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Un amor inesperado

Fandom: Persona 3

Creado: 3/11/2026

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Latidos de metal y memoria

El viento de la tarde arrastraba consigo el olor a salitre proveniente de la bahía de Tatsumi Port Island, colándose entre los pasillos abiertos del instituto Gekkoukan. Las hojas secas danzaban en el patio principal, pero Roberto apenas se percataba de la brisa que agitaba su cabello medio largo. Un mechón rebelde, como de costumbre, caía en diagonal sobre su frente, bloqueándole parte de la visión. Con un ademán perezoso, se lo apartó hacia un lado, aunque sabía que en menos de cinco minutos volvería a su lugar ingobernable. Llevaba el uniforme escolar a su manera: la camisa blanca deliberadamente desabotonada en el cuello y salida de los pantalones negros holgados que prefería por encima de cualquier corte formal; la chaqueta del instituto colgaba abierta, desafiando las estrictas normas de disciplina que los profesores intentaban imponer en vano. Roberto era así, una contradicción andante que se debatía entre la despreocupación absoluta y una intensidad voraz por ir a por el todo o nada.

Sin embargo, en ese preciso instante, toda su naturaleza impulsiva se hallaba completamente suspendida. Sus ojos marrones estaban fijos en una sola figura al otro lado del patio.

Aegis.

La muchacha rubia permanecía de pie junto al pie del cerezo marchito, con una postura tan recta y matemática que resultaba casi inhumana. Sus articulaciones de bronce pulido emitían un leve zumbido cada vez que giraba la cabeza para seguir el vuelo de un pájaro. Para la mayoría de los estudiantes, ella era un enigma, una estudiante transferida de apariencia extraña y modales ceremoniosos. Pero para Roberto, era un abismo fascinante. Su mirada azul, tan limpia y carente de las mezquindades humanas, provocaba en su pecho una sacudida desconcertante. Se había descubierto a sí mismo pensando en el tacto que tendrían esas manos metálicas, en el sonido de los engranajes que latían bajo su pecho sintético y en la forma en que pronunciaba su nombre con una inocencia desconcertante. Se había enamorado de ella sin previo aviso, arrojándose de cabeza hacia una fantasía absurda e imposible, tal como solía hacer con sus pasatiempos fugaces: entregándose por completo antes de que el miedo lo obligara a retroceder.

—Vas a gastarle la pintura si sigues mirándola de esa forma —dijo una voz enérgica a sus espaldas, cargada de una calidez que reconoció de inmediato.

Roberto dio un pequeño salto, sintiéndose atrapado en falta, y esbozó de inmediato esa sonrisa ladeada y algo socarrona que usaba como escudo ante el mundo.

—Konny. Siempre tan silenciosa para juzgarme —bromeó él, girándose para apoyarse de espaldas contra la barandilla metálica—. No la estaba mirando a ella. Admiraba la arquitectura del edificio. Muy renacentista, ¿no crees?

—Por favor, Roberto, no sabes distinguir el renacimiento de una caja de zapatos —replicó Konny, plantándose frente a él.

Konny no era alguien que se anduviera con rodeos. Tenía los ojos grandes, brillantes y peligrosamente transparentes; en ellos no había espacio para máscaras ni dobles intenciones. Era de esas personas cuya sinceridad rozaba la ferocidad, sentimental hasta los huesos y dispuesta a quemarse entera con tal de iluminar a quienes quería. Había una intensidad visceral en cómo lo observaba, una fuerza que a Roberto a veces lo desarmaba por completo. Ella recordaba demasiado bien aquel atardecer en el tejado, aquel momento suspendido entre ambos que nunca llegaron a clasificar: el roce tembloroso de sus manos, las confesiones a media voz y la promesa silenciosa de que se protegerían mutuamente de las sombras que parecían devorar la ciudad cada medianoche.

Konny estaba profundamente enamorada de Roberto, y no hacía el menor esfuerzo por ocultar el dolor que le provocaba verlo suspirar por un cascarón de titanio.

—Es Aegis, ¿verdad? —preguntó ella, dando un paso más cerca. Su voz no temblaba; cuando Konny hablaba de sentimientos, su tono adquiría la solidez de una sentencia—. Te he visto en el almuerzo. Te he visto en el club. La miras como si esperaras que un día te salve la vida, Roberto. O peor aún, como si quisieras ser tú quien le enseñe a sangrar.

Roberto tragó saliva, perdiendo por una milésima de segundo la compostura alegre que tanto cuidaba. Cuando las situaciones se volvían serias de verdad, su faceta inmadura se disolvía, dejando al descubierto a un chico reflexivo y mucho más vulnerable de lo que admitía ante sus compañeros.

