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Ido

Fandom: Ninguno

Creado: 25/10/2026

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Fricción y Sedimento

La casa de los Katamari siempre se sentía demasiado grande cuando los padres de Hokori se ausentaban. Los pasillos, usualmente silenciosos, ahora resonaban con las pisadas pesadas de Natsuki Arahara, quien caminaba con una rigidez impropia de su constitución atlética. El entrenamiento en la academia Hoshigane había sido particularmente brutal esa semana, y los ejercicios de impacto para perfeccionar su Tap Boom le habían pasado factura.

Natsuki se dejó caer en el sofá de la sala, soltando un gruñido que sonó a medio camino entre un rugido de dolor y un insulto al aire. Sus hombros, anchos y marcados por las cicatrices de la explosión que definió su infancia, estaban tensos como cuerdas de violín a punto de romperse.

—Pareces un anciano de ochenta años, Arahara —se burló Hokori, apareciendo desde la cocina con una lata de refresco en la mano.

Sus vendas, impecables y envolventes como siempre, ocultaban casi todo su rostro, dejando solo ese ojo derecho inquisidor y burlón a la vista. Natsuki le lanzó una mirada asesina, sus ojos almendrados brillando con una irritación genuina.

—Cierra la boca, Katamari. Mis explosiones requieren retroceso. Tú solo mueves arena y te escondes detrás de muros de metal —respondió Natsuki con su habitual lengua afilada.

Hokori soltó una risita seca, acercándose.

—Al menos mis articulaciones no suenan como una bolsa de palomitas en el microondas. Anda, subamos. Si sigues así, mañana no podrás ni levantarte para desayunar. Te daré un masaje, aunque solo sea para que dejes de quejarte.

Natsuki entrecerró los ojos, sospechando de la repentina generosidad de su amigo. Hokori no era precisamente el tipo de persona que hacía favores sin una intención oculta o, al menos, sin aprovechar para soltar un par de comentarios hirientes.

—¿Tú? ¿Masajes? ¿Con esas manos de lija? —Natsuki resopló, pero el dolor en su espalda baja fue más fuerte que su orgullo—. Está bien. Pero si intentas algo raro, te haré estallar la cara.

—Qué agresivo. Me encanta —replicó Hokori con sarcasmo.

Una vez en la habitación de Hokori, el ambiente cambió. La luz del atardecer se filtraba por las cortinas, bañando el cuarto en un tono anaranjado y cálido. Natsuki se quitó la camiseta, revelando la extensión de su torso: una mezcla de músculos bien definidos y la piel rugosa de las quemaduras que cubrían la mitad de su cara y su brazo izquierdo. No se sentía cohibido frente a Hokori; se conocían desde que eran niños, y Hokori era una de las pocas personas que no miraba sus cicatrices con lástima, sino con la misma indiferencia ácida con la que miraba todo lo demás.

Natsuki se acostó boca abajo en la cama, hundiendo el rostro en la almohada. Sintió el colchón hundirse cuando Hokori se subió encima de sus piernas. La presión era firme, y pronto, las manos del chico vendado comenzaron a trabajar sobre los músculos tensos del protector en formación.

—Estás hecho un nudo, Natsuki —comentó Hokori. Sus dedos, expertos en sentir la estructura de las cosas gracias a su Enlace Molecular, encontraban cada punto de tensión con una precisión quirúrgica.

Natsuki soltó un suspiro largo, relajándose por fin.

—Menos charla y más presión —murmuró contra la almohada.

Hokori no respondió de inmediato. Se dedicó a recorrer la espalda de su amigo, admirando la fuerza que emanaba de él. A pesar de las cicatrices, Natsuki era imponente. De vez en cuando, un pequeño sonido de satisfacción, casi como un ronroneo ahogado, escapaba de los labios de Natsuki. Hokori sintió una chispa de malicia recorrerle la columna.

Se inclinó hacia adelante, dejando que su pecho rozara la espalda de Natsuki, y acercó sus labios al oído del chico.

—Si sigues haciendo esos ruiditos, voy a pensar que te estoy gustando más de la cuenta, Arahara —susurró con una voz cargada de una obscenidad juguetona.

Natsuki se tensó al instante. El calor subió a sus mejillas, compitiendo con el tono de sus quemaduras.

—¡Cállate, imbécil! —rugió, intentando girarse para quitárselo de encima.

Pero Hokori fue más rápido. Antes de que Natsuki pudiera reaccionar, el chico de las vendas utilizó su control sobre el entorno. Las partículas de metal en los cimientos de la cama y los elementos cercanos parecieron responder a su voluntad, ayudándolo a inmovilizar a Natsuki. Hokori atrapó las muñecas de su amigo y las presionó contra el respaldo de la cama.

—Ni te muevas —dijo Hokori, su tono ya no era solo burlón; había algo más profundo, una urgencia que rara vez mostraba.

—¿Qué demonios haces, Hokori? Suéltame —gruñó Natsuki, aunque no usó toda su fuerza para liberarse. Sus poderes de explosión eran peligrosos en espacios cerrados, y una parte de él, esa parte que solo Hokori conocía, tenía curiosidad por saber hasta dónde llegaría esto.

