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Chainsaw bbw
Fandom: Chainsaw man
Creado: 16/1/2026
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UA (Universo Alternativo)HumorFluffHistoria DomésticaFantasíaEstudio de PersonajeRealismo MágicoCrack / Humor Paródico
El banquete de Denji
El olor a carne asada, a salsa de tomate y a queso derretido llenaba el pequeño apartamento de Denji, creando una sinfonía culinaria que haría salivar a cualquiera. Pero no era para él. No, esta vez, Denji, con su cabello rubio desordenado y sus dientes afilados como los de un tiburón, tenía un plan mucho más ambicioso, un plan que involucraba un contrato demoníaco y las siluetas cada vez más redondas de las mujeres que, de una forma u otra, habían trastocado su vida.
Todo comenzó con la frustración. Makima, con su sonrisa enigmática y su autoridad inquebrantable, siempre parecía fuera de su alcance, una diosa inalcanzable. Reze, con su energía explosiva y su naturaleza impredecible, era un torbellino que lo atraía y lo repelía al mismo tiempo. Kobeni, la pobre Kobeni, siempre al borde de un ataque de nervios, era un caso perdido que Denji, en su particular manera, sentía la necesidad de "mejorar". Y luego estaba Aki, o más bien, "Akiko", la versión femenina de su compañero de piso, a quien Denji había imaginado en un momento de aburrimiento y que, curiosamente, el demonio de la gula había logrado manifestar de alguna manera.
"¡Uf! ¡Este olor es increíble, Denji!" la voz de Akiko, sorprendentemente similar a la de Aki pero con un tono más suave, lo sacó de sus pensamientos. Ella estaba sentada a la mesa, sus ojos azules brillando con anticipación. Llevaba un delantal estampado con gatitos, un regalo de Denji para "su nueva Akiko".
"¡Claro que sí, Akiko! ¡Para eso está el mejor chef de la historia!" Denji se pavoneaba, con un delantal de "Chef del Año" que Pochita le había "prestado" de una tienda de segunda mano. Había pasado días enteros estudiando libros de cocina, viendo tutoriales en YouTube y, lo más importante, consultando al Demonio de la Gula.
El Demonio de la Gula no era exactamente lo que Denji esperaba. En lugar de una criatura grotesca y hambrienta, se manifestaba como una nebulosa púrpura con múltiples ojos brillantes que flotaba en la esquina de la habitación. Su voz era un susurro grave que parecía venir de todas partes a la vez.
"¿Estás seguro de esto, Denji?" el demonio había preguntado cuando Denji le propuso su plan. "Engordar a estas humanas. ¿Qué obtienes tú a cambio?"
"¡Pues... uh... quiero que se vean... más... apetitosas!" Denji había balbuceado, su lógica un tanto difusa. "Y quiero que se sientan... felices. ¡Y que me den mucha atención!"
El demonio había soltado una risa gutural. "Un deseo peculiar, pero no imposible. El contrato es el siguiente: yo te doy el poder de crear la comida más deliciosa y nutritiva que jamás hayan probado, una comida que las hará engordar a un ritmo... considerable. A cambio, me alimentarás con sus emociones de satisfacción y placer. Y, por supuesto, tu propia satisfacción al ver sus transformaciones."
Denji había aceptado sin dudarlo. ¿Qué más podía pedir? Comida deliciosa, chicas felices (y más grandes), y la atención que tanto anhelaba. Era un trato de ensueño.
Desde entonces, la vida de Denji se había convertido en una vorágine culinaria. Había aprendido a preparar lasaña, pizza, hamburguesas gourmet, pasteles de chocolate, helados caseros y cualquier otra delicia que se le ocurriera. Y las "conejillas de indias" de su experimento, sin saberlo, estaban cayendo de lleno en su trampa deliciosa.
Makima, la inmutable Makima, había sido la más difícil de convencer. "Denji, no tengo tiempo para estas frivolidades," había dicho con su habitual tono sereno. Pero Denji había sido persistente. Le había llevado un pastel de fresas con crema batida, decorado con una pequeña motosierra de fondant. La curiosidad, o quizás el aroma irresistible, había ganado.
"Solo una rebanada, Denji," había accedido, y Denji había sonreído, sabiendo que una rebanada se convertiría en dos, luego en tres, y así sucesivamente.
