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Alfa?.. REY?

Fandom: Marvel

Creado: 24/10/2026

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El lazo de la montaña

El llanto de Tony era un sonido roto, una mezcla de hipos desesperados y jadeos que quemaban en sus pulmones. No era solo el dolor físico, que todavía persistía como un eco sordo en sus caderas y la base de su columna, sino la devastadora comprensión de su nueva realidad. Sus dedos, finos y expertos en la mecánica, temblaban violentamente al rozar la piel inflamada de su cuello. Allí, donde antes solo había piel suave y el aroma a aceite de motor que tanto se esforzaba por mantener, ahora residía una marca profunda, un tatuaje de dientes y propiedad que gritaba al mundo que Tony Stark ya no se pertenecía a sí mismo.

—No, no, no… —sollozó, escondiendo el rostro entre sus rodillas—. Esto no puede estar pasando. Diez años… diez malditos años invicto.

Había sobrevivido a las garras de los alfas más feroces desde que tenía diez años, usando su ingenio, su velocidad y ese aceite inhibidor que él mismo había perfeccionado en el laboratorio secreto de su padre. Estaba a solo unas horas de la libertad, a un paso de cumplir los veinte y ser declarado «demasiado viejo» para el sacrificio anual. Y sin embargo, allí estaba, en una cama desconocida, rodeado por el olor a pino, cuero y algo peligrosamente dulce que su propio cuerpo empezaba a reconocer con una traicionera sumisión.

La puerta de la habitación se abrió con un crujido suave. Tony se tensó, encogiéndose aún más contra el cabecero de madera tallada.

—Has despertado —dijo una voz.

No era el gruñido salvaje de la bestia que lo había emboscado en la arena del río. Era una voz profunda, sí, pero aterciopelada, cargada de una calma que resultaba casi insultante para el estado de pánico de Tony.

Tony levantó la vista, con los ojos avellana empañados por las lágrimas y la actitud defensiva de un animal acorralado. Frente a él estaba el hombre más imponente que jamás hubiera visto. Era alto, de hombros anchos y una musculatura que parecía esculpida en mármol, pero lo que más impactaba eran sus rasgos. Tenía el cabello rubio, corto y perfectamente peinado, y unos ojos claros, del color de los diamantes bajo el sol, que lo observaban con una mezcla de preocupación y ternura. Sin embargo, por encima de su cabeza, unas orejas de lobo del mismo tono dorado se movían ligeramente, captando cada uno de sus sollozos, y una cola espesa descansaba tranquila tras él.

—Vete al infierno —escupió Tony, aunque su voz sonó más como un ruego que como una amenaza—. Devuélveme a mi casa. Mi padre… mi padre pagará lo que quieras. Oro, tecnología, tierras… solo déjame ir.

El hombre suspiró y dio un paso hacia la cama, manteniendo las manos a la vista en un gesto de paz.

—No quiero tu oro, Tony —respondió con suavidad—. Y me temo que lo que ha sucedido no puede deshacerse. Mi nombre es Steve Rogers. Soy el alfa de esta manada.

—¡Me importa un bledo quién seas! —gritó Tony, sintiendo cómo la histeria ganaba terreno—. ¡Me atacaste! Me arrastraste como a un trozo de carne y ahora… ¡ahora tengo esto!

Se señaló la marca en el cuello con furia. Steve bajó la mirada, una sombra de culpa cruzando sus ojos diamantes.

—Lo que pasó en el bosque… —Steve hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—. La luna estaba en su cenit y tu aroma era… diferente a cualquier cosa que hubiera sentido en décadas. No fue una cacería ordinaria, Tony. Mi lobo te reclamó antes de que mi mente pudiera intervenir. Lo lamento si te asusté, pero ahora eres parte de nosotros. Eres mi omega.

—¡Yo no soy el omega de nadie! —Tony se puso en pie de un salto, pero el mareo lo golpeó de inmediato y tuvo que apoyarse en la pared para no caer. La sábana que lo cubría resbaló, dejando ver que vestía una túnica de lino limpia, puesta seguramente mientras estaba inconsciente—. Soy un Stark. Yo construyo cosas, yo mando, yo no… yo no me someto.

Steve se acercó rápidamente para sostenerlo por los hombros, pero se detuvo justo antes de tocarlo, respetando su espacio personal. Sus orejas se aplanaron contra su cabeza, un signo de tristeza que Tony se negó a interpretar como algo humano.

