
En la escuela
Fandom: eltingvilleclub
Creado: 26/10/2026
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Entre grapas, cinismo y brillo de labios
El aire en el aula de castigo olía a cera de suelo rancia, polvo acumulado desde los años setenta y el inconfundible aroma a sudor rancio mezclado con desodorante barato de farmacia. Ese último hedor tenía nombre y apellidos: Josh Levy.
Maddy cruzó las piernas con un chasquido deliberado de sus medias de nailon y apoyó la barbilla en la palma de su mano, dejando escapar un suspiro que pretendía ser tan letal como el cianuro. Llevaba una chaqueta de terciopelo azul que le había costado tres semanas de suplicar a su madre y un brillo de labios sabor cereza que se retocaba cada diez minutos, principalmente para tener una excusa y mirarse en el pequeño espejo compacto en lugar de observar a la fauna que la rodeaba.
En el extremo opuesto de la fila, encorvado sobre su pupitre como una gárgola de Staten Island, estaba Josh. Llevaba una camiseta descolorida de Doctor Who que claramente había visto días mejores —probablemente en otra década—, vaqueros demasiado anchos y las gafas torcidas sobre un puente nasal que brillaba ligeramente por la grasa. Sus dedos, manchados de tinta, sostenían un tomo destartalado de ciencia ficción mientras su pie repiqueteaba un ritmo errático y desquiciante contra la pata de la mesa.
Maddy no lo soportaba. De hecho, no soportaba a ninguno de los cuatro engendros que formaban el autoproclamado Club Eltingville. Bill Dickey era un dictador megalómano con acné que se creía el centro del universo; Pete era un mastodonte babeante que solo pensaba en miniaturas; Jerry era una comadreja cobarde que coleccionaba cartas coleccionables como si fueran lingotes de oro; y Josh... Josh era simplemente el más amargado, venenoso y repulsivo de todos ellos. Una panda de vírgenes terminales que consideraban que una discusión sobre cómics descatalogados equivalía a un debate geopolítico.
El señor Henderson, el profesor de guardia, roncaba suavemente al fondo de la sala, con la cabeza enterrada entre exámenes sin corregir.
Josh dejó escapar un bufido estridente al pasar de página, acompañado de un chasquido de lengua que colmó la paciencia de Maddy.
—¿Te importaría parar? —espetó ella con voz cortante, bajando el espejo compacto con un golpe seco sobre la madera barnizada—. Algunas personas estamos intentando no morir de asco en silencio.
Josh ni siquiera levantó la mirada del libro de inmediato. Terminó el párrafo con una lentitud exasperante, humedeció su dedo índice para pasar la hoja y solo entonces alzó la cabeza. Tras los cristales gruesos de sus gafas, sus ojos castaños la miraron con el desprecio absoluto de quien contempla una mancha de humedad en la pared.
—Nadie te obliga a respirar el mismo aire, Maddy —replicó Josh con esa voz nasal y afilada que utilizaba siempre que sentía la necesidad de humillar verbalmente a alguien—. De hecho, si contuvieras la respiración durante los próximos cuarenta minutos, no solo salvarías al mundo de tus niveles de dióxido de carbono egocéntrico, sino que le harías un favor estético a este instituto.
Maddy arqueó una ceja perfectamente depilada.
—Qué ingenioso, Levy. ¿Eso venía en el manual de los perdedores o tuviste que consultar con tu grupito de vírgenes deformes para formular una frase completa?
—Al menos mis amigos y yo tenemos la capacidad cerebral para formar oraciones compuestas —contraatacó Josh, cerrando el libro con un golpe seco que resonó en el aula—. Tú necesitas un mapa conceptual y una barra de labios para recordar cómo se deletrea «insignificante».
—¡Cállate la boca, friki seboso! —siseó ella, inclinándose hacia delante en su asiento, furiosa de que ese desecho social no se achantara como los otros chicos que ella solía pisotear—. Si estoy en este agujero de castigo es por tu culpa y por la de tu patético amigo Bill.
Josh soltó una carcajada seca, carente por completo de humor.
—¿Por mi culpa? ¡Por favor! Tú fuiste la que decidió montar una escena histerotípica en el pasillo central solo porque Bill llevaba una caja de cómics y, Dios no lo permita, rozó tu preciada mochila de marca falsa. Empezaste a chillar como un cerdo en un matadero y tiraste sus copias de reserva al suelo. ¡Eran ediciones limitadas de Dark Horse, pedazo de analfabeta cultural!