Reze había sido un caso completamente diferente. Había devorado la comida de Denji con la misma ferocidad con la que se lanzaba a la batalla. "¡Esto está delicioso, Denji! ¡Dame más!" había gritado, sus ojos brillando con un entusiasmo incontrolable. Denji no la había visto tan feliz desde que le había regalado un gorro de lana con orejas de gato.
Kobeni, por su parte, se había asustado al principio. "¡No puedo comer tanto, Denji! ¡Voy a engordar!" Pero Denji, con una paciencia que no solía mostrar, la había convencido de que un poco de "comida reconfortante" la ayudaría a relajarse. Y, para su sorpresa, había funcionado. Kobeni había encontrado consuelo en los sabores dulces y salados, y sus ataques de pánico habían disminuido, reemplazados por un contentamiento suave.
Y Akiko... Akiko era el lienzo perfecto. Como una pizarra en blanco, Denji había podido moldear sus gustos y hábitos culinarios a su antojo. Akiko era una amante de la comida, y su apetito era insaciable.
"¡Este pollo frito es el mejor que he probado en mi vida, Denji!" exclamó Akiko, con un bocado en la boca. Su figura, que antes era delgada y andrógina, ahora mostraba una suavidad incipiente. Sus mejillas se habían redondeado, sus muslos se habían vuelto más anchos y su abdomen, antes plano, ahora se curvaba ligeramente.
"¡Y espera a probar el postre, Akiko! ¡Es un flan de caramelo que te hará llorar de alegría!" Denji se frotó las manos con anticipación. El Demonio de la Gula vibró en la esquina, absorbiendo la alegría y la satisfacción que emanaban de Akiko.
De repente, la puerta se abrió y Reze entró como un torbellino, su cabello oscuro revuelto y sus ojos verdes brillantes. "¡Denji! ¡Huelo pizza! ¡Dame pizza!" Su uniforme de cazadora de demonios le quedaba un poco más ajustado de lo habitual, y sus muslos, antes tonificados, ahora tenían una capa extra de acolchado.
"¡Reze! ¡Llegas justo a tiempo!" Denji le sirvió una porción generosa de pizza de pepperoni con extra de queso. Reze la devoró en cuestión de segundos, sus dedos cubiertos de grasa. "¡Mmm! ¡Esto es el paraíso, Denji! ¡Deberías abrir un restaurante!"
"¡Quizás lo haga algún día, Reze! ¡Pero por ahora, mi prioridad es alimentar a mis chicas!" Denji guiñó un ojo.
En ese momento, la puerta se abrió de nuevo, revelando a una Kobeni que se encogía, pero con un brillo de anticipación en sus ojos. Su ropa, antes holgada, ahora se estiraba sobre una figura más curvilínea. Sus caderas se habían ensanchado y su abdomen sobresalía ligeramente.
"¿H-hay algo para mí, Denji?" preguntó Kobeni, su voz apenas un susurro.
"¡Claro que sí, Kobeni! ¡Hoy tenemos espagueti a la boloñesa con extra de queso y pan de ajo!" Denji le sirvió un plato humeante, y los ojos de Kobeni se iluminaron. Se sentó a la mesa, sus manos temblorosas, y comenzó a comer, su ansiedad desapareciendo con cada bocado.
El apartamento de Denji se había transformado en un santuario de la comida. La nevera estaba siempre llena, y el olor a deliciosos manjares era constante. El Demonio de la Gula crecía en tamaño, volviéndose más denso y oscuro, su satisfacción palpable.
Denji observaba a las mujeres, su corazón hinchado de una extraña mezcla de orgullo y satisfacción. Makima, que había llegado más tarde, estaba ahora sentada en el sofá, con un plato de lasaña en su regazo. Su rostro, antes tan inexpresivo, mostraba un atisbo de placer mientras saboreaba cada bocado. Su blusa blanca se tensaba sobre su pecho, y su falda lápiz se ajustaba a unas caderas que se habían vuelto más prominentes.
"Esta lasaña es... excepcional, Denji," dijo Makima, sus ojos dorados fijos en él. "Nunca pensé que la comida pudiera ser tan... gratificante."
Denji se sonrojó. "¡Gracias, Makima! ¡Hago mi mejor esfuerzo!"
El plan de Denji estaba funcionando a la perfección. Las mujeres estaban engordando, lenta pero seguramente, y con cada aumento de peso, parecían volverse más contentas, más relajadas, y, para sorpresa de Denji, más cariñosas.
