
Un comienzo abstracto
Fandom: School Days
Creado: 2/11/2026
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El eco de un acorde desafinado
El pasillo de la Academia Sakano era un hervidero de uniformes impecables y murmullos constantes. Roberto caminaba con las manos hundidas en los bolsillos de sus pantalones negros, que le quedaban un poco más anchos de lo que dictaba el estricto código de vestimenta de la escuela. Su camisa a cuadros, la que siempre usaba debajo de la chaqueta del uniforme para sentir algo de identidad propia, asomaba por el cuello, dándole ese aire desordenado que tanto lo caracterizaba. Tenía el cabello castaño, de longitud media, hecho un desastre; el flequillo le caía sobre la frente, obligándolo a sacudir la cabeza cada pocos pasos para poder ver.
Roberto no era el estudiante modelo, pero tampoco era un paria. Era el chico que hacía bromas en el fondo del salón, el que siempre tenía una recomendación de Good Kid o Green Day a flor de piel y el que, a pesar de su fachada despreocupada, escondía una inseguridad que lo carcomía cada vez que cometía un error. Y en su historial, los errores no faltaban.
—¡Oye, Roberto! ¿Vas a venir hoy a practicar o te vas a quedar otra vez mirando al techo pensando en la inmortalidad del cangrejo? —gritó uno de sus amigos desde el otro extremo del corredor.
Roberto soltó una carcajada, una de esas que iluminaban su rostro y hacían que su físico atlético, forjado por horas de ejercicio y no por pertenecer a un club, se tensara ligeramente.
—¡Cállate, idiota! —respondió él, divertido—. Estaba practicando un solo de Perfecto Miserable. Mi guitarra y yo necesitamos un momento a solas, ¿sabes?
—Sí, claro. Tu guitarra y tú necesitan un milagro —bromeó su amigo antes de perderse entre la multitud.
Roberto sonrió, pero en cuanto se quedó solo, la sonrisa flaqueó. A veces sentía que era demasiado irritante, que sus bromas cruzaban la línea y que la gente solo lo aguantaba por inercia. Era reflexivo hasta el punto de la autodestrucción, rumiando sus fallos con la familia o sus torpezas con las chicas hasta que el pecho le dolía.
Se dirigió hacia la azotea, su lugar seguro cuando el ruido del instituto se volvía insoportable. Al abrir la puerta metálica, el viento frío le golpeó la cara, revolviendo aún más su cabello. Pero no estaba solo.
Cerca de la barandilla, una chica de cabello largo y oscuro, casi azulado bajo la luz del sol, miraba hacia el horizonte con una expresión de melancolía que detuvo a Roberto en seco. Era Kotonoha Katsura. La conocía de vista, por supuesto; todo el mundo la conocía. Era hermosa, reservada y, según los rumores, extremadamente tímida.
Roberto sintió un impulso, esa mezcla de audacia e imprudencia que a menudo lo metía en problemas. Se acercó a ella, tratando de no hacer demasiado ruido con sus zapatos, aunque su naturaleza desordenada hizo que tropezara ligeramente con un escalón.
—Es una vista increíble, ¿verdad? —dijo él, rascándose la nuca mientras se colocaba a una distancia respetuosa.
Kotonoha dio un pequeño salto, sorprendida. Sus ojos grandes y brillantes se clavaron en él, llenos de una mezcla de temor y curiosidad.
—Ah... sí, lo es —respondió ella en un susurro, bajando la mirada de inmediato.
Roberto notó su incomodidad. Su parte reflexiva le gritó que se fuera, que no la molestara, pero su parte alegre, la que buscaba hacer reír a los demás para llenar sus propios vacíos, tomó el control.
—Soy Roberto, por cierto. El chico que casi se mata con el escalón hace un segundo —dijo con una sonrisa ladeada—. Si buscas a alguien con gracia y elegancia, definitivamente te has equivocado de azotea.
Kotonoha soltó una risita ahogada, cubriéndose la boca con la mano. Fue un sonido pequeño, casi imperceptible, pero para Roberto fue como escuchar el acorde perfecto de una canción de My Chemical Romance.
—Soy Kotonoha —dijo ella, un poco más relajada—. No te preocupes, yo también soy algo... torpe con las palabras.
