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Levi ackerman
Fandom: attack on titan
Creado: 15/1/2026
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AcciónDramaAngustiaDolor/ConsueloFantasíaViolencia GráficaEstudio de PersonajeRomanceSupervivenciaDistopíaPost-Apocalíptico
El eco de un corazón herido
El aire vibraba con el rugido de la destrucción. El Retumbar era una sinfonía macabra de pasos colosales, el crujido de la tierra y el estruendo de los titanes que se abrían camino a través del mundo. Encima del esquelético y titánico cuerpo de Eren, la batalla final se libraba con una ferocidad que helaba la sangre. Los nueve titanes ancestrales, reanimados por la voluntad del Fundador, eran una barrera infranqueable, una pesadilla materializada que amenazaba con aplastar a los últimos vestigios de la humanidad.
Levi Ackerman, con su mirada acerada y su equipo de maniobras tridimensionales zumbando con una eficiencia letal, era un torbellino de acero y determinación. Sus cuchillas cortaban la carne titán con una precisión brutal, cada movimiento un testimonio de años de entrenamiento y una voluntad inquebrantable. A su lado, su escuadrón luchaba con la misma desesperación y coraje. Connie, Jean, Armin, Mikasa… cada uno era un punto de luz en la oscuridad inminente, un faro de resistencia contra la aniquilación. Y entre ellos, Astrid Kruger, un torbellino de cabello oscuro y ojos desafiantes, luchaba con una furia silenciosa, su lealtad brillando en cada golpe.
Astrid era una fuerza de la naturaleza, una guerrera intrépida que no conocía el miedo. Pero hoy, el miedo no era el enemigo; la pura y abrumadora fuerza de los titanes ancestrales sí lo era. Saltaba entre las vértebras óseas del Fundador, esquivando garras y mandíbulas, su objetivo claro: alcanzar los puntos débiles de los gigantes, cortar las nucas con la misma determinación que Levi. Había aprendido del mejor, y su estilo de combate, aunque más impulsivo que el del Capitán, era igual de efectivo.
El Titán Mandíbula, con su velocidad endiablada, se lanzó contra Jean, que apenas tuvo tiempo de reaccionar. Astrid, viendo el peligro, se interpuso, sus cuchillas brillando. Logró desviar el ataque principal, pero la garra del Mandíbula, a pesar de su desvío, la alcanzó, desgarrando su costado con una fuerza brutal. Un grito ahogado escapó de sus labios mientras era lanzada por el aire, su equipo de maniobras fallando al impactar contra una costilla del Fundador. El dolor fue insoportable, un fuego líquido que se extendía por su cuerpo. La sangre brotaba, tiñendo su uniforme de un rojo oscuro que se confundía con la carnicería del campo de batalla.
Levi, que en ese momento estaba lidiando con el Titán Acorazado, sintió un escalofrío helado recorrer su espina dorsal. No la había visto caer, pero la conmoción en el campo de batalla, el repentino silencio de su equipo de maniobras, le advirtieron. Su mirada buscó frenéticamente la figura de Astrid, su corazón, normalmente una fortaleza inexpugnable, se contrajo con una punzada aguda.
Fue Mikasa quien la encontró. Con la agilidad de un felino, se deslizó entre los escombros y los cuerpos de los titanes, sus ojos fijos en la forma inmóvil de Astrid. La sangre que empapaba el uniforme de su compañera era una visión escalofriante. Mikasa, con una fuerza que desmentía su aparente fragilidad, la levantó con cuidado, sintiendo el calor pegajoso de la sangre en sus manos. Astrid estaba casi inconsciente, sus ojos entreabiertos, su respiración superficial y entrecortada.
"¡Capitán!" El grito de Mikasa fue un lamento desesperado que apenas logró superar el estruendo de la batalla.
Levi se giró, sus ojos posándose en la visión que lo hizo tambalearse. Mikasa, con Astrid en sus brazos, su rostro pálido y manchado de sangre. El mundo se detuvo para él. Los rugidos de los titanes, los gritos de sus compañeros, todo se desvaneció en un murmullo distante. Solo existía Astrid, herida, vulnerable, en los brazos de Mikasa.
