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Fandom: Karate kid 2010
Creado: 5/11/2026
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Leyes de gravedad y otras tentaciones
A Cheng le encantaban dos cosas en la vida con una devoción casi religiosa. La primera era salir de fiesta con sus amigos, acelerar las motocicletas por los callejones amplios de Pekín sintiendo el aire frío golpear contra el cuero de su chaqueta, y beber hasta que las luces de neón parecieran manchas borrosas de pura adrenalina. La segunda, sin embargo, era mucho más doméstica, peligrosa y adictiva: su compañero de cuarto.
¿Y por qué? Bueno, la respuesta residía en una combinación letal de genética franco-brasileña y una absoluta falta de consideración por la salud mental de Cheng. Harry Chanfreau tenía un cuerpo que desafiaba cualquier concepto de disciplina marcial. No era solo que tuviera caderas anchas y un trasero redondo y suave que robaba el aliento; era la desfachatez involuntaria con la que se paseaba por la habitación compartida en mini shorts de algodón o en ropa interior, dejando al descubierto una piel canela clara salpicada de suavidad.
Cheng tenía diecisiete años, entrenaba kung-fu hasta desgastarse los nudillos en el dojo de los Fighting Dragons, y poseía una debilidad casi patológica por todo lo que fuera ridículamente apachurrable. Y Harry, con su anatomía única, sus formas mullidas y ese cuerpo de curvas pronunciadas que escondía una intimidad tan particular y perfecta, era el objeto supremo de sus fijaciones.
—Te lo juro, Cheng, un día de estos te van a salir pelos en las manos —se burló Liang, lanzándole una lata vacía de té frío mientras caminaban por el patio trasero de la academia.
Cheng esquivó la lata con un movimiento fluido de cabeza, sin molestarse en perder la sonrisa arrogante que siempre adornaba su rostro de mandíbula cuadrada.
—Cierra la boca, Liang. Al menos yo tengo algo bueno que mirar antes de dormir. Tú tienes que conformarte con escribirle a tres chicas distintas para ver cuál es lo suficientemente ciega como para responderte.
—¡Oye! —protestó Liang, acomodándose la chaqueta del uniforme escolar, que llevaba tan desabrochada como la de Cheng—. Yo soy un amante generoso, no un pajero de tiempo completo como tú. Zong dice que te escuchó el otro día suspirando como un imbécil frente a la puerta del baño.
Zong, que venía caminando hacia atrás sobre una barandilla de concreto con un equilibrio suicida, soltó una carcajada estridente al escuchar su nombre.
—¡Es verdad! —exclamó Zong, bajando de un salto que habría hecho llorar a cualquier profesor—. Estaba a punto de tocar para pedirle a Harry su cargador y Cheng estaba parado ahí como una estatua, mirando la toalla que Harry había dejado colgada. ¡Das miedo, hermano! Por cierto, ¿saben lo que me contó la chica del aula tres? Me dijo que Mei Ying casi se pelea con otra por un puesto en la orquesta. El drama estuvo buenísimo.
—Zong, concéntrate en no reprobar historia otra vez —intervino Zahuang con un suspiro pesado, ajustándose las gafas mientras sostenía tres carpetas repletas de apuntes—. Si ustedes dos no pasan los exámenes de la próxima semana, el maestro Li no los dejará ir al torneo regional. Y adivinen a quién le va a tocar explicarles todo con manzanitas porque son unos retardados para memorizar fechas. A mí.
—Tú nos amas, Zahuang —respondió Cheng con descaro, pasándole un brazo pesado por los hombros al chico estudioso—. Además, hoy no puedo estudiar. Tengo una cita con el destino.
—¿El destino se llama Harry y usa bóxers cortos? —soltó Liang con una mueca divertida.
Cheng se limitó a guiñarle un ojo, totalmente desprovisto de vergüenza. La verdad era que sus amigos lo molestaban con que se masturbaba todos los días pensando en su compañero. No era del todo mentira, pero tampoco era la verdad absoluta; a veces Cheng simplemente se quedaba despierto hasta tarde, admirando la curva de la cadera de Harry recortada contra las sábanas blancas, preguntándose cómo demonios alguien podía ser tan bonito, tan suave y al mismo tiempo tan malditamente tentador.
Cuando Cheng llegó al dormitorio compartido en el ala norte de la residencia, empujó la puerta con el hombro sin molestarse en tocar.
