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Nadie me odia

Fandom: Kimetsu no Yaiba

Creado: 6/11/2026

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El eco de las marcas bajo la luna

La noche se extendía sobre las colinas boscosas con una serenidad engañosa, rota únicamente por el murmullo de las hojas sacudidas por el viento y el crujido rítmico de dos pares de sandalias zōri que se desplazaban a una velocidad sobrehumana. Para cualquiera que mirara desde lejos, apenas habrían parecido dos sombras danzantes: una envuelta en un haori dividido de patrones geométricos y carmesí, y la otra con una prenda vaporosa cuyos bordes imitaban el aleteo turquesa y blanco de una mariposa.

Sin embargo, a pesar de la urgencia inherente a su deber, el silencio entre ambos nunca permanecía intacto durante demasiado tiempo. No cuando Shinobu Kochō encontraba un deleite casi infantil en pinchar la impenetrable armadura de Tomioka Giyū.

—Dime una cosa, Tomioka-san —comenzó ella, ladeando la cabeza con una sonrisa afable mientras saltaba con gracia sobre la rama gruesa de un pino centenario—. ¿No te resulta agotador caminar siempre tres pasos por detrás de los demás? Me pregunto si es por timidez o simplemente porque asumes que tu sola presencia arruina el ambiente.

Giyū ni siquiera pestañeó. Su mirada azul lapislázuli permaneció fija en la oscuridad del valle que se abría ante ellos, impasible como la superficie de un lago congelado.

—No camino detrás. Mantengo la retaguardia para cubrir terreno —respondió con una monotonía tan pulcra que rozaba la exasperación.

Shinobu dejó escapar una risita cantarina, un sonido dulce y suave que ocultaba veneno concentrado.

—Siempre tan predecible —dijo ella, adelantándose una fracción de segundo para quedar paralela a él—. Pero sabes a qué me refiero. Esa actitud tan distante, esa mirada que parece decir que el mundo entero está por debajo de ti... Es natural que nadie se sienta cómodo a tu alrededor. De hecho, creo que ya te lo he mencionado en alguna que otra ocasión, ¿no es así? A ti todo el mundo te odia, Tomioka-san.

Giyū apretó ligeramente la mandíbula. Fue un movimiento casi imperceptible, pero para los ojos entrenados de la mujer de los insectos, aquel pequeño tic muscular fue una victoria absoluta.

—A mí la gente no me odia —murmuró él, con una voz que pretendía ser firme pero que cargaba con una sombra de hastío acumulado.

—Oh, qué tierno. Sigues engañándote a ti mismo —insistió Shinobu, manteniendo la curvatura perfecta de sus labios teñidos de rosa—. Debe ser duro vivir en una negación tan profunda. Si fueras un poco más amable, tal vez los demás pilares te invitarían a compartir el té de vez en cuando. O al menos no suspirarían de alivio cada vez que abandonas la sala de reuniones.

Giyū optó por no responder. Sabía por experiencia que cualquier palabra que saliera de su boca sería desmenuzada, tergiversada y utilizada en su contra como un dardo impregnado en glicinas. Aceleró el paso, dejando que el viento azotara su cabello azabache, desgreñado y desigual, cuyo flequillo enmarcaba una expresión que muchos tildaban de altiva, pero que en realidad no era más que el refugio de un hombre que cargaba con demasiados fantasmas.

La pequeña aldea apareció al pie de la montaña: un conjunto desordenado de techos de paja y madera oscura, envuelto en una niebla espesa que olía a humo de leña y a algo mucho más pútrido. Sangre humana y carne descompuesta.

El demonio no tardó en revelarse. Era una criatura grotesca, con extremidades alargadas y múltiples ojos supurantes a lo largo del torso, que se alimentaba en el granero comunal. El combate fue breve pero violento. Shinobu se movió con la ligereza de una avispa, deslizándose por el aire con estocadas certeras de su peculiar nichirin, inyectando dosis masivas de veneno de glicinia que hicieron hervir las venas del monstruo. Cuando la bestia se tambaleó, ciega y agonizante por las toxinas, Giyū emergió desde la penumbra.

