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Fandom: the warning

Creado: 2/11/2026

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Ecos en el Backstage

El zumbido residual de los amplificadores todavía vibraba en los huesos de Alejandra Villarreal. Era una sensación que amaba, ese hormigueo que le recordaba que acababan de dar un show impecable en una de las arenas más grandes de la gira. Sin embargo, mientras caminaba por el pasillo de baldosas blancas y luces fluorescentes del recinto, su expresión no reflejaba la adrenalina del éxito.

Alejandra era, por naturaleza, la más reservada de las tres hermanas. Mientras Dany era una explosión de energía social y Pau canalizaba su intensidad en la batería y la logística, Ale era el ancla silenciosa. Pero esa noche, su silencio tenía un filo distinto. Era un silencio denso, cargado, como el aire antes de una tormenta eléctrica.

Se detuvo frente a la puerta del camerino, ajustándose la correa del bajo que aún colgaba de su hombro. Su cabello pelinegro, cortado en ese estilo mariposa que le enmarcaba el rostro con capas perfectas, caía sobre sus hombros con un desorden elegante. Suspiró, cerrando los ojos un segundo, tratando de disipar la imagen que la había estado distrayendo durante las últimas tres canciones del set.

Al entrar, la escena no ayudó a calmar sus nervios. Dany y Pau estaban allí, riendo junto a un grupo de personas del equipo técnico y algunos invitados VIP. Y ahí estabas tú, en el centro de la conversación, riendo ante algo que un fotógrafo del tour te estaba diciendo al oído.

Alejandra no dijo nada. Se dirigió directamente al soporte para dejar su bajo, moviéndose con esa elegancia felina que la caracterizaba. Su altura le permitía observar la habitación por encima de los demás, y sus ojos oscuros se clavaron en ti con una intensidad que habría hecho temblar a cualquiera que la conociera bien.

—¡Ale, estuviste increíble! —exclamaste al verla, separándote un poco del fotógrafo y acercándote a ella con una sonrisa radiante—. Ese solo en "Disciple" sonó más potente que nunca.

Alejandra se tomó su tiempo para responder. Sacó una toalla pequeña para limpiar el sudor de su cuello, manteniendo la mirada fija en tus ojos.

—Gracias —respondió escuetamente. Su voz era baja, con ese tono serio que reservaba para los momentos en que algo no iba bien.

—¿Pasa algo? —preguntaste, bajando un poco el tono, notando la rigidez en sus hombros—. Pareces... cansada.

—No es cansancio —dijo ella, dejando la toalla sobre una mesa con un movimiento seco—. Es que hay demasiado ruido aquí.

El fotógrafo, un tipo llamado Marcus que se creía más carismático de lo que realmente era, se acercó a ustedes con una cámara profesional colgando del cuello.

—Alejandra, de verdad, las tomas de hoy fueron oro puro —dijo Marcus, tratando de incluirse en la conversación—. Estaba diciéndole a tu amiga que tiene un ojo increíble para los ángulos, me estaba dando unos consejos geniales.

Alejandra arqueó una ceja. Se cruzó de brazos, una postura que la hacía ver aún más imponente. Su posesividad no era algo que solía mostrar en público de forma explosiva; ella prefería el marcaje personal, sutil pero letal.

—¿Ah, sí? —Alejó la mirada de Marcus para devolverla a ti—. No sabía que ahora dabas clases de fotografía en el backstage, justo cuando se supone que deberías estar esperándome.

—Solo estábamos charlando, Ale —dijiste con suavidad, sintiendo el calor subir a tus mejillas—. Marcus me estaba enseñando las fotos que tomó de tu solo.

—Ya las veré cuando las editen —sentenció Alejandra. Dio un paso hacia adelante, invadiendo tu espacio personal de una manera que dejó claro a cualquiera en la habitación que tú eras su prioridad, y ella la tuya—. Marcus, creo que Pau te estaba buscando para revisar las fotos del kit de batería. Deberías ir.

El fotógrafo parpadeó, captando la indirecta que tenía el peso de un camión.

—Claro, sí... nos vemos luego.

Cuando el hombre se alejó, Alejandra no relajó la postura. Te miró de arriba abajo, sus ojos oscuros suavizándose apenas un poco, pero manteniendo ese brillo celoso que intentaba ocultar tras su fachada de seriedad.

—Eres demasiado amable con todo el mundo —murmuró ella, lo suficientemente bajo para que solo tú la escucharas.

—Y tú eres demasiado territorial —respondiste con una pequeña sonrisa, tratando de romper el hielo—. Estábamos hablando de trabajo, Ale.

—Él no estaba hablando de trabajo —replicó ella, acercándose un centímetro más. Podías oler el perfume cítrico mezclado con el aroma del escenario—. Sé cómo miran las personas lo que es mío. Y no me gusta compartir tu atención después de un show.

—¿"Lo que es tuyo"? —repetiste, divertida—. No sabía que tenía dueño.

