
Otro universo
Fandom: Marvel
Creado: 23/10/2026
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Reflejos de un futuro improbable
El destello púrpura del artefacto interdimensional todavía ardía en las retinas de Peter Parker cuando su cuerpo se estrelló contra el asfalto mojado. Rodó sobre la gravilla, raspando el tejido elástico de su traje rojo y azul, hasta frenar su impulso contra un contenedor de basura metálico. El impacto le sacó el aire de los pulmones con un quejido sordo.
Por un instante, solo se escuchó el zumbido eléctrico en sus oídos y el constante goteo del agua cayendo desde las cornisas de los edificios.
—Maldita sea... —murmuró Peter, llevándose una mano enguantada a la cabeza—. Sabía que no debíamos confiar en un tipo con una máquina brillante en medio de un almacén clandestino.
Y hablando de malas compañías: ¿dónde estaba Wade?
Hacía apenas cinco minutos, el mercenario bocazas estaba persiguiendo a los secuaces de turno, soltando comentarios obscenos sobre lo bien que le quedaban las mallas a Peter y lanzando amenazas de muerte aderezadas con chistes malos. Pero al cruzar aquel vórtice giratorio, la presión del espacio se los había tragado a ambos y los había escupido por separado.
Peter se incorporó lentamente. Sus ojos avellana, ocultos tras los grandes lentes blancos de su máscara, examinaron el entorno. Era un callejón estrecho y lúgubre, típico de Nueva York. Sin embargo, había algo ligeramente fuera de lugar: los carteles publicitarios al fondo de la avenida mostraban marcas que jamás había visto en su vida y el perfil de los rascacielos tenía sutiles variaciones arquitectónicas.
Antes de que pudiera dar dos pasos, un escalofrío helado le recorrió la espina dorsal.
Su sentido arácnido no solo tintineó; rugió como una campana de bronce.
Peter reaccionó por puro instinto, flexionando las rodillas para saltar, pero una figura oscura descendió desde las sombras con una velocidad aterradora. En una fracción de segundo, dos manos enguantadas lo atraparon por el pecho y lo empujaron con una fuerza descomunal, estampándolo de espaldas contra la pared de ladrillos.
El aire volvió a abandonar sus pulmones.
—Quédate quieto si no quieres que te rompa las muñecas —advirtió una voz grave, áspera y calculada.
Peter alzó la vista y se quedó congelado. La figura que lo inmovilizaba vestía un traje idéntico al suyo, aunque con algunas diferencias sutiles: las líneas de telaraña estaban más marcadas, la tela era visiblemente más resistente y los hombros de aquel hombre eran considerablemente más anchos. Además, había una serenidad peligrosa en su postura, ese tipo de silencio mortal que el propio Peter solo adoptaba cuando la situación era de vida o muerte.
—¿Quién demonios eres y por qué llevas mis colores? —preguntó el hombre misterioso. Su agarre era como una prensa de acero.
Peter tragó saliva, desconcertado por el tono. Reconocía ese timbre de voz. Era el suyo propio, solo que con un matiz más maduro, curtido por los años y el agotamiento.
—Oye, tranquilo, amigo de las ocho patas —dijo Peter, alzando las manos con las palmas abiertas—. Créeme que yo me estoy haciendo exactamente la misma pregunta. Y si me sueltas un poco el cuello, tal vez pueda darte una respuesta coherente.
El agresor no aflojó el agarre de inmediato. Sus lentes blancos se estrecharon, analizándolo con precisión quirúrgica.
—Tu estilo... la forma en que esquivaste el primer impacto —murmuró el desconocido—. No eres un imitador común. Tienes mis reflejos.
—Porque soy tú. Bueno, al menos una versión alternativa o algo así —respondió Peter con rapidez—. Mi nombre es Peter Parker. Soy estudiante de la universidad, vivo en Queens, me picó una araña radioactiva y tengo la pésima costumbre de meterme en problemas que involucran portales dimensionales creados por lunáticos.
El otro Spider-Man guardó silencio durante varios segundos. La tensión no desapareció por completo, pero la fuerza con la que lo sostenía contra los ladrillos disminuyó paulatinamente hasta que dio un paso hacia atrás, liberándolo.
—Peter Parker —repitió el hombre con voz queda. Llevó ambas manos a los costados de su máscara y tiró de ella hacia arriba con un movimiento fluido.
