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el apestoso dia de nicole

Fandom: increible mundo de gumball, looney tunes, loud house, the casagrade

Creado: 24/10/2026

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La dama del pelaje rayado y el aroma de la victoria

La casa de los Watterson en Elmore gozaba de una calma tan antinatural que casi parecía un crimen. Richard se había llevado a Gumball y a Darwin a una absurda excursión de pesca competitiva en Great Lakes City, con una escala obligatoria en Royal Woods tras perderse tres veces en la autopista, mientras que Anais asistía a un retiro de genios escolares. Por primera vez en meses, Nicole Watterson tenía toda la vivienda para ella sola.

—Al fin —suspiró Nicole, estirando sus brazos y dejando caer su maletín de trabajo al suelo—. Ni gritos, ni agujeros en la pared, ni comida pegada al techo. Solo yo, un baño caliente y absoluto silencio.

Subió las escaleras con pasos ligeros. En el cuarto de baño, preparó la bañera con sales aromáticas y agua humeante. Con una sonrisa radiante, se sumergió en el agua templada, cerrando los ojos para dejar que el estrés laboral se disolviera entre las burbujas. Cuando llegó el momento de lavarse la cabeza, estiró el brazo hacia el estante sin mirar, tanteando entre los frascos descuidados de Richard. Sus dedos se cerraron sobre una botella oscura que creyó que era su champú habitual de aloe vera.

En realidad, era un tinte permanente experimental ultra concentrado que Richard había comprado en una liquidación dudosa de una tienda de empeños de los Casagrande.

Nicole se enjabonó con vigor, masajeando la densa espuma desde sus orejas hasta la punta de su esponjosa cola. Tras unos minutos, abrió el grifo para enjuagarse. El agua cayó abundante, pero al abrir los ojos y mirarse en el espejo empañado, Nicole soltó un grito que hizo vibrar las tuberías.

—¡¿Pero qué demonios…?!

Al limpiarse el vapor del cristal, la imagen que le devolvió la mirada era catastrófica. La fórmula no se había quitado; al contrario, había teñido casi la totalidad de su suave pelaje azul de un negro azabache absoluto, dejando únicamente una franja ancha, brillante y perfectamente delineada de color blanco puro que comenzaba entre sus orejas, bajaba por toda su columna vertebral y remataba cubriendo el lomo entero de su cola esponjada.

Parecía, con una precisión zoológica alarmante, una mofeta gigante.

—¡No, no, no! —gruñó, frotándose furiosamente con la toalla hasta que la piel le ardió—. ¡Parezco un zorrillo de caricatura! Tengo que conseguir un removedor antes de que alguien me vea así.

Vistiéndose a toda prisa con su falda habitual y una blusa sencilla, Nicole salió a las soleadas calles de Elmore. Su plan era sencillo: llegar a la farmacia más cercana, comprar tres litros de decolorante y regresar a casa antes del mediodía.

Sin embargo, apenas puso un pie sobre la acera, el ambiente cambió.

El señor Pequeño caminaba tranquilamente comiendo un sándwich vegano cuando vio a Nicole acercarse a paso veloz. La gata se detuvo en seco al notar que se le había caído la llave de casa sobre el pavimento. Nicole se inclinó hacia adelante de golpe para recogerla; al agacharse, su abultada cola negra y blanca se alzó en el aire de manera automática, tiesa como una antena.

El señor Pequeño abrió los ojos desmesuradamente, arrojó su sándwich al cielo y comenzó a chillar como un poseso.

—¡Al suelo todos! ¡Está armada y lista para disparar! ¡Es un zorrillo salvaje en posición de ataque!

—¡¿Qué?! ¡Espere, solo soy…! —intentó decir Nicole, pero una decena de transeúntes, incluidos unos turistas que vestían camisetas de "Mercado Casagrande", salieron disparados en estampida. Las personas se arrojaban sobre los capós de los autos, se metían en los buzones de correo y se zambullían de cabeza en los arbustos para evitar lo que creían que era una inminente lluvia de spray pestilente.

Nicole parpadeó, sosteniendo su llave en la mano. Miró su cola alzada, luego la calle completamente desierta y el eco de los gritos en la lejanía.

—Vaya… —murmuró, enarcando una ceja—. Eso fue… sorprendentemente fácil.

Decidió probar su nueva reputación. Llegó a la cafetería local, donde una enorme fila de unas treinta personas serpenteaba por toda la manzana, esperando la venta especial de donas. Nicole simplemente caminó con paso firme y se colocó al final de la fila.

El último hombre de la fila, un ciudadano con cabeza de plátano, se dio la vuelta para quejarse del empujón. Al mirar el pelaje negro con la raya blanca y la mirada severa de Nicole, su rostro amarillo se tornó verde pálido.

