
El mejor amigo de mi rival
Fandom: Karate kid 2010 / cherry
Creado: 3/11/2026
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Caramelo, café y una pizca de obsesión
El eco seco de los golpes contra los sacos de arena y el chasquido de las suelas sobre el suelo de madera resonaban con una cadencia violenta en el viejo patio de entrenamiento. Pekín ardía bajo el calor de la tarde, pero dentro de Cheng Lu el fuego era de una naturaleza completamente distinta.
A sus dieciséis años, Cheng era una presencia imponente. Medía casi un metro ochenta, con músculos esculpidos con precisión marcial tras años de disciplina estricta de kung fu. Su piel clara contrastaba con su cabello negro, lacio y azabache, cuyo flequillo húmedo por el sudor caía sobre unos ojos marrones oscuros, calculadores y penetrantes. Vestía con su habitual estilo urbano y desafiante: pantalones holgados negros de entrenamiento, una camiseta sin mangas que dejaba al descubierto sus brazos anchos y venosos, y esa actitud arrogante de chico malo que solía poner a cualquiera a sus pies. De sus poros emanaba un aroma espeso, dominante y embriagador: notas amargas de chocolate puro, la profundidad oscura del café recién tostado y un fondo sutil pero inconfundible de vino tinto añejo. Un alfa de linaje puro, territorial y acostumbrado a conseguir todo cuanto deseaba sin pedir permiso.
Al menos, hasta hacía tres semanas.
—Bajas la guardia izquierda cada vez que intentas un giro —advirtió Dre Parker, deteniendo una patada con el antebrazo.
Dre, otro alfa cuya presencia se anunciaba con un cálido y reconfortante aroma a chocolate con leche, retrocedió dos pasos respirando con pesadez. Aunque en el pasado habían sido enemigos acérrimos, la arena del torneo y el respeto mutuo por el kung fu los habían transformado en rivales cercanos, compañeros de combate que compartían el mismo espacio de sudor y disciplina junto al resto del grupo.
—No la bajo, te estoy dejando un espacio para que creas que tienes una oportunidad, Parker —respondió Cheng con una sonrisa ladeada, llena de arrogancia, mientras sacudía el flequillo empapado de su frente.
—Sigue soñando, Cheng. La última vez casi te rompo la nariz.
—¡Basta de cháchara, los dos! —gritó Liang desde el borde de la pista, sentado sobre una banca de madera mientras sostenía una toalla limpia.
Liang, el mejor amigo de Cheng, desprendía una estela fresca y apacible de helado de menta, un aroma ligero que solía templar el ambiente cuando las feromonas alfas amenazaban con encender una pelea real. Liang conocía a Cheng mejor que nadie; sabía cuándo su amigo peleaba por perfeccionar su técnica y cuándo lo hacía simplemente para calmar una tormenta interna.
Y esa tarde, la tormenta de Cheng tenía un nombre extranjero y una figura angelical.
La puerta de madera del patio rechinó sobre sus goznes. Al instante, el aire denso del lugar cambió radicalmente, como si una brisa primaveral hubiera barrido el hedor a hierro y sudor.
El aroma llegó antes que la persona: un suspiro dulce de caramelos de leche, suave, cremoso y tentador, entrelazado con la fragancia inocente de flores recién cortadas. Era un olor tan puro, tan jodidamente omega, que a Cheng se le erizó el vello de la nuca y su alfa interior dio un rugido sordo en el fondo de su pecho.
—Dre... traje el agua que me pediste —dijo una voz suave, tímida, con un tono ligeramente más agudo que el de los muchachos comunes.
Harry Chanfreau estaba parado en el umbral, con las mejillas teñidas de un rosa pálido debido a la vergüenza de interrumpir. Era una visión que parecía arrancada de otro mundo. Su cabello rubio y sedoso caía como hilos de oro alrededor de un rostro de facciones delicadas y piel blanca, casi lechosa. Sus ojos, grandes y húmedos, tenían el color azul transparente del agua de manantial. Pero lo que verdaderamente enloquecía a Cheng, lo que le robaba el aliento y protagonizaba sus sueños más húmedos y febriles cada noche, era su cuerpo.
