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Fandom: Karate kid 2010 / cherry

Creado: 3/11/2026

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Seda blanca y ojos de lobo

El aire de Beijing esa mañana era inusualmente cálido, cargado con el aroma de la primavera y el bullicio constante de la escuela secundaria. Harry Chanfreau caminaba por los pasillos con una mezcla de incomodidad y pura vergüenza, tratando de bajar desesperadamente el dobladillo de la prenda que llevaba puesta.

—¡Mei Yin, te juro que esto es un error! —susurró Harry, su voz aguda y melodiosa temblando ligeramente—. Siento que todo el mundo me está mirando las piernas.

Mei Yin, una Omega de quince años con un vibrante aroma a frutas frescas, soltó una risita traviesa mientras masticaba un chicle. Ella, siendo la hermana menor de Cheng y la mejor amiga de Harry, disfrutaba demasiado de su papel como "mala influencia".

—Ay, Harry, no seas tan dramático —dijo ella, ajustándole la mochila al chico—. Es solo una falda del uniforme femenino. La tuya se rompió en gimnasia y la única de repuesto en el club de teatro era esta. Además, admítelo, te queda mejor que a cualquier chica de este instituto. Con esas caderas y esos muslos... ¡uf! Estás para comerte.

Harry se sonrojó hasta la raíz de su sedoso cabello rubio. Sus ojos azul agua buscaban desesperadamente un refugio. Su cuerpo, una anomalía hermosa de la naturaleza, siempre le había causado timidez. Siendo intersexual, sus formas eran suaves, curvas y carentes de cualquier rastro de masa muscular tosca. En ese momento, la falda plisada apenas cubría la mitad de sus muslos gruesos y lechosos, acentuando una cintura tan estrecha que parecía que alguien podría rodearla con dos manos.

—Es demasiado corta... —balbuceó Harry, abrazando sus libros contra su pecho para ocultarse—. Y el aroma de vainilla y orquídeas se me está escapando por los nervios. Van a pensar que estoy en celo o algo así.

—Que piensen lo que quieran —Mei Yin le guiñó un ojo—. Vamos, que llegamos tarde a la cafetería.

Mientras tanto, en una de las mesas centrales, el grupo más popular del último año observaba el panorama. Cheng Lu estaba sentado con una pierna sobre la otra, luciendo el uniforme escolar de manera descuidada, con la camisa desabrochada en los primeros botones, revelando una piel clara y una clavícula marcada. Su aroma a cedro, almizcle y tabaco seco dominaba el ambiente, marcando su territorio como el Alfa dominante que era.

A su lado, Liang, un Alfa de diecisiete años con olor a menta fresca y una sonrisa de mujeriego empedernido, le dio un codazo a Cheng.

—Oye, mira eso —dijo Liang, señalando hacia la entrada—. Creo que el pequeño francés de tu hermana ha decidido que hoy es el día de la liberación.

Zhuang, el Beta del grupo, suspiró mientras cerraba su libro. Su aroma a flores y leche era una presencia calmante entre los dos Alfas temperamentales.

—Déjenlo en paz —murmuró Zhuang con su habitual serenidad—. Harry es muy sensible. Cheng, no empieces.

Cheng no respondió de inmediato. Sus ojos marrones oscuros, penetrantes y cargados de una chispa pervertida, se clavaron en la figura que entraba a la cafetería. Harry caminaba con pasos cortos, su piel blanca resaltando contra la tela oscura de la falda. Cada vez que daba un paso, la tela se elevaba un poco más, revelando la suavidad de sus piernas.

Cheng sintió un tirón instintivo en su interior. Harry siempre le había parecido una criatura fascinante, un Omega virgen que olía a pureza, pero verlo así, vestido de esa manera, despertó su faceta más descarada.

—Vaya, vaya... —susurró Cheng, con una sonrisa ladeada—. Parece que la pequeña muñeca de porcelana quiere jugar a ser grande.