Con un solo movimiento fluido y letal, la respiración del agua ejecutó su juicio. La hoja azul oscuro cortó el aire y el cuello de la criatura con la precisión implacable de una cascada que cae sobre la roca.

La cabeza cayó al suelo antes de comenzar a desintegrarse en cenizas humeantes. Giyū enfundó su espada con un chasquido seco.

—Misión cumplida —dijo él, volviéndose hacia Shinobu, quien limpiaba la punta de su aguja con un paño de seda.

—Vaya, qué eficiente. Aunque admito que el veneno ya había hecho todo el trabajo pesado —dijo ella con una sonrisa traviesa—. Podrías haberme dejado el golpe final, pero supongo que los hombres solitarios necesitan alimentar su ego de alguna manera...

Antes de que Giyū pudiera siquiera emitir un bufido de desdén, el crujido de maderas y el rumor de voces coléricas interrumpieron la escena. A través de las rendijas del granero y desde el sendero principal, una docena de aldeanos se aproximaba con antorchas, guadañas y horquillas de labranza.

—¡Están aquí! ¡Los asesinos están en el granero! —gritó una voz ronca desde el exterior.

—¡Mataron a la familia del molinero! ¡Llevan espadas, son bandidos!

Shinobu frunció ligeramente el ceño, guardando su katana con rapidez.

—Qué molestia... El demonio debió matar a alguien antes de que llegáramos y los aldeanos han visto la sangre. Si nos ven con katanas, la guardia local nos causará problemas innecesarios. La ley del gobierno no reconoce a los cazadores.

—No podemos herirlos —dijo Giyū, evaluando la situación con frialdad.

—Obviamente no, genio —replicó ella, rodando los ojos—. Tenemos que salir de aquí antes de que prendan fuego a la paja.

Salieron por una ventana trasera justo cuando la puerta principal era derribada a golpes. La noche, sin embargo, jugaba en su contra: el pueblo estaba en alerta máxima, antorchas encendidas iluminaban cada callejón y los perros ladraban furiosos, siguiendo el rastro de la sangre del demonio que aún manchaba el suelo.

Giyū tomó la iniciativa. Divisó una pequeña estructura de madera al borde del río que bordeaba el pueblo: un cobertizo de herramientas medio enterrado en la pendiente de la colina, cubierto de enredaderas y maleza espesa. Agarró a Shinobu por la muñeca con firmeza.

—¡Oye! ¿Qué crees que...?

—Cállate y entra —ordenó él en un susurro áspero.

La empujó suavemente hacia el interior del angosto espacio y se deslizó tras ella, cerrando la pesada compuerta de madera podrida justo a tiempo para escuchar las pisadas apresuradas y los gritos de los aldeanos pasando a escasos metros de distancia.

El silencio que siguió fue absoluto, roto únicamente por el crujido distante de las antorchas y el rumor del agua del río.

El problema era el espacio. El cobertizo apenas medía un metro cuadrado útil, atestado de sacos viejos de grano, herramientas de labranza oxidadas y vigas bajas. No había lugar para mantener una distancia prudencial. Giyū estaba de pie con la espalda apoyada contra los tablones húmedos, y Shinobu se encontraba literalmente atrapada contra su pecho, con una de las manos de él todavía rodeando su pequeña muñeca y la otra apoyada contra la pared para mantener el equilibrio.

El aire en el pequeño habitáculo era denso, tibio y cargado por la respiración agitada de ambos tras la carrera.

—Ya se han ido —susurró Shinobu, pero no hizo ningún intento inmediato por apartarse. La proximidad era sofocante—. Puedes soltarme la mano, Tomioka-san. A menos que tengas tanto miedo a la oscuridad que necesites sostenerte de alguien.

Giyū bajó la mirada. La penumbra era casi total, salvo por unos finos haces de luz de luna que se filtraban entre las rendijas de la madera carcomida, iluminando de forma intermitente el rostro pálido de la joven. Sus ojos grandes y violáceos, desprovistos de pupilas, brillaban con un matiz hipnótico en la penumbra, y sus labios, ligeramente entreabiertos, despedían un aliento cálido que golpeaba directamente contra la base de la garganta del espadachín.