Alejandra soltó una risa corta, una de esas risas raras que transformaban su rostro serio en algo travieso y encantador. Te tomó de la cintura con una mano firme, atrayéndote hacia ella sin importarle que sus hermanas estuvieran a unos metros de distancia.

—No juegues, que sabes perfectamente que no tengo mucha paciencia hoy —dijo, inclinando la cabeza—. Mañana tenemos el día libre en Chicago. Quiero que ese día sea solo para nosotras. Sin cámaras, sin fotógrafos "amables" y sin interrupciones.

—Eso suena a un plan —concediste, apoyando tus manos en su pecho, sintiendo los latidos rápidos de su corazón—. Pero ahora, ¿podrías dejar de mirar a todo el mundo como si quisieras lanzarlos fuera del edificio?

—Lo intentaré —dijo ella, aunque su mirada volvió a desviarse hacia donde Marcus seguía merodeando—. Pero solo si te quedas a mi lado el resto de la noche.

La dinámica entre ustedes siempre había sido así. Alejandra era el pilar de calma en la banda, la que mantenía la cabeza fría cuando las cosas se ponían caóticas, pero contigo, esa frialdad se evaporaba para convertirse en una llama de protección y posesividad. No era que no confiara en ti; era que valoraba tanto lo que tenían que la sola idea de una interferencia externa la ponía a la defensiva.

—Ale, ¡vamos a cenar! —gritó Pau desde el otro lado del camerino, guardando sus baquetas—. ¡Muévanse, que me muero de hambre!

Alejandra rodó los ojos, pero no te soltó.

—Diles que se adelanten —susurró ella—. Necesito cinco minutos de paz.

—Pau no va a dejar de gritar hasta que nos vea salir —le recordaste.

—Entonces que grite —Alejandra se inclinó, rozando su nariz con la tuya—. Estar rodeada de gente todo el día es agotador. Tú eres mi único momento de silencio, y no voy a dejar que me lo quiten tan rápido.

En ese momento, su faceta graciosa salió a relucir. Puso una expresión exageradamente solemne, imitando la postura de un guardia real.

—Además, si me dejas sola, existe el riesgo de que me pierda en mis propios pensamientos profundos y existenciales, y ya sabes que Dany dice que me pongo muy rara cuando eso pasa.

Soltaste una carcajada, relajándote finalmente. Alejandra podía ser intimidante, alta y seria, pero tenía esa chispa de humor seco que siempre lograba desarmarte.

—Está bien, cinco minutos —aceptaste—. Pero después, vamos a cenar. Y nada de caras largas con el equipo.

—Trato hecho —dijo ella, rodeándote con ambos brazos en un abrazo posesivo—. Pero te sientas conmigo. Lejos de Marcus.

—Eres imposible, Villareal.

—Soy bajista —corrigió ella con una sonrisa de suficiencia—. Viene en el contrato.

Se quedaron así por un momento, ignorando el ajetreo del backstage, las voces de los técnicos y el eco de la música que aún parecía flotar en el aire. Para Alejandra, el mundo exterior podía ser tan ruidoso como un concierto de rock, pero mientras te tuviera cerca, bajo su mirada atenta y sus brazos protectores, todo lo demás era simplemente ruido de fondo.

—¿Sabes? —dijo ella de repente, rompiendo el silencio—. Ese corte de pelo te queda muy bien.

—Ale, tengo el mismo corte desde hace meses.

—Lo sé —respondió ella, dándote un beso rápido en la frente—. Pero hoy me di cuenta de nuevo. Y me gusta que sea yo la que se da cuenta.

Caminaron hacia la salida del camerino, con Alejandra manteniendo una mano posesiva en la base de tu nuca, guiándote a través de la multitud con la seguridad de quien sabe exactamente lo que le pertenece. Al pasar junto a Marcus, ella ni siquiera lo miró, pero la forma en que te acercó más a su costado fue un mensaje más claro que cualquier palabra.

Afuera, la noche de la ciudad las esperaba, fría y vibrante. Alejandra subió a la camioneta primero, asegurándose de dejarte el asiento a su lado. Se hundió en el cuero del asiento, soltando un largo suspiro de alivio mientras la puerta se cerraba, dejando fuera el resto del mundo.

—¿Mejor? —preguntaste, entrelazando tus dedos con los suyos.

Alejandra apretó tu mano, su expresión volviendo a esa calma serena que la hacía parecer una estatua de mármol bajo las luces de la calle que pasaban veloces por la ventana.

—Mucho mejor —admitió—. Ahora, cuéntame de qué hablabas realmente con ese tipo. Y no me mientas, que te conozco.

—Celosa —murmuraste con cariño.

—Cuidadosa —corrigió ella, cerrando los ojos y apoyando su cabeza en tu hombro—. Hay una diferencia.

Y mientras la camioneta avanzaba por las calles iluminadas, Alejandra Villarreal finalmente se permitió relajarse, sabiendo que, a pesar de las giras, los fans y el caos de la fama, su centro de gravedad estaba justo ahí, a su lado, donde nadie más podía tocarlo.

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