—Bueno, las palabras están sobrevaloradas —afirmó Roberto, apoyándose en la barandilla—. Yo prefiero la música. O los chistes malos. ¿Sabes qué le dice un jaguar a otro jaguar?
Kotonoha lo miró, confundida pero intrigada.
—¿Qué le dice?
—Jaguar you —soltó él con una expresión totalmente seria.
Hubo un silencio de tres segundos. Roberto empezó a sudar, pensando que lo había arruinado, que era un creído e irritante por intentar ser gracioso en un momento que no lo requería. Sin embargo, de repente, Kotonoha estalló en una carcajada suave y genuina.
—Es... es muy malo —dijo ella, limpiándose una pequeña lágrima de la esquina del ojo.
—Lo sé, es mi especialidad —admitió Roberto, sintiendo un calor extraño en el pecho—. A veces me paso de la raya, pero ver a la gente sonreír... no sé, hace que el día sea menos pesado. Especialmente en un lugar como este.
Kotonoha asintió, volviendo a mirar hacia el patio de la escuela.
—A veces el mundo se siente muy grande y yo muy pequeña —comentó ella, casi para sí misma.
Roberto la miró de reojo. Podía ver la soledad en sus hombros, una soledad que él mismo sentía a menudo a pesar de sus bromas. En ese momento, su lado impulsivo y protector se activó. Cuando Roberto quería algo, o a alguien, se entregaba por completo. Y en ese instante, decidió que quería ser la persona que hiciera que Kotonoha no se sintiera tan pequeña.
—Bueno, si el mundo es grande, supongo que solo necesitamos encontrar a alguien que camine a nuestro lado para no perdernos —dijo él, con una seriedad que no solía mostrar—. Si alguna vez necesitas escuchar más chistes malos o que alguien te toque una canción desafinada en la guitarra, ya sabes dónde encontrarme.
Kotonoha lo miró fijamente. Por primera vez en mucho tiempo, no sintió el deseo de huir de una conversación. Había algo en Roberto, en su mezcla de inseguridad y valentía, que la hacía sentir segura.
—Me gustaría eso —respondió ella con una sonrisa tímida.
Los días siguientes fueron un torbellino para Roberto. Se encontró a sí mismo buscando a Kotonoha en los descansos, dejando de lado sus antiguas rutinas de vagar sin rumbo para pasar tiempo con ella. Se esforzó más en sus clases de guitarra, practicando hasta que le salieron callos en los dedos, solo para poder tocarle algo que no sonara como un gato atropellado.
Sin embargo, en la Academia Sakano, los hilos del destino y las obsesiones solían enredarse de formas peligrosas. Roberto empezó a notar a otros chicos, específicamente a un tal Makoto Itou, que también parecía tener interés en Kotonoha. Pero mientras Makoto parecía moverse por un deseo superficial, Roberto sentía que estaba cayendo en algo mucho más profundo.
Una tarde, mientras estaban sentados en un banco del jardín, Roberto sacó su guitarra. El cielo estaba teñido de naranja y violeta.
—Esta es de Good Kid —explicó, ajustando las cuerdas—. Es movida, pero la letra tiene su punto.
Empezó a tocar. No era perfecto; sus dedos todavía se trababan en los cambios rápidos de acordes, pero le ponía todo el corazón. Kotonoha lo escuchaba con una atención que lo ponía nervioso y eufórico al mismo tiempo.
—Tocas con mucha pasión —dijo ella cuando terminó—. Se nota que te importa.
—Cuando algo me interesa, le doy todo lo que tengo —confesó Roberto, dejando la guitarra a un lado—. A veces es un problema. Me obsesiono un poco, pienso demasiado en las cosas y, si siento que voy a perder algo importante... me desespero. He cometido muchos errores antes, Kotonoha. Con mis padres, con amigos que ya no me hablan... No quiero cometerlos contigo.
Kotonoha se acercó un poco más a él. El aroma de su perfume era suave, como flores después de la lluvia.
—Todos cometemos errores, Roberto —dijo ella suavemente—. Pero tú te quedas. A pesar de tus dudas, te quedas. Eso es lo que importa.
