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Fandom: Ninguno
Creado: 27/10/2026
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Encajes, Vendas y el Estruendo del Silencio
La plaza de la ciudad estaba inusualmente concurrida para ser un martes por la tarde, pero nadie habría podido reconocer a los dos estudiantes de tercer año de Hoshigane que caminaban entre la multitud. Si alguien les hubiera preguntado, probablemente habrían inventado una misión de infiltración de alto riesgo. La realidad era mucho más... privada.
Hokori Katamari caminaba con las manos hundidas en los bolsillos de una gabardina excesivamente grande. Bajo la capucha y la bufanda que le tapaba hasta la nariz, sus vendas habituales le daban una capa extra de anonimato. Solo su ojo derecho, afilado y alerta, asomaba entre las capas de tela. A su lado, Natsuki Arahara no se quedaba atrás; llevaba una gorra de béisbol calada hasta las cejas y un cuello alto que ocultaba las cicatrices de quemaduras que le subían por el cuello.
—Casi parecemos criminales —susurró Hokori, su voz amortiguada por la bufanda—. Si un héroe profesional nos detiene ahora, no tendré cara para explicar que solo estamos evitando que nos reconozcan los de la academia.
Natsuki soltó un bufido, ajustándose la mochila.
—Cierra la boca. Cuanto menos hablemos, más rápido saldremos de esto. Además, tú fuiste el que dijo que necesitábamos "material nuevo".
—Yo dije que estaba aburrido, que es distinto —replicó Hokori con ese tono burlón que siempre lograba irritar a Natsuki—. Pero mira quién es el que lleva el mapa mental de la zona. Estás ansioso, ¿eh, "Protector"?
Natsuki le lanzó una mirada fulminante que habría hecho retroceder a un villano de rango bajo, pero Hokori solo sonrió bajo sus vendas. Conocía a Natsuki desde la infancia; sabía que detrás de esa fachada explosiva y competitiva, el chico de las estrellas en las mejillas estaba tan nervioso como él.
Finalmente, llegaron. El establecimiento era discreto, con un cartel elegante que rezaba "L'Amour Secret". Desde fuera, cualquiera habría jurado que era una boutique de lencería de alta gama o una tienda de perfumes caros. Entraron con una cautela que rayaba en lo cómico, asegurándose de que nadie los viera cruzar el umbral.
El interior olía a sándalo y vainilla. La iluminación era tenue, diseñada para que los clientes se sintieran cómodos perdiendo la inhibición. Sin intercambiar palabra, se dirigieron directamente al fondo, a la sección de juguetes.
Pasaron varios minutos observando estantes de silicona, vibradores de última generación y accesorios de cuero. Hokori jugueteaba con el anillo de metal de su dedo, sintiendo la vibración molecular del material bajo su piel, una costumbre nerviosa.
—Ya tenemos ese —dijo Hokori, señalando un dispositivo plateado con desdén—. Y ese otro es básicamente una versión más ruidosa del que rompiste el mes pasado con una de tus chispas.
—¡Fue un accidente! —siseó Natsuki, cruzándose de brazos—. No controlo el "Tap Boom" cuando estoy... distraído.
Hokori soltó una risita seca. Se acercó a Natsuki, invadiendo su espacio personal hasta que pudo sentir el calor que emanaba del cuerpo atlético de su amigo. Se inclinó hacia su oído, rozando el borde de la gorra con sus labios cubiertos por la bufanda.
—Todo esto ya es aburrido, Natsu —susurró—. ¿Y si probamos con lencería? Algo... diferente.
Natsuki se tensó. El rojo subió por su cuello, compitiendo con el tono de sus cicatrices. Miró a Hokori, tratando de descifrar si era una de sus bromas sarcásticas para ponerlo a prueba o una propuesta real. El ojo derecho de Hokori brillaba con una intensidad que no dejaba lugar a dudas.
—Hay que llamar a un empleado entonces —respondió Natsuki, recuperando la compostura con un esfuerzo heroico—. No tengo idea de tallas y no pienso pasarme una hora adivinando qué encaje no se va a romper cuando te muevas.
