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Atrapado

Fandom: Marvel

Creado: 24/10/2026

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La jaula de oro y el aroma del bosque

El aire frío de la noche calaba en los pulmones de Tony, pero el fuego que sentía en su interior no era de pasión, sino de puro terror. Estaba atrapado. La arena del lecho del río se le pegaba a la piel aceitada, mezclándose con la fragancia artificial que los ancianos del pueblo le habían impuesto para convertirlo en un faro para las bestias. Durante nueve años, Tony Stark había sido el más listo, el más rápido, el que siempre encontraba el camino de vuelta a la seguridad de la mansión de su padre. Pero este año, su décimo y último año, el bosque parecía haber decidido que no lo dejaría marchar.

El alfa que lo tenía inmovilizado era una montaña de músculos y pelaje dorado bajo la luz de la luna. Sus ojos, dos joyas diamantinas que brillaban con una intensidad sobrenatural, lo observaban con una mezcla de posesividad salvaje y una extraña curiosidad.

—Déjame... por favor, déjame ir —suplicó Tony. Su voz, usualmente cargada de sarcasmo y una arrogancia que sacaba de quicio a cualquiera, se quebró como el cristal fino.

El lobo no respondió con palabras humanas al principio. Emitió un gruñido bajo, un sonido que vibró directamente en el pecho de Tony, haciendo que sus instintos de omega gritaran por sumisión. La mano del alfa, grande y pesada, se posó sobre su pecho, no para aplastarlo, sino para reclamarlo.

—Mío —susurró la bestia. La voz era profunda, como el rugido de una tormenta lejana, pero con un matiz de suavidad que Tony no esperaba.

—¡No soy de nadie! —Tony intentó revolverse, pateando la arena, buscando desesperadamente el agua del río que estaba a escasos metros. Si lograba sumergirse, el aceite se lavaría y su rastro se perdería—. ¡Suéltame, maldita bestia!

El alfa frunció el ceño, y por un segundo, la apariencia feroz se suavizó. Sus orejas, que sobresalían entre su cabello rubio y corto, se agacharon ligeramente. No era la reacción de un depredador que va a matar, sino la de alguien que intenta entender un rompecabezas. Sin embargo, cuando Tony intentó zafarse de nuevo, la fuerza del alfa se impuso con facilidad, manteniéndolo contra el suelo.

—Peligro —dijo el alfa, mirando hacia la oscuridad del bosque de donde Tony acababa de escapar—. Otros vienen. Aceite... huele fuerte. Te encontrarán.

Tony se quedó helado. Recordó los ojos verdes que lo habían perseguido antes de chocar con este gigante rubio. Había más de ellos. La cacería no había terminado, y él era el premio mayor.

—Si me dejas ir, puedo esconderme solo —insistió Tony, aunque sus dientes castañeaban—. He sobrevivido nueve años a esto. No necesito un guardaespaldas con pulgas.

El alfa soltó una risa corta, un sonido casi humano que descolocó por completo al omega. Se sentó sobre sus talones, pero sin liberar la presión sobre los hombros de Tony.

—Nueve años huyendo —dijo el alfa, y esta vez su mirada se volvió más clara, menos nublada por el instinto de la luna—. Te he visto, pequeño omega. Eres rápido. Pero esta noche, la manada está hambrienta. Y el de los ojos verdes no es tan amable como yo.

Tony tragó saliva. El aroma del alfa empezó a invadir sus sentidos, filtrándose a través del olor a ingeniería y vino caro que él mismo emanaba. Era un olor a pino, a tierra mojada después de la lluvia y a algo cálido, como una chimenea encendida en invierno. Era un olor que prometía seguridad, algo que Tony nunca había asociado con los cambiaformas.

—¿Quién eres? —preguntó Tony, dejando de forcejear por un momento, agotado por la adrenalina.

—Steve —respondió él, y por primera vez, una sonrisa pequeña y cálida curvó sus labios—. Mi manada me llama Steve.