El joven arácnido contuvo el aliento. El rostro que quedó al descubierto era el suyo, pero con claras señales del paso del tiempo. Tenía el cabello castaño revuelto, los mismos ojos grandes y color avellana, una mandíbula definida y una expresión serena, aunque marcada por líneas de expresión y pequeñas cicatrices casi imperceptibles. Su porte irradiaba la confianza de alguien que había combatido en cientos de guerras y había logrado sobrevivir a todas ellas.
—Vaya —musitó el Peter más joven, levantando también su máscara hasta dejar libre su boca y su nariz para respirar mejor—. Esto es... espeluznante. Eres mayor. Mucho mayor.
—Tengo veintiocho años, chico, no estoy en un asilo —respondió el Peter mayor con una sonrisa cansada pero genuina—. Y dejé la universidad hace mucho tiempo. Trabajo como fotógrafo y me gano la vida como puedo, mientras sigo cuidando esta ciudad.
—Yo apenas puedo pagar el alquiler de mi habitación compartida —admitió el Peter estudiante, frotándose la nuca con vergüenza—. Todo el mundo en el campus cree que soy un bicho raro que siempre desaparece en medio de las clases.
—Créeme, recuerdo esa etapa a la perfección. Es una pesadilla. —El Peter mayor cruzó los brazos, adoptando una postura relajada—. ¿Qué fue lo que pasó exactamente? ¿Cómo terminaste en mi universo?
—Estaba en una misión. Bueno, si a eso se le puede llamar misión —explicó el chico, suspirando con frustración—. Estaba tratando de detener a un contrabandista de tecnología avanzada cuando apareció Deadpool. Se metió en el tiroteo, empezó a cortar cables al azar con sus katanas y accidentalmente sobrecargó un generador de fisión temporal. Se abrió una grieta enorme y... caí aquí. Ni siquiera sé dónde aterrizó él.
Al escuchar el nombre del mercenario, una chispa de diversión brilló en los ojos del Peter adulto.
—¿Wade estaba contigo? —preguntó en un tono notablemente más suave.
—Sí, por desgracia. Es un dolor de cabeza constante —se quejó el Peter joven, rodando los ojos—. No para de perseguirme, se la pasa haciendo bromas de mal gusto y siempre está mirándome el trasero mientras me columpio. Dice que mi spandex es una obra de arte. Es completamente insoportable, juro que a veces desearía que se quedara cosido a una pared.
El Peter mayor soltó una risa baja, negando ligeramente con la cabeza.
—Sí, suena exactamente como Wade en sus viejos tiempos.
—¿Sus viejos tiempos? ¿Acaso en este universo aprendió a cerrar la boca? —preguntó el muchacho con evidente escepticismo—. Porque si existe una cura para su diarrea verbal, te suplico que me des la receta.
Antes de que el fotógrafo pudiera responder, un leve silbido cortó el aire húmedo del callejón.
Desde el borde de la azotea, una cuerda negra cayó velozmente. Atado a ella por los tobillos, un cuerpo enfundado en un traje rojo y negro descendió en caída libre, frenando en seco a escasos centímetros del suelo. El sujeto quedó suspendido boca abajo, con los brazos cruzados sobre el pecho y dos relucientes katanas asomando a su espalda.
El Peter joven dio un respingo y se puso de inmediato a la defensiva, cargando sus lanzatelarañas.
—¡Es él! —exclamó alarmado, pensando que su compañero lo había seguido a través del portal—. Oye, Wade, te lo advierto, no nos molestes ahora. Estamos ocupados intentando descifrar cómo volver a casa y no tengo paciencia para tus tonterías de mercenario psicópata.
El hombre que colgaba de la cuerda ladeó la cabeza. Sus grandes cuencas blancas lo observaron de arriba abajo antes de soltar un silbido juguetón.
—Vaya, qué bienvenida tan agresiva para el amor de tu vida, dulzura —dijo el enmascarado con voz cantarina—. Aunque debo admitir que esa voz suena un poco más chillona de lo normal. ¿Acaso inhalaste helio, pequeño insecto?
—¡No soy un insecto, soy un arácnido! —gruñó Peter, poniéndose frente al Peter adulto en un intento involuntario de proteger a su contraparte—. Y déjanos en paz, Wade.
