
más haya de un te quiero
Fandom: Doki Doki literature club
Creado: 2/11/2026
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El eco de los acordes de Her's
El sol de la tarde se filtraba por las ventanas del aula, tiñendo las mesas de madera de un tono anaranjado que invitaba más a la siesta que al estudio. Mejia, con sus 1.67 metros de pura energía social y una sonrisa que parecía grabada a fuego en su rostro, tarareaba en voz baja "Dorothy". Sus dedos golpeaban rítmicamente el borde de su pupitre mientras ignoraba olímpicamente el libro de álgebra que tenía abierto frente a él.
Había algo en la melancolía suave de la música que siempre lo atrapaba, una especie de burbuja donde la procrastinación no se sentía como un defecto, sino como un estilo de vida.
—¡Mejia! —Una voz familiar y aguda rompió su trance.
Él levantó la vista, parpadeando con esa ingenuidad característica que hacía que todos en la escuela quisieran protegerlo o pedirle favores. Sayori estaba frente a él, agitando las manos con entusiasmo.
—¡Hola, Sayori! —respondió Mejia con una calidez genuina—. ¿Qué pasa? Si es por el examen de mañana, ya sabes que mi plan es rezar y esperar un milagro.
Sayori soltó una risita y negó con la cabeza, haciendo que su lazo rojo bailara.
—No es eso, tontito. ¡Es sobre el club! Te dije que te presentaría a mis amigas. ¡Hoy es el día! No puedes dejarlo para después otra vez.
Mejia sintió una punzada de culpa. Era cierto, llevaba semanas prometiendo ir al Club de Literatura, pero siempre encontraba una excusa: un nuevo anime que terminar, un álbum que escuchar en bucle o simplemente se quedaba charlando con cualquiera que pasara por el pasillo. Su lealtad hacia Sayori, sin embargo, pesaba más que su pereza.
—Tienes razón —dijo él, levantándose y cerrando el libro de un golpe—. Las oportunidades no esperan, ¿verdad? Aunque técnicamente esta oportunidad me ha estado esperando tres semanas.
—¡Exacto! —Sayori lo tomó del brazo y comenzó a arrastrarlo por el pasillo—. Te van a encantar. Son todas súper especiales.
Mientras caminaban, Mejia se ajustó los auriculares alrededor del cuello. Se sentía un poco nervioso, pero su naturaleza social rápidamente tomó el control. Ya estaba imaginando qué bromas podría hacer para romper el hielo. A él le gustaba que la gente se sintiera cómoda; era su superpoder silencioso.
Cuando finalmente entraron al aula del club, el aroma a té y papel viejo lo recibió de inmediato. Pero no fue el olor lo que lo detuvo en seco, sino la figura que estaba de pie junto a la ventana, leyendo un libro de tapas oscuras.
Tenía el cabello largo, de un color violeta profundo que parecía brillar bajo la luz del atardecer. Sus ojos, cuando se levantaron para verlo, eran intensos, tímidos y misteriosos a la vez.
—¡Chicas, miren a quién traje! —exclamó Sayori—. ¡Este es Mejia!
—Hola a todos —dijo él, recuperando su compostura y mostrando su mejor sonrisa—. He oído que aquí regalan pastelitos y poemas, y yo soy un experto en comer lo primero y fingir que entiendo lo segundo.
Una chica pequeña de cabello rosado, Natsuki, bufó mientras cruzaba los brazos.
—Otro chico... genial. Espero que no seas un raro como el protagonista de los mangas que lee Sayori.
—Oh, me encantan los mangas —respondió Mejia con entusiasmo, ignorando el tono defensivo de Natsuki—. Pero soy más de los que se quedan despiertos hasta las tres de la mañana viendo anime y luego se arrepienten al día siguiente.
Monika, la presidenta del club, se acercó con una elegancia natural.
—Es un placer tenerte aquí, Mejia. Sayori nos ha hablado mucho de tu buen humor. Yo soy Monika.
—El placer es mío, presidenta —dijo él, haciendo una pequeña e histriónica reverencia que hizo sonreír incluso a la seria Natsuki—. Prometo no causar demasiados problemas, a menos que haya comida de por medio.
