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Fandom: Ninguno

Creado: 27/10/2026

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Encajes, Vendajes y Explosiones

El viento de la tarde soplaba con una frialdad que justificaba, en parte, el exceso de equipaje textil que ambos cargaban sobre sus hombros. Hokori Katamari caminaba con las manos hundidas en los bolsillos de una gabardina demasiado grande para su estructura de 1,74 metros, con una bufanda que le daba tres vueltas al cuello y un gorro de lana calado hasta las cejas. Solo su ojo derecho, ese que siempre parecía estar juzgando la existencia misma de la humanidad, asomaba entre los pliegues de lana y sus habituales vendajes.

A su lado, Natsuki Arahara no se quedaba atrás. Llevaba una sudadera con capucha bajo una chaqueta de cuero y una mascarilla que ocultaba las cicatrices de quemaduras que le surcaban la mitad del rostro. Parecían dos delincuentes de poca monta o dos celebridades huyendo de los paparazzi, pero el objetivo era mucho más mundano y, a la vez, mucho más humillante para su orgullo de aspirantes a héroes de la Academia Hoshigane.

—Si alguien nos ve aquí, juro que usaré el Enlace Molecular para hundirme en el pavimento y no salir nunca más —susurró Hokori, su voz amortiguada por la tela.

—Cállate y camina —respondió Natsuki, con ese tono explosivo que ni siquiera el frío lograba aplacar—. Tú fuiste el que dijo que necesitábamos "variedad". Ahora no te eches atrás, pedazo de momia.

—Solo digo que caminar así nos hace ver más sospechosos que entrar con el uniforme de la escuela —replicó Hokori, lanzándole una mirada burlona—. Pero claro, el gran Natsuki Arahara tiene miedo de que una señora de setenta años lo reconozca.

—¡No es miedo, es discreción! —Natsuki apretó los puños, y una pequeña chispa saltó de sus nudillos, invisible bajo los guantes.

Finalmente, llegaron. El local era discreto, con un escaparate que mostraba conjuntos de lencería elegante y perfumes caros. Cualquiera pensaría que era una boutique de lujo, pero ambos sabían perfectamente qué se escondía tras las puertas de madera oscura. Entraron con una cautela casi cómica, moviéndose en sincronía hacia la parte trasera, esquivando las miradas de los pocos clientes presentes.

Una vez en la sección de juguetes, el ambiente se relajó un poco. Hokori empezó a juguetear con una caja, leyéndola con el ceño fruncido bajo el gorro.

—Ya tenemos esto. Y esto también. Ese es igual al que rompiste el mes pasado cuando te emocionaste demasiado con una explosión —comentó Hokori con sarcasmo, dejando la caja en el estante—. Es aburrido. Todo esto es... repetitivo.

Natsuki soltó un bufido, cruzándose de brazos. Las marcas de estrella en sus mejillas, apenas visibles sobre la mascarilla, parecían encenderse con su irritación.

—¿Y qué sugieres, genio? ¿Compramos un látigo? Porque te aseguro que no tengo la paciencia para aprender a usarlo sin arrancarte un ojo.

Hokori se acercó a él, invadiendo su espacio personal con esa confianza que solo años de amistad y algo más le permitían. Se inclinó hacia el oído de Natsuki, y su voz bajó a un susurro que hizo que los vellos de la nuca del pelicorto se erizaran.

—¿Y si probamos con lencería?

Natsuki se tensó. Sus ojos verdes se abrieron de par en par, reflejando una mezcla de desconcierto y una curiosidad que intentó ocultar de inmediato.

—¿Lencería? —repitió Natsuki, tratando de sonar indignado—. Hokori, somos tipos de 1,75. Eso no va a...

—Oh, vamos, Natsuki. ¿Dónde quedó tu espíritu competitivo? —Hokori se apartó, sonriendo bajo sus vendas—. ¿O es que tienes miedo de que me vea mejor que tú?

