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Ayuda a spidey

Fandom: Marvel

Creado: 31/10/2026

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El aroma de la pólvora y el algodón dulce

La noche en Nueva York siempre olía a una mezcla de smog, comida rápida y adrenalina, pero para Peter Parker, el aire se había vuelto repentinamente denso, pesado y cargado de un matiz dulce que lo mareaba. Se balanceaba entre los edificios con una torpeza impropia de él. Sus sentidos arácnidos no le advertían de un peligro externo, sino de una traición interna.

Su cuerpo, ese que siempre había respondido con precisión matemática, estaba empezando a arder.

Todo el mundo creía que Spider-Man era un beta. Era la suposición lógica: era fuerte, resistente y no emitía esas feromonas territoriales de los alfas ni la vulnerabilidad cíclica de los omegas. Peter se había esforzado años en mantener esa fachada, usando supresores experimentales que él mismo fabricaba en el laboratorio de la universidad. Pero hoy, entre los exámenes finales y las tres patrullas seguidas, el frasco se había quedado vacío y su cuerpo había decidido cobrar la factura.

—Mierda... —susurró, aterrizando de forma errática en una azotea—. Ahora no, por favor, ahora no.

Un espasmo recorrió su columna. Sus rodillas flaquearon. El calor que emanaba de su entrepierna era sofocante y el roce del traje de licra contra su piel, que normalmente ni sentía, ahora le resultaba insoportable, como si miles de agujas calientes lo pincharan.

Solo había una persona en toda la ciudad que sabía su secreto. Alguien que, a pesar de ser un mercenario bocazas y moralmente cuestionable, nunca lo había juzgado por su casta.

Wade Wilson.

Wade vivía en un apartamento destartalado que olía a tacos, aceite de armas y un perfume caro que no pegaba con el resto del lugar. Cuando Peter golpeó la ventana con nudillos temblorosos, Wade estaba sentado en el sofá, sin máscara, puliendo una de sus katanas.

Wade Wilson era, en una palabra, insultante. Tenía el cabello rubio perfectamente peinado, unos rasgos afilados que parecían esculpidos por un artista renacentista y un cuerpo musculoso que incluso el traje de cuero rojo no lograba ocultar del todo. Era un Alfa, uno de los más puros y potentes que Peter había conocido, pero su personalidad solía eclipsar su biología.

Wade levantó la vista y sus ojos azules se abrieron de par en par al ver la figura roja y azul colapsar contra el cristal.

—¡Spidey! ¿Vienes por la cena o es que finalmente te has dado cuenta de que mi trasero es el mejor postre de la ciudad? —Wade abrió la ventana de par en par, pero su tono burlón murió en el acto cuando el olor lo golpeó.

Era el aroma de un omega en celo: una mezcla de flores blancas y algo puramente instintivo que gritaba por protección.

—Wade... ayúdame —jadeó Peter, dejándose caer al suelo de la sala.

Wade se quedó rígido por un segundo. Sus instintos de Alfa rugieron, pero su devoción por el héroe fue más fuerte. Se arrodilló a su lado, sus manos grandes y cálidas sosteniendo los hombros de Peter.

—Cielos, Petey... Estás ardiendo —dijo Wade, su voz bajando una octava, volviéndose más profunda y vibrante—. Tranquilo, arañita. Tío Deadpool se encarga.

Wade no hizo preguntas. Sabía lo que significaba esto para Spider-Man. Lo levantó en brazos como si no pesara nada, disfrutando por un breve segundo de cómo Peter se acurrucaba contra su pecho, buscando su calor. Lo llevó a su habitación, el único lugar que Wade mantenía relativamente limpio.

—Escucha, no voy a tocarte si no quieres —dijo Wade, depositándolo en la cama—. Quédate aquí. Usa mi ropa, haz lo que necesites. Voy a cerrar la puerta y me quedaré en el sofá.

—Gracias... —susurró Peter, apenas consciente.

Wade salió de la habitación, cerrando la puerta con un clic sonoro. Peter, movido por un instinto que no podía controlar, empezó a despojarse de su traje. Con manos torpes, buscó en el armario de Wade. Sacó una de sus camisetas rojas más grandes, un par de medias largas que Wade usaba por alguna razón que Peter no quería preguntar, y se quedó solo con su ropa interior debajo.

Empezó a arrastrar las mantas, las almohadas y las sudaderas de Wade al centro de la cama. Estaba construyendo un nido. Necesitaba el olor de Wade. El olor del Alfa era lo único que parecía calmar el zumbido frenético en su sangre. Se ovilló en el centro de la montaña de ropa, inhalando el aroma a pólvora y sudor limpio del mercenario.

Pasaron las horas. El calor no disminuía; al contrario, se volvía una tortura líquida. Peter se retorcía, sus dedos enterrándose en las sábanas. Gemía, un sonido agudo y necesitado que atravesaba las paredes del apartamento.

En la sala, Wade estaba al borde del colapso. Sus instintos le gritaban que entrara, que reclamara, que aliviara el dolor de su omega. Pero respetaba a Spider-Man más de lo que respetaba la ley. Se había puesto su máscara de Deadpool, no porque fuera a pelear, sino porque sentía que si Peter lo veía a la cara en ese estado, no podría controlarse.