—Genial, Steve el Lobo —dijo Tony, recuperando una pizca de su mordacidad habitual—. Ahora, si pudieras quitar tus manos de mi traje de seda y dejarme ir al río, te lo agradecería eternamente. O al menos no te demandaría cuando regrese a la civilización.

Steve ladeó la cabeza, su cola se movió apenas un centímetro detrás de él, golpeando la arena.

—No vas a volver al río, Tony Stark.

El omega se tensó al escuchar su nombre.

—¿Cómo sabes quién soy?

—Todos en el bosque conocen al hijo del hombre que construye las cercas —dijo Steve, su tono volviéndose serio—. Pero las cercas no sirven de nada cuando el aroma es tan dulce. Si te dejo ir, te atraparán antes de que llegues a la orilla. El aceite es una trampa de tu propia gente, ¿no lo entiendes? Quieren que te quedes aquí. Quieren el favor de los lobos.

Tony cerró los ojos con fuerza. Lo sabía. Sabía que su padre y los demás empresarios del pueblo lo enviaban como un sacrificio anual, esperando que finalmente uno de los alfas de alto rango lo reclamara para asegurar la paz y la prosperidad. Pero él se negaba a ser una moneda de cambio.

—No soy un regalo —siseó Tony, abriendo los ojos con una chispa de furia—. Soy una persona. Tengo una vida, tengo proyectos, tengo...

—Tienes un corazón que late demasiado rápido —lo interrumpió Steve con suavidad—. Y tienes miedo.

Steve se movió con una rapidez asombrosa. Antes de que Tony pudiera protestar, el alfa lo levantó en vilo, cargándolo al estilo nupcial. Tony soltó un grito de sorpresa y empezó a golpear el pecho sólido del rubio.

—¡Bájame! ¡He dicho que me sueltes!

—Silencio —ordenó Steve, y esta vez usó un poco de su voz de mando.

El efecto fue instantáneo. El cuerpo de Tony se relajó contra su voluntad, sus músculos negándose a obedecerle a él y respondiendo en su lugar al alfa de alto rango. Era una traición biológica que Tony odiaba con todo su ser.

Steve empezó a caminar, no hacia el río, sino hacia lo más profundo del bosque, en dirección opuesta al pueblo.

—¿A dónde me llevas? —preguntó Tony en un susurro, sintiendo cómo el frío de la noche era combatido por el calor que irradiaba el cuerpo de Steve.

—A un lugar seguro. Mi cueva está cerca de las cascadas del norte. Allí el agua limpiará ese aceite y mi olor te cubrirá. Nadie te tocará mientras estés conmigo.

—¿Y después qué? —Tony levantó la vista, encontrándose con los ojos diamante de Steve—. ¿Me reclamarás? ¿Me obligarás a tener cachorros y a vivir en una cueva el resto de mi vida? Porque si es así, prefiero que me coma el de los ojos verdes ahora mismo.

Steve se detuvo y miró a Tony a los ojos. La calidez en su expresión no desapareció, pero hubo una nota de tristeza en ella.

—No soy como los demás, Tony. No trato a los omegas como trofeos. Pero eres mi pareja destinada. Lo supe desde el primer año que pisaste este bosque, cuando eras apenas un cachorro asustado con olor a metal y pólvora.

Tony se quedó sin palabras. ¿Nueve años? ¿Este alfa lo había estado observando durante casi una década?

—¿Por qué no hiciste nada antes? —preguntó, su voz apenas audible sobre el susurro de las hojas.

—Porque no estabas listo. Y porque quería que fueras libre el mayor tiempo posible —Steve volvió a caminar, sus pasos seguros y silenciosos sobre el manto de hojas secas—. Pero este es tu último año. Si no te reclamo yo, lo hará alguien que no te pedirá permiso. Mi nudo... es un problema para muchos. Dicen que soy demasiado grande, que lastimaría a cualquiera. Pero contigo, siento que todo encaja.