—¡En tus sueños! —Natsuki se quitó la mascarilla de un tirón, olvidando por un momento la discreción—. Está bien. Pero vamos a necesitar ayuda. No tengo ni idea de tallas de... de eso.

Caminaron hacia el mostrador con la rigidez de quien va a confesar un crimen. La empleada, una mujer de mediana edad con una expresión de haberlo visto todo en esta vida, los observó por encima de sus gafas. Hokori evitó su mirada, fingiendo un repentino interés por un catálogo de aceites, mientras Natsuki tomaba la iniciativa, aunque sus orejas estaban rojas como tomates.

—Queremos ver... lencería femenina —soltó Natsuki, rápido, como si las palabras quemaran—. Cuatro conjuntos. Dos para cada uno.

La mujer no parpadeó. Con una eficiencia profesional, los guió hacia una sección más privada, midiendo con la mirada sus complexiones atléticas antes de sacar varias perchas.

—Para el caballero de las vendas, algo en rojo —sugirió la mujer, extendiendo un conjunto de encaje carmesí que parecía más hilo que tela—. Y para usted, joven, el verde esmeralda resaltará sus ojos.

Hokori soltó una risita ahogada al ver la cara de Natsuki. Compraron los cuatro conjuntos sin discutir el precio y salieron de la tienda casi corriendo. El trayecto de vuelta a casa fue significativamente más rápido; la ansiedad y una tensión eléctrica palpitaban entre ellos.

Al llegar al apartamento, el aire cambió. Ya no había necesidad de esconderse, pero la vergüenza seguía ahí, mezclada con una anticipación que hacía que a Natsuki le picaran las manos por generar una explosión.

—Toma el verde —dijo Hokori, lanzándole el paquete mientras él agarraba el rojo—. Combina con tus ojos. Y con tu mal genio.

—Cierra la boca —gruñó Natsuki, entrando en la habitación y empezando a quitarse las capas de ropa con movimientos bruscos y eficientes.

Hokori se quedó apoyado en el marco de la puerta, observando. Siempre le fascinaba el cuerpo de Natsuki: la potencia de sus músculos, las cicatrices que contaban historias de batallas pasadas y esa piel que siempre parecía irradiar calor.

—¿Vas a quedarte ahí mirando como un pervertido o te vas a cambiar tú también? —gritó Natsuki, ya en ropa interior, con el rostro encendido de molestia y excitación.

—Es una vista hermosa, no puedo evitarlo —respondió Hokori con su habitual sarcasmo, aunque sus manos temblaron un poco al empezar a deshacerse de sus propias prendas y, con cuidado, de algunas de sus vendas exteriores.

Minutos después, la escena en la habitación era, como mínimo, inusual para dos futuros héroes. Hokori se dejó caer en la cama con los brazos abiertos, el encaje rojo resaltando contra la palidez de su piel y la blancura de las vendas que aún cubrían gran parte de su cuerpo. Se veía etéreo, peligroso y extrañamente vulnerable.

Natsuki se acercó lentamente. El conjunto verde esmeralda contrastaba con sus cicatrices de forma violenta y bella a la vez. Se veía poderoso, incluso envuelto en algo tan delicado como el encaje.

—Te ves... —Natsuki buscó la palabra, rascándose la nuca—... menos idiota de lo habitual.

—Y tú te ves como si fueras a explotar en cualquier momento —rio Hokori, extendiendo una mano para tirar de él—. Ven aquí.

Natsuki se dejó caer sobre él, sellando el espacio con un beso que sabía a urgencia y a años de confianza compartida. En su relación, las etiquetas de "arriba" o "abajo" eran irrelevantes; eran compañeros en el campo de batalla y en la cama, turnándose el control con una equidad que solo ellos entendían.

Sin embargo, la logística de la lencería resultó ser más complicada de lo esperado. Mientras Natsuki intentaba maniobrar, se oyó un crujido seco de tela desgarrándose.

—¡Maldita sea! —exclamó Natsuki, forcejeando con una tira de encaje rojo que se había enredado en uno de sus dedos—. Esto es demasiado pequeño.