Con una velocidad que solo él poseía, Levi se abrió paso a través de la carnicería, ignorando los ataques de los titanes que lo rodeaban. Su mente estaba en blanco, excepto por una sola imagen: Astrid. Se arrodilló junto a Mikasa, sus manos temblorosas mientras evaluaba la herida. Era profunda, demasiado profunda. La garra del Mandíbula había hecho un trabajo devastador.
"Astrid..." Su voz era un susurro ronco, casi irreconocible. No era una pregunta, era una súplica.
Los ojos de Astrid se abrieron lentamente, encontrando los de Levi. Una débil sonrisa se formó en sus labios, manchados de sangre. "Levi..." Su voz era apenas audible, un aliento que se desvanecía. "Estoy bien... solo... un rasguño."
La mentira era obvia, y ambos lo sabían. Levi apretó los dientes, la frustración y el miedo apoderándose de él. Las emociones que siempre mantenía a raya, que ocultaba detrás de su fachada estoica, amenazaban con desbordarse. La lealtad, la preocupación, el amor que sentía por Astrid, se manifestaban en el temblor de sus manos, en la contracción de su mandíbula.
"No digas tonterías," espetó, su voz más dura de lo que pretendía. Necesitaba mantener el control, por ella, por el escuadrón. Pero el pánico, una emoción que rara vez lo visitaba, comenzaba a arraigar.
Mikasa, con su característica pragmática, intervino. "Necesita atención médica, Capitán. Inmediatamente."
Pero no había tiempo. La batalla seguía rugiendo a su alrededor. El Titán Bestia lanzó una serie de rocas, y el Titán Colosal desató una ráfaga de vapor abrasador. Estaban atrapados en el caos, sin un lugar seguro donde llevar a Astrid.
Levi tomó una decisión en una fracción de segundo. "Mikasa, llévala a la espalda del Fundador, donde está más protegida. Yo los cubriré."
Mikasa asintió, su rostro sombrío. Con la misma delicadeza que antes, levantó a Astrid y se dirigió hacia la parte trasera del Fundador, donde las costillas formaban una especie de refugio.
Levi, con una ferocidad renovada, se lanzó de nuevo a la batalla. Sus movimientos eran más rápidos, más letales, impulsados por una rabia fría y una desesperación ardiente. Cada titán que caía bajo sus cuchillas era un obstáculo menos entre Astrid y la supervivencia. No podía permitirse el lujo de la distracción, pero cada corte, cada esquiva, era un recordatorio de la herida de Astrid, del peligro que corría.
Mientras tanto, en el improvisado refugio, Mikasa intentaba detener la hemorragia con lo poco que tenía a mano: trozos de tela de su uniforme. La sangre no dejaba de brotar, y la palidez de Astrid aumentaba con cada minuto que pasaba.
Astrid, a pesar del dolor y la debilidad, encontró la fuerza para hablar. "Mikasa... dile a Levi... que no fui imprudente... solo... intenté proteger a Jean."
Mikasa la miró con preocupación. "Lo sé, Astrid. Él también lo sabe. Eres valiente."
"No quiero que... se culpe a sí mismo," continuó Astrid, su voz un susurro apenas audible. "Él siempre... piensa demasiado."
Las palabras de Astrid revelaron una profunda comprensión de Levi, de la carga que siempre llevaba sobre sus hombros. Ella lo conocía mejor que nadie, entendía la complejidad de su estoicismo, la forma en que su amor se manifestaba en acciones, no en palabras.
El tiempo se estiraba y se encogía, un concepto sin sentido en medio de la vorágine de la batalla. Levi regresó, con su rostro manchado de sangre de titán y una expresión de agotamiento que rara vez se permitía mostrar. Se arrodilló junto a Astrid, sus ojos fijos en ella, la preocupación palpable en cada fibra de su ser.
"Astrid," dijo, su voz era un hilo de acero. Esta vez, no había dureza, solo una profunda preocupación. "Aguanta. Resiste."
Astrid le ofreció otra sonrisa débil. "Siempre... Capitán."
Levi tomó su mano, sus dedos fuertes y callosos rodeando los de ella. No necesitaban palabras. El contacto era suficiente. Era una promesa, un juramento silencioso de que no la dejaría ir.