Giyū aflojó el agarre, pero en lugar de soltarla por completo, sus dedos se deslizaron hacia abajo, rozando la palma de la mano de ella antes de dejarse caer.

—No tengo miedo —dijo él, con la voz más grave de lo habitual debido a la cercanía forzada.

—Claro que no —se burló ella en un susurro aterciopelado, aunque su corazón latía contra sus costillas a un ritmo traicionero—. Los hombres estoicos como tú no sienten nada, ¿verdad? Ni miedo, ni empatía... ni afecto. Por eso resulta tan natural que nadie te soporte. Debe ser una existencia bastante vacía.

Aquello fue la gota que colmó el vaso. No hubo un estallido de furia, ni un insulto, ni un ademán brusco. Fue algo mucho más peligroso: un cambio sutil en la densidad del aire entre ellos, como la calma tensa que precede a una marejada.

Giyū dio un paso imperceptible hacia adelante, eliminando el escaso milímetro de separación que quedaba. El pecho de él presionó contra el suave volumen del torso de ella, y su mano izquierda subió para apoyarse en la madera justo al lado de la cabeza de Shinobu, acorralándola sin tocarla del todo.

—Hablas demasiado, Kochō —dijo él, con un tono peligrosamente bajo.

Shinobu arqueó una ceja, aunque un leve rubor comenzaba a traicionar la blancura de sus mejillas. No estaba acostumbrada a que él invadiera su espacio de esa manera; Tomioka siempre retrocedía, siempre se apartaba con ese aire de mártir incomprendido. Verlo avanzar, ocupando todo su campo visual, provocó un cosquilleo desconocido en la boca de su estómago.

—¿Te molesta la verdad? —desafió ella, levantando el mentón, negándose a mostrarse intimidada—. Si quieres que me calle, vas a tener que esforzarte más que simplemente poner esa cara de perro mojado.

Giyū no dudó. En lugar de discutir, inclinó la cabeza. Su rostro se acercó tanto que sus frentes casi se rozaron. La mirada azul zafiro del muchacho descendió hacia los labios de ella, brillantes bajo el hilo de luna, y luego volvió a subir para clavarse en sus ojos de insecto.

—¿Crees que me importa lo que piensen los demás? —preguntó él, su voz vibrando directamente contra la piel sensible del cuello de Shinobu.

—A todo el mundo le importa... —comenzó a decir ella, pero la frase murió en su garganta cuando la mano de Giyū descendió de la pared y fue a posarse con lentitud sobre su cintura.

El tacto fue electrizante. A través de la tela del uniforme y el fino haori de mariposa, el calor de la palma de Giyū parecía quemar. Shinobu contuvo el aliento, sintiendo cómo los músculos de su abdomen se contraían involuntariamente.

—Tomioka-san... —advirtió ella, intentando recuperar el tono burlón, pero su voz sonó quebrada, desprovista de su habitual filo venenoso—. Esto es poco profesional. Si intentas asustarme, te advierto que sé exactamente dónde presionar para paralizarte los pulmones.

—Pruébalo —susurró él.

Y antes de que ella pudiera formular otra réplica cáustica, los labios de Giyū chocaron contra los suyos.

No fue un beso tímido ni dubitativo. Fue un reclamo hambriento, nacido de semanas, meses de provocaciones soterradas, de miradas esquivas y de una frustración mutua que ninguno de los dos había querido examinar a la luz del día. Los labios de Shinobu eran suaves, ligeramente frescos, pero ardieron al instante bajo la presión firme y decidida de los de él.

Shinobu abrió los ojos de par en par por la sorpresa, sus manos subieron automáticamente al pecho de Giyū para empujarlo, pero sus dedos, en lugar de empujar, se cerraron sobre la tela oscura de su uniforme, aferrándose como si temiera caerse. Un gemido ahogado escapó de su garganta cuando la lengua de Giyū acarició la suya, profunda y demandante, rompiendo cualquier barrera que la muchacha pudiera haber intentado levantar.