Caminaron hacia el mostrador principal con la rigidez de dos soldados yendo al paredón. Una mujer de mediana edad, con una mirada amable y profesional que gritaba que lo había visto todo en esta vida, los recibió con una sonrisa.
—¿En qué puedo ayudarlos, caballeros? —preguntó ella.
Natsuki evitó la mirada de la mujer, concentrándose intensamente en un expositor de aceites de masaje a su derecha. Hokori, haciendo gala de su habitual sarcasmo defensivo, tomó la palabra.
—Queríamos ver... lencería femenina —dijo, arrastrando las palabras—. Algo de buena calidad. No queremos baratijas que se deshagan al primer contacto.
La mujer asintió sin juzgar y los guió hacia una sección apartada, protegida por cortinas de terciopelo. Allí, el aire parecía más pesado, cargado de encajes negros, rojos profundos y sedas transparentes.
Después de una media hora de murmullos, discusiones sobre qué color resaltaba más el tono de piel de cada uno y un par de bromas pesadas de Hokori sobre lo "adorable" que se vería Natsuki con lazos, finalmente compraron dos conjuntos cada uno. Salieron de la tienda con la bolsa oculta dentro de la mochila de Natsuki, caminando a paso ligero hasta llegar al apartamento que compartían cerca de la institución Hoshigane.
Una vez dentro, el ambiente cambió. La seguridad de las cuatro paredes les permitió despojarse de las capas de ropa exterior. Hokori dejó caer su gabardina al suelo y se deshizo de la bufanda, revelando las vendas que envolvían su cuello y rostro.
—Bien —dijo Natsuki, dejando la mochila sobre la cama—. Ya estamos aquí. ¿Vas a seguir burlándote o vas a probarte eso?
Hokori arqueó una ceja.
—¿Impaciente, Arahara? Pensé que el futuro Protector Legal tenía más autocontrol.
—Mi paciencia se agotó en la tienda cuando sugeriste que el conjunto rosa combinaba con mis ojos —respondió Natsuki, acercándose a él—. Entra al baño. Yo me probaré el negro aquí.
Hokori soltó una carcajada y desapareció tras la puerta del baño.
Minutos después, Hokori salió. Se había quitado la mayor parte de las vendas del torso, dejando solo las necesarias para cubrir sus inseguridades más profundas. El conjunto de lencería que había elegido era de un verde esmeralda oscuro, un encaje fino que contrastaba violentamente con la blancura de las vendas que aún rodeaban sus brazos y parte de su pecho. Se sentía expuesto, una sensación que odiaba y amaba a partes iguales.
Natsuki estaba de pie junto a la ventana, ya cambiado. Llevaba un conjunto de seda negra, minimalista pero diseñado para resaltar cada músculo de su cuerpo atlético. Las cicatrices de su torso y brazo izquierdo quedaban a la vista, marcando su piel como un mapa de batallas pasadas.
Al ver a Hokori, Natsuki se quedó sin palabras. El sarcasmo desapareció de su rostro, reemplazado por una intensidad cruda.
—Te ves... —Natsuki buscó la palabra, pero se rindió—. Te ves jodidamente bien, Katamari.
Hokori sintió un nudo en la garganta. Se acercó lentamente, sus pies descalzos sin hacer ruido sobre la alfombra.
—No te pongas sentimental ahora, Natsu. Me haces perder el ritmo —dijo Hokori, aunque su voz carecía de la mordacidad habitual.
Se detuvo frente a él. La diferencia de altura era mínima, pero la tensión entre ambos era sísmica. Hokori extendió una mano y rozó con las yemas de los dedos la estrella en la mejilla de Natsuki, bajando luego hacia la piel rugosa de la cicatriz en su cuello.
—¿Te duele? —preguntó en un susurro.
—Ya no —respondió Natsuki, atrapando la mano de Hokori—. Sabes que no me importa que la gente las vea. Pero contigo... es diferente.
