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Fandom: Karate kid 2010
Creado: 7/11/2026
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Entre golpes, tareas y terciopelo
El sol de la tarde en Pekín se filtraba a través de las ventanas del gimnasio escolar, iluminando las partículas de polvo que flotaban en el aire pesado por el olor a sudor y esfuerzo. Cheng Lu terminó su última serie de patadas con una precisión que rozaba la perfección. Sus movimientos eran fluidos, letales, la encarnación misma del Kung-fu que su maestro le exigía. Sin embargo, en cuanto el entrenamiento terminó, la máscara de disciplina se desmoronó para dar paso a su habitual sonrisa de suficiencia.
—Oye, Cheng, ¿vas a venir con nosotros a las carreras detrás del sector cuatro? —preguntó Zong, mientras se vendaba las manos con rapidez. Su rostro ya mostraba una pequeña marca roja de un intercambio anterior; era el primero en lanzarse a los puñetazos, sin importar quién fuera el oponente.
—No puede, Zong. Tiene "sesión de estudio" —se burló Liang, apoyado contra la pared con una pose deliberadamente coqueta, guiñándole un ojo a una de las chicas que pasaba por el pasillo—. Nuestro capitán tiene que mantener ese promedio perfecto, ¿verdad?
Zhuang, el más bajo del grupo pero el más imperativo, saltó sobre los hombros de Liang, riendo con ganas.
—¡Ja! El promedio perfecto tiene nombre y apellido, y apuesto a que tiene pecas en lugares que nosotros no vemos —exclamó Zhuang, ganándose una mirada gélida de Cheng.
Seng, el hermano de Zong, permanecía en silencio, observando el mundo con esa mirada analítica que a veces resultaba inquietante. Solo cuando los demás terminaron de reír, habló con su voz pausada.
—Déjenlo. Si Cheng no va, el grupo no tiene el mismo impacto, pero entiendo que quiera ver el mundo arder a su manera... aunque sea entre libros y gemidos.
Cheng soltó una carcajada ronca, recogiéndose el cabello negro y liso hacia atrás.
—Cierren la boca, par de idiotas —dijo Cheng, aunque no había verdadera molestia en su tono—. Si los profesores no sospechan de mis notas es porque Harry hace un trabajo impecable. Y si me porto bien, quizá mañana les deje jugar con Lumi en el parque.
La sola mención del pequeño conejo blanco de Harry suavizó las expresiones de los cinco delincuentes juveniles. Era el secreto mejor guardado de la banda: todos tenían una debilidad absoluta por la mascota de Harry.
—Ese conejo es lo único puro que queda en esta ciudad —murmuró Zong, fingiendo dureza.
Cheng se despidió con un gesto vago y salió del gimnasio. En cuanto cruzó las puertas de la escuela, su actitud cambió. Se subió a su motocicleta, encendió un cigarrillo y condujo hacia el elegante complejo de apartamentos donde vivía Harry. Al llegar, se aseguró de tirar la colilla y de rociarse un poco de perfume para ocultar el olor a tabaco. La transformación estaba a punto de comenzar.
Llamó a la puerta y, casi al instante, la puerta se abrió para revelar a Overlin Chanfreau. La mujer sonrió ampliamente al verlo, sus ojos brillando con genuino afecto.
—¡Cheng, querido! Qué puntual —dijo Overlin, haciéndose a un lado para dejarlo pasar—. Harry te está esperando en su habitación. Estaba un poco ansioso porque decía que el tema de cálculo de hoy era difícil.
—Buenas tardes, señora Chanfreau —respondió Cheng con una reverencia impecable y una voz que destilaba miel y educación—. Es un placer verla. No se preocupe, Harry es brillante, solo necesita un poco de guía para confiar en sí mismo.
—Eres un caballero, de verdad. No sé qué haría mi hijo sin un amigo tan dedicado como tú —comentó ella, dándole una palmadita en el brazo—. Les llevaré algo de fruta en un momento.