El calor dentro del cobertizo se volvió insoportable en cuestión de segundos. El aroma a lluvia y madera mojada que desprendía Giyū se mezcló con el perfume penetrante a glicinias y flores silvestres que emanaba de la piel de Shinobu.

Cuando finalmente rompieron el beso en busca de aire, un hilo plateado de saliva los unió brevemente en la penumbra. El pecho de Shinobu subía y bajaba con violencia, sus mejillas estaban teñidas de un carmesí furioso y sus ojos brillaban con una mezcla peligrosa de indignación y deseo puro.

—Eres un... insolente —logró susurrar, apoyando la frente contra el hombro de él mientras recuperaba el aliento—. ¿Crees que con esto vas a hacer que cambie de opinión?

Giyū no respondió con palabras. Con movimientos pausados pero seguros, sus manos se deslizaron hacia los hombros de ella. Tomó los bordes del haori que había pertenecido a Kanae y, con una reverencia casi solemne en su cuidado, lo deslizó hacia abajo por los brazos de Shinobu, dejándolo caer sobre un saco de grano limpio para que no tocara el suelo polvoriento. Luego, fue el turno de su propio haori dividido, que cayó a un lado sin ceremonia.

La luz de la luna, filtrándose por una grieta más ancha del tejado, los bañaba ahora con una claridad plateada, dibujando el contraste entre la complexión alta y atlética de Giyū y la figura menuda y delicada de Shinobu.

Los botones dorados del uniforme de la Cazadora de Demonios cedieron uno a uno bajo los dedos sorprendentemente ágiles del espadachín. Con cada botón desabrochado, la piel blanca y lechosa de Shinobu quedaba expuesta al aire frío de la noche, erizándose al instante. Debajo de la chaqueta, su pecho pequeño pero grácilmente formado subía y bajaba, cubierto solo por la venda tradicional que apenas contenía la tensión de sus pezones endurecidos por la excitación.

Giyū se despojó a su vez de su chaqueta, revelando un torso fibroso, pálido y marcado por cicatrices de entrenamientos despiadados y batallas pasadas.

—Giyū... —pronunció ella su nombre de pila por primera vez, y el sonido hizo que una sacudida recorriera la espina dorsal del Pilar del Agua.

Él no esperó más. La levantó con una facilidad pasmosa por los muslos, haciendo que las piernas de Shinobu se enrollaran instintivamente alrededor de sus caderas. Ella jadeó ante la repentina elevación, quedando su rostro a la altura del de él, apoyada contra una de las vigas maestras del cobertizo.

—Dime otra vez lo que dijiste en el bosque —pidió Giyū en un susurro áspero, posando sus labios sobre la curvatura del cuello de la joven, justo donde el pulso latía desbocado.

Shinobu tembló. Sintió el roce áspero de la barba incipiente de él contra su piel sensible, seguido inmediatamente por la humedad ardiente de su boca abierta.

—Dije... —murmuró ella, intentando reunir los restos de su orgullo mientras los dedos de él desataban las vendas de su pecho y despojaban las prendas inferiores con apremio febril— que nadie... ah... nadie te quiere, Tomioka-san.

En castigo a su terquedad, Giyū no respondió con reproches. En su lugar, hundió sus dientes en la carne suave entre el cuello y la clavícula de ella. No fue una mordida suave; fue una marca territorial, profunda y deliberada, que arrancó un gemido agudo de los labios de Shinobu.

—¡Ah...! G-Giyū...

Sin darle tiempo a recuperarse del dolor punzante y placentero, él se alineó contra su entrada húmeda y cálida. La miró a los ojos, azul contra violeta, desafiándola en silencio, y empujó hacia adelante con una lentitud tortuosa, llenándola por completo de una sola embestida firme.

Shinobu arqueó la espalda violentamente, echando la cabeza hacia atrás contra la madera. La sensación de plenitud era abrumadora, estirando sus límites de una manera que la dejó sin palabras, con las uñas clavándose con fuerza en los hombros anchos de Giyū, dejando surcos enrojecidos sobre sus cicatrices.