Una melodía suave, rítmica y sensual flotaba en el ambiente. Era una canción de De La Rose mezclada con los bajos profundos de Omar Courtz, el tipo de reguetón y trap latino que Harry escuchaba en bucle cuando creía que nadie lo estaba mirando con demasiada atención. En el centro de la habitación, sobre una pequeña alfombra redonda, Harry estaba arrodillado, alimentando a un conejito blanco diminuto con una hoja de lechuga fresca.
Cheng sintió que la respiración se le atoraba en la garganta.
Harry llevaba una sudadera gris tres tallas más grande que le caía de lado, dejando al descubierto una clavícula pálida, y unos shorts diminutos de color rosa palo que apenas cubrían el inicio de sus muslos gruesos. Sus cabellos rubios, ondulados y cortos, caían sobre su frente en un desorden encantador, y sus ojos azules claros se alzaron para mirarlo en cuanto la puerta crujió.
—Llegas tarde —dijo Harry en un tono tranquilo, acariciando la cabeza del conejo—. Lumi ya tenía hambre y casi se come los cordones de mis tenis.
—Entrené media hora extra —respondió Cheng, cerrando la puerta detrás de sí con el talón y tirando su mochila al suelo sin el menor cuidado—. Y Lumi tiene cara de que comerse tus tenis sería lo más emocionante que ha hecho en toda la semana.
Harry frunció los labios en un puchero suave, un gesto que a Cheng le dieron ganas inmediatas de morder.
—No te metas con Lumi. Es muy sensible —murmuró Harry, levantándose del suelo con una gracia lenta que hizo que la tela de sus shorts se tensara peligrosamente sobre la curva redonda de sus glúteos—. Además, Zong me mandó un mensaje antes. Me dijo que te vio casi rompiéndote el cuello por mirar a no sé quién en el pasillo.
Cheng arqueó una ceja, sintiendo una chispa de diversión recorrerle el pecho. Se quitó la chaqueta del uniforme y la lanzó sobre su cama, quedando solo con una camiseta negra sin mangas que dejaba ver la musculatura definida de sus brazos y hombros, marcada por años de katas y golpes de impacto.
—¿Zong? Ese idiota no puede mantener la boca cerrada ni bajo el agua —dijo Cheng, acortando la distancia entre ellos con pasos lentos y felinos—. Y tú no deberías creerle todo lo que dice. Aunque es verdad que me gusta el chisme, prefiero enterarme de primera mano. ¿Te pusiste celoso, rubio?
Harry desvió la mirada hacia la jaula abierta del conejo, fingiendo un repentino interés en ordenar las virutas de madera, pero el leve rubor que tiñó sus mejillas y la punta de sus orejas lo delató por completo.
—Para nada —replicó Harry, intentando sonar frío y distante, aunque la timidez inherente que a veces lo dominaba frente a Cheng le quebró un poco la voz—. Solo digo que tienes fama de mujeriego y descarado. Liang me contó que el fin de semana pasado te la pasaste bailando con dos chicas en el club de la avenida central.
—Liang habla demasiado cuando no está ocupado rogando por atención —se burló Cheng, deteniéndose a menos de un paso de Harry—. Y yo no soy mujeriego. Solo soy... muy apreciativo de las cosas buenas de la vida.
—Qué poético —ironizó Harry, cruzándose de brazos, lo que empujó su pecho y acentuó aún más la estrechez de su cintura antes de abrirse en esas caderas generosas y magnéticas—. Seguro el maestro Li estaría muy orgulloso de tus reflexiones filosóficas.
—El maestro Li dice que la fuerza proviene del centro del cuerpo —murmuró Cheng, bajando un tono la voz, volviéndola más grave y rasposa mientras daba el último paso, arrinconando sutilmente a Harry contra el borde de su propio escritorio—. Y yo creo que tu centro tiene una gravedad que me está jodiendo la cabeza, Chanfreau.
El aire en la habitación cambió de golpe. La música de Omar Courtz seguía sonando de fondo, marcando un pulso lento y pesado que parecía sincronizarse con el latido acelerado que Cheng podía ver en la base del cuello de Harry. El rubio levantó la mirada, con esos ojos azules tan claros que parecían de cristal, mostrando esa dualidad que volvía loco a Cheng: una timidez que lo hacía sonrojarse con facilidad, combinada con un descaro sutil, casi inocente, que no retrocedía ante la provocación.
—Cheng... —advirtió Harry en un susurro, aunque sus manos, en lugar de apartarlo, se quedaron apoyadas contra el borde de la madera detrás de él, arqueando levemente la espalda—. Te dije que no te me acerques tanto cuando vienes sudado del dojo.