Pero, a pesar de la charla animada con Monika y las bromas ligeras con Natsuki, los ojos de Mejia volvían constantemente hacia la chica del cabello violeta. Ella no había dicho nada, permanecía en su rincón, observando la escena con una mezcla de curiosidad y reserva.
Sayori, notando la dirección de su mirada, lo empujó suavemente hacia ella.
—Y ella es Yuri —presentó Sayori—. Es la persona más inteligente y profunda que conozco.
Yuri se encogió de hombros, cerrando el libro contra su pecho.
—Hola... —susurró ella, apenas audible—. Es... es un gusto conocerte, Mejia. Siento si el club parece un poco abrumador al principio.
Mejia sintió que algo cambiaba en su interior. No era la emoción explosiva que sentía cuando escuchaba una canción nueva de Her's, sino algo más lento, más dulce y, a la vez, inquietante. La timidez de Yuri no le pareció una barrera, sino un desafío amable.
—No te preocupes, Yuri —dijo él, bajando un poco el tono de voz para que solo ella lo escuchara—. Yo soy experto en ser abrumador, así que estamos a mano. ¿Qué estás leyendo?
Yuri pareció sorprendida por el interés genuino. Sus dedos acariciaron la portada del libro.
—Es... una novela de terror psicológico. Trata sobre la percepción de la realidad y cómo los deseos internos pueden manifestarse de formas... oscuras. Probablemente te parezca aburrido.
—¿Bromeas? —Mejia se acercó un paso más, respetando su espacio pero mostrando su curiosidad—. Me encanta lo que te hace pensar. A veces escucho música que suena feliz pero tiene letras que te rompen el corazón. Creo que entiendo a qué te refieres.
Yuri lo miró fijamente, y por un segundo, Mejia se sintió vulnerable bajo esa mirada violeta. Él era alguien que siempre fluía con los demás, alguien influenciable que se adaptaba para caer bien, pero en ese momento, quería que ella viera quién era él de verdad.
—¿Qué tipo de música escuchas? —preguntó Yuri, su voz ganando un poco de confianza.
—Un grupo llamado Her's —respondió él, quitándose los auriculares y ofreciéndoselos—. Es suave, un poco melancólico. Como un atardecer que no quieres que termine. ¿Quieres escuchar?
Yuri dudó. Sus manos temblaron ligeramente mientras tomaba uno de los auriculares. Mejia le puso la canción "What Once Was".
Mientras la melodía de la guitarra llenaba el espacio entre ellos, el resto del club pareció desvanecerse. Mejia observó el perfil de Yuri. Ella cerró los ojos, dejándose llevar por el ritmo. Había algo en su expresión, una tristeza serena que encajaba perfectamente con la música, que hizo que el corazón de Mejia diera un vuelco.
Él era alguien que se enganchaba rápido con las personas que apreciaba, pero esto se sentía diferente. No era solo simpatía; era una atracción gravitacional.
—Es... muy hermoso —dijo Yuri al terminar la canción, devolviéndole el auricular—. Tiene una cualidad... etérea. Gracias por compartirlo conmigo, Mejia.
—Cuando quieras —respondió él, sintiendo que su sonrisa era ahora más real que nunca—. Tengo miles de recomendaciones. Si me dejas quedarme en el club, te prometo que nunca te faltará banda sonora para tus lecturas.
Monika aplaudió, llamando la atención de todos.
—Bueno, ya que todos se han presentado, ¿qué les parece si compartimos algunos poemas mañana? Mejia, ya que eres nuevo, no tienes que traer nada obligatorio, pero nos encantaría ver qué puedes escribir.
Mejia asintió, aunque por dentro ya estaba pensando en cómo iba a dejar la escritura del poema para diez minutos antes de salir de casa al día siguiente. La procrastinación era su sombra, después de todo.
—Lo intentaré —dijo él—. Aunque no prometo que sea una obra maestra. Probablemente rime "casa" con "masa" y llame a eso arte.
Natsuki soltó una carcajada.
—Por favor, no hagas eso. Sería un insulto para el club.
—Desafío aceptado —bromeó Mejia, guiñándole un ojo.
La reunión continuó con té y galletas. Mejia se movía por el aula, hablando con todas, haciendo reír a Sayori y debatiendo sobre el glaseado con Natsuki, pero su atención siempre volvía a Yuri. La veía servir el té con una elegancia ritualista, notaba cómo sus dedos largos y finos manejaban la porcelana con cuidado.