—¿Y ahora? —preguntó él, comenzando a moverse. Primero con un vaivén lento, profundo y deliberado, buscando los puntos más sensibles en el interior de ella—. ¿Sigue odiándome todo el mundo, Kochō?

Shinobu cerró los ojos, mordiéndose el labio inferior con tanta fuerza que casi lo hizo sangrar. Las caderas de Giyū golpeaban rítmicamente contra las suyas, produciendo un sonido húmedo y obsceno que resonaba en la pequeña choza. El calor era abrasador; el sudor comenzaba a cubrir sus cuerpos, haciéndolos deslizarse el uno contra el otro con una fricción deliciosa.

—Tú... solo eres... un bruto presumido... —gimió ella entrecortadamente, tratando desesperadamente de mantener una máscara que ya se había hecho pedazos—. Un... idiota sin amigos...

Giyū sonrió apenas. Fue una curva mínima en sus labios, casi invisible, pero cargada de una victoria absoluta.

Aceleró el ritmo. Sus embestidas se volvieron más profundas, más duras, golpeando con una precisión implacable que hizo que las palabras de Shinobu se disolvieran en una serie de gemidos agudos y desvergonzados. Cada intento de ella por articular una burla era respondido por un movimiento más brusco, por una estocada que la dejaba sin aliento y hacía que su vientre se contrajera en espasmos deliciosos.

Para sellar su castigo, Giyū bajó la cabeza hacia los pechos descubiertos de la muchacha. Capturó uno de sus pezones entre los dientes, mordisqueándolo con la misma intensidad calculada, mientras su mano libre amasaba el otro montículo de carne suave, dejando marcas rojizas en su piel de porcelana.

—¡Giyū! ¡B-basta, espera...! —rogó ella, con la voz rota, perdiendo el control por completo ante la sobrecarga de sensaciones—. ¡Me voy a... ah!

Él no se detuvo. Al contrario, sujetó sus caderas con fuerza férrea, marcando los huesos de su pelvis con sus pulgares, y la llevó al límite.

—Dilo —exigió él, con la respiración entrecortada contra su piel, embistiendo con una ferocidad que rozaba la desesperación—. Di si te odio. Di si me odias.

Shinobu sacudió la cabeza, las lágrimas de placer asomando por las comisuras de sus ojos entrecerrados. La sensación de su propio orgasmo acumulándose en la base de su espina dorsal era una marea imparable. No había veneno en el mundo que pudiera compararse con el fuego que este hombre estaba encendiendo en sus entrañas.

—¡No...! —gritó en un susurro sofocado, envolviendo sus brazos alrededor del cuello de él, pegando su boca a su oído—. ¡Nadie te odia...! ¡Nadie te odia, maldita sea! ¡Giyū!

Apenas pronunció aquellas palabras de rendición, el clímax la golpeó como un rayo. Sus paredes internas se contrajeron espasmódicamente alrededor de él, aprisionándolo en un calor palpitante y abrasador. Giyū soltó un gruñido gutural, perdiendo por fin su legendaria compostura, y con tres embestidas finales y profundas, derramó su simiente dentro de ella, llenándola con su calor mientras hundía los dientes una última vez en la base de su pecho, sellando su triunfo en la carne misma de la Pilar del Insecto.

Ambos quedaron suspendidos en ese abrazo tembloroso, jadeando al unísono, mientras el sudor goteaba por sus frentes y el vapor de sus respiraciones se elevaba hacia las vigas del techo.

La luna continuó su curso sobre el cielo despejado, pero la noche para ellos no terminó allí. Cada vez que Shinobu intentaba recuperar el aliento y lanzar una mirada desafiante, Giyū encontraba una nueva razón para recordarle quién tenía el control en ese pequeño rincón olvidado del mundo, repitiendo la danza de carne, jadeos y susurros ardientes una y otra vez, hasta que los primeros rayos del amanecer tiñeron de oro las grietas de la madera.