—¡Cuidado! —Hokori soltó una carcajada, aunque su respiración ya era agitada—. Creo que me arrepiento de esos 6000 yenes. Esos encajes no están diseñados para gente que entrena para demoler edificios.

—Me estorba —sentenció Natsuki, y con un movimiento brusco, terminó de romper la pieza que le impedía el paso—. Ya te compraré otro.

La primera ronda fue de Natsuki. Su estilo era como su poder: explosivo, intenso, directo. Penetró a Hokori con una urgencia que hizo que el control de este sobre el polvo de la habitación flaqueara, haciendo que pequeñas motas de suciedad bailaran en el aire siguiendo el ritmo de sus embestidas. Hokori arqueó la espalda, sus manos buscando las cicatrices en la espalda de Natsuki, aferrándose a él como si fuera su único ancla en medio de una tormenta.

—Natsuki... —jadeó Hokori, su sarcasmo completamente olvidado, sustituido por una sensibilidad que solo mostraba entre esas cuatro paredes.

Cuando el clímax los alcanzó, el calor en la habitación era casi insoportable. Se quedaron unos minutos en silencio, recuperando el aliento, con los restos de la lencería verde y roja esparcidos por las sábanas como pétalos de flores marchitas.

—Mi turno —susurró Hokori después de un rato, con una sonrisa felina.

La segunda ronda fue diferente. Hokori era metódico, disfrutando de cada reacción de Natsuki, de cada gemido que lograba arrancarle al chico que normalmente era todo gritos y bravuconería. Hokori usaba su agilidad para dominar el espacio, moviéndose con una gracia que contrastaba con la fuerza bruta de Natsuki. Ver al impulsivo Arahara perder el control, con los ojos verdes nublados por el placer y las marcas de estrella en sus mejillas encendidas, era la mayor victoria de Hokori.

Finalmente, ambos quedaron exhaustos, pero la tensión aún no se había disipado del todo. Se acomodaron de lado, frente a frente, compartiendo el mismo aire.

—Definitivamente, la lencería es un desperdicio de dinero para nosotros —comentó Natsuki, aunque no parecía realmente molesto mientras acariciaba el borde de una venda en el cuello de Hokori.

—Pero admitamos que el verde te queda increíble —replicó Hokori, recuperando su tono burlón—. Aunque prefiero cuando no tienes nada encima. Es más fácil no romper cosas.

—Tú eres el que siempre quiere probar cosas raras.

—Y tú eres el que siempre me sigue la corriente.

Se besaron de nuevo, un beso lento, cargado de un cariño que rara vez admitían en voz alta. Sus manos bajaron al unísono, encontrándose en medio de la cama. Comenzaron a masturbarse mutuamente, sin prisa, disfrutando del contacto de la piel, de la fricción y de la vista del otro. Natsuki cerró los ojos, dejando que pequeñas chispas brotaran de su piel por el roce, mientras Hokori se concentraba en la sensación del metal de la estructura de la cama bajo ellos, usándolo como un conductor para su propia estabilidad emocional.

Cuando terminaron por tercera vez, el agotamiento era total. Se envolvieron en las mantas, ignorando los jirones de encaje que habían quedado olvidados en el suelo.

—Hokori —dijo Natsuki, ya con los ojos medio cerrados.

—¿Mmm?

—No vuelvas a sugerir ropa interior de mujer. La próxima vez, si quieres variedad, compramos una pizza extra grande y nos quedamos viendo películas.

Hokori soltó una carcajada suave, acomodándose contra el pecho de su amigo de la infancia, escuchando el latido rítmico de su corazón.

—Trato hecho, explosivo. Pero mañana tú limpias los restos de rojo de la alfombra.

Natsuki no respondió, ya sumido en el sueño, pero apretó a Hokori un poco más fuerte contra él, un gesto silencioso de que, sin importar las tonterías que hicieran o el peligro que enfrentaran como héroes, siempre regresaría a ese espacio seguro donde las vendas y las cicatrices no importaban.

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