En un momento dado, mientras los demás discutían sobre géneros literarios, Mejia se acercó de nuevo a Yuri, que estaba preparando una segunda ronda de té.
—¿Necesitas ayuda con eso? —preguntó él.
—Oh, no, estoy bien... —Yuri se sonrojó levemente—. Pero gracias. Eres muy atento, Mejia.
—Es mi defecto y mi virtud —dijo él, apoyándose en la mesa—. Mi madre dice que soy demasiado bueno para mi propio bien. A veces me olvido de mis cosas por ayudar a los demás.
—Eso no es un defecto —susurró Yuri, mirándolo a los ojos—. En un mundo como este, la amabilidad es... una rareza.
Mejia sintió que su rostro se calentaba. No estaba acostumbrado a que alguien fuera tan directo con sus virtudes. Normalmente, sus amigos se burlaban de lo ingenuo que podía llegar a ser o de cómo se dejaba convencer para hacer cualquier tontería. Pero Yuri lo decía con una seriedad que lo desarmaba.
—Bueno —dijo Mejia, rascándose la nuca—, supongo que solo trato de que todos estén felices. A veces me pierdo oportunidades por eso, o por dejar las cosas para después, pero... si puedo hacer que alguien sonría, el día ya ha valido la pena.
Yuri sonrió. Fue una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero para Mejia fue como si se hubiera encendido una luz nueva en la habitación.
—Creo que vas a ser una adición muy valiosa para este club, Mejia.
Cuando el sol terminó de ocultarse y llegó el momento de irse, Mejia caminó hacia la salida junto a Sayori.
—¿Y bien? —preguntó ella, saltando sobre sus talones—. ¿Te gustó? ¿Son geniales o no?
—Son increíbles, Sayori —respondió Mejia con sinceridad—. Gracias por insistir. Realmente necesitaba esto.
—¡Lo sabía! —Sayori lo abrazó brevemente—. Mañana no llegues tarde, ¿eh? ¡Y escribe ese poema!
—Sí, sí... mañana —dijo él, aunque en su mente ya sabía que probablemente empezaría a escribirlo a medianoche.
Se despidieron en el cruce de caminos hacia sus casas. Mejia se puso los auriculares de nuevo y dejó que la voz de Stephen Fitzpatrick lo acompañara en el trayecto. Sus pensamientos, sin embargo, estaban llenos de imágenes de Yuri: su timidez, su libro oscuro, la forma en que cerró los ojos al escuchar su música favorita.
Él sabía cómo era él. Sabía que podía engancharse demasiado rápido, que a veces idealizaba a las personas y que su lealtad lo llevaba a lugares de los que era difícil regresar. Pero mientras caminaba bajo las primeras estrellas, no le importó.
Por primera vez en mucho tiempo, no sentía ganas de dejar algo para después. Quería volver al club. Quería volver a verla.
—Yuri... —susurró para sí mismo, probando el nombre en sus labios.
Llegó a su habitación, tiró la mochila a un rincón y, en lugar de encender la consola o buscar un nuevo anime, se sentó frente a su escritorio. Abrió una libreta en blanco.
—"Un atardecer que no quieres que termine" —escribió en la parte superior de la página.
Se quedó mirando la frase durante mucho tiempo. La procrastinación intentó llamarlo, sugiriéndole que mejor fuera a buscar algo de comer o que revisara sus redes sociales. Pero la imagen de los ojos violetas de Yuri fue más fuerte.
Mejia sonrió, se acomodó el flequillo y empezó a escribir. Esa noche, la música de Her's no era lo único que sonaba en su cabeza; había una melodía nueva, una que hablaba de libros de terror, té caliente y una conexión que, aunque ingenua y repentina, se sentía como el comienzo de algo que no iba a dejar escapar.
Porque Mejia podía ser muchas cosas: distraído, influenciable, perezoso... pero cuando entregaba su corazón, lo hacía con una lealtad que no conocía límites. Y esa tarde, en el pequeño aula del Club de Literatura, había decidido que Yuri era alguien por quien valía la pena dejar de postergar la vida.