Hokori no respondió con palabras. Sus manos, liberadas de la tarea del masaje, comenzaron a explorar. Bajaron por los costados de Natsuki, rozando deliberadamente la piel quemada de su torso. Natsuki estremeció; su piel era extremadamente sensible en esas zonas. Los dedos de Hokori continuaron hacia el abdomen marcado y finalmente se engancharon en el dobladillo del pantalón de Natsuki.

—¿Quién será el de arriba primero? —preguntó Hokori, con una sonrisa que se adivinaba bajo las vendas y una voz que destilaba una confianza provocadora.

Natsuki no respondió. Frunció el ceño, mirando obstinadamente hacia la pared, pero sus acciones traicionaron su fingida molestia. Discretamente, abrió las piernas y rodeó la cintura de Hokori con ellas, atrayéndolo más hacia él.

Hokori soltó un suspiro entrecortado y liberó las muñecas de Natsuki. La urgencia se apoderó de ambos. Hubo un forcejeo torpe pero cargado de deseo mientras se deshacían de los pantalones. El aire en la habitación parecía haberse vuelto más denso, cargado de la electricidad estática que solía preceder a las explosiones de Natsuki.

—Siempre tan ruidoso —dijo Hokori, viendo cómo Natsuki abría la boca para protestar o quizás para soltar otro de esos quejidos que tanto lo irritaban y excitaban a la vez.

Para callarlo, Hokori le metió un dedo en la boca. Natsuki, en lugar de morderlo, lo miró con ojos desafiantes y, con una lentitud deliberada, ensalivó dos de los dedos de su amigo. El contacto visual era intenso; era una lucha de voluntades incluso en ese momento.

Cuando Hokori retiró los dedos, Natsuki se giró un poco, ocultando su rostro. Hokori comenzó a prepararlo, introduciendo un dedo con una paciencia que contrastaba con su personalidad impaciente. Natsuki soltó un quejido bajo, apretando las sábanas.

—¿Ya te duele, Protector? —se burló Hokori en voz baja.

Natsuki respondió lanzando una patada ciega que Hokori esquivó por poco.

—Sigue hablando y te juro que te arrepentirás —siseó Natsuki, aunque su cuerpo se arqueaba buscando más contacto.

Hokori añadió un segundo dedo, expandiéndolo con la habilidad de alguien que conocía cada centímetro de su compañero. Natsuki se tapó los ojos con el brazo libre, avergonzado por los sonidos que no podía contener. La fricción estaba generando pequeñas chispas invisibles en el aire, una manifestación física de su poder reaccionando a la excitación.

Finalmente, Hokori se preparó con el preservativo y, tras un momento de vacilación donde ambos se miraron a los ojos —el ojo descubierto de Hokori brillando con una intensidad inusual—, se hundió en él.

Ambos soltaron un jadeo sonoro. El encaje fue perfecto, una sincronía nacida de años de conocerse, de pelear y de protegerse mutuamente. Natsuki se acomodó, buscando el ángulo que sabía que a Hokori le volvía loco. Hokori comenzó a moverse con un ritmo constante, sus manos aferrándose a las caderas de Natsuki como si temiera que este fuera a explotar y desaparecer en cualquier momento.

Hokori se agachó, quedando a escasos centímetros del rostro de Natsuki. Sus respiraciones se mezclaban.

—Mírame, Natsuki —susurró, rozando sus labios.

Natsuki abrió los ojos. En ese momento, no había sarcasmo, no había burlas, solo una aceptación cruda y vulnerable. Se besaron con una desesperación que hablaba de todo lo que no se decían con palabras: el miedo a la academia, el peso de sus pasados y la extraña seguridad que solo encontraban el uno en el otro.

Hokori aumentó la velocidad. La fricción de sus cuerpos empezó a causar pequeñas chispas reales que saltaban de la piel de Natsuki, iluminando brevemente las vendas de Hokori. Natsuki se mordió el labio inferior, observando a su amigo. Amaba la cara que ponía Hokori al final; cómo perdía esa máscara de indiferencia, cómo sus cejas se arqueaban y su ojo se cerraba con fuerza, entregándose por completo.

Esa visión fue el detonante. Natsuki sintió la explosión interna, una mucho más placentera que las que provocaba en el campo de batalla, y ambos llegaron al límite casi al mismo tiempo, compartiendo un grito ahogado que se perdió en la habitación vacía.

Minutos después, el silencio regresó, pero era un silencio distinto, más pesado y satisfecho. Hokori se retiró, se deshizo del condón con un nudo rápido y lo lanzó a la papelera cercana. Se dejó caer al lado de Natsuki, respirando con dificultad.

—Entonces... —dijo Hokori, recuperando su tono burlón a pesar de estar agotado—. ¿Quieres ser el de arriba ahora o tu espalda de anciano no aguanta otra ronda?

Natsuki, que todavía tenía el rostro hundido en la almohada y el cuerpo tembloroso por la descarga de adrenalina, solo levantó la mano para hacerle un gesto obsceno.

—Te odio a ti y a tus dieciocho centímetros, Katamari —masculló con la voz ronca.

Hokori soltó una carcajada genuina y se acercó para pasar un brazo por encima de los hombros de su amigo. Natsuki no se apartó. En la penumbra del atardecer, los dos estudiantes de Hoshigane se quedaron así, permitiéndose bajar la guardia, sabiendo que, al amanecer, volverían a ser los mismos amigos explosivos y sarcásticos de siempre.

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