—¡Eran papeles de colores para niños pequeños, idiota! —bramó Maddy en un susurro cargado de veneno—. ¡Y él casi me mancha con la salsa de pizza que siempre chorrea de sus dedos asquerosos! ¡Sois una plaga! Camináis por los pasillos oliendo a sótano y desesperación, miráis a las chicas normales como si fuéramos extraterrestres y luego lloráis porque nadie os invita a una fiesta decente.
Josh entrecerró los ojos. Por un instante, una punzada de auténtico rencor brilló tras sus lentes. Sabía perfectamente lo que el resto del instituto pensaba de él. Sabía que era un marginado, que su aspecto físico distaba mucho de los atletas con chaquetas universitarias y que su vida social se reducía a pelear a gritos por el canon de Star Wars en la tienda de cómics local. Pero si había algo que Josh Levy no toleraba, era la condescendencia de una tipa vacía que basaba toda su personalidad en ser cruel con los que consideraba inferiores.
—¿Fiestas decentes? —dijo Josh, bajando la voz a un tono gélido y venenoso—. ¿Llamas «fiesta decente» a emborracharte con cerveza tibia en el sótano de algún imbécil del equipo de fútbol que ni siquiera recuerda tu nombre de pila? Por favor, Maddy. No me hagas reír. Al menos cuando yo me obsesiono con algo, es con una obra que requirió creatividad, talento y esfuerzo humano. Tu mayor logro en la vida es coordinar los zapatos con la sombra de ojos para que un montón de simios que no saben leer sin mover los labios te den palmaditas en la espalda.
Maddy abrió la boca para destrozarlo, pero se quedó congelada durante un microsegundo. El ataque había sido certero. Demasiado certero.
La semana anterior, precisamente, un mariscal de campo la había confundido con otra chica llamada Melissa durante una fiesta en West Brighton. Había sido humillante, una herida privada que ella no le había contado a nadie. Ver que este cuatro ojos resentido le escupía esa verdad a la cara con tanta precisión le provocó un nudo de rabia ardiente en el estómago.
—Eres un monstruo patético —murmuró ella, apretando los puños sobre el pupitre—. Te crees muy listo porque usas palabras grandes, pero vas a acabar solo. Morirás rodeado de muñequitos de plástico y cajas de cartón, y nadie irá a tu funeral excepto tu madre y los otros tres raros de tu club.
—Prefiero estar rodeado de plástico que de idiotas —respondió él al instante, aunque la comisura de sus labios tembló levemente antes de recomponer su mueca de superioridad—. Y por cierto, se llaman «figuras de acción articuladas», no muñequitos. Aprende la terminología si vas a intentar insultarme con ella.
—Me da absolutamente igual cómo se llamen tus sustitutos de vida afectiva —soltó ella, apartando la mirada con desdén hacia la ventana.
Un silencio pesado y denso cayó sobre el aula. El señor Henderson emitió un ronquido especialmente sonoro, se removió en su silla y volvió a quedarse profundamente dormido. Fuera, la lluvia de la tarde de otoño comenzaba a golpear los cristales, empañando el mundo exterior y tiñendo el aula de una luz grisácea y deprimente.
Maddy miró el reloj de la pared. Aún quedaban veinticinco minutos. Sentía un vacío ridículo en el pecho, ese tipo de fastidio que aparece cuando una discusión no termina con una victoria clara y aplastante. Odiaba a Josh Levy. Odiaba su arrogancia barata, odiaba que no le tuviera miedo y odiaba que, en el fondo, supiera que él no era del todo estúpido.
Sin pensar muy bien en lo que hacía, Maddy desvió los ojos de nuevo hacia el libro que él había dejado sobre la mesa. La portada mostraba un paisaje desértico con dos lunas y una estructura mecánica destartalada. No parecía uno de esos cómics chillones de tíos en mallas; era una novela de bolsillo vieja, con las esquinas comidas.
—¿De qué es eso, de todas formas? —preguntó de pronto, su tono tan hostil y displicente como siempre, pero con un matiz involuntario de aburrimiento.
Josh parpadeó, desconcertado. Miró su libro y luego a ella, como si temiera que se tratara de una trampa elaborada para rociarle el pelo con pegamento.
—¿Por qué te importa? —inquirió él a la defensiva.