Akiko, que antes solía ser reservada, ahora se acurrucaba a su lado mientras veían la televisión, su cuerpo suave y cálido contra el suyo. Reze, en lugar de intentar volarlo por los aires, ahora le daba abrazos apretados que casi lo dejaban sin aliento. Kobeni, aunque todavía ansiosa, le sonreía más a menudo y le ofrecía pequeños gestos de agradecimiento. Incluso Makima, la inalcanzable Makima, le dedicaba miradas más largas y sonrisas más genuinas.
Un día, mientras Denji preparaba un festín de pollo asado con patatas gratinadas, Makima entró en la cocina, su figura ahora notablemente más voluptuosa. Su vestido, que antes le quedaba a la perfección, ahora se ajustaba cómodamente a sus curvas, resaltando sus pechos más llenos, su abdomen más redondo y sus muslos más anchos.
"Denji," comenzó Makima, su voz suave. "He estado pensando. Últimamente, me siento... diferente. Más... contenta. Y creo que tiene mucho que ver con tu comida."
Denji sintió un escalofrío de emoción. "¡Me alegro de que te guste, Makima!"
Makima se acercó a él, sus ojos dorados brillando. "Hay algo más. Me siento... más pesada. Mis ropas me quedan ajustadas. ¿Crees que he engordado?"
Denji se quedó inmóvil, el cuchillo en la mano. Este era el momento de la verdad. ¿Mentiría? ¿Diría la verdad?
"Pues... uh... un poquito, Makima," Denji tartamudeó, intentando sonar lo más inocente posible. "Pero te ves... ¡increíble! ¡Como una verdadera diosa!"
Makima lo miró fijamente, una pequeña sonrisa formándose en sus labios. "Una diosa más... sustancial, supongo." Se rió suavemente, una risa que Denji nunca había escuchado antes. "Y, extrañamente, no me molesta. De hecho, me siento... más fuerte."
Denji sintió un nudo en la garganta. Su plan estaba funcionando más allá de sus expectativas. No solo las estaba engordando, sino que también las estaba haciendo sentir bien consigo mismas.
En ese momento, Reze irrumpió en la cocina, su figura ya bastante redonda, sus mejillas regordetas y sus brazos más rellenos. "¡Denji! ¡Huelo pollo! ¡Dame un muslo!" Su uniforme apenas podía contener sus nuevas curvas.
"¡Reze! ¡Casi está listo!" Denji sonrió, y Reze se abalanzó sobre él, dándole un abrazo que lo levantó del suelo.
"¡Eres el mejor, Denji! ¡El mejor chef del mundo! ¡Y el demonio de la gula debe de estar muy feliz con todo esto!" Reze soltó, sin darse cuenta de la mirada de pánico que Denji le lanzó a Makima.
Makima, sin embargo, no reaccionó. Simplemente observó a Reze con una expresión de curiosidad. "El demonio de la gula, dices..."
Denji tragó saliva. "¡Reze! ¡No digas tonterías! ¡No hay ningún demonio de la gula aquí!"
Pero era demasiado tarde. Makima, con su inteligencia aguda, ya había unido los puntos. Sus ojos dorados se posaron en la esquina donde el Demonio de la Gula, ahora del tamaño de un pequeño automóvil, flotaba, vibrando con satisfacción.
"Así que, Denji," dijo Makima, su voz volviendo a su tono habitual de autoridad, pero con un matiz de diversión. "Has hecho un contrato demoníaco para engordarnos."
Denji se encogió, esperando lo peor. Una explosión de furia, una reprimenda, tal vez incluso que lo convirtiera en un perro más.
Pero en cambio, Makima se rió. Una risa completa y sonora que llenó la habitación. Reze y Akiko se unieron a ella, y Kobeni, que había entrado en la cocina al escuchar el alboroto, soltó una risita nerviosa.
"¡Denji, eres increíble!" exclamó Reze, sus ojos brillantes. "¡Engordarnos para que estemos más... apetitosas! ¡Es tan tú!"
Akiko asintió vigorosamente. "¡Y la comida es deliciosa! ¡No me importa engordar si es por tu comida, Denji!"
Incluso Kobeni, con un sonrojo, dijo: "M-me siento... más fuerte. Y menos asustada. Gracias, Denji."
