
el don chaquetas, perdio octubre
Fandom: scott pilgrim
Creado: 2/11/2026
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Saxofón y Salchipapas: El Ritmo del Corazón de Don Pablito
La noche en Toronto tenía ese frío característico que te calaba hasta los huesos, pero dentro del local "The Rockit", el ambiente era una mezcla pegajosa de sudor, cerveza barata y amplificadores a punto de estallar. Scott Pilgrim estaba en el escenario, peleándose con su bajo como si fuera un animal salvaje, mientras Kim Pine aporreaba la batería con el entusiasmo de alguien que odia el mundo.
Y a un lado, ocupando un espacio considerable pero con una gracia inesperada, estaba Don Pablito.
Don Pablito no era un adolescente angustiado ni un bajista con problemas de compromiso. Era un hombre de unos cuarenta y tantos, con una barriga prominente que tensaba los botones de su camisa de flores y una estatura de 1,70 que lo hacía parecer un barrilito de pura alegría. En sus manos, sin embargo, sostenía algo que no encajaba con el punk garajero de Sex Bob-omb: un saxofón tenor dorado que brillaba bajo las luces rojas del escenario.
—¡Uno, dos, tres, cuatro! —gritó Kim.
La banda arrancó con un acorde distorsionado y Don Pablito, cerrando los ojos con una sonrisa de oreja a oreja, sopló. El sonido del saxofón irrumpió en la melodía, transformando el ruido en algo extrañamente bailable, algo con alma. Pablito se movía, sus rodillas subían y bajaban al ritmo, y cada vez que terminaba una frase musical, lanzaba un guiño a la audiencia.
—¡Eso es, Pablito! —gritó Scott entre versos— ¡Dale sabor!
—¡Sabor es lo que me sobra, muchacho! —respondió Pablito sin dejar de tocar, aunque el esfuerzo le hacía sudar la gota gorda.
Al terminar el set, Pablito bajó del escenario secándose la frente con un pañuelo de seda que siempre llevaba en el bolsillo. Se acercó a la barra, donde Stephen Stills intentaba contar las ganancias (que ascendían a unos decepcionantes doce dólares).
—Oye, Pablito, estuviste genial —dijo Stephen, suspirando al ver las monedas—. Pero sigo pensando que el saxofón le quita el toque "sucio" a la banda.
—¡Qué va, Esteban! —Don Pablito soltó una carcajada profunda que hizo vibrar sus mejillas—. La música es como una buena parrillada: si no le pones chimichurri, no sabe a nada. Y mi saxo es el mejor condimento que vas a encontrar en este lado de Ontario.
Pablito apoyó el codo en la barra y miró a su alrededor. A pesar de su personalidad vibrante y de ser el alma de cualquier reunión, el hombre sentía un vacío en el pecho. O quizás era hambre. No, esta vez era diferente. Estaba en busca del amor, de esa chispa que Scott encontraba cada vez que veía a una chica con el pelo de un color diferente.
—¿Y tú qué, Pablito? —preguntó Scott, acercándose con una soda—. ¿Cuándo vas a conseguirte una novia?
—Ay, Scott... el amor es como mi saxofón —dijo Pablito, bajando la voz con un tono conspirador—. Tienes que saber soplar en el lugar correcto para que suene bien. Y a veces, si aprietas demasiado, sale un gallo.
Scott parpadeó, procesando el doble sentido.
—Eso... suena doloroso.
—¡Es una metáfora, chico! —Pablito le dio una palmada en la espalda que casi lo tira al suelo—. Pero hablando en serio, estoy listo. Mi corazón está más abierto que una tienda de conveniencia las veinticuatro horas. Solo necesito a alguien que quiera entrar a comprar.
En ese momento, la puerta del local se abrió. Una ráfaga de viento gélido entró, y con ella, una mujer que parecía haber salido de una película de cine negro ambientada en un barrio bohemio. Era alta, vestía una gabardina larga de color púrpura y llevaba un estuche de violín al hombro. Su cabello era de un gris plateado que brillaba incluso en la penumbra del bar.
Don Pablito se quedó petrificado. El vaso de agua que sostenía se detuvo a medio camino de su boca.
—¡Cáspita! —exclamó en un susurro—. Scott, dime que no estoy alucinando. ¿Es un ángel o es que la cerveza de aquí tiene efectos secundarios tardíos?
—Es Ramona... no, espera, no es Ramona —dijo Scott, entrecerrando los ojos—. Es la tía de Ramona, creo. Se llama Beatriz. Ha venido a Toronto para un festival de música clásica.
Pablito no escuchó nada después de "Beatriz". Se arregló el cuello de la camisa de flores, se pasó la mano por el poco pelo que le quedaba en la coronilla y ajustó su saxofón.