Roberto sintió un nudo en la garganta. Su inseguridad le decía que no era suficiente, que en cualquier momento ella se daría cuenta de que era solo un chico desordenado con gustos musicales raros y un sentido del humor cuestionable. Pero cuando ella puso su mano sobre la de él, el ruido en su cabeza se detuvo.
—¿Sabes? —dijo Roberto, recuperando su tono bromista para ocultar la intensidad de sus sentimientos—. Si esto fuera una canción de Green Day, ahora mismo habría una explosión de fondo y yo diría algo súper profundo.
—¿Y qué dirías? —preguntó ella, siguiéndole el juego.
Roberto la miró a los ojos, y por un momento, el chico impulsivo y el chico reflexivo se volvieron uno solo.
—Diría que, aunque soy un desastre, me gustaría ser tu desastre favorito.
Kotonoha se sonrojó violentamente, pero no apartó la mirada.
—Creo que ya lo eres —susurró.
Sin embargo, la felicidad en la Academia Sakano siempre tenía un precio. Mientras ellos compartían ese momento, Roberto no podía evitar sentir una sombra en su mente. Había visto cómo las relaciones en ese lugar se torcían, cómo los celos y los malentendidos destruían a las personas. Su miedo a perder lo que acababa de encontrar lo golpeó con fuerza.
—Kotonoha —dijo de repente, su voz volviéndose seria—. Prométeme algo. Si alguna vez hago algo estúpido, o si parece que me estoy alejando porque me asusto... no me dejes ir sin pelear. A veces soy un idiota que no sabe lo que tiene hasta que lo pierde, y no quiero que eso pase con nosotros.
Kotonoha pareció sorprendida por la intensidad de sus palabras. Ella sabía lo que era ser lastimada, sabía lo que era el rechazo.
—Te lo prometo —dijo ella con firmeza—. Pero tú también tienes que confiar en mí.
Roberto asintió, aunque por dentro seguía dándole vueltas a todo. Era su naturaleza. Valoraba tanto a las personas que lo ayudaban en sus momentos de tristeza que la idea de fallarles le resultaba insoportable.
Esa noche, Roberto regresó a su casa y se tiró en la cama sin siquiera quitarse los zapatos. Miró el techo de su habitación, desordenada como siempre, llena de posters de bandas y partituras arrugadas. Pensó en Kotonoha, en su risa y en la forma en que su mano encajaba con la de él.
—No la cagues, Roberto —se dijo a sí mismo en voz alta—. Por una vez en tu vida, no dejes que tus impulsos o tus miedos lo arruinen todo.
Se levantó y tomó su guitarra de nuevo. Se puso los auriculares y buscó una canción de My Chemical Romance. La música llenó sus oídos, dándole esa energía que necesitaba para seguir adelante. Sabía que el camino no sería fácil. Sabía que había otros ojos puestos en Kotonoha y que su propia inseguridad sería su mayor enemigo.
Pero también sabía que, por primera vez, tenía algo por lo que valía la pena ser serio. Algo que no dejaría ir sin luchar con cada fibra de su ser, con cada acorde desafinado y cada chiste malo en su repertorio.
Porque Roberto, con sus pantalones anchos y su camisa a cuadros, se había enamorado. Y para alguien que lo daba todo cuando algo le interesaba, eso significaba que el mundo entero estaba a punto de cambiar.
Al día siguiente, Roberto llegó a la escuela con una determinación renovada. No le importó que su flequillo estuviera más despeinado que de costumbre o que alguien se burlara de su ritmo al caminar. Buscó a Kotonoha en la entrada, y cuando la vio, su corazón dio un vuelco.
Ella lo esperaba cerca de la puerta, y al verlo, su rostro se iluminó con una sonrisa que borró cualquier duda en la mente de Roberto.
—¡Hey! —exclamó él, acercándose a tropezones—. ¿Lista para el peor chiste de la historia?
Kotonoha soltó una carcajada, una que resonó en todo el patio.
—Lista —dijo ella, tomándolo del brazo.
Mientras caminaban juntos hacia el edificio, Roberto sintió que, a pesar de todos sus errores pasados y de la incertidumbre del futuro, este era el lugar donde debía estar. En medio del caos de la Academia Sakano, él había encontrado su propia melodía. Y estaba dispuesto a tocarla hasta el final, sin importar cuántas notas falsas tuviera que corregir en el camino.