Makima se acercó a Denji, su cuerpo ahora más suave y redondo, pero aún imponente. "Denji, eres un enigma. Un idiota, a veces, pero con un corazón... peculiar." Ella le dio un suave golpecito en el pecho. "Admito que el resultado es... interesante. Y, a decir verdad, no me desagrada esta nueva sensación de... plenitud."
Denji no podía creer lo que estaba escuchando. Las mujeres no estaban enfadadas. De hecho, parecían... contentas.
"Así que... ¿no están enojadas?" preguntó Denji, su voz llena de incredulidad.
"¿Enojadas? ¿Por qué estaríamos enojadas, Denji?" Makima sonrió, una sonrisa genuina que hizo que el corazón de Denji diera un vuelco. "Nos has dado la mejor comida que hemos probado, nos has hecho sentir bien, y nos has hecho... más grandes. Y, para ser sincera, creo que me gusta mucho esta nueva yo."
Reze asintió con entusiasmo. "¡Yo también! ¡Me siento poderosa! ¡Y mis abrazos son más apretados ahora!"
Akiko se rió. "¡Y mis siestas son mucho más cómodas!"
Kobeni, por primera vez en su vida, se atrevió a acercarse a Denji y le dio un pequeño abrazo. "Gracias, Denji. Eres... un buen amigo."
Denji se sintió mareado. Su plan, que había comenzado como una fantasía egoísta, había terminado logrando algo mucho más profundo. Había traído felicidad y satisfacción a las mujeres de su vida, y, al hacerlo, había encontrado una especie de felicidad propia.
El Demonio de la Gula flotó hacia Denji, su voz un susurro satisfecho. "Has cumplido tu parte del trato, Denji. Y yo he cumplido la mía. Sus emociones son un festín para mí. Y, a juzgar por sus figuras, mi poder ha sido... efectivo."
Denji sonrió, mirando a las mujeres que ahora reían y bromeaban entre ellas, sus cuerpos más grandes y sus espíritus más ligeros. Quizás ser un poco más "apetitosas" no era tan malo después de todo. Y, por primera vez en mucho tiempo, Denji sintió que había hecho algo realmente bueno.
"Entonces, ¿qué hay para cenar, Denji?" preguntó Makima, con una sonrisa juguetona, sus ojos dorados brillando con una nueva luz. "Me siento como si pudiera comer un caballo."
Denji se rió, su corazón lleno de una alegría desbordante. "¡Pues prepárense, chicas! ¡Porque esta noche, el banquete de Denji apenas comienza!"
Todo comenzó con la frustración. Makima, con su sonrisa enigmática y su autoridad inquebrantable, siempre parecía fuera de su alcance, una diosa inalcanzable. Reze, con su energía explosiva y su naturaleza impredecible, era un torbellino que lo atraía y lo repelía al mismo tiempo. Kobeni, la pobre Kobeni, siempre al borde de un ataque de nervios, era un caso perdido que Denji, en su particular manera, sentía la necesidad de "mejorar". Y luego estaba Aki, o más bien, "Akiko", la versión femenina de su compañero de piso, a quien Denji había imaginado en un momento de aburrimiento y que, curiosamente, el demonio de la gula había logrado manifestar de alguna manera.
"¡Uf! ¡Este olor es increíble, Denji!" la voz de Akiko, sorprendentemente similar a la de Aki pero con un tono más suave, lo sacó de sus pensamientos. Ella estaba sentada a la mesa, sus ojos azules brillando con anticipación. Llevaba un delantal estampado con gatitos, un regalo de Denji para "su nueva Akiko".
"¡Claro que sí, Akiko! ¡Para eso está el mejor chef de la historia!" Denji se pavoneaba, con un delantal de "Chef del Año" que Pochita le había "prestado" de una tienda de segunda mano. Había pasado días enteros estudiando libros de cocina, viendo tutoriales en YouTube y, lo más importante, consultando al Demonio de la Gula.
El Demonio de la Gula no era exactamente lo que Denji esperaba. En lugar de una criatura grotesca y hambrienta, se manifestaba como una nebulosa púrpura con múltiples ojos brillantes que flotaba en la esquina de la habitación. Su voz era un susurro grave que parecía venir de todas partes a la vez.