Sin embargo, para desconcierto total del joven estudiante, el Peter de ese universo no mostró la menor señal de alerta. Lejos de retroceder o preparar los puños, dio un paso al frente y le puso una mano firme en el hombro al chico.
—Tranquilo, Peter. Está bien —dijo con voz suave y reconfortante—. No es tu Wade.
—¿Qué? —parpadeó el joven, bajando lentamente los brazos.
El Peter adulto caminó con paso tranquilo hacia el mercenario que colgaba boca abajo. Sus movimientos eran completamente naturales, desprovistos de cualquier tensión marcial.
—Llegas tarde —dijo el Peter mayor, mirando al enmascarado con una ternura evidente.
—El tráfico de la Quinta Avenida era un desastre, mi cielo —respondió el Deadpool invertido, extendiendo los brazos hacia él—. Tuve que lidiar con tres idiotas de la mafia rusa que pensaron que podían saltarse el peaje de mi paciencia. Pero dejé todo limpio, lo juro por mi colección de figuras de acción. Ni una sola gota de sangre en el traje.
—Más te vale, porque te toca lavar a ti esta semana —replicó Peter con una sonrisa cálida.
El mercenario estiró sus gruesos brazos y, en lugar de propinarle una palmada inapropiada en el trasero como Peter 1 estaba acostumbrado a presenciar, deslizó sus manos enguantadas alrededor de la cintura del castaño. El agarre fue firme pero increíblemente respetuoso, acomodando sus palmas con una delicadeza que denotaba años de devoción y cuidado mutuo.
El joven Peter abrió los ojos desmesuradamente, sintiendo que la realidad se desmoronaba bajo sus pies.
—¿Qué... qué están haciendo? —balbuceó, incapaz de apartar la mirada.
El Peter mayor ignoró por un segundo a su versión juvenil. Con movimientos pausados y llenos de afecto, llevó sus manos enguantadas a la máscara del mercenario. La tomó por el borde inferior y la deslizó hacia arriba con paciencia, descubriendo únicamente los labios, la mandíbula firme y el puente de una nariz perfectamente recta.
Bajo la tela no había piel desfigurada ni cicatrices grotescas; era el rostro de un hombre rubio, de rasgos afilados, piel tersa y una belleza masculina impactante. Un hombre que, a pesar de seguir viviendo de las armas, portaba una calma hogareña que solo existía para una persona en el mundo.
—Te extrañé hoy —susurró el Peter adulto.
—Yo te extraño cada vez que pestañeo, arañita —respondió Wade con devoción.
Y entonces, con la mayor naturalidad del planeta, el Spider-Man de veintiocho años inclinó ligeramente la cabeza y presionó sus labios contra los del mercenario en un beso pausado, profundo y lleno de una intimidad innegable. La escena imitaba a la perfección el legendario beso invertido bajo la lluvia, pero despojada de melodrama y cargada de una complicidad conyugal aplastante.
A unos cuantos metros de distancia, el Peter Parker universitario sintió que su cerebro sufría un cortocircuito masivo.
Sus ojos, abiertos como platos, se clavaron en la pareja. Las rodillas parecieron temblarle por un instante y el aire se negó a entrar en sus pulmones.
—¡¿QUÉ RAYOS?! —gritó el joven, retrocediendo tres pasos hasta chocar de nuevo contra el contenedor de basura—. ¡¿QUÉ ESTÁN HACIENDO?! ¡¿QUÉ SIGNIFICA ESTO?!
El Peter adulto se separó del beso con lentitud, dejando escapar un suspiro satisfecho mientras el mercenario le guiñaba un ojo azul zafiro antes de volverse a cubrir el rostro con la máscara. Wade soltó una carcajada ronca, balanceándose suavemente sobre la cuerda.
—Creo que rompiste a tu hermanito menor, Petey —bromeó Wade, señalando al aterrado muchacho—. Parece que vio a un fantasma. O peor aún, a un hombre rubio excesivamente apuesto robándole la virtud a su héroe de la infancia.
—Cállate, Wade —le reprendió el fotógrafo sin pizca de enojo, volviéndose hacia su contraparte más joven—. Tranquilízate, chico. No es el fin del mundo.
—¡¿Que me tranquilice?! —chilló el Peter joven, llevándose ambas manos a la cabeza con desesperación—. ¡Te acabas de besar con Deadpool! ¡Con Wade Wilson! ¡El asesino a sueldo psicópata que no deja de hablar de chimichangas y armas de fuego! ¡Y le agarraste la cara como si fuera... como si fuera...!