A pesar de ser un muchacho, Harry poseía una fisonomía asombrosamente femenina y curvilínea. Sus caderas eran amplias y redondeadas, sus muslos gruesos y suaves contrastaban con una cintura estrecha, definida, que Cheng sentía que podía quebrar o rodear con una sola de sus manos callosas. No tenía nada de masa muscular; era pura elasticidad, fragilidad y ternura. Nacido intersexual, Harry cargaba con una naturaleza biológica que lo convertía en el ser más vulnerable y exquisitamente tentador que jamás hubiera pisado esas calles de concreto.
Al ver a Harry jugar con el dobladillo de su camiseta holgada, que apenas lograba disimular sus curvas, Cheng sintió que la boca se le secaba por completo. Las feromonas de café y vino tinto del pelinegro se espesaron en el aire, volviéndose pesadas y posesivas.
Dre se apresuró a acercarse a su amigo, rompiendo la tensión y bloqueando intencionadamente la línea de visión de Cheng.
—Gracias, Harry. No tenías que venir hasta aquí con este calor —dijo Dre con tono protector, recibiendo las botellas frías.
—No es nada, Dre. Quería dar un paseo... y el gatito que vive cerca del mercado estaba buscando comida —susurró Harry, regalándole a Dre una sonrisa radiante que formó pequeños hoyuelos en sus mejillas.
Cheng apretó los puños a los costados, sintiendo una punzada ardiente de celos carcomiéndole el estómago. Odiaba la cercanía entre Dre y el rubio. Odiaba que Harry le sonriera a Parker con tanta naturalidad mientras que a él apenas se atrevía a mirarlo a los ojos.
Sin poder contenerse, Cheng avanzó con pasos felinos y lentos, exudando esa confianza peligrosa que solía aterrorizar a sus adversarios. Se detuvo a menos de un metro del pequeño omega, invadiendo deliberadamente su espacio personal con su metro setenta y nueve de estatura y su cuerpo imponente.
—Vaya, miren quién decidió bendecirnos con su presencia —soltó Cheng, bajando el tono de su voz a un susurro ronco y burlón—. Te ves muy ocupado siendo el chico de los recados, rubia.
Harry dio un respingo visible. Sus grandes ojos azules se abrieron de par en par y clavó la mirada en el suelo, incapaz de sostener la intensidad feroz de los ojos marrones de Cheng. El aroma a café amargo y vino del alfa cayó sobre él con un peso casi físico, haciéndolo estremecer. Sus mejillas ardieron al escuchar el apodo.
—N-no soy el chico de los recados... —balbuceó Harry, abrazándose a sí mismo con timidez. Sus dedos temblaban levemente—. Solo quise ayudar a Dre.
—Déjalo en paz, Cheng —intervino Dre de inmediato, plantándose frente a Harry con el ceño fruncido, su propio aroma a chocolate intensificándose en señal de advertencia—. No empieces tus tonterías. Harry no está aquí para soportar tus humores.
Cheng alzó una ceja, midiendo a Dre con desdén, pero sin apartar del todo la vista de la figura tímida detrás de él. El aroma a caramelo y flores de Harry se había vuelto un poco más denso por el nerviosismo, una señal biológica de sumisión que encendió hasta la última terminación nerviosa de Cheng. Dios, lo deseaba. Deseaba acorralarlo contra una pared, enterrar su rostro en ese cuello blanco y sedoso y morderlo hasta que su olor a café y licor borrara cualquier rastro del mundo exterior.
Pero Cheng no era un tonto. Sabía que con Harry no podía aplicar la fuerza bruta de sus combates.
—Tranquilo, Parker. Solo estoy saludando a nuestra pequeña invitada —se mofó Cheng con una sonrisa cruel y atractiva, enfatizando el género con una intención velada que hizo que Harry apretara los muslos, abrumado por la confusión—. Nos vemos luego, rubia. Asegúrate de no perderte en el camino a casa; eres demasiado frágil para estas calles.
Harry tragó saliva, asintió casi imperceptiblemente hacia Dre y murmuró una rápida despedida antes de girarse y salir casi corriendo del patio, con el corazón martilleándole en los oídos. Sus caderas se mecían con gracia natural bajo la tela ligera de su ropa, un espectáculo que Cheng siguió con los ojos entrecerrados hasta que la puerta volvió a cerrarse.
Dre soltó un bufido de frustración y se alejó hacia los vestidores, sacudiendo la cabeza.
Liang, que había observado toda la escena desde su rincón, se levantó lentamente y se acercó a su amigo, dejando escapar una suave risita impregnada de menta fresca.