La batalla continuó, pero la presencia de Astrid, herida y vulnerable, era un ancla para Levi. Luchaba con una nueva ferocidad, impulsado por el miedo a perderla, por la necesidad de asegurar su supervivencia.
De repente, el Titán Bestia lanzó otra andanada de rocas, una de ellas dirigiéndose directamente hacia su refugio. Mikasa reaccionó al instante, empujando a Astrid más adentro del hueco, protegiéndola con su propio cuerpo mientras la roca impactaba contra la vértebra del Fundador, haciendo temblar todo el esqueleto.
Levi, al ver el peligro, se lanzó hacia el Bestia con una furia desatada. En un abrir y cerrar de ojos, le cortó los brazos, luego las piernas, y finalmente, la nuca, con una precisión brutal que dejó a sus compañeros asombrados. La ira en sus ojos era un espectáculo aterrador.
Cuando regresó, sus ojos buscaron a Astrid. Ella estaba pálida, pero consciente, con Mikasa a su lado.
"¿Estás bien?" preguntó Levi, su voz áspera.
Astrid asintió levemente. "Sí... gracias a Mikasa."
Levi se sentó a su lado, ignorando el caos que los rodeaba por un momento. Tomó su mano de nuevo, su pulgar acariciando suavemente su piel. Era un gesto íntimo, uno que rara vez mostraba en público, un testimonio de la profundidad de sus sentimientos.
"Aguanta, Astrid," susurró, su voz apenas audible por encima del estruendo. "No te atrevas a rendirte."
Astrid sonrió, sus ojos brillando con una determinación renovada, a pesar del dolor. "Nunca, Levi. No mientras tú estés aquí."
La promesa no dicha entre ellos, la fuerza de su amor, era un faro de esperanza en medio de la desesperación. En el corazón de la batalla final, donde la vida y la muerte se entrelazaban, su vínculo era un testimonio de la resiliencia del espíritu humano, una luz que se negaba a extinguirse.
La batalla aún no había terminado, pero para Levi, la lucha ahora tenía un propósito más profundo. No solo luchaba por la humanidad, sino por la mujer que había conquistado su corazón, por la promesa de un futuro que, en este momento, parecía tan incierto como el amanecer sobre un mundo destruido. Y mientras su mano sostenía la de Astrid, sabía que mientras ella estuviera a su lado, no importaba cuán oscura fuera la noche, siempre habría esperanza.
Levi Ackerman, con su mirada acerada y su equipo de maniobras tridimensionales zumbando con una eficiencia letal, era un torbellino de acero y determinación. Sus cuchillas cortaban la carne titán con una precisión brutal, cada movimiento un testimonio de años de entrenamiento y una voluntad inquebrantable. A su lado, su escuadrón luchaba con la misma desesperación y coraje. Connie, Jean, Armin, Mikasa… cada uno era un punto de luz en la oscuridad inminente, un faro de resistencia contra la aniquilación. Y entre ellos, Astrid Kruger, un torbellino de cabello oscuro y ojos desafiantes, luchaba con una furia silenciosa, su lealtad brillando en cada golpe.
Astrid era una fuerza de la naturaleza, una guerrera intrépida que no conocía el miedo. Pero hoy, el miedo no era el enemigo; la pura y abrumadora fuerza de los titanes ancestrales sí lo era. Saltaba entre las vértebras óseas del Fundador, esquivando garras y mandíbulas, su objetivo claro: alcanzar los puntos débiles de los gigantes, cortar las nucas con la misma determinación que Levi. Había aprendido del mejor, y su estilo de combate, aunque más impulsivo que el del Capitán, era igual de efectivo.
El Titán Mandíbula, con su velocidad endiablada, se lanzó contra Jean, que apenas tuvo tiempo de reaccionar. Astrid, viendo el peligro, se interpuso, sus cuchillas brillando. Logró desviar el ataque principal, pero la garra del Mandíbula, a pesar de su desvío, la alcanzó, desgarrando su costado con una fuerza brutal. Un grito ahogado escapó de sus labios mientras era lanzada por el aire, su equipo de maniobras fallando al impactar contra una costilla del Fundador. El dolor fue insoportable, un fuego líquido que se extendía por su cuerpo. La sangre brotaba, tiñendo su uniforme de un rojo oscuro que se confundía con la carnicería del campo de batalla.