—No me importa —escupió Maddy de inmediato—. Solo intento evitar que mi cerebro se pudra mirando la pared. Y estás respirando tan fuerte que me distraes.
Josh resopló, pero no recogió el libro para esconderlo. Pasó la yema de los dedos por el lomo agrietado.
—Es Philip K. Dick. Ciencia ficción distópica. Trata sobre androides, la pérdida de empatía en la sociedad moderna y el colapso de la realidad percibida.
Maddy torció el gesto, procesando las palabras.
—Vaya. Suena increíblemente pretencioso.
—Lo dice la chica que considera que una revista de chismes de famosos es literatura de no ficción —apuntó él, aunque esta vez su réplica carecía del veneno asesino de antes. Sonaba más bien cansado, casi resignado.
—No leo revistas de chismes, pedazo de idiota —dijo ella, cruzándose de brazos—. Leo novelas de misterio. A veces. Cuando no tengo ganas de vomitar por culpa de gente como tú.
Josh ladeó la cabeza, observándola detenidamente. Por primera vez en los dos años que llevaban compartiendo pasillos en el instituto, se tomó la molestia de mirar más allá de la máscara de superficialidad agresiva que Maddy exhibía como una armadura. Se dio cuenta de que tenía unas pecas diminutas en el puente de la nariz, casi invisibles bajo el maquillaje, y que sus ojos tenían un brillo feroz que no provenía solo de la vanidad, sino de una desconfianza salvaje hacia todo lo que la rodeaba.
Era una perra redomada, sí. Pero no era del todo invisible para él. Y Josh odiaba admitir que, de no haber sido un monstruo desquiciado que se burlaba de él, Maddy era probablemente la chica más atractiva que se había sentado a menos de dos metros de su persona en meses.
—El misterio es una mierda si está mal escrito —comentó Josh de pronto, casi contra su voluntad—. El noventa por ciento de los autores modernos de suspense usan giros de guion tramposos porque no saben construir una resolución lógica de causa y efecto. Engañan al lector en lugar de dejar pistas inteligentes.
Maddy se quedó mirándolo, sorprendida por el comentario. Estuvo a punto de lanzarle otro insulto, pero el recuerdo de la última novela que había dejado a medias la detuvo. El asesino había resultado ser un personaje introducido en el último capítulo sin ningún sentido previo. Había querido quemar el maldito libro.
—La última basura que leí hizo exactamente eso —admitió ella a regañadientes, frunciendo los labios—. El culpable fue el hermano gemelo del mayordomo que ni siquiera existía hasta la página trescientas. Estuve a punto de tirarlo por el váter.
Josh soltó una breve carcajada, esta vez genuina, desarmada y corta.
—¿Ves? Eso es pereza narrativa. Un auténtico insulto a la inteligencia. Si un escritor hace eso en ciencia ficción, el fandom lo crucifica y quema sus obras en las convenciones. En vuestro mundillo de lecturas para señoras de mediana edad, simplemente lo ponen en la lista de más vendidos del New York Times.
Maddy sintió una extraña sacudida en el estómago. La risa de Josh no había sonado nasal ni repulsiva. Había sido normal. Incluso tenía un toque pícaro que, por una fracción de segundo aterradora, no le pareció del todo desagradable. Sintió que las mejillas se le encendían un poco y rápidamente se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja para disimularlo.
—No es mi «mundillo», Levy —masculló ella, intentando recuperar su postura altiva—. Y no te emociones. Que coincidamos en que un libro es una basura no significa que seamos amigos. Sigues siendo un friki repugnante que necesita ducharse en agua bendita.
—Y tú sigues siendo una psicópata superficial con delirios de grandeza que probablemente llora por las noches escuchando música pop de mierda —replicó Josh con una media sonrisa retorcida que no solía mostrarle a nadie fuera de su sótano.
—Vete al infierno.
—Ya estoy en el infierno, Maddy. Se llama castigo de viernes por la tarde, y estoy atrapado con Satanás en falda de tablas.
Maddy lo miró fijamente durante tres largos segundos. El silencio volvió a instalarse entre ellos, pero la atmósfera en el aula había cambiado de forma irreversible. Ya no era la hostilidad fría de dos extraños que se desprecian desde trincheras opuestas; ahora había una chispa de electricidad corrosiva, una tensión espesa y punzante que ninguno de los dos estaba dispuesto a admitir, pero que ambos sentían vibrar en el aire cargado de polvo.