—Amigo, das pena —dijo Liang, dándole una palmada en el hombro a Cheng.
—Cierra la boca, Liang —gruñó Cheng, tomando una toalla para secarse el sudor del cuello, aunque su mirada seguía fija en la puerta vacía.
—Hablo en serio. El gran Cheng Lu, el alfa más temido de la academia, el terror del distrito, reducido a un idiota babeante por un omega rubio que apenas te llega al pecho. Si sigues liberando feromonas de esa manera, vas a desmayar a todo el vecindario.
Cheng se pasó una mano por el cabello húmedo, frustrado. Caminó hacia las bancas y se dejó caer pesadamente, apretando la toalla entre sus dedos como si quisiera estrangularla.
—No sale de mi cabeza —confesó Cheng en voz baja, con un tono cargado de una rabia impotente que rara vez mostraba—. Es una maldita tortura. Cada noche... cierro los ojos y lo único que veo son esos muslos, esa cintura... y ese olor a caramelo. Me está volviendo loco.
Liang se sentó a su lado, cambiando su semblante burlón por uno más reflexivo y analítico.
—Harry no es como las chicas o los omegas con los que sales los fines de semana, Cheng. No le importan tus motos, ni tu ropa de marca, ni cuántos tipos puedas noquear en un callejón. Es un chico dulce, inocente. Y además, Parker lo cuida como si fuera de cristal. Si vas tras él como un animal en celo, lo único que vas a lograr es asustarlo para siempre. O que Parker te parta la cara.
—Parker no puede ganarme —escupió Cheng por puro orgullo, aunque sabía que la advertencia era real.
—No hablo de ganarte una pelea, hablo de ganarte a Harry —replicó Liang con paciencia—. Piénsalo, Cheng. ¿Quieres acostarte con él una noche y ya, o realmente quieres que ese omega sea tuyo? Porque la forma en que lo miras no es solo deseo. Estás obsesionado.
Cheng apretó la mandíbula. Las palabras de su amigo resonaron con una verdad incómoda en su mente. Era cierto. Siempre había sido un mujeriego arrogante, saltando de una conquista a otra sin comprometer nada de sí mismo. Pero con Harry... con Harry sentía una necesidad visceral de posesión absoluta, una urgencia primitiva de protegerlo, de acunarlo contra su pecho y, al mismo tiempo, de reclamarlo por completo. Quería que esa mirada azul acuosa solo lo mirara a él. Quería escuchar esa voz tímida gimiendo su nombre.
—¿Y qué demonios se supone que haga? —preguntó Cheng, clavando sus ojos oscuros en Liang—. No sabe cómo hablarme sin temblar.
Liang sonrió con suficiencia, satisfecho de ver al implacable luchador buscando consejo romántico.
—Primero, deja de actuar como un bravucón cada vez que lo tienes enfrente. A los omegas como él no les impresiona que seas un chico malo. Les gustan los detalles, la ternura. Harry ama a los animales, siempre está rescatando perros callejeros y jugando con los niños pequeños del parque. Si quieres que se fije en ti, tienes que mostrarle que bajo toda esa fachada de tipo rudo y peligroso hay alguien en quien puede confiar.
Cheng frunció el ceño con disgusto ante la sola idea de parecer blando.
—¿Quieres que me ponga a rescatar gatitos?
—Quiero que uses ese cerebro calculador que tienes para el kung fu en esto —dijo Liang con firmeza—. Observa sus debilidades, Cheng. La paciencia también es un arte marcial. Acércate despacio, haz que se acostumbre a tu aroma sin que se sienta amenazado. Bájale dos tonos a tu arrogancia.
Cheng se quedó en silencio, procesando el plan. Su mente analítica, rápida y fría para anticipar los movimientos del rival en combate, comenzó a trazar una estrategia completamente diferente. Harry era el desafío más complejo al que se había enfrentado jamás.
Media hora después, tras una ducha rápida que aplacó solo en parte el calor de su piel, Cheng salió de las instalaciones vestido con una chaqueta de cuero oscura sobre una camiseta blanca limpia y jeans ajustados. Se despidió de Liang con un asentimiento silencioso y caminó hacia la plaza principal del barrio.
No fue difícil encontrarlo.