—Estás débil. El nudo de un alfa de mi rango es… difícil de procesar para un cuerpo que nunca ha sido reclamado —explicó Steve con una paciencia infinita—. Necesitas comer y descansar. Estás en la aldea de la montaña. Aquí estás a salvo.

—¿A salvo? —Tony soltó una carcajada amarga—. Estoy secuestrado en una ciudad de monstruos. Escucho a la gente afuera, Steve. Escucho sus colas golpeando el suelo y sus instintos acechando. ¿Qué se supone que haga ahora? ¿Cuidar cachorros y tejer mantas mientras tú sales a aullar a la luna?

Steve esbozó una sonrisa pequeña, casi divertida, que transformó su rostro severo en algo cálido y extrañamente atractivo.

—Bueno, si quieres tejer, no te detendré. Pero tenemos ingenieros, médicos y maestros. No somos salvajes, aunque vivamos en el bosque. Y tú… —Steve se atrevió a dar un paso más, inhalando el aire—. Hueles a algo que nunca he olido aquí. A metal caliente y a una sofisticación que mi manada necesita.

Tony desvió la mirada, sintiendo un calor traicionero subir por sus mejillas. El aroma de Steve —bosque, lluvia y una fuerza antigua— lo estaba envolviendo, calmando el temblor de sus manos a pesar de que su mente gritaba que huyera. Era el vínculo de la marca, esa conexión biológica maldita que lo obligaba a buscar consuelo en su captor.

—Quiero irme a casa —susurró Tony, esta vez sin rastro de arrogancia.

—Esta es tu casa ahora —dijo Steve, y aunque su tono era amable, había una finalidad absoluta en sus palabras—. El tratado es claro. Los omegas que son marcados durante la cacería pertenecen a la montaña. Si te devolviera, rompería la paz que ha durado generaciones. Mi gente no lo entendería, y la tuya te consideraría un paria. Un omega marcado sin su alfa es una existencia miserable, Tony. Tú lo sabes.

Tony cerró los ojos con fuerza. Lo sabía. En su sociedad «civilizada», un omega que regresaba marcado pero abandonado era poco más que un objeto dañado. Su padre, Howard, probablemente lo encerraría en una torre para ocultar la vergüenza de que su heredero fuera la mascota de un lobo.

—¿Por qué yo? —preguntó Tony después de un largo silencio—. Había otros. Omegas que querían esto, que se bañaron en aceites florales y practicaron sus sumisiones. Yo hice todo lo posible por ser invisible.

—Precisamente por eso —respondió Steve, y esta vez sí extendió la mano, rozando con sus dedos la mejilla de Tony. Su piel estaba caliente, llena de vida—. Los otros eran sombras. Tú eras una llama en mitad de la noche. Eras fuego, ingenio y resistencia. Mi lobo no quería una sombra, Tony. Quería a alguien que pudiera caminar a mi lado, no detrás de mí.

Tony se apartó del contacto, aunque una parte de él deseaba inclinarse hacia la caricia.

—Vas a arrepentirte de esto, Rogers —amenazó Tony, tratando de recuperar su habitual máscara de sarcasmo—. Soy insoportable. Soy ruidoso, tengo opiniones sobre todo, y voy a desmantelar cada aparato que tengas en esta casa solo para ver cómo funcionan. No seré el omega perfecto que esperas.

Steve soltó una carcajada genuina, una nota vibrante que pareció iluminar la habitación. Sus ojos diamantes brillaron con una chispa de desafío.

—Eso espero, Tony Stark. Me aburro con facilidad.

Steve se dio la vuelta y caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo y miró por encima del hombro.

—Hay ropa limpia en el armario y comida caliente en la mesa de abajo. Tómate tu tiempo. No voy a obligarte a nada que no quieras… a partir de ahora. Pero no intentes escapar por la ventana; estamos a mucha altura y no quiero tener que saltar para atraparte de nuevo.

—¡Púdrete, Golden Retriever de gimnasio! —le gritó Tony.

Steve solo sonrió, sus orejas dando un pequeño salto de alegría, y cerró la puerta tras de sí.

Tony se quedó solo en el silencio de la habitación. Caminó lentamente hacia la ventana y descorrió las cortinas. La vista le quitó el aliento. No era una aldea de chozas de barro. Era una ciudad integrada en la naturaleza, con puentes de madera suspendidos entre árboles gigantescos, forjas de las que salía humo constante y una plaza central donde los cambiaformas convivían en una armonía que nunca había visto en las ciudades humanas.

Se tocó la marca una vez más. Ya no dolía tanto. En su lugar, sentía un ronroneo constante en la base de su nuca, una conexión con el hombre que acababa de salir.