Tony sintió un sonrojo violento subir por su cuello. Había oído historias sobre los nudos de los alfas de alto rango, y la mención de Steve sobre su tamaño no ayudaba a calmar sus nervios, aunque la caballerosidad del lobo era desconcertante.

—Sigues siendo un secuestrador —masculló Tony, aunque ya no luchaba. Se aferró inconscientemente a la camisa de cuero que vestía el alfa—. Un secuestrador muy educado y muy rubio, pero secuestrador al fin y al cabo.

—Prefiero que me llames protector —dijo Steve con un tono divertido—. Y puedes quejarte todo lo que quieras, Stark. Tenemos toda la noche para que me digas lo molesto que soy.

De repente, un aullido desgarrador rasgó el silencio del bosque, muy cerca de ellos. Steve se tensó, sus orejas se movieron hacia atrás y un gruñido feroz emanó de su garganta, uno que hizo que los vellos de los brazos de Tony se erizaran.

—Es él —susurró Steve—. El de los ojos verdes. Ha encontrado tu rastro en la arena.

—¿Puede seguirnos? —Tony se encogió, escondiendo el rostro en el cuello de Steve, buscando instintivamente su aroma para calmarse.

—Que lo intente —dijo Steve, y su voz ya no tenía nada de amable. Era la voz de un líder de manada, de un guerrero—. Nadie toca lo que es mío.

Steve aceleró el paso, convirtiéndose en una sombra dorada que se deslizaba entre los árboles. Tony, a pesar de su miedo y de su odio por la situación, no pudo evitar sentirse extrañamente protegido. Por primera vez en diez años de cacería, no estaba corriendo por su vida solo.

Llegaron a una zona donde el terreno se elevaba. El sonido del agua cayendo con fuerza indicaba que la cascada estaba cerca. Steve entró en una abertura oculta por espesos arbustos y enredaderas. El interior de la cueva no era el lugar húmedo y oscuro que Tony imaginaba; estaba limpia, con pieles de animales dispuestas en el suelo y una pequeña fogata que aún conservaba brasas calientes.

Steve dejó a Tony en el suelo, con cuidado, pero no se alejó. Se quedó de pie frente a la entrada, vigilando la oscuridad exterior.

—Quédate aquí —ordenó Steve—. Tengo que borrar el rastro en la entrada.

—Steve —llamó Tony antes de que el alfa saliera.

El rubio se giró, sus ojos brillando en la penumbra.

—¿Sí?

—Si ese tipo de ojos verdes viene... —Tony tragó saliva, su arrogancia regresando en un pequeño destello—. Asegúrate de que no arruine mi peinado. Me costó mucho mantenerlo así con toda esta humedad.

Steve soltó una carcajada auténtica, una que iluminó su rostro de una manera que hizo que el corazón de Tony diera un vuelco extraño.

—Lo tendré en cuenta, Tony. Descansa. Estás a salvo.

Cuando Steve salió, Tony se dejó caer sobre las pieles. Estaban calientes y olían completamente a Steve. Se abrazó a sí mismo, dándose cuenta de que, por primera vez en su vida, no quería escapar. O al menos, no quería escapar de ese alfa en particular.

Pero el bosque aún estaba lleno de peligros, y la noche era joven. Tony Stark, el omega que nunca se sometía, acababa de ser reclamado por el lobo más poderoso de la región, y algo le decía que su vida de genio solitario en la ciudad estaba a punto de cambiar para siempre por una vida de instintos, colmillos y una lealtad que nunca creyó posible.

Escuchó un gruñido fuera, seguido del sonido de carne chocando contra carne y el rugido dominante de Steve. La batalla por su libertad —o por su nueva vida— acababa de empezar, y Tony, por una vez, decidió confiar en la bestia que lo llamaba "mío".

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