—Deséame suerte, Scott. Voy a hacer que ese violín llore de emoción.
Pablito caminó hacia ella con la confianza de un hombre que sabe que su carisma compensa cualquier falta de abdominales. Beatriz estaba en la barra, pidiendo un té de hierbas con una expresión de ligero aburrimiento.
—Buenas noches, distinguida dama —dijo Pablito, apoyándose en la barra con un movimiento que pretendía ser galante pero que terminó con él resbalando un poco—. Espero que no le importe que un humilde soplador de metal le dé la bienvenida a este antro de perdición.
Beatriz se giró lentamente. Tenía unos ojos profundos y una expresión serena que intimidaría a cualquiera, pero no a Don Pablito. Ella lo miró de arriba abajo, deteniéndose en su brillante camisa.
—¿Soplador de metal? —preguntó ella con una voz aterciopelada—. ¿Es usted el que estaba tocando hace un momento?
—El mismo que viste y calza... aunque hoy me aprietan un poco los zapatos —respondió él con una sonrisa radiante—. Pablito, a sus pies. O a sus oídos, si prefiere.
Beatriz soltó una pequeña risa, un sonido que para Pablito fue mejor que cualquier solo de Charlie Parker.
—Toca usted con mucha pasión, Pablito. Es raro ver a alguien de su... experiencia... mezclarse con estos jóvenes tan ruidosos.
—¡Oh, la edad es solo un número! Y el mío es el 69, porque es mi año de nacimiento, claro —dijo Pablito, lanzando una mirada pícara—. La música no tiene fecha de caducidad, como los buenos quesos. Y yo, señora mía, soy un queso muy curado.
Beatriz sonrió de verdad esta vez.
—Soy Beatriz. Y no soy una señora todavía, aunque toque el violín en una orquesta.
—Beatriz... un nombre que suena a sonata de primavera —dijo Pablito, poniéndose repentinamente serio y mirándola a los ojos—. ¿Sabe? La he visto entrar y he sentido un do de pecho aquí mismo. Y no es acidez, se lo aseguro.
—Es usted muy directo, Don Pablito.
—La vida es corta, Beatriz. Si uno no dice lo que siente, se queda como un saxo sin caña: mudo. Y yo tengo mucho que decir. Por ejemplo, ¿le gustaría salir de aquí y buscar un lugar donde vendan unas salchipapas decentes? Conozco un sitio donde la salsa rosada es casi erótica.
Beatriz se quedó callada un momento. Scott y los demás observaban desde la distancia, conteniendo el aliento. Kim Pine incluso dejó de fruncir el ceño por un segundo.
—¿Salchipapas? —preguntó ella—. He recorrido medio mundo tocando a Vivaldi y nadie me había invitado nunca a comer salchipapas.
—Es que Vivaldi no sabía lo que era bueno —afirmó Pablito con convicción—. Entonces, ¿qué me dice? ¿Se atreve a improvisar un dúo con este gordo simpático?
Beatriz cerró los ojos un instante, dejó su té en la barra y agarró su estuche de violín.
—Me vendría bien un poco de improvisación. Vamos, Pablito. Pero si la salsa no es tan buena como dice, le haré tocar una escala menor durante toda la noche.
—¡Acepto el reto! —exclamó Pablito, ofreciéndole el brazo con una reverencia exagerada.
Mientras salían del local, Pablito se giró hacia Scott y le guiñó un ojo, haciendo el gesto de la victoria con los dedos.
Caminaron por las calles nevadas de Toronto. El contraste era divertido: ella, elegante y espigada; él, dando saltitos para seguirle el ritmo, con su saxofón colgado al hombro como un trofeo.
—Dígame, Pablito —dijo Beatriz mientras evitaban un charco de nieve derretida—, ¿siempre es así de optimista?
—La mayoría del tiempo —respondió él—. He aprendido que si te ríes de la vida, la vida se olvida de golpearte tan fuerte. Además, tengo un don: sé escuchar. Y no solo la música. Sé escuchar lo que la gente no dice.
—¿Y qué estoy no-diciendo yo ahora mismo? —preguntó ella, deteniéndose frente a un puesto de comida callejera que olía a gloria frita.
Pablito la miró con ternura. Por un momento, el payaso desapareció y quedó el hombre que realmente sabía leer las almas.
—Está diciendo que está cansada de la perfección —dijo él suavemente—. Que el violín es hermoso, pero que a veces cansa que todo tenga que ser tan... recto. Usted quiere un poco de caos, Beatriz. Un poco de ruido. Un poco de... saxofón fuera de tono.