"¿Estás seguro de esto, Denji?" el demonio había preguntado cuando Denji le propuso su plan. "Engordar a estas humanas. ¿Qué obtienes tú a cambio?"
"¡Pues... uh... quiero que se vean... más... apetitosas!" Denji había balbuceado, su lógica un tanto difusa. "Y quiero que se sientan... felices. ¡Y que me den mucha atención!"
El demonio había soltado una risa gutural. "Un deseo peculiar, pero no imposible. El contrato es el siguiente: yo te doy el poder de crear la comida más deliciosa y nutritiva que jamás hayan probado, una comida que las hará engordar a un ritmo... considerable. A cambio, me alimentarás con sus emociones de satisfacción y placer. Y, por supuesto, tu propia satisfacción al ver sus transformaciones."
Denji había aceptado sin dudarlo. ¿Qué más podía pedir? Comida deliciosa, chicas felices (y más grandes), y la atención que tanto anhelaba. Era un trato de ensueño.
Desde entonces, la vida de Denji se había convertido en una vorágine culinaria. Había aprendido a preparar lasaña, pizza, hamburguesas gourmet, pasteles de chocolate, helados caseros y cualquier otra delicia que se le ocurriera. Y las "conejillas de indias" de su experimento, sin saberlo, estaban cayendo de lleno en su trampa deliciosa.
Makima, la inmutable Makima, había sido la más difícil de convencer. "Denji, no tengo tiempo para estas frivolidades," había dicho con su habitual tono sereno. Pero Denji había sido persistente. Le había llevado un pastel de fresas con crema batida, decorado con una pequeña motosierra de fondant. La curiosidad, o quizás el aroma irresistible, había ganado.
"Solo una rebanada, Denji," había accedido, y Denji había sonreído, sabiendo que una rebanada se convertiría en dos, luego en tres, y así sucesivamente.
Reze había sido un caso completamente diferente. Había devorado la comida de Denji con la misma ferocidad con la que se lanzaba a la batalla. "¡Esto está delicioso, Denji! ¡Dame más!" había gritado, sus ojos brillando con un entusiasmo incontrolable. Denji no la había visto tan feliz desde que le había regalado un gorro de lana con orejas de gato.
Kobeni, por su parte, se había asustado al principio. "¡No puedo comer tanto, Denji! ¡Voy a engordar!" Pero Denji, con una paciencia que no solía mostrar, la había convencido de que un poco de "comida reconfortante" la ayudaría a relajarse. Y, para su sorpresa, había funcionado. Kobeni había encontrado consuelo en los sabores dulces y salados, y sus ataques de pánico habían disminuido, reemplazados por un contentamiento suave.
Y Akiko... Akiko era el lienzo perfecto. Como una pizarra en blanco, Denji había podido moldear sus gustos y hábitos culinarios a su antojo. Akiko era una amante de la comida, y su apetito era insaciable.
"¡Este pollo frito es el mejor que he probado en mi vida, Denji!" exclamó Akiko, con un bocado en la boca. Su figura, que antes era delgada y andrógina, ahora mostraba una suavidad incipiente. Sus mejillas se habían redondeado, sus muslos se habían vuelto más anchos y su abdomen, antes plano, ahora se curvaba ligeramente.
"¡Y espera a probar el postre, Akiko! ¡Es un flan de caramelo que te hará llorar de alegría!" Denji se frotó las manos con anticipación. El Demonio de la Gula vibró en la esquina, absorbiendo la alegría y la satisfacción que emanaban de Akiko.
De repente, la puerta se abrió y Reze entró como un torbellino, su cabello oscuro revuelto y sus ojos verdes brillantes. "¡Denji! ¡Huelo pizza! ¡Dame pizza!" Su uniforme de cazadora de demonios le quedaba un poco más ajustado de lo habitual, y sus muslos, antes tonificados, ahora tenían una capa extra de acolchado.
"¡Reze! ¡Llegas justo a tiempo!" Denji le sirvió una porción generosa de pizza de pepperoni con extra de queso. Reze la devoró en cuestión de segundos, sus dedos cubiertos de grasa. "¡Mmm! ¡Esto es el paraíso, Denji! ¡Deberías abrir un restaurante!"
"¡Quizás lo haga algún día, Reze! ¡Pero por ahora, mi prioridad es alimentar a mis chicas!" Denji guiñó un ojo.