—No estoy sudado. Me di una ducha en los vestidores antes de venir —mintió Cheng con descaro absoluto, apoyando una mano en la mesa, justo al lado de la cadera de Harry, atrapándolo en su espacio personal—. Huelo a jabón neutro y a ganas de molestarte.
—Hueles a problemas —corrigió el chico rubio, mordiéndose el labio inferior—. Siempre estás buscando pelea.
—Solo con la gente que me aburre —dijo Cheng, inclinándose apenas unos centímetros, lo suficiente para que su flequillo negro rozara la frente de Harry—. Y tú nunca me aburres. Especialmente cuando te vistes así. ¿Intentas provocar un infarto en el dormitorio o simplemente te gusta torturarme?
Harry bajó la mirada hacia sus propias piernas desnudas y luego volvió a mirar a Cheng, una sonrisita ladina asomando en la comisura de sus labios carnosos.
—Hace calor en Pekín —dijo Harry con falsa inocencia, encogiéndose de hombros—. En Francia el clima es distinto, y en Brasil la gente no se asusta por ver un poco de piel. Si tú tienes la mente sucia, no es mi culpa.
—¿Mente sucia? —Cheng soltó una risa seca, ronca, cargada de una honestidad brutal—. Mis amigos dicen que me la paso pensando en ti de noche. Y me jode que tengan razón, ¿sabes? Odio que Liang tenga razón en cualquier cosa.
Harry parpadeó, sorprendido por la franqueza desvergonzada del chino. Sabía que Cheng era arrogante, sabía que en la escuela caminaba como si fuera el dueño del pavimento y que en el tatami no tenía piedad con sus oponentes, pero escuchar esa confesión cruda, dicha con una mirada tan fija y hambrienta, hizo que un calor repentino le bajara directo a la entrepierna. Harry, con su cuerpo único y sus sensaciones a flor de piel, no pudo evitar que un leve temblor le recorriera los muslos.
—No deberías decir esas cosas —murmuró Harry, con la voz volviéndose espesa—. Te aprovechas de que soy amable.
—Tú no eres amable, eres un chismoso que se junta con Zong para hablar de mí a mis espaldas —contraatacó Cheng con una sonrisa de lado, sin retroceder un milímetro—. Pero te lo perdono porque eres lo más blando y bonito que he visto en toda mi puta vida.
Sin previo aviso, Cheng deslizó su mano libre hacia abajo. Con una audacia que desafiaba cualquier norma, sus dedos largos y callosos por el entrenamiento se posaron directamente sobre la curva exterior del muslo de Harry y subieron con lentitud desesperante hasta apretar con firmeza la masa suave y rotunda de su glúteo.
Harry soltó un jadeo ahogado, curvando los dedos de sus manos sobre la madera del escritorio.
—¡Cheng! —exclamó en un suspiro tembloroso, pero no se apartó. De hecho, su cadera pareció inclinarse de manera instintiva contra la palma grande y caliente del peleador.
—Apachurrable —sentenció Cheng en un murmullo bajo, apretando de nuevo con una mezcla de posesividad y fascinación genuina—. Dios, Harry. Te juro que si sigues durmiendo en esa cama a dos metros de mí con estos shorts, una noche voy a perder el control y el maestro Li va a tener que buscarse otro capitán de equipo.
Harry enterró las uñas en el escritorio, sintiendo cómo el roce firme despertaba una humedad inconfundible entre sus piernas, un deseo tibio y palpitante que solo ese gigante engreído lograba provocarle.
—Eres... un idiota sin vergüenza —logró decir Harry, aunque sus ojos azules brillaban con una intensidad oscura, perdiendo toda la timidez previa—. Y si te atreves a tocarme así otra vez... Lumi se va a enojar.
Cheng soltó una carcajada baja, vibrante, pegando su frente contra la de Harry. El calor que emanaban ambos era sofocante, delicioso.
—Que el conejo se tape los ojos, entonces —susurró Cheng antes de acortar la distancia final y capturar los labios carnosos de Harry en un beso impaciente, posesivo y descarado, tal como era él.
Harry respondió al instante, rodeando el cuello del atleta con los brazos y pegando su cuerpo suave y voluptuoso contra el torso duro como una roca de Cheng. Los bajos de la música puertorriqueña continuaron llenando el cuarto, mientras afuera, la ciudad de Pekín seguía su curso caótico, ajena por completo a la rendición total que acababa de pactarse entre las cuatro paredes del dormitorio.