Levi, que en ese momento estaba lidiando con el Titán Acorazado, sintió un escalofrío helado recorrer su espina dorsal. No la había visto caer, pero la conmoción en el campo de batalla, el repentino silencio de su equipo de maniobras, le advirtieron. Su mirada buscó frenéticamente la figura de Astrid, su corazón, normalmente una fortaleza inexpugnable, se contrajo con una punzada aguda.
Fue Mikasa quien la encontró. Con la agilidad de un felino, se deslizó entre los escombros y los cuerpos de los titanes, sus ojos fijos en la forma inmóvil de Astrid. La sangre que empapaba el uniforme de su compañera era una visión escalofriante. Mikasa, con una fuerza que desmentía su aparente fragilidad, la levantó con cuidado, sintiendo el calor pegajoso de la sangre en sus manos. Astrid estaba casi inconsciente, sus ojos entreabiertos, su respiración superficial y entrecortada.
"¡Capitán!" El grito de Mikasa fue un lamento desesperado que apenas logró superar el estruendo de la batalla.
Levi se giró, sus ojos posándose en la visión que lo hizo tambalearse. Mikasa, con Astrid en sus brazos, su rostro pálido y manchado de sangre. El mundo se detuvo para él. Los rugidos de los titanes, los gritos de sus compañeros, todo se desvaneció en un murmullo distante. Solo existía Astrid, herida, vulnerable, en los brazos de Mikasa.
Con una velocidad que solo él poseía, Levi se abrió paso a través de la carnicería, ignorando los ataques de los titanes que lo rodeaban. Su mente estaba en blanco, excepto por una sola imagen: Astrid. Se arrodilló junto a Mikasa, sus manos temblorosas mientras evaluaba la herida. Era profunda, demasiado profunda. La garra del Mandíbula había hecho un trabajo devastador.
"Astrid..." Su voz era un susurro ronco, casi irreconocible. No era una pregunta, era una súplica.
Los ojos de Astrid se abrieron lentamente, encontrando los de Levi. Una débil sonrisa se formó en sus labios, manchados de sangre. "Levi..." Su voz era apenas audible, un aliento que se desvanecía. "Estoy bien... solo... un rasguño."
La mentira era obvia, y ambos lo sabían. Levi apretó los dientes, la frustración y el miedo apoderándose de él. Las emociones que siempre mantenía a raya, que ocultaba detrás de su fachada estoica, amenazaban con desbordarse. La lealtad, la preocupación, el amor que sentía por Astrid, se manifestaban en el temblor de sus manos, en la contracción de su mandíbula.
"No digas tonterías," espetó, su voz más dura de lo que pretendía. Necesitaba mantener el control, por ella, por el escuadrón. Pero el pánico, una emoción que rara vez lo visitaba, comenzaba a arraigar.
Mikasa, con su característica pragmática, intervino. "Necesita atención médica, Capitán. Inmediatamente."
Pero no había tiempo. La batalla seguía rugiendo a su alrededor. El Titán Bestia lanzó una serie de rocas, y el Titán Colosal desató una ráfaga de vapor abrasador. Estaban atrapados en el caos, sin un lugar seguro donde llevar a Astrid.
Levi tomó una decisión en una fracción de segundo. "Mikasa, llévala a la espalda del Fundador, donde está más protegida. Yo los cubriré."
Mikasa asintió, su rostro sombrío. Con la misma delicadeza que antes, levantó a Astrid y se dirigió hacia la parte trasera del Fundador, donde las costillas formaban una especie de refugio.
Levi, con una ferocidad renovada, se lanzó de nuevo a la batalla. Sus movimientos eran más rápidos, más letales, impulsados por una rabia fría y una desesperación ardiente. Cada titán que caía bajo sus cuchillas era un obstáculo menos entre Astrid y la supervivencia. No podía permitirse el lujo de la distracción, pero cada corte, cada esquiva, era un recordatorio de la herida de Astrid, del peligro que corría.