En ese momento, la puerta se abrió de nuevo, revelando a una Kobeni que se encogía, pero con un brillo de anticipación en sus ojos. Su ropa, antes holgada, ahora se estiraba sobre una figura más curvilínea. Sus caderas se habían ensanchado y su abdomen sobresalía ligeramente.
"¿H-hay algo para mí, Denji?" preguntó Kobeni, su voz apenas un susurro.
"¡Claro que sí, Kobeni! ¡Hoy tenemos espagueti a la boloñesa con extra de queso y pan de ajo!" Denji le sirvió un plato humeante, y los ojos de Kobeni se iluminaron. Se sentó a la mesa, sus manos temblorosas, y comenzó a comer, su ansiedad desapareciendo con cada bocado.
El apartamento de Denji se había transformado en un santuario de la comida. La nevera estaba siempre llena, y el olor a deliciosos manjares era constante. El Demonio de la Gula crecía en tamaño, volviéndose más denso y oscuro, su satisfacción palpable.
Denji observaba a las mujeres, su corazón hinchado de una extraña mezcla de orgullo y satisfacción. Makima, que había llegado más tarde, estaba ahora sentada en el sofá, con un plato de lasaña en su regazo. Su rostro, antes tan inexpresivo, mostraba un atisbo de placer mientras saboreaba cada bocado. Su blusa blanca se tensaba sobre su pecho, y su falda lápiz se ajustaba a unas caderas que se habían vuelto más prominentes.
"Esta lasaña es... excepcional, Denji," dijo Makima, sus ojos dorados fijos en él. "Nunca pensé que la comida pudiera ser tan... gratificante."
Denji se sonrojó. "¡Gracias, Makima! ¡Hago mi mejor esfuerzo!"
El plan de Denji estaba funcionando a la perfección. Las mujeres estaban engordando, lenta pero seguramente, y con cada aumento de peso, parecían volverse más contentas, más relajadas, y, para sorpresa de Denji, más cariñosas.
Akiko, que antes solía ser reservada, ahora se acurrucaba a su lado mientras veían la televisión, su cuerpo suave y cálido contra el suyo. Reze, en lugar de intentar volarlo por los aires, ahora le daba abrazos apretados que casi lo dejaban sin aliento. Kobeni, aunque todavía ansiosa, le sonreía más a menudo y le ofrecía pequeños gestos de agradecimiento. Incluso Makima, la inalcanzable Makima, le dedicaba miradas más largas y sonrisas más genuinas.
Un día, mientras Denji preparaba un festín de pollo asado con patatas gratinadas, Makima entró en la cocina, su figura ahora notablemente más voluptuosa. Su vestido, que antes le quedaba a la perfección, ahora se ajustaba cómodamente a sus curvas, resaltando sus pechos más llenos, su abdomen más redondo y sus muslos más anchos.
"Denji," comenzó Makima, su voz suave. "He estado pensando. Últimamente, me siento... diferente. Más... contenta. Y creo que tiene mucho que ver con tu comida."
Denji sintió un escalofrío de emoción. "¡Me alegro de que te guste, Makima!"
Makima se acercó a él, sus ojos dorados brillando. "Hay algo más. Me siento... más pesada. Mis ropas me quedan ajustadas. ¿Crees que he engordado?"
Denji se quedó inmóvil, el cuchillo en la mano. Este era el momento de la verdad. ¿Mentiría? ¿Diría la verdad?
"Pues... uh... un poquito, Makima," Denji tartamudeó, intentando sonar lo más inocente posible. "Pero te ves... ¡increíble! ¡Como una verdadera diosa!"
Makima lo miró fijamente, una pequeña sonrisa formándose en sus labios. "Una diosa más... sustancial, supongo." Se rió suavemente, una risa que Denji nunca había escuchado antes. "Y, extrañamente, no me molesta. De hecho, me siento... más fuerte."
Denji sintió un nudo en la garganta. Su plan estaba funcionando más allá de sus expectativas. No solo las estaba engordando, sino que también las estaba haciendo sentir bien consigo mismas.
En ese momento, Reze irrumpió en la cocina, su figura ya bastante redonda, sus mejillas regordetas y sus brazos más rellenos. "¡Denji! ¡Huelo pollo! ¡Dame un muslo!" Su uniforme apenas podía contener sus nuevas curvas.
"¡Reze! ¡Casi está listo!" Denji sonrió, y Reze se abalanzó sobre él, dándole un abrazo que lo levantó del suelo.