Treinta y seis horas después, en una región montañosa completamente distinta, el sonido de los arroyos y el piar de las aves diurnas envolvían un panorama mucho más idílico.

—¡Ah, Shinobu-chan, esto es el paraíso absoluto! —exclamó una voz rebosante de entusiasmo juvenil.

Mitsuri Kanroji, la Pilar del Amor, se estiró con deleite mientras el agua termal le cubría los hombros. Su cabello tricolor flotaba alrededor de su figura voluptuosa como hebras de seda verde y rosa, y sus mejillas estaban encendidas por el calor del manantial natural que habían encontrado tras completar con éxito una misión de patrulla conjunta.

—Ciertamente, el agua ayuda a relajar los músculos tensos —respondió Shinobu desde el borde de la terma, sentada sobre una roca plana mientras se desataba el lazo de su yukata de baño.

Shinobu mantenía su habitual sonrisa serena y elegante, pero sus movimientos eran inusualmente cautelosos. Cada paso que daba parecía medido para no tirar demasiado de los músculos de la pelvis o de la espalda baja, que aún le pasaban factura tras la agotadora jornada anterior. Se sentía satisfecha con la misión que acababa de cumplir con Mitsuri, pero su cuerpo entero parecía recordar con insultante claridad el peso de cierto espadachín de agua sobre ella.

—¡Entra rápido, Shinobu-chan! ¡El agua está en su punto perfecto! —insistió Mitsuri, chapoteando alegremente como una niña pequeña.

—Ya voy, Mitsuri-san. No hay necesidad de apresurarse —dijo Shinobu con voz suave.

Con un suspiro casi imperceptible, dejó caer la fina tela de algodón de la yukata antes de deslizarse dentro del agua humeante. Sin embargo, en esa fracción de segundo en la que su cuerpo quedó completamente al descubierto bajo la luz diurna filtrada por los árboles, Mitsuri se quedó petrificada.

Los grandes ojos verdes de la Pilar del Amor se abrieron desmesuradamente. Su mirada bajó desde el cuello de su compañera, descendió por la delicada clavícula y se detuvo, con un estupor creciente, en el pecho pálido de Shinobu.

Allí, contrastando violentamente contra la piel blanca y casi traslúcida, se apreciaban con total nitidez varias marcas de un color púrpura oscuro y rojizo. No eran hematomas causados por el impacto de un demonio o un entrenamiento con espadas de madera. Eran, sin lugar a dudas, marcas de dientes. Una particularmente evidente descansaba en la unión entre el hombro y el cuello, pero las más escandalosas estaban impresas directamente sobre la curva superior de sus senos: mordeduras profundas, precisas y posesivas que gritaban pasión desenfrenada a los cuatro vientos.

—¡¿Sh-Sh-Shinobu-chan?! —chilló Mitsuri, cubriéndose la boca con ambas manos, mientras un rubor ardiente se extendía a la velocidad de la pólvora desde su cuello hasta las puntas de sus orejas—. ¡¿Q-Qué te pasó ahí?! ¡Tienes... tienes...!

Shinobu se sumergió de golpe en el agua hasta la barbilla, levantando una pequeña ola.

Bajo la superficie, cruzó los brazos con fuerza sobre su pecho para ocultar la evidencia. En su rostro, la sonrisa permaneció intacta, fija y dulce como siempre, pero una vena gruesa y palpitante se dibujó de repente en su sien derecha, amenazando con romper la fachada de tranquilidad.

—No es nada de lo que debas preocuparte, Mitsuri-san —dijo Shinobu, con una voz tan meticulosamente calmada que resultaba aterradora—. Simplemente... insectos molestos. En esta época del año proliferan algunas plagas bastante agresivas en las zonas rurales. Tienden a morder con mucha fuerza si no se les extermina a tiempo.

Mitsuri parpadeó, completamente anonadada, sus ojos oscilando entre la vergüenza y el asombro.