Mientras tanto, en el improvisado refugio, Mikasa intentaba detener la hemorragia con lo poco que tenía a mano: trozos de tela de su uniforme. La sangre no dejaba de brotar, y la palidez de Astrid aumentaba con cada minuto que pasaba.
Astrid, a pesar del dolor y la debilidad, encontró la fuerza para hablar. "Mikasa... dile a Levi... que no fui imprudente... solo... intenté proteger a Jean."
Mikasa la miró con preocupación. "Lo sé, Astrid. Él también lo sabe. Eres valiente."
"No quiero que... se culpe a sí mismo," continuó Astrid, su voz un susurro apenas audible. "Él siempre... piensa demasiado."
Las palabras de Astrid revelaron una profunda comprensión de Levi, de la carga que siempre llevaba sobre sus hombros. Ella lo conocía mejor que nadie, entendía la complejidad de su estoicismo, la forma en que su amor se manifestaba en acciones, no en palabras.
El tiempo se estiraba y se encogía, un concepto sin sentido en medio de la vorágine de la batalla. Levi regresó, con su rostro manchado de sangre de titán y una expresión de agotamiento que rara vez se permitía mostrar. Se arrodilló junto a Astrid, sus ojos fijos en ella, la preocupación palpable en cada fibra de su ser.
"Astrid," dijo, su voz era un hilo de acero. Esta vez, no había dureza, solo una profunda preocupación. "Aguanta. Resiste."
Astrid le ofreció otra sonrisa débil. "Siempre... Capitán."
Levi tomó su mano, sus dedos fuertes y callosos rodeando los de ella. No necesitaban palabras. El contacto era suficiente. Era una promesa, un juramento silencioso de que no la dejaría ir.
La batalla continuó, pero la presencia de Astrid, herida y vulnerable, era un ancla para Levi. Luchaba con una nueva ferocidad, impulsado por el miedo a perderla, por la necesidad de asegurar su supervivencia.
De repente, el Titán Bestia lanzó otra andanada de rocas, una de ellas dirigiéndose directamente hacia su refugio. Mikasa reaccionó al instante, empujando a Astrid más adentro del hueco, protegiéndola con su propio cuerpo mientras la roca impactaba contra la vértebra del Fundador, haciendo temblar todo el esqueleto.
Levi, al ver el peligro, se lanzó hacia el Bestia con una furia desatada. En un abrir y cerrar de ojos, le cortó los brazos, luego las piernas, y finalmente, la nuca, con una precisión brutal que dejó a sus compañeros asombrados. La ira en sus ojos era un espectáculo aterrador.
Cuando regresó, sus ojos buscaron a Astrid. Ella estaba pálida, pero consciente, con Mikasa a su lado.
"¿Estás bien?" preguntó Levi, su voz áspera.
Astrid asintió levemente. "Sí... gracias a Mikasa."
Levi se sentó a su lado, ignorando el caos que los rodeaba por un momento. Tomó su mano de nuevo, su pulgar acariciando suavemente su piel. Era un gesto íntimo, uno que rara vez mostraba en público, un testimonio de la profundidad de sus sentimientos.
"Aguanta, Astrid," susurró, su voz apenas audible por encima del estruendo. "No te atrevas a rendirte."
Astrid sonrió, sus ojos brillando con una determinación renovada, a pesar del dolor. "Nunca, Levi. No mientras tú estés aquí."
La promesa no dicha entre ellos, la fuerza de su amor, era un faro de esperanza en medio de la desesperación. En el corazón de la batalla final, donde la vida y la muerte se entrelazaban, su vínculo era un testimonio de la resiliencia del espíritu humano, una luz que se negaba a extinguirse.
La batalla aún no había terminado, pero para Levi, la lucha ahora tenía un propósito más profundo. No solo luchaba por la humanidad, sino por la mujer que había conquistado su corazón, por la promesa de un futuro que, en este momento, parecía tan incierto como el amanecer sobre un mundo destruido. Y mientras su mano sostenía la de Astrid, sabía que mientras ella estuviera a su lado, no importaba cuán oscura fuera la noche, siempre habría esperanza.