"¡Eres el mejor, Denji! ¡El mejor chef del mundo! ¡Y el demonio de la gula debe de estar muy feliz con todo esto!" Reze soltó, sin darse cuenta de la mirada de pánico que Denji le lanzó a Makima.
Makima, sin embargo, no reaccionó. Simplemente observó a Reze con una expresión de curiosidad. "El demonio de la gula, dices..."
Denji tragó saliva. "¡Reze! ¡No digas tonterías! ¡No hay ningún demonio de la gula aquí!"
Pero era demasiado tarde. Makima, con su inteligencia aguda, ya había unido los puntos. Sus ojos dorados se posaron en la esquina donde el Demonio de la Gula, ahora del tamaño de un pequeño automóvil, flotaba, vibrando con satisfacción.
"Así que, Denji," dijo Makima, su voz volviendo a su tono habitual de autoridad, pero con un matiz de diversión. "Has hecho un contrato demoníaco para engordarnos."
Denji se encogió, esperando lo peor. Una explosión de furia, una reprimenda, tal vez incluso que lo convirtiera en un perro más.
Pero en cambio, Makima se rió. Una risa completa y sonora que llenó la habitación. Reze y Akiko se unieron a ella, y Kobeni, que había entrado en la cocina al escuchar el alboroto, soltó una risita nerviosa.
"¡Denji, eres increíble!" exclamó Reze, sus ojos brillantes. "¡Engordarnos para que estemos más... apetitosas! ¡Es tan tú!"
Akiko asintió vigorosamente. "¡Y la comida es deliciosa! ¡No me importa engordar si es por tu comida, Denji!"
Incluso Kobeni, con un sonrojo, dijo: "M-me siento... más fuerte. Y menos asustada. Gracias, Denji."
Makima se acercó a Denji, su cuerpo ahora más suave y redondo, pero aún imponente. "Denji, eres un enigma. Un idiota, a veces, pero con un corazón... peculiar." Ella le dio un suave golpecito en el pecho. "Admito que el resultado es... interesante. Y, a decir verdad, no me desagrada esta nueva sensación de... plenitud."
Denji no podía creer lo que estaba escuchando. Las mujeres no estaban enfadadas. De hecho, parecían... contentas.
"Así que... ¿no están enojadas?" preguntó Denji, su voz llena de incredulidad.
"¿Enojadas? ¿Por qué estaríamos enojadas, Denji?" Makima sonrió, una sonrisa genuina que hizo que el corazón de Denji diera un vuelco. "Nos has dado la mejor comida que hemos probado, nos has hecho sentir bien, y nos has hecho... más grandes. Y, para ser sincera, creo que me gusta mucho esta nueva yo."
Reze asintió con entusiasmo. "¡Yo también! ¡Me siento poderosa! ¡Y mis abrazos son más apretados ahora!"
Akiko se rió. "¡Y mis siestas son mucho más cómodas!"
Kobeni, por primera vez en su vida, se atrevió a acercarse a Denji y le dio un pequeño abrazo. "Gracias, Denji. Eres... un buen amigo."
Denji se sintió mareado. Su plan, que había comenzado como una fantasía egoísta, había terminado logrando algo mucho más profundo. Había traído felicidad y satisfacción a las mujeres de su vida, y, al hacerlo, había encontrado una especie de felicidad propia.
El Demonio de la Gula flotó hacia Denji, su voz un susurro satisfecho. "Has cumplido tu parte del trato, Denji. Y yo he cumplido la mía. Sus emociones son un festín para mí. Y, a juzgar por sus figuras, mi poder ha sido... efectivo."
Denji sonrió, mirando a las mujeres que ahora reían y bromeaban entre ellas, sus cuerpos más grandes y sus espíritus más ligeros. Quizás ser un poco más "apetitosas" no era tan malo después de todo. Y, por primera vez en mucho tiempo, Denji sintió que había hecho algo realmente bueno.
"Entonces, ¿qué hay para cenar, Denji?" preguntó Makima, con una sonrisa juguetona, sus ojos dorados brillando con una nueva luz. "Me siento como si pudiera comer un caballo."
Denji se rió, su corazón lleno de una alegría desbordante. "¡Pues prepárense, chicas! ¡Porque esta noche, el banquete de Denji apenas comienza!"