—¡¿I-Insectos?! —balbuceó la Pilar del Amor, agitando las manos en el aire de forma cómica—. ¡P-Pero Shinobu-chan! ¡Esas marcas tienen forma de mandíbula humana! ¡Y están... están en lugares muy...! ¡Oh, por todos los cielos! ¡¿Hay alguien en tu vida?! ¡¿Es un romance secreto?! ¡Qué apasionado! ¡Qué intenso! ¡Digo, qué terrible, esos bichos son enormes!

El rostro de Mitsuri ardía en un rojo escarlata tan brillante que casi parecía capaz de encender las hojas secas a su alrededor. Se hundió en el agua hasta la nariz, murmurando cosas incomprensibles sobre el destino, el amor salvaje y la poesía trágica, claramente abrumada por la imagen de la pulcra y recatada Shinobu Kochō luciendo marcas tan lascivas.

Shinobu cerró los ojos por un instante, respirando hondo para no perder la compostura.

—Mitsuri-san —dijo, abriendo los ojos y clavando una mirada violeta que, a pesar de la sonrisa, destilaba una advertencia helada—. Te agradecería infinitamente... que no menciones esto a nadie. A absolutamente nadie. ¿Podemos acordar eso?

Mitsuri asintió frenéticamente, con la cabeza casi tocando el agua.

—¡S-Sí! ¡Por supuesto! ¡Mi boca es una tumba! ¡Hablemos de otra cosa! ¡El clima! ¡Hoy hace un sol maravilloso, verdad!

Shinobu forzó su sonrisa a ampliarse un milímetro más, mientras por dentro imaginaba setecientas formas distintas de administrar veneno de glicinia a dosis no letales pero sumamente dolorosas a cierto pilar de ojos azules y expresión de piedra.


El viaje de regreso a la sede central del Cuerpo de Cazadores de Demonios fue una prueba de resistencia mental para Shinobu. Cada vez que el cuello de su uniforme rozaba las marcas aún sensibles de su piel, la imagen de Tomioka Giyū sosteniéndola contra la pared de aquel cobertizo mugriento volvía a su mente, haciendo que la sangre se le subiera a la cabeza en una mezcla caótica de rabia y bochorno.

Apenas puso un pie en el recinto de la sede y se despidió de una aún avergonzada Mitsuri, Shinobu ni siquiera pasó por la Finca Mariposa para dejar su equipo. Se dirigió con paso firme y rápido hacia los jardines traseros que conectaban con los aposentos del Pilar del Agua.

No tardó en encontrarlo.

Giyū estaba sentado pacíficamente en el engawa de su residencia, con las piernas colgando hacia el jardín de piedras y bambú. Vestía su yukata habitual de descanso, con el cabello negro suelto cayendo desordenado sobre sus hombros, y sostenía un cuenco de té humeante entre las manos. Parecía la viva estampa de la serenidad, como si jamás en su vida hubiera roto una regla, desobedecido una orden o hecho perder los estribos a una compañera de armas.

El crujido deliberadamente fuerte de las sandalias de Shinobu sobre la grava anunció su llegada. Se detuvo a dos metros de él, con las manos apoyadas en las caderas y el haori de mariposa ondeando ligeramente con la brisa de la tarde.

—Vaya, qué cuadro tan conmovedor —comenzó ella, con su tono cantarín saturado de un sarcasmo letal—. El gran Tomioka Giyū disfrutando de una apacible tarde de té, como si no tuviera ninguna deuda pendiente con el mundo.

Giyū no se inmutó. Tomó un sorbo pausado de su cuenco antes de girar lentamente el rostro hacia ella. Sus ojos azul lapislázuli la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose por una milésima de segundo en el cuello alto y perfectamente abotonado de su uniforme, antes de regresar a su mirada.

—Kochō —dijo él simplemente, a modo de saludo.

Shinobu apretó los puños. La vena de su sien volvió a hacer una aparición estelar bajo el flequillo oscuro.

—¿"Kochō"? ¿Eso es todo lo que tienes que decir? —dio un paso hacia adelante, invadiendo el porche con una ligereza amenazante—. ¿Tienes la menor idea de la humillación por la que acabo de pasar por tu culpa?