—Te apuesto lo que quieras a que sigue siendo tan virgen como una monja —se burló Liang, soltando una carcajada—. Aunque con ese cuerpo, es un desperdicio criminal. Cheng, tú que eres el experto en "explorar", ¿por qué no le das una lección?

Cheng se levantó lentamente, sus brazos fuertes y venosos tensándose bajo las mangas de su camisa.

—Zhuang, cuida mis cosas —dijo Cheng sin apartar la vista de Harry—. Tengo que ir a saludar a la mejor amiga de mi hermana.

Harry estaba tratando de comprar un jugo cuando sintió una presencia abrumadora detrás de él. El aroma a tabaco y cedro lo envolvió como una manta pesada, haciendo que sus rodillas flaquearan.

—Hola, Harry —la voz de Cheng resonó cerca de su oído, profunda y vibrante—. Qué conjunto tan... interesante traes hoy.

Harry se dio la vuelta rápidamente, chocando casi contra el pecho del Alfa. Tuvo que mirar hacia arriba debido a la diferencia de estatura. Cheng lo miraba con una intensidad que lo hacía sentir desnudo.

—C-Cheng... hola —tartamudeó Harry, bajando la mirada—. Es solo que... tuve un accidente con mi pantalón. Mei Yin me prestó esto.

—¿Ah, sí? —Cheng dio un paso más, invadiendo el espacio personal del Omega—. Pues a mi hermana le falta mucho para llenar esa falda como tú lo haces. Tienes unas piernas preciosas, Harry. Muy... suaves.

El Alfa extendió una mano y, con una audacia que hizo que los presentes contuvieran el aliento, rozó con sus dedos el borde de la falda, justo donde terminaba la tela y empezaba la piel del muslo de Harry.

—¡Cheng! —exclamó Harry, dando un saltito hacia atrás, su rostro encendido en un rojo carmesí—. ¡No hagas eso! Hay mucha gente.

—¿Y si no hubiera gente, me dejarías hacerlo? —preguntó Cheng con una sonrisa descarada, dando otro paso hacia adelante, acorralando al chico contra el mostrador.

Mei Yin, que estaba disfrutando de la escena a unos metros, gritó:

—¡Cheng, deja de acosar a mi mejor amigo! ¡Es un ángel, no un juguete para tus perversiones!

—Cállate, enana —replicó Cheng sin mirar a su hermana—. Harry y yo solo estamos teniendo una conversación educativa.

Cheng se inclinó hacia el cuello de Harry, inhalando profundamente. El aroma a orquídeas y vainilla del Omega era embriagador, tan dulce que le daba ganas de morder.

—Hueles delicioso hoy, Harry —susurró el Alfa contra su piel—. ¿Es el miedo o es que te gusta que te mire así?

—No... no sé de qué hablas —dijo Harry, con los ojos empañados por la confusión y la timidez. Realmente no sabía lo que eran los celos o la malicia, era demasiado inocente para entender el juego de seducción de Cheng.

—Eres tan inocente que duele —dijo Cheng, su mano subiendo ahora con más firmeza por el muslo de Harry, apretando la carne blanda y gruesa—. Esta falda es una invitación, Harry. Y yo soy muy bueno aceptando invitaciones.

—¡Cheng, basta! —Zhuang apareció de repente, poniendo una mano en el hombro de su amigo Alfa—. Lo estás asustando. Harry, ve con Mei Yin.

Harry no necesitó que se lo dijeran dos veces. Salió disparado hacia su amiga, casi tropezando con sus propios pies, mientras su corazón latía con fuerza contra sus costillas.

Cheng se quedó allí, observando cómo Harry se alejaba. El movimiento de sus caderas bajo la falda corta era una tortura visual.

—Es virgen, Cheng —dijo Liang, acercándose y apoyando un brazo en el hombro de su amigo—. Vas a romperlo si le entras así de fuerte.

—No se va a romper —murmuró Cheng, sus ojos brillando con una determinación peligrosa—. Solo necesita que alguien le enseñe para qué sirven esas curvas. Y hoy no voy a parar hasta descubrir qué hay debajo de esa falda.