—No digas tonterías —murmuró, metiendo las manos en los bolsillos anchos de sus pantalones—. Es solo... curiosidad. Ya sabes cómo soy. El mes pasado quería aprender a tocar el bajo y gasté todos mis ahorros en un amplificador roto que todavía está juntando polvo en mi habitación. Me obsesiono con cosas raras y luego las suelto.

—Aegis no es un instrumento musical arrumbado en un rincón, Roberto —espetó Konny, y sus ojos se encendieron con esa fuerza tan suya, esa pasión desgarradora que lo hacía sentir al descubierto—. Ella ni siquiera entiende qué es el dolor. Ni el amor. Tú te estás lanzando a un precipicio porque te aterra la idea de que alguien de carne y hueso te mire de verdad. ¿Acaso crees que no me doy cuenta?

El silencio cayó pesado entre ellos, roto únicamente por las risas lejanas de un grupo de estudiantes de primer año que abandonaban las instalaciones hacia la estación de tren.

Roberto apartó la mirada, incapaz de sostener la de Konny. La muchacha tenía razón en un punto doloroso: la carne y el hueso quemaban. La carne y el hueso dejaban cicatrices profundas. Y en su mente, como una sombra inevitable que jamás lograba despejar del todo, emergió el recuerdo de Henry.

Henry.

Roberto apretó los puños dentro de sus bolsillos hasta que los nudillos le palidecieron. La sola evocación de su nombre le provocaba una punzada amarga y dulce a la vez en la boca del estómago. Henry era delgado, de una figura esbelta y una cintura tan perfecta que Roberto recordaba haberla rodeado con sus brazos más veces de las que era prudente admitir. Había sido un chico coqueto, medio guapo, de esos que sabían exactamente cuándo guiñar un ojo y cuándo soltar una broma ácida para romper la tensión. Cuando el mundo de Roberto se había derrumbado tiempo atrás, cuando las inseguridades lo asfixiaban y se sentía incapaz de dar un paso sin tropezar, Henry había estado allí. Había sido su ancla, comprensivo y absurdamente amable, escuchándolo durante noches enteras bajo las luces titilantes de Paulownia Mall.

Se habían querido. Habían compartido meses intensos, hechos de risas compartidas y una complicidad que parecía inquebrantable. Pero con el paso del tiempo, el resentimiento que Henry guardaba hacia su propia expareja comenzó a envenenarlo todo. Aquella amabilidad se fue deformando; las verdaderas intenciones de Henry, sus demandas egoístas y su incapacidad para cerrar viejas heridas terminaron por quebrar la relación. Y aun así, con toda la amargura del final, Roberto todavía lo extrañaba en los días nublados. Extrañaba su cintura pequeña contra su pecho, la ligereza de sus comentarios y esa calidez bisexual y desvergonzada que ambos habían compartido sin culpas.

Y ahora, frente a la mirada abrasadora de Konny, Roberto se sentía atrapado entre tres mundos: el fantasma del chico que no podía olvidar del todo, la chica humana que lo amaba con una lealtad aplastante y el autómata de ojos azules que jamás podría corresponderle.

—No es tan simple, Konny —dijo finalmente Roberto, con una voz mucho más grave y pausada, dejando que su madurez desplazara la pose despreocupada—. Nunca lo es conmigo.

—Claro que es simple —respondió ella, cerrando la distancia entre ambos hasta quedar a escasos centímetros. Puso una mano firme sobre el pecho de la camisa de Roberto, justo sobre su corazón acelerado—. Lo que pasa es que eres un cobarde disfrazado de temerario. Siempre vas por el todo o nada, pero cuando tienes el "todo" al alcance de la mano, inventas una excusa y huyes hacia la nada. Hacia algo que no puede exigirte que sientas.

Roberto sintió el calor de los dedos de Konny atravesar la tela fina. Su impulso natural fue retroceder, reírse y soltar algún comentario ridículo sobre lo dramática que se ponía la gente después de clases. Pero vio el temblor en las pestañas de ella, la devoción pura y cruda que brillaba en su rostro, y no fue capaz de burlarse. No de ella. No de Konny, con quien había compartido instantes tan sinceros que todavía le quemaban la memoria.

—Tengo miedo, ¿está bien? —confesó Roberto en un susurro áspero, bajando la cabeza para que el flequillo le cubriera la expresión—. Henry me destrozó, Konny. Me recogió del suelo solo para mostrarme que él también tenía sus propios monstruos, y cuando se fue, me dejó con la sensación de que cualquier cosa que toque se va a romper. Con Aegis... Aegis no puede romperse. Ella es de metal. Si me acerco a ella, no hay promesas rotas. No hay resentimientos del pasado.