Giyū ladeó la cabeza, adoptando esa expresión de desconcierto absoluto que tanto la enfurecía.

—No sé de qué estás hablando.

—¡Sabes perfectamente de qué estoy hablando! —espetó ella en un susurro furioso, cuidando de no alzar demasiado la voz para no alertar a los kakushi que rondaban cerca—. ¡Las termales! ¡Fui a las termales con Kanroji-san después de nuestra misión! ¡Y gracias a tu comportamiento salvaje y desprovisto de todo sentido común, casi se desmaya de la impresión!

Giyū parpadeó con calma.

—¿Kanroji está enferma?

—¡No está enferma, idiota! ¡Me vio el cuerpo! —el rostro de Shinobu se encendió en un carmesí brillante que competía con el sol poniente, aunque mantuvo su postura erguida—. Me dejaste... marcas. ¡Marcas por todas partes! En el cuello, en los hombros... ¡en el pecho! Parezco una víctima de ataque de sabandijas. Me costó Dios y ayuda convencerla de que eran picaduras de insecto, ¡y dudo mucho que se lo haya creído del todo!

Giyū la observó en silencio. La furia de Shinobu era evidente, pero había algo más en su respiración agitada y en el brillo de sus ojos: una turbación genuina, una vulnerabilidad que rara vez se permitía mostrar ante nadie.

Él dejó el cuenco de té sobre la madera pulida del engawa con un movimiento deliberado. Luego, apoyó las manos en las rodillas y suspiró levemente.

—Tú dijiste que todos me odiaban —dijo él, con una neutralidad desarmante.

Shinobu se quedó atónita. De todas las posibles excusas, disculpas o evasivas que esperaba escuchar, aquella era la más ridícula.

—¡¿Y qué tiene que ver eso con que me mordieras como a un trozo de carne?! —reclamó ella, inclinándose hacia adelante, señalándole con el dedo acusador—. ¡Fue una venganza mezquina e infantil! Eres un Pilar de la compañía, se supone que debes mostrar autocontrol, compostura y madurez. ¡No actuar como una bestia rabiosa solo porque alguien hiere tu frágil orgullo! ¿Es que no piensas decir nada más? ¡Exijo una explicación adecuada!

Giyū se puso de pie. Su altura se impuso de inmediato sobre la figura menuda de ella, obligando a Shinobu a levantar la cabeza para mantener el contacto visual. Su rostro permanecía impasible, severo, la personificación del agua en reposo.

Dio un paso hacia ella, acortando la distancia tal como lo había hecho en el cobertizo. Por puro reflejo, Shinobu contuvo el aliento, su diatriba muriendo en sus labios mientras el recuerdo del calor del cuerpo de él amenazaba con debilitarle las rodillas.

Giyū se inclinó ligeramente, solo lo suficiente para que sus palabras fueran un murmullo destinado únicamente a los oídos de ella.

—A mí nadie me odia —dijo con voz baja, pausada y firme.

Y sin añadir una sola sílaba más, sin una disculpa, sin una sonrisa y sin romper su legendaria expresión de indiferencia, pasó por el lado de ella con paso tranquilo, adentrándose en el interior de su finca y deslizando la puerta corrediza de papel tras de sí con un chasquido suave pero definitivo.

Shinobu se quedó sola en el porche, de pie bajo la brisa vespertina que agitaba las ramas de los cerezos.

Su mano subió involuntariamente hacia la base de su cuello, palpando a través de la tela del uniforme la ligera inflamación donde los dientes de él habían dejado su huella más profunda. Su corazón, traicionero y rebelde, latía a un ritmo enloquecedor dentro de su pecho.

Apretó los dientes, su eterna sonrisa desdibujándose por un instante antes de dar paso a una mueca entre la frustración absoluta y una risa amarga y derrotada.

Meterse con Tomioka Giyū, comprendió finalmente la pequeña mariposa, siempre había parecido un juego inofensivo. Pero despertar a las aguas profundas que dormían bajo su superficie congelada conllevaba consecuencias que su cuerpo, y muy a su pesar su mente, tardarían semanas en olvidar.

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