—M-m-m… ¡Mofeta gigante! —gritó con voz temblorosa.

En menos de tres segundos, toda la fila se evaporó. La gente huía arrojando sus billeteras y teléfonos por los aires, trepando por las paredes y lanzándose por las alcantarillas abiertas. El mostrador quedó completamente despejado, con una bandeja de donas calientes aún humeando sobre la barra.

Una pequeña sonrisa maquiavélica comenzó a formarse en las comisuras de los labios de Nicole.

—Bueno —se dijo a sí misma, tomando una dona glaseada sin pagar y masticándola con deleite—. Tal vez este tinte barato no sea tan malo después de todo.

Continuó caminando por la avenida principal con el pecho inflado y una actitud de reina absoluta. Justo al pasar sobre una de las rejillas de ventilación del metro subterráneo de Elmore, una potente ráfaga de aire caliente sopló desde las profundidades. El viento atrapó su falda, elevándola de golpe en el clásico efecto Marilyn Monroe.

En cualquier otra circunstancia, Nicole habría muerto de vergüenza y habría aplastado a golpes a cualquiera que la mirara. Pero ahora, sabiendo lo que todos pensaban, hizo todo lo contrario.

Nicole cruzó los brazos con suficiencia, dejó que el viento sostuviera su falda en alto mientras su retaguardia y su cola arqueada quedaban en exhibición directa hacia la multitud que esperaba el autobús. Fijó una mirada feroz en la multitud, entrecerrando los ojos como si estuviera concentrando un disparo químico letal.

—¡Va a detonar! ¡Sálvese quien pueda! ¡El gas de la muerte! —aulló el oficial Dona, quien intentó cubrirse la cabeza con su propia gorra de policía antes de arrojarse debajo de una patrulla junto a varios peatones aterrorizados.

Nicole soltó una carcajada traviesa, dejó que la falda cayera a su lugar y siguió su camino pavoneándose.

La siguiente parada fue la boutique de ropa más cara y pretenciosa de Elmore, un establecimiento donde normalmente las dependientas la miraban con desdén. Nicole entró, seleccionó un abrigo de piel sintética de diseñador, tres pares de zapatos de tacón y varios vestidos de seda que jamás podría pagar con su sueldo.

Caminó hacia la salida con las bolsas en los brazos. La dependienta, una mujer estirada con gafas de sol en interiores, corrió a bloquearle el paso.

—¡Disculpe, señora! ¡No puede llevarse eso sin pagar la cuenta de cuatro mil dólares!

Nicole se detuvo. Con una lentitud deliberada, dejó las bolsas en el suelo, se dio la vuelta de espaldas a la dependienta, se colocó en cuatro patas, alzó la cola con fuerza y comenzó a menear el trasero de lado a lado rítmicamente, tal como hacen las mofetas reales antes de vaciar sus glándulas anales contra un depredador.

—¡No, por favor, mis fosas nasales no! —suplicó la dependienta, poniéndose de rodillas con lágrimas en los ojos mientras le lanzaba el recibo sellado de "PAGADO EN TOTALIDAD" junto con un paquete de perfumes gratis—. ¡Lléveselo todo! ¡La tienda es suya! ¡Solo no rocíe la alfombra persa!

—Muchas gracias por su atención, fue un placer hacer negocios —respondió Nicole con cortesía impecable, recogiendo su botín y saliendo tranquilamente.

El clímax de su poder llegó cuando pasó por el auditorio municipal de Elmore, donde se celebraba la final del prestigioso concurso anual "Miss Belleza y Talento de Elmore". En la entrada había carteles enormes, y los jueces eran figuras locales reconocidas, acompañados por un par de jueces invitados de un certamen de talentos de Royal Woods.

Sintiéndose invencible, Nicole entró al recinto con paso firme y se subió al escenario en medio de la ronda de talentos, empujando a un lado a una concursante que tocaba el violonchelo.

El silencio en el auditorio fue sepulcral.

Los jueces, al ver subir a aquella criatura con pelaje de mofeta y una mirada asesina, se miraron entre sí con pánico absoluto. Rápido como un rayo, el director Brown sacó una máscara de gas militar debajo de la mesa y se la colocó en la cabeza. Los otros dos jueces lo imitaron de inmediato, ajustándose los filtros con manos temblorosas. El público en las primeras filas retrocedió diez metros, apretujándose contra el fondo del teatro.

Nicole tomó el micrófono con elegancia felina.

—Buenas tardes a todos —anunció con voz melodiosa—. Para mi demostración de talento de esta tarde, he preparado algo sumamente especial y vanguardista. Voy a recitar el alfabeto completo… sin emitir un solo sonido con la boca.

La multitud ahogó un grito colectivo de horror.