Natsuki tiró de él, eliminando el espacio restante. Hokori soltó un pequeño jadeo cuando sintió el calor del cuerpo de su amigo. El Enlace Molecular de Hokori reaccionó por instinto; el metal de las cremalleras y los botones de la ropa desechada en el suelo vibró levemente, respondiendo a su agitación emocional.
—Eres un desastre, ¿lo sabías? —murmuró Hokori, ocultando su rostro en el hueco del cuello de Natsuki.
—Y tú eres un cínico insoportable —replicó Natsuki, rodeando la cintura de Hokori con sus brazos—. Pero eres mi cínico.
Natsuki inclinó la cabeza y buscó los labios de Hokori. El beso comenzó como una chispa, algo pequeño y controlado, pero rápidamente escaló. Con Natsuki, todo era una explosión latente. Hokori sintió el pequeño chasquido de energía estática —el preludio del Tap Boom— contra su piel, un hormigueo que le recorría la columna.
Se separaron apenas unos milímetros, jadeando.
—Cuidado con las explosiones —advirtió Hokori con una sonrisa maliciosa—. Este encaje costó más que tus botas de entrenamiento. Si lo rompes, te haré pagar con intereses.
Natsuki soltó una risa ronca, una de esas que solo Hokori lograba sacarle.
—Entonces tendré que ser extremadamente cuidadoso... o simplemente no dejar que el encaje se interponga por mucho tiempo.
Hokori sintió que su corazón martilleaba contra sus costillas. A veces, la vulnerabilidad no se trataba de quitarse las vendas, sino de permitir que alguien viera lo que había debajo de ellas, incluso si era a través del encaje y las sombras.
—Natsu —dijo Hokori, de repente serio—. Gracias.
Natsuki lo miró a los ojos, comprendiendo que no se refería a la ropa, ni a la tarde de compras, sino a los años de estar ahí, de sacarlo del pozo cuando su relación anterior casi lo destruye, de ser la única persona que no se apartaba cuando el sarcasmo de Hokori se volvía demasiado afilado.
—No tienes que agradecer nada —respondió Natsuki, suavizando el tono—. Estamos juntos en esto. En las misiones, en Hoshigane y... en esto.
Hokori asintió, recuperando su máscara de confianza.
—Bien. Porque si te pones más cursi, voy a tener que usar mi poder para sellar tus labios con el metal del marco de la cama.
—Inténtalo, momia —desafió Natsuki con una chispa en los ojos.
El resto de la tarde se desvaneció en el silencio del apartamento. Fuera, el mundo esperaba a los futuros héroes, a los protectores de la paz, a los estudiantes ejemplares. Pero allí dentro, solo eran dos chicos de diecisiete años, marcados por el pasado y unidos por un vínculo que ninguna explosión o manipulación molecular podría romper.
Hokori se dejó llevar, permitiendo que Natsuki fuera su ancla. Por una vez, no necesitaba correr para mantenerse ocupado ni hablar consigo mismo para llenar el vacío. El sonido de la respiración de Natsuki y el calor de su piel eran más que suficientes.
Mientras el sol comenzaba a ponerse, proyectando sombras alargadas sobre la habitación, Hokori se dio cuenta de que no importaba cuántas capas de vendas o ropa usara para esconderse del mundo. Mientras Natsuki estuviera allí para ver a través de ellas, él estaría a salvo.
—Oye, Katamari —dijo Natsuki mucho después, cuando la oscuridad ya envolvía el cuarto.
—¿Qué?
—El conjunto verde... realmente te queda bien.
Hokori sonrió en la oscuridad, un gesto genuino que nadie más vería jamás.
—Lo sé. Tengo un gusto excelente. Ahora cállate y duerme, Protector. Tenemos entrenamiento a las seis.
Natsuki gruñó, pero se acomodó más cerca de él. El silencio volvió a reinar, pero esta vez, no era un silencio incómodo, sino uno lleno de promesas y la certeza de que, pasara lo que pasara en Hoshigane, nunca tendrían que enfrentarlo solos.