El resto de la mañana fue un tormento para Harry. En cada clase, en cada pasillo, sentía la mirada de Cheng sobre él. El Alfa no se escondía; lo observaba desde el fondo del salón, jugaba con su bolígrafo mientras recorría con la vista las piernas del Omega, y le lanzaba sonrisas que prometían cosas que Harry apenas podía imaginar.

Durante el descanso de la tarde, Harry decidió refugiarse en la biblioteca, el lugar más tranquilo del campus. Se sentó en una de las mesas del fondo, escondido entre las estanterías de historia antigua.

—Aquí estaré a salvo —se dijo a sí mismo, dejando escapar un suspiro de alivio.

Pero la paz duró poco. El sonido de unos pasos pesados y decididos rompió el silencio. Harry levantó la vista y su corazón dio un vuelco. Cheng estaba allí, cerrando la puerta del pasillo lateral con pestillo.

—¿Crees que puedes esconderte de mí, Harry? —preguntó Cheng, caminando con la elegancia de un depredador.

—Cheng, por favor... —Harry se levantó, tratando de mantener la mesa entre ellos—. Tengo que estudiar. Mis padres se enfadarán si mis notas bajan.

—Tus padres no están aquí —dijo Cheng, rodeando la mesa con lentitud—. Y yo no he podido pensar en otra cosa que no sean tus piernas desde esta mañana.

Harry retrocedió hasta que su espalda chocó contra una estantería de libros. Cheng llegó frente a él, colocando ambas manos a los lados de la cabeza de Harry, atrapándolo.

—Estás temblando —observó Cheng, bajando la voz a un tono ronco—. ¿Tienes miedo de que te toque?

—Es que... nunca nadie me ha mirado así —confesó Harry, sus ojos azules fijos en los marrones de Cheng—. Eres un bravucón, Cheng. Mei Yin dice que solo quieres jugar.

—Mei Yin habla demasiado —Cheng se acercó más, sus cuerpos rozándose—. Tal vez sea un bravucón, pero también soy el único que te está diciendo la verdad. Estás precioso hoy. Y esa falda... —Cheng bajó una mano y agarró el dobladillo plisado—... es un pecado.

—No la toques... —suplicó Harry, aunque su cuerpo no retrocedía. El calor que emanaba el Alfa era adictivo.

—¿Por qué no? —Cheng empezó a subir la tela lentamente—. Tienes la piel más blanca que he visto nunca. Y hueles tan dulce que me estás volviendo loco.

Cheng metió su mano bajo la falda. Harry soltó un jadeo ahogado cuando sintió los dedos callosos y fuertes del Alfa rozar la parte interna de su muslo, cerca de la zona donde su condición intersexual lo hacía más sensible.

—Cheng... ah... —el Omega cerró los ojos, su cabeza cayendo hacia atrás contra los libros.

—Dime que pare y lo haré —susurró Cheng, aunque sus dedos no se detuvieron, subiendo cada vez más, explorando la suavidad extrema de Harry—. Pero sé que no quieres que pare. Sé que quieres saber qué se siente.

Harry no respondió con palabras. Su aroma a vainilla se intensificó, volviéndose casi almibarado, una señal clara de sumisión y deseo incipiente. Cheng sonrió con suficiencia. El pequeño Omega virgen era una fruta madura lista para ser cosechada.

—Eso es... —murmuró Cheng, presionando su cuerpo contra el de Harry, dejando que el chico sintiera su masculinidad a través de la ropa—. Vamos a ver qué tan profundo puedo llegar bajo esta falda, Harry.

Harry, en su inocencia, solo pudo aferrarse a los hombros fuertes de Cheng, mientras el Alfa cumplía su promesa de no dejarlo ir hasta haber reclamado cada centímetro de su piel. Esa tarde, en la biblioteca silenciosa, el aroma a cedro y vainilla se mezcló en una danza nueva, marcando el fin de la inocencia de Harry y el inicio de una obsesión que Cheng no estaba dispuesto a abandonar.

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