—Mi esposo —completó el Peter adulto con voz serena y una pequeña sonrisa en los labios.
El silencio cayó sobre el callejón con el peso de una tonelada métrica.
—¿Tu... qué? —susurró el chico, su voz reducida a un hilo tembloroso.
—Mi esposo —repitió el castaño, levantando su mano izquierda para mostrar un sencillo anillo de matrimonio dorado que brillaba sutilmente sobre su guante elástico—. Llevamos casados casi tres años.
—Y tenemos un bebé hermoso, por cierto —añadió Wade desde su posición invertida, agitando los brazos con orgullo paternal—. Bueno, técnicamente fue creado mediante un experimento biológico bastante complejo y éticamente cuestionable que involucró el ADN de ambos, pero tiene los mismos ojos de venadito asustado de Petey y mi indudable carisma arrollador. Ahora mismo está con una niñera muy bien pagada que juró bajo amenaza de desmembramiento no dejarlo caer de la cuna.
El joven Peter sintió que la bilis le subía por la garganta. Su mirada iba de los ojos tranquilos del hombre mayor a la figura colgante del mercenario que lo sostenía por la cintura con tanta reverencia.
En su universo, Wade Wilson era una fuerza de la naturaleza caótica, un tipo que vivía al borde del peligro sin nada que perder, que no ocultaba su identidad porque el mundo le importaba una miseria y que lo acosaba con comentarios indecentes en cada patrullaje. La mera idea de tomarse de la mano con su propio Wade le parecía una locura digna del asilo de Arkham... ¿y ahora descubría que en otra línea temporal no solo estaban casados, sino que habían formado una familia?
—No... no puede ser —farfulló el muchacho, sintiendo que el suelo se inclinaba—. Esto es una ilusión. Es Mysterio. O gas alucinógeno del Espantapájaros... Espera, universo equivocado. Pero esto no es real.
El Peter mayor suspiró con empatía y se acercó a él, colocando una mano suave sobre su hombro.
—Sé que es impactante, Peter. Si alguien me hubiera dicho a tu edad que terminaría compartiendo mi vida con este lunático, probablemente le habría disparado una telaraña en la boca. Pero las cosas cambian. Wade cambió. Cuando nos casamos, aprendió a respetarme de una manera que jamás creí posible. Dejó de verme como una fantasía inalcanzable y empezó a verme como su compañero. Ahora cuidamos juntos nuestras identidades para proteger a nuestro hijo.
Wade se desenganchó ágilmente de la cuerda, cayendo de pie sobre los adoquines con una gracia sorprendente para su tamaño. Se acomodó las fundas de sus pistolas y miró al chico con una mezcla de burla y compasión.
—Oye, mini-araña, relaja la pelvis —dijo el mercenario—. Si te sirve de consuelo, el Wade de tu dimensión probablemente todavía esté en su etapa de pubertad hormonal, babeando por tu traje y fantaseando con tus glúteos. Disfrútalo mientras dure, porque cuando sienten el flechazo de verdad, se vuelven cursis como una película navideña. Mírame a mí, dejé de pellizcarle el trasero a este bombón y ahora le compro flores los martes.
El joven Peter cerró los ojos con fuerza, frotándose el puente de la nariz mientras intentaba procesar la avalancha de información.
—Necesito salir de aquí —murmuró con voz ahogada—. Necesito encontrar al Wade de mi dimensión, arreglar ese estúpido portal y volver a casa antes de que mi cabeza explote por completo.
El Peter adulto no pudo evitar soltar una risita compasiva mientras le daba una palmada en la espalda.
—Vamos a mi departamento —ofreció el anfitrión—. Tenemos equipo en el sótano que puede rastrear la firma energética de tu portal. Y de paso, te tomarás una taza de té antes de que te desmayes.
—Solo... por favor —suplicó el joven, señalando a la pareja con un dedo tembloroso mientras empezaban a caminar hacia la salida del callejón—, prometan que no se van a volver a besar frente a mí. Mi salud mental pende de un hilo extremadamente delgado.
Wade soltó una carcajada escandalosa y pasó un brazo musculoso sobre los hombros de su esposo, quien simplemente sonrió, acostumbrado al caos que siempre traía consigo el destino.