Konny soltó una exhalación entrecortada que sonó casi como un sollozo ahogado, pero no apartó la mano de su pecho. Al contrario, sus dedos se crisparon sobre la tela de la camisa.

—¡Ella no tiene corazón, maldita sea! —exclamó Konny, con esa fuerza sentimental que la caracterizaba, sin importarle que un par de alumnos voltearan a mirarlos desde las escaleras—. ¡Yo sí tengo uno! ¡Y está latiendo aquí mismo, Roberto! ¡Por ti!

Las palabras cayeron con la fuerza de un golpe directo. Roberto sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. La sinceridad desarmante de Konny siempre lo dejaba sin defensas. Mientras él calculaba, dudaba y se escudaba en sus bromas o en sus cambios erráticos de humor, ella se arrojaba al fuego sin chaleco antibalas.

—Konny... —comenzó a decir él, con un tono lleno de ternura pero cargado de una culpa aplastante.

—No me mires con lástima —le cortó ella de inmediato, irguiéndose con la frente en alto, aunque sus ojos estaban anegados en lágrimas que se negaba a dejar caer—. No soy una de tus guitarras viejas ni un pasatiempo que vas a archivar cuando te aburras. Sé quién eres. Sé que puedes ser el chico más creído del salón y al minuto siguiente el único capaz de entender lo roto que está este mundo. Sé lo que sientes por Henry, sé que todavía sueñas con volver a abrazarlo, y ahora veo cómo te pierdes mirando a esa máquina. Pero yo no voy a fingir que no te amo, Roberto. No sé hacerlo.

Roberto levantó lentamente una mano y dudó un segundo en el aire antes de posarla sobre el hombro de Konny. La tela de su chaqueta se sentía cálida bajo sus dedos. Era una calidez real, humana, palpitante. Tan opuesta al frío pulcro que desprendía Aegis.

—No mereces que te use de refugio para olvidar a nadie —dijo él con una serenidad dolorosa, mirándola directamente a los ojos, sin flequillo de por medio—. Ni para olvidar a Henry, ni para esconderme de lo que me pasa con Aegis. Eres demasiado importante para mí, Konny. No quiero jugar contigo a medias tintas. Si alguna vez doy el paso contigo, tiene que ser por todo. No porque tenga miedo de estar solo.

Konny cerró los ojos por un instante, procesando la sinceridad amarga de su respuesta. Cuando los volvió a abrir, la tristeza seguía allí, pero también un destello de terquedad que Roberto conocía demasiado bien.

—Entonces deja de mirar a los robots y empieza a resolver tu vida —dijo ella, retirando despacio la mano de su camisa, no con desprecio, sino con una resignación orgullosa—. Porque no voy a esperarte para siempre, Roberto. Pero hoy sigo aquí.

Roberto asintió en silencio, sintiendo un nudo espeso en la garganta. Sabía que las palabras de Konny no eran un ultimátum vacío, sino la advertencia desesperada de alguien que daba todo de sí misma.

El timbre que anunciaba el cierre definitivo del instituto resonó por los altavoces, quebrando la burbuja en la que se encontraban. A lo lejos, junto al cerezo, Aegis comenzó a caminar hacia la salida con su paso metódico, portando su maletín escolar con una precisión milimétrica. Por un breve segundo, la androide giró la cabeza hacia donde estaban ellos. Sus ojos dorados se cruzaron con los de Roberto a la distancia, y una leve inclinación de cabeza sirvió como todo saludo antes de continuar su camino.

Roberto la observó marcharse hasta que cruzó el portón de hierro. Luego, volvió la vista hacia Konny, quien permanecía a su lado, viva, herida y hermosa en su absoluta fragilidad humana. El recuerdo de la cintura de Henry y sus sonrisas coquetas todavía le pesaba en el pecho como una piedra en el fondo del mar, pero la presencia de Konny era un ancla que lo devolvía a la realidad.

—¿Vienes a Paulownia Mall? —preguntó Roberto con suavidad, intentando recuperar un vestigio de su habitual sonrisa, aunque esta vez desprovista de burla—. Invito las hamburguesas. O el café. Lo que quieras.

Konny lo miró de reojo, secándose con disimulo la esquina del ojo con la manga del uniforme.

—Vas a pagar tú todo —respondió ella, con la voz aún ligeramente quebrada pero firme—. Y más te vale no hablar de circuitos ni de tus ex en toda la tarde.

—Trato hecho —dijo Roberto, metiendo las manos en los bolsillos y echando a andar junto a ella hacia la estación, sabiendo muy bien que las sombras de la ciudad no eran nada comparadas con el laberinto que llevaba dentro.

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