón galopando contra sus costillas. El aire estaba saturado de polvo flotante que la obligó a toser débilmente. Estaba completamente inmovilizada.

Y estaba encima de Bill.

O más bien, él la sostenía apresada contra su propio torso para protegerla de los cantos afilados de los estantes que los cercaban por los costados. Sus piernas estaban entrelazadas de manera caótica; la respiración agitada de Bill le golpeaba la frente con una calidez incómoda y desarmante. A través de la tela áspera de su suéter, Maddy podía sentir el latido desbocado del corazón de él, tan rápido y aterrorizado como el suyo propio.

—Quítate... —susurró Maddy, aunque el espacio era tan exiguo que apenas podía mover las muñecas.

—No te muevas, idiota —espetó Bill con una voz que pretendía ser amenazante, pero que salió quebrada, aguda y peligrosamente vulnerable—. Si empujas ese larguero, nos va a caer encima la colección entera del anuario escolar de 1962 a 1978. Y créeme, esas cosas son de tapa dura y pesan como un ladrillo.

Maddy tragó saliva. La oscuridad era casi total, salvo por un haz delgado de luz amarillenta que se filtraba a través de las rendijas de metal y que caía directamente sobre el rostro de Bill.

Sin su postura desafiante, sin los brazos en jarras y los gritos ensordecedores, Bill se veía... distinto. Sus gafas se habían torcido hacia un lado, dejando ver unos ojos oscuros que la miraban fijamente, despojados por un instante de esa capa de hostilidad furibunda que solía vestir como una armadura. Por primera vez, Maddy notó que sus pestañas eran largas y que tenía un pequeño lunar cerca de la comisura de los labios.

Estaban tan cerca que podía percibir el olor a café barato, a detergente genérico y a ese aroma dulzón a papel viejo que parecía formar parte indisoluble de su piel.

—¿Me estás aplastando las costillas, lo sabes? —se quejó Bill en voz baja, aunque no hizo el menor intento de empujarla hacia el espacio vacío a su costado.

—Tú me arrastraste hacia la estantería —replicó ella, negándose a ceder terreno a pesar de la ridícula posición en la que se encontraban—. Eres un patoso, Dickey.

—¡Tú me agarraste de la chaqueta! ¡Esta pana es auténtica, no puedes andar destrozándola como si fuera un trapo de cocina!

—¡Porque me ibas a pisar!

—¡No te iba a pisar, te estaba acorralando dialécticamente!

—¡Eso ni siquiera tiene sentido!

Se quedaron callados otra vez. Los dos estaban hiperventilando. Sus miradas se mantuvieron trabadas en la penumbra, una colisión silenciosa que parecía prolongar la discusión por otros medios mucho más alarmantes. El espacio reducido no dejaba margen para fingir indiferencia. Con cada inhalación de Maddy, su pecho rozaba el de Bill, y con cada exhalación, él tensaba imperceptiblemente los músculos de los brazos, que aún descansaban alrededor de la cintura y los hombros de ella.

Bill tragó saliva ruidosamente. Su manzana de Adán subió y bajó de manera espasmódica.

—¿Por qué no te apartas un poco a la izquierda? —preguntó él. Su tono había perdido casi toda la arrogancia, reducido a una incomodidad palpable y tosca.

—Hay un borde metálico oxidado clavándoseme en la cadera —respondió Maddy entre dientes, sintiendo que un calor abrasador le subía desde el cuello hasta las orejas—. A menos que quieras que me dé tétanos, no puedo moverme.

—Genial. Simplemente genial. Voy a morir asfixiado bajo el peso de una neurótica obsesionada con los márgenes de página.

—Cállate, Bill.

—No me digas que me calle. Este es mi territorio. Si muero aquí, mi espíritu vagará para sabotear tus exámenes de álgebra.

Maddy dejó escapar una risa involuntaria, corta y amarga, que vibró contra el pecho de él. El sonido pareció descolocar a Bill más que cualquier insulto previo. El chico parpadeó repetidamente, observando cómo los labios de Maddy se curvaban levemente hacia arriba a escasos centímetros de los suyos.

—Tienes una risa espantosa —murmuró él, pero sus dedos, torpes y rígidos, se cerraron con suavidad sobre la tela del suéter de Maddy en lugar de soltarla.

—Y tú eres un completo desastre —dijo ella, cuya voz había perdido de repente toda la agresividad, transformándose en una cadencia suave, casi hipnótica, que flotaba en el aire estancado del sótano.

Bill Dickey nunca había estado tan cerca de una chica en toda su vida. Había leído incontables cómics románticos de los años cincuenta para analizar los patrones narrativos de John Romita, había memorizado los diálogos melodramáticos de cientos de seriales televisivos y podía recitar la historia de amor entre Reed Richards y Sue Storm con una precisión enciclopédica aterradora. Pero la realidad de la proximidad física —el calor de un cuerpo real, el pulso acelerado de alguien que no era un dibujo impreso sobre papel de pulpa— era un abismo para el que ningún fanzine lo había preparado.

—Maddy... —empezó a decir él, con la lengua pesada y la garganta seca.

—¿Qué?

—El capítulo de Gaines... —vaciló, perdiendo el hilo de su propia pedantería mientras bajaba la vista hacia los labios de ella y luego la subía apresuradamente hacia sus ojos—. Podríamos... podríamos reducirlo a ocho páginas. Y añadir un apartado sobre el puente aéreo de Berlín. Si te hace ilusión.

Maddy arqueó una ceja, sorprendida por la capitulación más monumental en la historia del Eltingville Club.

—¿Estás dispuesto a ceder terreno en tu dogma sagrado? —preguntó con un tono ligeramente burlón, aunque sus mejillas continuaban ardiendo.

—Solo estoy siendo pragmático —farfulló Bill, desviando la mirada hacia las rendijas de metal sobre sus cabezas, aunque su respiración se entrecortaba cada vez más—. No puedo permitir que una calificación deficiente manche mi reputación por culpa de tu terquedad.

—Eres un mentiroso pésimo, Dickey.

—Y tú eres insoportable, Maddy. Absolutamente insoportable.

Ella no respondió. En lugar de eso, apoyó una mano en el suelo de linóleo, intentando levantarse apenas una pulgada para aliviar la presión sobre su cadera, pero el movimiento solo provocó que sus rostros quedaran peligrosamente alineados, rozando casi sus narices. Bill contuvo la respiración por completo. Sus ojos se abrieron desmesuradamente detrás de los cristales y sus manos, antes indecisas, subieron lentamente hasta posarse sobre los omóplatos de ella, sosteniéndola con una torpeza desesperada que delataba un pánico que no tenía nada que ver con los estantes caídos.

Durante tres segundos eternos, ninguno de los dos habló.

El odio visceral de los últimos días se había retorcido, cocinado a fuego lento en la estrechez de aquel sótano polvoriento, hasta transformarse en una corriente densa, inexplicable y abrumadora. Estaban atrapados, enfadados, cubiertos de hollín de microfichas y sudor frío, pero ninguno de los dos intentó apartar la mirada.

—Si me besas —susurró Maddy con un hilo de voz desafiante, sin saber muy bien de dónde sacaba el valor—, te juro que quemaré todas tus revistas.

Bill frunció el ceño, recuperando una fracción microscópica de su habitual orgullo combativo.

—Son piezas de coleccionista, idiota —respondió él en un susurro ronco, cerrando los últimos milímetros que los separaban—. Inténtalo y te arrepentirás toda la vida.

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