Cheng asintió con una sonrisa angelical y caminó hacia la habitación de Harry. En cuanto cerró la puerta tras de sí, la máscara de caballero se desvaneció, reemplazada por una mirada depredadora y oscura.
Harry estaba sentado en su escritorio, rodeado de libros y cuadernos. Su cabello rubio estaba ligeramente despeinado y sus ojos azul celeste se iluminaron al ver a Cheng. Sus mejillas pecosas se tiñeron de un rosa suave. En el suelo, cerca de sus pies, el pequeño Lumi masticaba un trozo de heno.
—Hola, Cheng... —susurró Harry con su voz suave y sumisa, levantándose lentamente.
Cheng no respondió con palabras. Caminó hacia él con pasos lentos, dominando el espacio. Cuando estuvo frente al chico rubio, lo tomó del mentón con brusquedad, obligándolo a mirarlo a los ojos.
—Llegas tarde, pecaminoso —dijo Cheng, su vocabulario volviéndose instantáneamente obsceno y crudo—. Espero que tengas todas mis tareas listas, porque si encuentro un solo error, vas a lamentar haber nacido.
Harry tembló, pero no de miedo, sino de una anticipación que lo recorría de pies a cabeza. Sus ojos brillaron con ese masoquismo que solo Cheng sabía alimentar.
—Están terminadas, lo juro —respondió Harry, bajando la mirada—. Hice los ejercicios de física y el ensayo de literatura.
Cheng soltó un bufido y, sin previo aviso, le propinó una nalgada sonora que resonó en la habitación. Harry soltó un jadeo ahogado, sus manos apretando el borde del escritorio. Sus muslos gruesos y blandos temblaron bajo sus pantalones delgados.
—Eso es por hacerme esperar —gruñó Cheng, sentándose en la cama de Harry y estirando las piernas—. Ven aquí. Ahora.
Harry obedeció de inmediato, arrodillándose entre las piernas de su novio. Cheng pasó sus manos por el cabello rubio, tirando de él hacia atrás para exponer el cuello pálido del chico.
—¿Eres mi buen nerd, verdad? —preguntó Cheng con una sonrisa cruel—. El ángel de la escuela que saca dieces para que su novio pueda irse de fiesta y pelear en los callejones.
—Soy tuyo, Cheng... —murmuró Harry, cerrando los ojos mientras sentía la presión de las manos de Cheng—. Haz lo que quieras conmigo.
Cheng se inclinó y le dio un beso brusco, casi violento, que dejó a Harry sin aliento. Sus labios se movían con una urgencia que no conocía la delicadeza. Mientras tanto, en el pasillo, se escucharon los pasos de Overlin.
—¡Chicos, les traigo manzanas cortadas! —anunció la voz de la madre desde el otro lado de la madera.
En un parpadeo, Cheng se separó de Harry, tomó un libro de texto y se sentó erguido con una expresión de concentración absoluta. Harry, todavía aturdido y con los labios hinchados, se apresuró a sentarse en su silla, tratando de normalizar su respiración.
La puerta se abrió y Overlin entró con una bandeja.
—Aquí tienen. No se esfuercen demasiado, la salud es lo primero —dijo ella con dulzura.
—Muchas gracias, señora Chanfreau —respondió Cheng, dedicándole una sonrisa de comercial de pasta dental—. Justo estábamos discutiendo las leyes de la termodinámica. Harry tiene una perspectiva fascinante.
Harry asintió débilmente, sin atreverse a mirar a su madre a los ojos.
—Es tan bueno verlos así —suspiró Overlin antes de salir y cerrar la puerta nuevamente.
En cuanto el clic de la cerradura se escuchó, Cheng dejó caer el libro al suelo y volvió a mirar a Harry con fuego en los ojos.
