
Eres demasiado
Fandom: Harry Potter
Creado: 24/10/2026
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Entre calderos y sombras de azabache
El Gran Comedor de Hogwarts estaba sumergido en la opulencia macabra que solo la noche de Halloween podía ofrecer. Cientos de calabazas talladas flotaban bajo el techo encantado, proyectando sombras danzantes sobre las largas mesas repletas de manjares. Sin embargo, para Luka Black, el bullicio de sus compañeros de Gryffindor no era más que un ruido blanco, una interferencia molesta que intentaba ignorar mientras sus ojos, grises como una tormenta eléctrica, permanecían fijos en la mesa de los profesores.
Específicamente, en el hombre que parecía querer fundirse con las sombras del respaldo de su silla.
Severus Snape lucía tan imperturbable como siempre, aunque Luka, tras años de observarlo con una intensidad que rozaba lo imprudente, creía detectar una tensión diferente en la comisura de sus labios. Snape no era un hombre de festejos; detestaba el ruido, detestaba la frivolidad y, sobre todo, detestaba la fecha que marcaba el aniversario de la tragedia que había definido su vida.
—Luka, si sigues mirándolo así, vas a terminar prendiéndole fuego a su túnica con la mente —susurró Hermione al lado suyo, sin levantar la vista de su plato.
—No sé de qué hablas —respondió Luka, desviando la mirada rápidamente hacia su puré de patatas, sintiendo el calor subir por su cuello.
—Hablas de que eres un Black, tienes la sutileza de un hipogrifo en una cristalería —intervino Ron, con la boca medio llena de pastel de riñón—. Y él es Snape. El hombre que le quitó cincuenta puntos a Gryffindor ayer porque respiraste «demasiado alto».
Luka suspiró. Ser el hijo de Sirius Black no facilitaba las cosas. Snape lo miraba con una mezcla de desprecio heredado y algo más, algo que Luka no lograba descifrar pero que le hacía vibrar el pecho cada vez que sus ojos se cruzaban en el aula de Pociones. No era solo odio; era una chispa, una resistencia que parecía estar a punto de quebrarse.
Sin decir una palabra más, Luka se levantó de la mesa. El banquete apenas comenzaba, pero el aire en el Gran Comedor se sentía pesado, cargado de una expectación que no tenía nada que ver con los fantasmas que atravesaban las paredes.
Caminó por los pasillos de piedra, dejando atrás el eco de las risas. Sus pasos lo llevaron, casi por instinto, hacia las mazmorras. Sabía que Severus no tardaría en abandonar la cena. El profesor de Pociones siempre se retiraba temprano en Halloween, buscando el refugio del silencio y el olor a azufre de sus aposentos.
Luka se detuvo frente a la puerta del aula de Pociones. El pasillo estaba oscuro, iluminado solo por el tenue resplandor de las antorchas. Se apoyó contra la pared fría, esperando. Sabía que era una locura. Sabía que, si Snape lo encontraba allí, la deducción de puntos sería lo de menos. Pero había algo en la forma en que el profesor lo había mirado esa mañana, una fracción de segundo de vulnerabilidad mientras corregía su ensayo, que le impedía marcharse.
Diez minutos después, el sonido de una capa ondeando contra el suelo anunció su llegada. Severus Snape apareció al final del pasillo, una figura de oscuridad absoluta que cortaba el aire con su caminar decidido. Se detuvo en seco al ver al joven Gryffindor.
—Señor Black —la voz de Snape era un susurro peligroso, una caricia de terciopelo y veneno—. Supongo que las festividades en el Gran Comedor no son lo suficientemente... estimulantes para su intelecto, si es que posee tal cosa.
Luka se enderezó, tratando de mantener la calma a pesar de que su corazón martilleaba contra sus costillas.
—No me gustan mucho las fiestas, profesor —respondió Luka, manteniendo la mirada—. Y creo que a usted tampoco.
Snape entrecerró los ojos. Se acercó un paso, invadiendo el espacio personal de Luka con esa presencia imponente que solía intimidar a cualquiera. Pero Luka no retrocedió.
—Sus suposiciones sobre mis gustos personales son tan erróneas como sus preparaciones de la Solución de Hipo —espetó Severus—. Vuelva a su torre antes de que decida que una semana de detenciones limpiando calderos sin magia es el mejor disfraz de Halloween para usted.
—No me importa la detención —dijo Luka, dando un paso hacia adelante, acortando la distancia—. Solo quería... quería saber si estaba bien. Sé que hoy es un día difícil.
El silencio que siguió fue tan denso que Luka sintió que podía tocarlo. La expresión de Snape, usualmente una máscara de frialdad absoluta, flaqueó. Por un breve instante, el desprecio desapareció, dejando paso a una sorpresa genuina y a un dolor antiguo que Luka reconoció de inmediato.