Nicole dejó el micrófono sobre el pedestal, se dio una vuelta de ciento ochenta grados, dobló las rodillas, inclinó el torso hacia adelante y expuso su retaguardia hacia el panel de jueces, alzando la cola y tensando los músculos como si estuviera a punto de liberar una tormenta de azufre biológico.

—¡No lo haga! ¡Se lo imploramos! —chilló el director Brown a través del filtro de su máscara de gas.

Sin esperar un segundo más, el juez de la derecha corrió hacia el escenario sosteniendo la corona de diamantes de imitación y una banda dorada. Con las manos temblando de terror, le colocó la corona torcida en la cabeza a Nicole y le arrojó el trofeo de primer lugar en los brazos antes de salir huyendo por la salida de incendios.

—¡Tenemos una ganadora unánime! ¡Miss Elmore! ¡Por favor, evacúen el edificio antes de que empiece la letra A!

Nicole sonrió complacida, acomodándose la tiara brillante sobre las orejas mientras los aplausos de pánico resonaban desde la calle. Salió del auditorio sintiéndose la dueña absoluta del universo.

Fue a descansar a una banca del parque central de Elmore, saboreando su victoria con la corona sobre la cabeza y las bolsas de ropa a sus pies. El sol de la tarde calentaba deliciosamente su rostro.

—Esto sí que es vida —suspiró Nicole, cerrando los ojos.

De repente, una serie de pequeños rebotes elásticos se escucharon sobre el pasto.

Boing. Boing. Boing.

—Ah, mon dieu… ¿qué es esta visión celestial que mis ojos contemplan? —dijo una voz melodiosa, suave y arrastrada con un espeso acento francés.

Nicole abrió un ojo, desconcertada.

Frente a ella estaba una mofeta macho de estatura baja, pelaje idéntico al que ella ahora lucía, una sonrisa seductora, una rosa roja entre los dientes y ojos desbordantes de pasión romántica. Era Pepé Le Pew, quien casualmente se encontraba de vacaciones turísticas en Elmore.

Pepé dejó caer la rosa a los pies de Nicole, posó una mano en su propio pecho y la miró como si fuera la criatura más hermosa del universo.

—Bonjour, ma petite fleur noire et blanche —ronroneó Pepé, avanzando con saltos coquetos—. Durante años he buscado a la dama perfecta, una mujer con mi misma elegancia, mi misma línea deportiva en la espalda… ¡y al fin el destino te ha puesto en mis brazos!

Nicole parpadeó, desconcertada, antes de que el horror la invadiera. El zorrillo creía genuinamente que ella era de su misma especie.

—Oye, amigo, estás muy equivocado —dijo Nicole, levantándose de la banca y retrocediendo un paso—. No soy una mofeta. Soy una gata azul que tuvo un accidente con un tinte barato. Ahora lárgate antes de que te rompa la nariz.

—Ah, la timidez de las doncellas… te haces la difícil, pero tus ojos dicen "abrázame, mi bombón francés" —respondió Pepé, dando un salto en el aire y aterrizando a escasos centímetros de ella con los brazos abiertos—. ¡Ven a los brazos de tu apasionado amante!

Pepé intentó abalanzarse sobre ella para plantarle un beso. Nicole soltó un grito de asco puro, esquivó el salto con la agilidad de un ninja y echó a correr a toda velocidad hacia su vecindario.

Pepé no se desanimó en lo más mínimo. Al estilo clásico de sus mejores cacerías, comenzó a perseguirla con sus característicos saltos pausados y elegantes, tarareando una melodía francesa mientras avanzaba a un ritmo imposible que, extrañamente, le permitía mantenerse siempre a pocos metros de Nicole.

—¡Déjame en paz, bicho asqueroso! —bramaba Nicole, saltando cercas y esquivando buzones.

—¡No huyas de nuestro amor, ma chérie! ¡Sé que bajo esa frialdad arde un volcán de pasión!

Nicole llegó jadeando a su casa, abrió la puerta de un golpe, entró como un bólido y le puso el cerrojo, la cadena y una silla debajo de la perilla. Se apoyó contra la madera, respirando agitadamente.

Afuera, se escuchó el rascado de pequeñas garras contra la puerta y suspiros teatrales.

—Estaré esperando aquí afuera, mon amour… el verdadero amor sabe tener paciencia…

—Maldita sea —gruñó Nicole, jalándose las orejas con furia—. ¡Tengo que quitarme este tinte ya mismo! ¡No puedo salir sin que ese loco intente besarme!

Caminó hacia la cocina en busca de vinagre, lejía o cualquier químico corrosivo. Al abrir el refrigerador, sus ojos se toparon con una gigantesca olla de barro cubierta con papel aluminio. Encima había una nota escrita con crayón con la letra descuidada de Richard:

"Nicole: Por si te daba hambre mientras estábamos fuera, te dejé mi súper cazuela especial: frijoles negros refritos con triple ración de cebolla, jalapeños rojos, queso cheddar añejo extra apestoso y mucho repollo fermentado. ¡No comas demasiado rápido o harás un hoyo en el sofá! Con amor, Richard."