—Un lobo —murmuró Tony para sí mismo, apoyando la frente contra el cristal frío—. Me ha marcado un maldito lobo con complejo de caballero andante.

Se miró las manos. Estaban limpias, pero extrañaba el tacto de sus herramientas. Si iba a estar atrapado en ese lugar, si Steve Rogers pensaba que podía simplemente «reclamarlo» y esperar que se quedara sentado, estaba muy equivocado. Tony Stark iba a revolucionar ese lugar. Iba a construir cosas que esos lobos no podrían ni imaginar en sus sueños más salvajes.

Pero primero, tenía que admitir que tenía un hambre atroz.

Bajó las escaleras con cautela, sintiendo cómo sus sentidos estaban más agudizados. Podía oler el estofado de ciervo desde el piso de arriba, y también podía sentir la presencia de Steve en la planta baja, una presencia que se sentía como un hogar cálido en medio de una tormenta.

Steve estaba sentado a una mesa de madera maciza, revisando unos mapas. Al ver a Tony bajar, se puso de pie inmediatamente, tirando de una silla para él.

—Pensé que tardarías más —dijo Steve, sus ojos recorriendo el cuerpo de Tony con una mezcla de instinto protector y admiración.

—Tengo un metabolismo rápido, Rogers. Y si voy a planear mi venganza contra ti, necesito combustible —replicó Tony, sentándose con toda la altanería que pudo reunir a pesar de la túnica que le quedaba grande.

Steve le sirvió un tazón de estofado en silencio. Tony probó una cucharada y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no gemir de placer. Estaba delicioso.

—¿Venganza? —preguntó Steve con una ceja levantada—. ¿Qué clase de venganza tiene en mente mi omega?

—Para empezar, voy a necesitar un taller —dijo Tony, señalándolo con la cuchara—. Y metales. Muchos metales. Si crees que voy a pasarme el día esperando a que vuelvas de patrullar, estás muy equivocado. Voy a mejorar tu sistema de defensa, voy a optimizar esa forja que vi desde la ventana y, si me sobran piezas, puede que te construya algo para que dejes de mirarme con esa cara de perro abandonado.

Steve se reclinó en su silla, cruzando los brazos sobre su pecho musculoso. Su cola se movió rítmicamente contra el suelo.

—Trato hecho —aceptó el alfa—. Te daré todo lo que necesites, Tony. A cambio, solo te pido una cosa.

Tony entrecerró los ojos, sospechando.

—¿Qué?

—Que me dejes conocerte. No al heredero de los Stark, ni al omega que huía en el bosque. Al hombre que hay detrás de ese sarcasmo.

Tony se quedó helado. Estaba acostumbrado a que la gente quisiera su cerebro, su dinero o su estatus. Nadie le había pedido nunca simplemente «conocerlo», y mucho menos un alfa que tenía todo el poder legal y biológico sobre él.

—Eres un tipo raro, Rogers —dijo Tony, volviendo su atención al estofado para ocultar su desconcierto—. Muy raro.

—Me lo dicen a menudo —admitió Steve con una sonrisa suave.

El silencio que siguió no fue incómodo. Era el comienzo de algo que ninguno de los dos comprendía del todo. Tony sabía que su vida anterior había terminado, que el lujo de las ciudades humanas era ahora un recuerdo lejano. Pero mientras observaba la luz del sol filtrarse por la ventana y escuchaba el latido constante y fuerte del corazón de Steve a unos metros de distancia, sintió algo que no había sentido en los diez años de cacerías.

Por primera vez, no tenía que correr.

—Steve —dijo Tony de repente, sin levantar la vista del plato.

—¿Sí?

—El nudo… —Tony se aclaró la garganta, sintiendo un calor repentino—. La próxima vez, avísame. Fue… mucho.

Steve se atragantó ligeramente con su propia bebida, y sus orejas se pusieron completamente rojas.

—Lo… lo tendré en cuenta. Lo siento. Como dije, mi nudo es… problemático.

Tony levantó la vista y le guiñó un ojo, recuperando su chispa habitual.

—Bueno, tendrás suerte. Soy ingeniero. Me especializo en hacer que las cosas encajen donde parece imposible.

Steve soltó una carcajada que resonó en toda la casa, y por un momento, Tony Stark olvidó que era un prisionero de la montaña. Tal vez, solo tal vez, el último año de la cacería no había sido el final de su vida, sino el inicio de una historia que él mismo, y no su padre ni la sociedad, se encargaría de escribir.

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