—Wade... —el grito llegó desde la habitación, roto y desesperado—. Wade, por favor... no puedo más. Me duele.

Wade se levantó de un salto. Entró en la habitación y la imagen casi lo hace caer de rodillas. Peter estaba en el centro del nido, con su camiseta puesta, las piernas cubiertas por las medias largas y una expresión de agonía y placer que Wade nunca olvidaría.

—Spidey, estoy aquí —dijo Wade, acercándose a la cama.

—Ayúdame... por favor, Wade. Haz algo —suplicó Peter, extendiendo una mano temblorosa.

—¿Estás seguro? —preguntó Wade, su voz ronca tras la máscara—. Si cruzo esa línea, no hay vuelta atrás. No quiero que te arrepientas mañana.

—No me arrepentiré... te necesito —Peter tiró del brazo de Wade, obligándolo a subir a la cama.

Wade no se quitó la máscara, y Peter, en su nublada mente, agradeció el anonimato que eso le brindaba también a él, aunque Wade supiera quién era. El Alfa se posicionó sobre él, su tamaño eclipsando por completo el cuerpo atlético pero más menudo del omega.

—Va a doler un poco, Petey —advirtió Wade, sus manos recorriendo los costados de Peter, subiendo por la camiseta—. Pero te prometo que después será el mejor viaje de tu vida.

—Solo hazlo... —gimió Peter, abriendo las piernas y enredándolas alrededor de la cintura de Wade.

Cuando Wade entró en él, Peter soltó un grito que quedó ahogado contra el hombro del mercenario. Fue una invasión total. Sintió como si sus entrañas estuvieran siendo revueltas, una presión inmensa que lo llenaba por completo. Wade era grande, demasiado grande, y la sensación de ser reclamado por un Alfa de su calibre era abrumadora.

—¡Ah! Wade... espera... —Peter jadeó, las lágrimas asomando en sus ojos avellana tras los párpados cerrados.

—Tranquilo, respira conmigo —susurró Wade al oído, su aliento caliente filtrándose a través de la tela de la máscara—. Déjame cuidarte, arañita.

Wade comenzó a moverse con una lentitud tortuosa, permitiendo que el cuerpo de Peter se acostumbrara a él. Cada embestida era profunda, deliberada, buscando ese punto exacto que hacía que los dedos de los pies de Peter se curvaran. A pesar del dolor inicial, una oleada de placer eléctrico comenzó a irradiar desde su centro hacia cada terminación nerviosa.

—Eso es... así de bien me sientes, ¿verdad? —dijo Wade, soltando un gruñido bajo—. Eres tan estrecho, Petey. Eres perfecto.

Peter no podía responder con palabras. Sus manos se aferraban a la espalda de Wade, sus uñas marcando el traje rojo. El dolor se transformó en una necesidad voraz. Se sentía pequeño, protegido y extrañamente completo. Le encantaba la forma en que Wade lo dominaba, la forma en que su peso lo hundía en el nido de ropa.

—Más... más fuerte —pidió Peter, golpeando su cabeza contra la almohada.

Wade no se hizo rogar. Aumentó el ritmo, sus embestidas volviéndose más erráticas y potentes. El sonido de sus cuerpos chocando y los gemidos desvergonzados de Peter llenaron la habitación. Wade estaba perdiendo el control, sus instintos de Alfa tomando el mando, marcando el ritmo de un baile que ambos necesitaban desesperadamente.

—Eres mío, ¿lo sabes? —gruñó Wade, mordiendo suavemente el cuello de Peter a través de la tela, evitando marcarlo permanentemente pero dejando clara su intención—. Mi omega, mi héroe.

—Tuyo... —confirmó Peter en un suspiro, mientras el clímax empezaba a formarse en su vientre como una tormenta de calor—. Wade, voy a...

—Hazlo, Petey. Hazlo para mí.

El orgasmo golpeó a Peter con la fuerza de un camión. Su cuerpo se tensó, arqueándose contra Wade mientras soltaba un grito desgarrador. Segundos después, Wade lo siguió, llenándolo con una calidez que pareció apagar finalmente el fuego del celo.

El silencio que siguió solo estaba roto por sus respiraciones agitadas. Wade no se apartó; se dejó caer sobre Peter, con cuidado de no aplastarlo, envolviéndolo en un abrazo protector.

—¿Sigues vivo, Spidey? —preguntó Wade después de unos minutos, recuperando un poco de su tono habitual, aunque todavía teñido de una ternura inusual.

Peter, con la cara hundida en el pecho de Wade y el aroma del Alfa envolviéndolo como una manta, soltó un suspiro de pura satisfacción.

—Cállate, Wade —susurró con una sonrisa débil—. Y no te muevas.

—A sus órdenes, su alteza arácnida —respondió Wade, besando la coronilla de su cabeza—. No me voy a ningún lado.

En la oscuridad de la habitación, rodeados de ropa usada y el rastro del encuentro, Spider-Man finalmente encontró el descanso que su cuerpo y su alma habían estado buscando, en los brazos del hombre menos esperado, pero más necesario.

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