El timbre del final del día resonó en los altavoces oxidados con un chirrido ensordecedor. El señor Henderson se despertó de golpe, tirando una pila de folios al suelo y balbuceando algo ininteligible sobre la Guerra Fría.
Josh fue el primero en ponerse de pie, recogiendo su libro y metiéndolo con torpeza en una mochila raída que amenazaba con reventar por el peso de sus cosas. Maddy se levantó con elegancia deliberada, colgándose su bolso al hombro y alisando su falda con movimientos lentos.
Caminaron hacia la salida del aula casi al mismo tiempo, rozándose involuntariamente en el marco estrecho de la puerta.
El contacto fue mínimo —apenas el roce del antebrazo de Josh contra el hombro cubierto de terciopelo de Maddy—, pero ambos se detuvieron en seco en el pasillo ya desierto. Josh dio un paso atrás de inmediato, ajustándose las gafas con un tic nervioso, sintiendo cómo el calor le subía violentamente por el cuello hasta las orejas.
Maddy lo miró desde arriba, con la barbilla en alto, pero sus ojos no tenían el desprecio asesino de hacía una hora. Había un desconcierto silencioso en su mirada, un escaneo inquisitivo que recorrió la postura encorvada del chico, su mandíbula apretada y ese fuego obstinado que se negaba a apagarse.
—La próxima vez que tus amigos me corten el paso —dijo Maddy en voz baja, cruzándose de brazos—, no me voy a limitar a tirar sus cajas de cartón. Os voy a arrancar los ojos a los cuatro.
Josh tragó saliva, pero forzó a su boca a adoptar su habitual mueca cínica.
—Bill es el único que colecciona esas ediciones infumables. Si quieres arrancarle los ojos a él, yo mismo te sostengo la puerta. Pero si tocas mis cosas, Maddy... vas a descubrir que un friki cabreado es mucho más peligroso que cualquier jugador de fútbol con retraso madurativo.
Ella dejó escapar una pequeña exhalación que sonó sospechosamente parecida a una risa ahogada.
—Pruébame, Levy.
Maddy dio media vuelta y comenzó a caminar por el pasillo vacío. Sus tacones resonaban con un eco rítmico y dominante contra las baldosas gastadas. Josh se quedó allí plantado durante un largo minuto, con la mochila colgada de un solo hombro y el corazón latiéndole con una fuerza ridícula en el pecho.
Justo antes de doblar la esquina que llevaba a la salida principal, Maddy miró hacia atrás por encima del hombro.
—Oye, idiota —llamó ella.
Josh alzó la cabeza, desconcertado.
—¿Qué?
—El autor ese... Dick —dijo ella, arrugando la nariz con fingido desinterés—. Si alguna vez decides que no necesitas ese libro mugriento para sentirte superior a los demás, déjalo en la mesa del fondo de la biblioteca el lunes. Solo para que pueda confirmar que tenías razón sobre lo aburrido que es.
Josh se quedó congelado. Tardó dos segundos enteros en procesar la petición camuflada bajo toneladas de sarcasmo. Una sonrisa diminuta, afilada y extrañamente satisfecha se dibujó en la comisura de sus labios.
—Está descatalogado, Maddy —gritó él por el pasillo—. Si le doblas una sola esquina a las páginas, te perseguiré hasta el fin del mundo.
Maddy rodó los ojos teatralmente, pero no borró la curva sutil que se formó en sus labios pintados de cereza antes de desaparecer tras el muro.
—Sigue soñando, perdedor.
Josh Levy permaneció solo en el pasillo iluminado por luces fluorescentes parpadeantes, con el olor a lluvia entrando por las rendijas de las ventanas y un nudo ardiente en la garganta. Sabía que sus amigos del club se burlarían de él hasta el fin de los tiempos si se enteraban de que había mantenido una conversación civilizada con una de las chicas más insoportables de la escuela. Sabía que ella era despiadada, que probablemente lo odiaría de nuevo el lunes por la mañana y que todo aquello era una pésima idea condenada al desastre más absoluto.
Y aun así, mientras se ajustaba la mochila y empezaba a caminar bajo la lluvia hacia la parada del autobús, no pudo evitar pensar que el lunes iba a ser el primer día de clase en años que no desearía que el instituto ardiera hasta los cimientos.