Nicole miró la cazuela repleta. Luego miró hacia la puerta principal, donde la sombra de Pepé Le Pew seguía proyectándose a través del cristal mientras canturreaba una balada romántica.

Una idea sumamente retorcida, brillante y vengativa cruzó por la mente de Nicole. Su sonrisa se ensanchó hasta límites aterradores.

—¿Así que quieres una verdadera mofeta, francés? —susurró para sí misma—. Te voy a dar toda la experiencia completa.

Sin dudarlo un segundo, Nicole tomó una cuchara sopera gigantesca. En cuestión de tres minutos devoró la olla entera de frijoles, repollo, cebolla y picante sin siquiera detenerse a respirar. Apenas tragó el último bocado, su estómago emitió un rugido cavernoso, similar al motor descompuesto de un camión de carga. Una ola de calor sísmica recorrió sus entrañas.

Nicole se acarició el abdomen, sintiendo la presión acumulada lista para estallar.

Afuera, la casa de los Watterson comenzó a vibrar levemente. La estructura de madera crujió, las tejas del tejado tintinearon y, de pronto, una sacudida brutal sacudió los cimientos acompañada de un estruendo sordo y subterráneo:

¡¡¡PBRRRRRRRRRTTTT-POOOOMMMMMM!!!

Las ventanas de la sala vibraron como si hubiera caído un rayo en el patio trasero.

Segundos después, la puerta principal se abrió lentamente, revelando a Nicole parada en el umbral. De su parte posterior emanaba una densa y ondulante nube de gas verde fluorescente con tonos amarillentos que marchitaba las plantas del porche al instante y hacía que el césped se secara a su paso. El olor era una mezcla apocalíptica de azufre, comida descompuesta y bacterias de alcantarilla.

Nicole sonrió con malicia pura y miró a Pepé, quien estaba sentado en el pasto esperándola.

—¡Oh, mon chéri! —llamó Nicole con una voz fingidamente dulce y seductora, haciendo señas con un dedo—. ¿No decías que querías a tu verdadera mofeta? ¡Ven aquí, bombón!

Los ojos de Pepé se iluminaron con corazones flotantes.

—¡Sabía que no podías resistirte a mi encanto! —exclamó feliz, corriendo hacia ella con los brazos abiertos—. ¡Abrázame, ángel mío!

En el último milisegundo antes del impacto, Nicole se dio una vuelta fulminante de ciento ochenta grados, dobló las rodillas, alzó la cola al cielo y liberó una ráfaga concentrada del miasma verde directo al rostro del zorrillo.

Pepé se detuvo en seco. La espesa nube fétida lo envolvió por completo, entrando directamente por sus orificios nasales.

El rostro del galán francés pasó instantáneamente del romance al terror puro. Sus ojos se inyectaron de sangre, su pelaje se erizó por completo como si hubiera recibido una descarga de mil voltios y su lengua cayó hacia un lado, completamente entumecida por la toxicidad del aire.

Se llevó ambas manos a la nariz, tambaleándose como si hubiera sido golpeado por un mazo de demolición.

—¡Cough… cough…! ¡PEW! —gimió Pepé con una vocecita rota y ahogada—. ¡Mon dieu de la France! ¡Eso no es amor, eso es armamento bacteriológico prohibido por la Convención de Ginebra!

Nicole lo miró sobre su hombro con una sonrisa victoriosa y burlona.

—¿Qué pasa, cariño? —dijo ella, meneando la cola amenazadoramente mientras otra nube verde comenzaba a formarse detrás de ella—. ¡Es mi nueva esencia de mofeta! ¡Pensé que te gustaba lo natural! ¡Ven aquí y dame un beso apasionado!

Nicole comenzó a avanzar hacia él a paso rápido, moviendo la cadera y apuntándole con su retaguardia como si fuera un cañón cargado.

Pepé Le Pew, el conquistador imparable que jamás había retrocedido ante nada, soltó un alarido de terror genuino que resonó por todo Elmore. Dio media vuelta sobre sus talones y salió disparado a la velocidad de la luz, corriendo en dos patas mientras se tapaba la nariz desesperadamente y dejaba una estela de polvo tras de sí.

—¡Sálvese quien pueda! ¡Una loca fétida quiere matarme con su fragancia del infierno! —chillaba Pepé mientras huía despavorido calle abajo.

—¡Vuelve aquí, mon amour! ¡Todavía me queda el abecedario completo! —le gritó Nicole a carcajadas, persiguiéndolo por toda la avenida mientras la densa estela de gas verde la seguía como una capa real bajo el sol de la tarde.

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