—¿Cómo se atreve? —preguntó Snape, aunque la rabia carecía de su mordacidad habitual—. ¿Cree que su linaje le otorga el derecho de escudriñar en mis pensamientos? Es igual que su padre. Imprudente, arrogante...
—No soy mi padre —lo interrumpió Luka con suavidad—. Y usted lo sabe. Mi padre nunca se habría quedado después de clase para asegurarse de que entendiera cómo estabilizar una poción multijugos. Mi padre nunca me habría mirado como usted me mira cuando cree que no me doy cuenta.
Severus se tensó. Sus dedos se cerraron con fuerza sobre la varita que guardaba en su manga, pero no la sacó. Sus ojos negros recorrieron el rostro de Luka, buscando la burla, buscando el engaño, pero solo encontró la honestidad brutal de un Gryffindor que llevaba el corazón en la mano.
—Es usted un necio, Black —susurró Snape, aunque esta vez se acercó tanto que Luka pudo oler el aroma a sándalo y hierbas amargas que siempre lo rodeaba—. Un necio que no tiene idea del peligro en el que se encuentra.
—Entonces enséñeme —desafió Luka, su voz apenas un hilo de voz—. Enséñeme por qué debería tener miedo.
Severus soltó un suspiro que sonó como una rendición. Extendió una mano, dudando por un segundo, antes de rozar con la punta de sus dedos la mandíbula de Luka. El contacto fue eléctrico. Luka cerró los ojos, inclinándose hacia el toque, sorprendido por la inesperada calidez de la piel del profesor.
—No debería estar aquí —dijo Severus, aunque su mano no se retiró. Sus dedos se deslizaron hacia la nuca de Luka, enredándose ligeramente en su cabello oscuro—. Debería estar con sus amigos, celebrando su juventud y su ignorancia. No aquí, en las sombras, con un hombre que no tiene nada que ofrecer excepto amargura y recuerdos de guerra.
—Usted ofrece mucho más que eso —replicó Luka, abriendo los ojos para encontrarse con la mirada atormentada de Snape—. Ofrece una verdad que nadie más en este castillo se atreve a mostrar. Y yo... yo no quiero estar en ningún otro lugar.
Severus soltó una risa seca, carente de humor pero cargada de una extraña ternura.
—Es usted un Gryffindor hasta la médula. Valiente hasta la estupidez.
—Y usted es un Slytherin que se preocupa demasiado por un alumno que solo le trae problemas —dijo Luka con una pequeña sonrisa.
Snape guardó silencio durante un largo momento. El conflicto interno era evidente en sus facciones: la lucha entre el deber, el pasado y este sentimiento nuevo e inoportuno que amenazaba con derribar sus muros. Finalmente, su mano bajó hasta el hombro de Luka, apretándolo con una firmeza que era casi un abrazo.
—Váyase, Luka —dijo, usando su nombre de pila por primera vez. El sonido envió un escalofrío por la espalda del joven—. Váyase antes de que cometa un error del que ninguno de los dos pueda escapar.
—¿Es un error sentir esto? —preguntó Luka, negándose a moverse.
—En este mundo, en este momento... es una sentencia —respondió Snape con gravedad. Pero luego, bajó la cabeza, su frente rozando la de Luka—. Pero quizás, solo por esta noche, podamos ignorar las sentencias.
Luka no esperó más. Se puso de puntillas y presionó sus labios contra la mejilla de Severus, justo al lado de la comisura de su boca. Fue un beso casto, cargado de una promesa silenciosa. Snape cerró los ojos y, por un instante, se permitió apoyarse en el joven, dejando que la vitalidad de Luka filtrara un poco de luz en su oscuridad eterna.
—Mañana volveré a ser el profesor que le resta puntos por existir —advirtió Severus, aunque su voz no tenía fuerza.
—Lo sé —sonrió Luka, retrocediendo un paso, pero sin romper el contacto visual—. Y yo volveré a ser el alumno que lo saca de sus casillas. Pero ahora sé que debajo de todas esas capas de negro, hay alguien que no es tan indiferente como pretende.
Severus lo observó mientras Luka comenzaba a alejarse por el pasillo. Justo antes de doblar la esquina, el joven se giró y le dedicó una última mirada radiante.
—¡Feliz Halloween, Severus!
Snape se quedó solo en la penumbra de las mazmorras. Se llevó una mano a la mejilla, allí donde el calor del beso todavía persistía. Un fantasma de sonrisa, casi imperceptible, cruzó su rostro antes de recuperar su máscara de severidad.
—Malditos Black —murmuró para sí mismo, aunque no había veneno en sus palabras—. Siempre eligiendo el camino más difícil.
Entró en su despacho y cerró la puerta tras de sí. Por primera vez en muchos años, la noche de Halloween no se sentía como un recordatorio de la muerte, sino como el extraño y peligroso comienzo de algo que, a pesar de todo, se sentía terriblemente vivo.