—En qué nos quedamos... ah, sí. En que eres una pequeña perra masoquista que necesita un castigo por tener esa cara tan perfecta.
Cheng se puso de pie y agarró a Harry por la cintura estrecha, levantándolo con facilidad para sentarlo sobre el escritorio, desplazando algunos libros de matemáticas en el proceso. Las manos de Cheng bajaron hacia los muslos voluminosos de Harry, apretándolos con fuerza, dejando marcas que seguramente se volverían moradas al día siguiente.
—¿Te gusta esto, Harry? ¿Te gusta que tu novio sea un delincuente que te usa para aprobar el año? —le susurró al oído, mordiendo el lóbulo de su oreja.
—Sí... me encanta —jadeó Harry, arqueando la espalda, su cuerpo respondiendo a cada toque brusco.
Cheng bajó una mano hacia la zona íntima de Harry, sintiendo la humedad que ya empezaba a traspasar la tela. A pesar de ser un chico, la anatomía de Harry era única, un secreto que solo Cheng poseía y dominaba con una mezcla de posesión y brutalidad.
—Tan estrecho... tan perfecto para mí —murmuró Cheng, su voz volviéndose más ronca—. Si los idiotas de Liang y Zong supieran lo que el pequeño ángel esconde bajo esta ropa, se volverían locos. Pero eres mío. Solo yo puedo tocarte así.
Harry soltó un gemido que intentó ahogar contra el hombro de Cheng. El contraste entre ellos era total: la piel clara y llena de pecas de Harry contra la tez ligeramente bronceada y atlética de Cheng; la sumisión absoluta contra el orgullo y la arrogancia.
Mientras tanto, en el suelo, Lumi el conejo se acercó a los pies de Cheng, ajeno al caos sensorial que ocurría sobre él. Cheng, en un momento de extraña ternura en medio de su lascivia, bajó la mano libre y acarició las orejas del animal por un segundo antes de volver a centrar toda su atención en Harry.
—Mañana —dijo Cheng, deteniéndose un momento para mirar a Harry a los ojos—, vendrás al parque con los chicos. Quieren ver al conejo. Y tú te vas a portar como el chico dulce y callado que todos creen que eres. Pero esta noche... esta noche vas a gritar mi nombre hasta que te quedes sin voz.
Harry asintió frenéticamente, sus ojos azules nublados por el deseo. Sabía que al día siguiente tendría que cubrirse las marcas con el uniforme escolar y actuar como el estudiante modelo, pero el dolor dulce que sentía en ese momento valía cada mentira, cada engaño y cada mirada de desprecio que Cheng le lanzaba frente a los demás en la escuela.
Porque para Harry, no había mayor placer que ser el secreto mejor guardado de Cheng Lu, y para Cheng, no había mayor victoria que tener al mundo a sus pies y al ángel de la escuela de rodillas.
—Empieza a estudiar, Harry —ordenó Cheng con una última nalgada, volviendo a sentarse en la cama con una sonrisa de suficiencia—. Tienes mucho trabajo que hacer por los dos.
Harry, temblando pero obediente, tomó su bolígrafo con manos inseguras, mientras Cheng sacaba su teléfono para enviarle un mensaje al grupo.
"Mañana en el parque a las cinco. Traeré al ángel y a la bola de pelos. No lleguen tarde, idiotas".
La respuesta de Zong no se hizo esperar: "Más te vale. Si no veo a ese conejo, te rompo la cara, aunque seas el jefe".
Cheng sonrió, guardó el teléfono y se quedó observando a Harry. La vida en Pekín podía ser dura, llena de peleas y problemas, pero mientras tuviera sus notas aseguradas y a su pequeño masoquista personal, el mundo podía arder si quería. Él ya tenía su propio paraíso privado, construido sobre libros de texto, secretos oscuros y el silencio de una habitación donde el chico más bueno de la escuela aprendía a amar la brutalidad de un sinvergüenza.