Cerca de la fuente de piedra, bajo la sombra de un gran sauce llorón, Harry estaba agachado sobre la hierba. Tenía en sus brazos a un cachorro mestizo de pelaje blanco y marrón, acariciándole las orejas con una delicadeza infinita mientras el pequeño animal le lamía la barbilla. Harry reía, y el sonido fue como una campana de plata resonando en el corazón de Cheng. La brisa vespertina movía sus mechones dorados, y la luz dorada del atardecer perfilaba la silueta suave de sus caderas anchas apoyadas sobre sus talones.
El aroma a caramelos de leche y flores flotaba en el aire, llamándolo.
Cheng inhaló profundamente, sintiendo cómo el vino y el café dentro de su sangre comenzaban a templarse, perdiendo su filo agresivo para volverse cálidos, envolventes. Caminó con pasos sigilosos, recordando el consejo de Liang: Paciencia.
—Parece que hiciste un nuevo amigo, rubia —dijo Cheng con voz baja, pausada, cuidando de no sonar amenazante.
Harry se tensó de inmediato y levantó la mirada con ojos asustados, apretando al cachorro contra su pecho. Al ver a Cheng de pie junto al sauce, con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta y una expresión inusualmente serena en su rostro anguloso, el rubio tragó saliva.
—Cheng... —murmuró Harry, con un hilo de voz—. Yo... ya me iba.
—No tienes que irte —dijo el alfa rápidamente, dando un paso cauteloso hacia adelante y agachándose a unos metros de distancia, poniéndose a su misma altura.
Cheng extendió una de sus manos callosas hacia el cachorro. El animalito olió el aire, percibió la calma controlada del alfa y soltó un pequeño ladrido antes de estirar el hocico para lamer los nudillos de Cheng. El alfa sonrió de verdad, una sonrisa pequeña, genuina, despojada de toda burla.
Harry parpadeó, desconcertado. Nunca había visto esa faceta en el pelinegro. Por primera vez, el aroma de Cheng no lo asfixiaba; se sentía como una taza de café caliente en una mañana fría de invierno, reconfortante y extrañamente embriagador.
—Tiene la pata lastimada —dijo Cheng en voz baja, señalando con suavidad la extremidad trasera del perro—. Si no se la limpias, se le va a infectar.
Harry bajó la mirada hacia la patita del animal, mordiéndose el labio inferior con timidez.
—No... no tengo vendas conmigo —confesó el omega, sus mejillas tiñéndose de nuevo de ese carmín adorable que a Cheng le daban ganas de devorar a besos.
Cheng metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó un pañuelo de tela oscura, limpio y planchado. Se deslizó un poco más cerca sobre la hierba, cerrando la distancia entre ambos hasta que sus rodillas casi se rozaron. El aroma dulce de Harry llenó los pulmones de Cheng, pero el alfa se obligó a mantener el control absoluto sobre su propio cuerpo.
—Ten —ofreció Cheng, extendiéndole el pañuelo—. Puedes usar esto para vendarlo. Si quieres, conozco una clínica veterinaria a dos calles de aquí. Podemos llevarlo juntos.
Harry alzó los ojos, encontrándose directamente con los orbes oscuros y profundos del alfa. Por primera vez no vio desprecio ni arrogancia en ellos; vio una intensidad ardiente, casi devota, que le provocó un cosquilleo desconocido en el bajo vientre. Su cuerpo omega respondió con un estremecimiento imperceptible, reconociendo la fuerza y la promesa silenciosa de protección en la postura de Cheng.
—¿De... de verdad harías eso? —preguntó Harry, con una vocecita suave cargada de asombro.
—Hago lo que sea necesario, rubia —respondió Cheng, dejando escapar una pizca de esa voz ronca y peligrosa que lo caracterizaba, pero acompañándola con una mirada tan fija y magnética que dejó a Harry sin aliento—. Especialmente si es para que no llores por un perro callejero.
Harry tomó el pañuelo. El roce accidental de los dedos cálidos y ásperos de Cheng contra su piel suave envió una descarga eléctrica directo a la espina dorsal del omega, acelerando los latidos de su corazón.
Cheng sonrió para sus adentros, sintiendo el aroma a flores de Harry volverse un poco más dulce, más receptivo. La cacería apenas comenzaba, pero Cheng Lu ya no tenía intenciones de retroceder. Haría lo que fuera, se transformaría en lo que fuera necesario, hasta que ese ángel de caderas amplias y labios de miel fuera completamente suyo.