Beatriz se quedó en silencio, sorprendida por la precisión de sus palabras. Suspiró y el vapor de su aliento se mezcló con el aire frío.
—Tiene usted razón. A veces odio la perfección.
—¡Pues ha venido al lugar indicado! —exclamó Pablito, recuperando su energía—. ¡Dos órdenes de salchipapas, jefe! ¡Y póngale de todo, que hoy estoy enamorado!
El vendedor, un hombre con cara de pocos amigos, los miró con desdén pero empezó a freír las salchichas. Pablito sacó su saxofón y, sin previo aviso, empezó a tocar una melodía suave, una bossa nova improvisada que parecía calentar el ambiente.
Beatriz, contagiada por la locura del momento, abrió su estuche y sacó el violín. Se unió a él, entrelazando las notas clásicas y limpias con el sonido ronco y vibrante del saxo de Pablito. La gente que pasaba se detenía a mirar. Era una escena surrealista: un hombre gordo con camisa de flores y una mujer elegante dando un concierto improvisado frente a un carrito de comida rápida.
—¡Eso es! —gritaba Pablito entre notas—. ¡Siente el ritmo, Beatriz! ¡Olvida a Mozart, piensa en el sabor!
Cuando terminaron, ambos estaban jadeando, no solo por el esfuerzo, sino por la risa. El vendedor les entregó las bandejas de plástico rebosantes de papas fritas, salchichas y una montaña de salsas de colores dudosos.
—A ver —dijo Beatriz, pinchando una papa con un tenedor de plástico—. La prueba de fuego.
Se llevó la comida a la boca. Pablito la observaba como si su vida dependiera de ello.
—Y bien... ¿es erótica o no es erótica? —preguntó él con una ceja levantada.
Beatriz masticó, cerró los ojos y finalmente asintió.
—Es... pecaminosa, Pablito. Tenía razón.
—¡Ja! —Pablito se llenó la boca con una salchicha—. Nunca miento sobre la comida ni sobre los sentimientos. Es una regla de oro.
Se sentaron en un banco del parque, rodeados de nieve, comiendo con las manos y compartiendo historias. Pablito le contó sobre sus fracasos amorosos, siempre con un toque de humor, y ella le habló de la soledad de las giras mundiales.
—¿Sabe, Pablito? —dijo ella, limpiándose una mancha de mostaza de la comisura de los labios—. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan... presente.
—Es el efecto Pablito —dijo él, acercándose un poco más—. No tengo dinero, no tengo mucho pelo y mi condición física es la de un oso perezoso, pero le aseguro que conmigo nunca se va a aburrir.
—Eso puedo verlo —dijo ella, mirándolo con una ternura que Pablito no había visto en años.
—Beatriz... —Pablito bajó el tono de voz, volviéndose inusualmente serio—. Sé que acabo de conocerla. Y sé que probablemente mañana tenga que volver a sus conciertos y a su vida de violines afinados. Pero quiero que sepa que, si alguna vez necesita a alguien que desafine con usted, aquí tiene mi número.
Sacó una tarjeta de visita que tenía un dibujo de un saxofón bailando. Ella la tomó y sonrió.
—¿Y si quiero desafinar ahora mismo? —preguntó ella.
Pablito sintió que el corazón le daba un vuelco.
—Bueno... —dijo él, con su clásica sonrisa de doble sentido—. Mi apartamento está cerca. Tengo una colección de discos de jazz, una botella de vino que no es tan barata como parece y, lo más importante, no hay vecinos en el piso de abajo que se quejen del ruido.
Beatriz se rió, una risa clara y fuerte.
—Es usted un descarado, Don Pablito.
—Soy un hombre en una misión, Beatriz. Y mi misión es que usted no deje de sonreír así.
—Entonces, guíeme, maestro del saxofón. Pero no espere que toque nada de música clásica esta noche.
Pablito se levantó, le ofreció la mano y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que no estaba buscando el amor. Lo había encontrado, o al menos, había encontrado a alguien dispuesto a buscarlo con él, una salchipapa a la vez.
—¡Scott se va a morir de envidia! —exclamó Pablito mientras caminaban—. ¡Él tiene que pelear contra siete ex novios malvados, y yo solo he tenido que pelear contra el colesterol!
Beatriz soltó una carcajada y apretó su brazo.
—Usted es único, Pablito.
—Lo sé, querida. Lo sé. Como un buen solo de saxo a las tres de la mañana: inesperado, ruidoso y absolutamente inolvidable.
Y así, bajo la luna de Toronto, Don Pablito siguió caminando, con el estómago lleno, el saxofón al hombro y el corazón latiendo a un ritmo que ninguna partitura podría jamás capturar. La búsqueda había terminado, pero la música, la verdadera música, apenas estaba comenzando.
